Cristo le enseña a construir el presente mirando a la eternidad, pues así aprenderá el verdadero valor de las cosas.


¿Cuál es el sentido de la vida humana?

Es ésta una pregunta que todos nos hacemos cuando vemos que no podemos lograr todo lo que queremos, cuando vemos que muere una persona en el inicio mismo de su vida, cuando contemplamos el sufrimiento de tantos seres humanos por culpa del egoísmo de los hombres, cuando vemos la desesperación de tantas personas ante el sufrimiento propio o de un ser querido. Y la realidad es que no podemos aceptar que todo se reduzca a nacer, vivir si es que se puede llamar vivir a muchas vidas, para terminar en la nada. El ser humano debe tener un fin más allá de las cosas que hace o que ve.

Marta representa para nosotros una forma de vivir. Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. Impresiona el cariño de Jesús por aquella mujer que se desvivía por atenderle y procurarle bienestar. El hecho de repetir dos veces su nombre es señal de cariño, de ternura y de reconocimiento a su labor. Pero Jesús quiere prevenirla contra un gran escollo de la vida: el vivir sin más, el irse tragando los días sin ver en el horizonte, el hacer muchas cosas, pero no preocuparse de lo más importante.

Marta es el símbolo de una humanidad que ha dado prioridad al hacer o al tener sobre el ser, a la eficacia sobre lo importante, a la inmanencia sobre la trascendencia. Marta somos cada uno de nosotros cuando en el día al día decimos: "no tengo tiempo para rezar, no tengo tiempo para formarme, no tengo tiempo para pensar, no tengo tiempo para Dios". Basta asomarse a la calle y a las casas para ver cuánto se hace, cómo se corre, cómo se vive. Pareciera que estamos construyendo la ciudad terrena o que hubiera que terminar cada día algo que mañana hay que volver a empezar.

El consejo de Cristo a Marta, santa después al fin y al cabo, está lleno de afecto, de afecto del bueno. La invita a tomarse la vida de otra forma, a respirar, a vivir serenamente, a preocuparse más de las cosas del espíritu. Ahí va a encontrar la paz y la tranquilidad. Le enseña a construir el presente mirando a la eternidad, pues así aprenderá el verdadero valor de las cosas.

Sin duda, Marta aprendió aquella lección y, sin dejar de ser la mujer activa y dinámica que era, en adelante su corazón se aficionó más a lo verdaderamente importante. Marta, por medio de Cristo, había comprendido que la vida tiene un sentido, que el fin del hombre está por encima de las cosas cotidianas.
Por: P. Juan J. Ferrán, L.C. | Fuente: Catholic.net 

Celebramos hoy a San Joaquín y Santa Ana, abuelos de Jesús. ¡Gracias por haber sido tan dulces y ejemplares padres de María!


Mis muy queridos Joaquín y Ana:

Mi nombre es... bueno, no importa… les escribo desde un banco de la parroquia en una inexplicable tarde cálida de julio.
Me avisó una amiga que el día 26 es su fiesta y, por ello, quise regalarles esta sencilla carta.
No encuentro palabras para decirles "gracias". Gracias por haber sido tan dulces y ejemplares padres de mi amada María.

Usted, señora Ana, que habrá compartido con ella tantas tardes luego de intensas jornadas, ha sido una sencilla pero sabia maestra. Fueron sus manos (¿Las de quién, sino?) las que se unieron a las de Ella en un mar de harina, para enseñarle a amasar el pan. Fueron sus manos (¿Las de quién, sino?) las que apretaron fuerte las de Ella cuando el dolor, implacable, les invadía el alma.

Fue su ejemplo (¿el de quién, sino?) el que ayudó a María a caminar los senderos de la contemplación simple, sencilla, la que está al alcance de cualquier mujer. Fue este santo ejercicio el que permitió a la Madre, años después, meditar en su corazón los misterios de la Salvación.
Fue usted, buena señora, la que son su ejemplo más que con sus palabras, le enseñó a María que ser mamá es la tarea más hermosa del mundo. Así, Ella, la veía a usted cuidar y ayudar a amigas y parientas cuando los embarazos venían difíciles en los caminos del alma. Y seguro en su casa los pequeñines siempre hallaron una rica sorpresa, increíblemente siempre lista, para sus sorpresivas y revoltosas incursiones.
Ustedes llevaron a la "llena de gracia" por las escalinatas del Templo tantas veces… Así, Ella fue conociendo que hace muchos años, un profeta llamado Isaías anunciaba que "...La Virgen está embarazada y da a luz un hijo..." y la profecía le inundaba el alma…



Usted, mi buen Joaquín, fue un hombre honesto y sencillo. ¿Quién, sino, habría sido digno de traer a este mundo a la "llena de gracia"?. María le habrá contemplado, seguramente, tantos días al partir de la casa para "ganar el pan con el sudor de su frente". Y le habrá esperado de regreso y habrá corrido hacia usted con las mejillas sonrosadas y los ojos llenos de palomas blancas para abrazarle al regreso de la larga jornada. Y usted, la tomó en sus brazos y la alzó al cielo... tan ligera como una gacela, tan pura como una mañana.
"- "Quisiera que el padre de mi hijo se te pareciera” le dijo un día Ella." Y usted casi no veía su rostro pues las lágrimas delataban que la niña le había besado el corazón.
- "Quisiera que mi hijo, un día, estuviese tan feliz de mí como yo lo estoy de ti, querida madre..." y sus palabras le hicieron sentir, Ana, que la vida es hermosa y los sacrificios y angustias de muchos años al criar los hijos, pueden desaparecer en un instante con frases como esa.
No quisiera terminar esta sencilla carta sin imaginar, por un momento, cuanto de ustedes llego al corazón de Jesús a través de María: Usted, mi buena Ana, seguro le alcanzó, desde más allá del tiempo, esa ternura por las pequeñas cosas de cada día, la cual, al llegarle desde el corazón de María, se transformaría luego en parábola, en camino.

Usted, don Joaquín, le dejó al mejor de los nietos la mejor de las herencias: El amor al trabajo. Así, a través de María y envuelto en las palabras y ejemplo del buen José, hallaría en Jesús el mejor de los depositarios.
Abuelos, abuelos, cuantas veces Jesús habrá dicho estas palabras. "Extrañas a los abuelos ¿Verdad, Madre querida?". "A veces, Hijo, a veces... Cuando tu te vas a predicar lejos y yo te extraño, muchas veces siento que hubiera querido tener a mis padres cerca”... Y Jesús habrá mirado a María en silencio, sabiendo que había verdades que Ella comprendería más tarde, con la llegada del Espíritu Santo...
Para terminar les pido un favor. Abracen a todos los abuelos del mundo, en especial a los que se sienten solos. No importa si tienen nietos o no, pues hay una edad del alma en que la palabra "abuelo" se torna en caricia...
Un gran abrazo a los dos...Por: Susana Ratero | Fuente: Catholic.net 
  ¡¡¡FELICIDADES A TODOS LOS ABUELOS Y ABUELAS DESDE LA PARROQUIA DE AGÜIMES Y SUS MEDIOS DE COMUNICACIÓN!!!


Jesús multiplica los panes y los peces.

Jesús multiplica los panes y los peces.





En nuestra Parroquia de San Sebastián de Agüimes se venera, con gran devoción, a Santa Marta desde el año 1979.

La Iglesia (tanto la católica, como la Iglesia ortodoxa) la reconoce como verdadera santa. Para los católicos es patrona de cocineras, empleadas del hogar, amas de casa, hoteleros, casas de huéspedes, lavanderas.. Todas son asociadas con su papel en las menciones que hacen los Evangelio de su historia donde se la muestra como una mujer servicial, atenta y acogedora.

El horario de misas en nuestra Parroquia el miércoles, 29 de julio, Festividad de Santa Marta será:

- 12 de la mañana



- 7 de la tarde y a continuación procesión con la Imagen de Sta. Marta.




Nota: el templo Parroquial estará abierto desde las 9 de la mañana a las 9 de la noche.



El amor de María Magdalena a Cristo fue un amor total. 



Realmente nos encontramos en el Evangelio a un personaje muy especial del que nos pareciera saberlo todo y del que casi no sabemos nada: María Magdalena. Magdalena no es un apellido, sino un toponímico. Se trata de una María de Magdala, ciudad situada al norte de Tiberíades. Sólo sabemos de ella que Cristo la libró de siete demonios (Lc 8, 2) y que acompañaba a Cristo formando parte de un grupo grande mujeres que le servían. Los momentos culminantes de su vida fueron su presencia ante la Cruz de Cristo, junto a María, y, sobre todo, el ser testigo directo y casi primero de la Resurrección del Señor. A María Magdalena se le ha querido unir con la pecadora pública que encontró a Cristo en casa de Simón el fariseo y con María de Betania. No se puede afirmar esto y tampoco lo contrario, aunque parece que María Magdalena es otra figura distintas a las anteriores. El rostro de esta mujer en el Evangelio es, sin embargo, muy especial: era una mujer enamorada de Cristo, dispuesta a todo por él, un ejemplo maravilloso de fe en el Hijo de Dios. Todo parece que comenzó cuando Jesús sacó de ella siete demonios, es decir, según el parecer de los entendidos, cuando Cristo la curó de una grave enfermedad.
María Magdalena es un lucero rutilante en la ciencia del amor a Dios en la persona de Jesús. ¿Qué fue lo que a aquella mujer le hechizó en la persona de Cristo? ¿Por qué aquella mujer se convirtió de repente en una seguidora ardiente y fiel de Jesús? ¿Por qué para aquella mujer, tras la muerte de Cristo, todo se había acabado? María Magdalena se encontró con Cristo, después de que él le sacara aquellos "siete demonios". Es como si dijera que encontró el "todo", después de vivir en la "nada", en el "vacío". Y allí comenzó aquella historia.

El amor de María Magdalena a Jesús fue un amor fiel, purificado en el sufrimiento y en el dolor. Cuando todos los apóstoles huyeron tras el prendimiento de Cristo, María Magdalena estuvo siempre a su lado, y así la encontramos de pié al lado de la Cruz. No fue un amor fácil. El amor llevó a María Magdalena a involucrarse en el fracaso de Cristo, a recibir sobre sí los insultos a Cristo, a compartir con él aquella muerte tan horrible en la cruz. Allí el amor de María Magdalena se hizo maduro, adulto, sólido. A quien Dios no le ha costado en la vida, difícilmente entenderá lo que es amarle. Amor y dolor son realidades que siempre van unidas, hasta el punto de que no pueden existir la una sin la otra.

El amor de María Magdalena a Cristo fue un amor total. "Para mí la vida es Cristo", repetiría después otro de los grandes enamorados de Cristo. Comprobamos este amor en aquella escena tan bella de María Magdalena junto al sepulcro vacío. Está hundida porque le han quitado al Maestro y no sabe dónde lo han puesto. La muerte de Cristo fue para María un golpe terrible. Para ella la vida sin Cristo ya no tenía sentido. Por ello, el Resucitado va enseguida a rescatarla. Se trata seguro de una de las primeras apariciones de Cristo. Era tan profundo su amor que ella no podía concebir una vida sin aquella presencia que daba sentido a todo su ser y a todas sus aspiraciones en esta vida. Tras constatar que ha resucitado se lanza a sus pies con el fin de agarrarse a ellos e impedir que el Señor vuelva a salir de su vida.

El amor de María Magdalena a Cristo fue un amor de entrega y servicio. Nos dice el Evangelio que María Magdalena formaba parte de aquel grupo de mujeres que seguía y servía a Cristo. El amor la había convertido a esta mujer en una servidora entregada, alegre y generosa. Servir a quien se ama no es una carga, es un honor. El amor siempre exige entrega real, porque el amor no son palabras solo, sino hechos y hechos verdaderos. Un amor no acompañado de obras es falso. Hay quienes dicen "Señor, Señor, pero después no hacen lo que se les pide". María Magdalena no sólo servía a Cristo, sino que encontraba gusto y alegría en aquel servicio. Era para ella, una mujer tal vez pecadora antes, un privilegio haber sido elegida para servir al Señor.

El amor de María Magdalena a Cristo constituye para nosotros una lección viva y clarividente de lo que debe ser nuestro amor a Dios, a Cristo, al Espíritu Santo, a la Trinidad. Hay que despojar el amor de contenidos vacíos y vivirlo más radicalmente. Hay que relacionar más lo que hacemos y por qué lo hacemos con el amor a Dios. No debemos olvidar que al fin y al cabo nuestro amor a Dios más que sentimientos son obras y obras reales. El lenguaje de nuestro amor a Dios está en lo que hacemos por Él.

En primer lugar, podemos vivir el amor a Dios en una vida intensa y profunda de oración, que abarca tanto los sacramentos como la oración misma, además de vivir en la presencia de Dios. En estos momentos además nuestra relación con Dios ha de ser íntima, cordial, cálida. Hay que procurar conectar con Dios como persona, como amigo, como confidente. Hay que gozar de las cosas de Dios; hay que sentirse tristes sin las cosas de Dios; hay que llegar a sentir necesarias las cosas de Dios.

En segundo lugar, tenemos que vivir el amor a Dios en la rectitud y coherencia de nuestros actos. Cada cosa que hagamos ha de ser un monumento a su amor. Toda nuestra vida desde que los levantamos hasta que nos acostamos ha de ser en su honor y gloria. No podemos separar nuestra vida diaria con sus pequeñeces y grandezas del amor a Dios. No tenemos más que ofrecerle a Dios. Ahí radica precisamente la grandeza de Dios que acoge con infinito cariño esas obras tan pequeñas. De todas formas la verdad del amor siempre está en lo pequeño, porque lo pequeño es posible, es cotidiano, es frecuente. Las cosas grandes no siempre están al alcance de todos. Además el que es fiel en lo pequeño, lo será en lo mucho.

Y en tercer lugar, tenemos que vivir el amor a Dios en la entrega real y veraz al prójimo por Él. "Si alguno dice: Yo amo a Dios y odia a su hermano, es un mentiroso, pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no pude amar a Dios a quien no ve" (1 Jn 4,20). El amor a Dios en el prójimo es difícil, pero es muchas veces el más veraz. Hay que saber que se está amando a Dios cuando se dice NO al egoísmo, al rencor, al odio, a la calumnia, a la crítica, a la acepción de personas, al juicio temerario, al desprecio, a la indiferencia, a etiquetar a los demás; y cuando se dice SÍ a la bondad, a la generosidad, a la mansedumbre, al sacrificio, al respeto, a la amistad, a la comprensión, al buen hablar. La caridad con el prójimo va íntimamente ligada a la caridad hacia Dios. Es una expresión real del amor a Dios.
Por: Juan J. Ferrán, L.C. | Fuente: Catholic.net 

El matrimonio es un andar divino en la tierra, y por lo tanto, sólo tendrá sentido la realidad terrena si vive a partir del misterio de salvación.

A Mariela, quien es el amor en mi camino de vida
Creo que escribir y publicar en este momento, como en todo momento, es algo fundamental y con una importancia y relevancia que a veces se nos pierden. Cuando se escribe y se tiene la oportunidad de publicar se está marcando una huella, se está dejando un testimonio, se está fijando una posición para el futuro. Cuando mañana se discuta el tiempo de hoy, estos medios físicos y digitales serán quienes marquen la orientación de las reflexiones. Por esta razón escribo. Ahora, también es perentorio dejar claro desde dónde se escribe. Desde cuál punto de la antropología se escribe. Yo lo hago a partir de mi fe cristiana moldeada por el amor de Cristo y por la doctrina católica que, por cierto, no me niega la posibilidad de construir mis propios criterios personales. La Iglesia católica me permite, en plena libertad, utilizar mi inteligencia. El tema que nos ocupa hoy y nos debería ocupar siempre es el matrimonio y su significado como bisagra entre la realidad terrenal y el misterio de salvación (E. Schillebeeckx).
El matrimonio es una institución y, al mismo tiempo, es un sacramento. En su seno parecen confluir dos realidades vinculantes y complementarias: la terrena y la divina. Una es razón de ser de la otra, se dan sentido, se retroalimentan, se configuran en torno a la comunidad sagrada de la Trinidad que es carne y espíritu, que es espíritu y carne en un solo cuerpo que son dos, pero que serán tres, cuatro, cinco sin dejar de ser uno solo. El matrimonio que es cuerpo y espíritu vivido en la unidad del amor es potencia que permite a la pareja encarar la vida desde la fe, la esperanza y la caridad hacia dentro y hacia afuera de su esfera sacramental. Por ello, junto al orden, es sacramento al servicio de la comunidad. Tenemos claro que el matrimonio es una institución a partir de la cual se gesta la familia, quizás la comunidad más amada y por la cual siente profundo celo la Iglesia. Sin embargo, siento que no tenemos claro por qué es un sacramento, ya que, intuyo, tampoco tenemos claro qué es exactamente un sacramento. ¿Qué significa “sacramento”? Etimológicamente significa medio sagrado, modo sagrado, manera sagrada. ¿Qué es sagrado? Pues, en pocas palabras, algo santo, algo que posee santidad.
En este sentido, el Código del Derecho Canónico define al matrimonio como una alianza por la que el varón y la mujer “constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma naturaleza al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole; fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre los bautizados”. El Catecismo de la Iglesia Católica nos afirma su relevante importancia afirmando que está constituido como eje fundamental en el plan salvífico de Dios, pues, como hace notar, su presencia está anunciada en las Sagradas Escrituras desde su inicio hasta el final, es decir, desde el Génesis hasta el Apocalipsis, el matrimonio es una eje transversal en la historia de la salvación. Por ello, la íntima comunidad de vida y amor conyugal, fundada por el Creador y provista de leyes propias, se establece sobre la alianza del matrimonio que es un vínculo sagrado que no depende del arbitrio humano, pues, es Dios mismo el autor del matrimonio, en tal sentido, la Iglesia afirma convencidamente de que la salvación de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligada a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar.
Ahora bien, esto es así desde que es así, pero este “ser así” ha atravesado por diversas realidades histórico-culturales que nos indican que el hombre ha terminado por concebir y realizar el matrimonio en función de la sexualidad humana. Por esto resulta revelador, admite Walter Kasper, el que cada uno de los movimientos del espíritu moderno (liberalismo, socialismo, conservadurismo) no sólo se limitó a construir una particular teoría del Estado y de la economía sino que, al mismo tiempo, desarrollaron una visión específica sobre la sexualidad humana y el matrimonio. De tal manera que, estas realidades histórico-culturales fueron erosionando la sacralidad del matrimonio desviando, lo que suponemos los cristianos, es su razón de ser. Y creo que es oportuno decir que estas realidades tuvieron en muchos cristianos aliados formidables, pues les brindaba la posibilidad de hacer otras interpretaciones menos sagradas del matrimonio, pero cuyo fondo y explicación era un profundo debilitamiento de su fe. En tal sentido, el matrimonio se transformó en un espacio, otro más, donde la realidad terrena y el misterio de salvación entraron en conflicto. Consecuencia de ello, la pareja fue alejándose de la dignidad real del matrimonio, para concentrarse en sí misma. Perdió de vista su sentido comunitario que no sólo involucra a la pareja, para abrirse a una dimensión limitada y fragmentada de la realidad humana. Perdió contenido debido a que la pareja se arrojó a la búsqueda de la individualidad personal y lo que era uno se volvió dos. El matrimonio que es puerta de vida, se transformó en horizonte de muerte. Y así hemos llegado a preguntarnos si realmente vale la pena casarse, si no será mejor convivir.
En mi caso personal, admito que también caí. Que no reparé en el hermoso e irrepetible momento en que, lo primero que compartí con mi esposa como esposo, fue el cuerpo de Cristo. Sin embargo, el núcleo de esa cena volvió a arder, esa llama de amor viva volvió a encenderse y es la luz que nos alumbra y que me permite contemplar a mi matrimonio como la divina sonrisa de Dios que brinda a su Iglesia, como la sonrisa compartida del Amado y de la Amada que fulgura en los Cantares, como este hombre que soy y que voy siendo desde las manos de mi mujer, quien me enseñó, ella solita, que el matrimonio es un andar divino en la tierra, y que, por lo tanto, sólo tendrá sentido la realidad terrena si vive a partir del misterio de salvación.
Laus Deo. Pax et Bonum. Por: Valmore Muñoz Arteaga | Fuente: www.contrapunto.com 

No es un momento litúrgico marcado por la Iglesia, pero siendo un tiempo de descanso y convivencia intensa, pueden aprovecharse para crecer espiritualmente...





Las vacaciones, aunque no son un momento litúrgico marcado por la Iglesia, decidimos incluirlas en esta sección, pues siendo un tiempo de descanso y convivencia intensa, pueden aprovecharse para crecer espiritual y humanamente en familia. A continuación, ofrecemos algunas ideas para aprovechar las vacaciones

I. Trabajar en los valores y virtudes.
Familia Escuela de Virtudes.


Los padres de familia pueden aprovechar las vacaciones para trabajar de manera personal con cada hijo en alguna virtud que consideren necesario desarrollar, cumpliendo un plan de trabajo para lograrlo. Este puede adaptarse según la edad del niño.

Una virtud es un hábito, una costumbre buena. Las virtudes humanas y sobrenaturales son las herramientas con las cuales vamos a poder vivir los valores en nuestras familias. Los padres de familia, para poder educarlas, debemos conocerlas, vivirlas y propiciarlas tanto en nosotros mismos como en nuestros hijos.

II Trabajar en el desarrollo de los talentos personales

Otra idea para las vacaciones es leer la Parábola de los talentos en familia y hacer un ejercicio en el que cada uno descubra cuáles son sus talentos y como los puede hacer crecer en las vacaciones poniéndolos al servicio de los demás.

Los talentos se pueden agrupar en áreas distintas:

  •  Sociales

  • Intelectuales

  • Morales

  • Artísticas

  • Deportivas
Conviene orientar estos talentos hacia un constante agradecimiento a Dios. También, motivar el compartirlos y disfrutarlos. Se puede tener un calendario en el que cada día, los niños vayan marcando qué talentos desarrollarán ese día y cómo lo harán. En la noche, conviene dar gracias a Dios por el esfuerzo realizado.
III Obras de misericordia.
Este tiempo de vacaciones se puede aprovechar para llevar a cabo obras de misericordia en familia.
Para ello, conviene establecer en nuestro calendario de vacaciones actividades como las que se sugieren:
  • Visitar un Hospital o Asilo de Ancianos: Se pueden preparar canciones y galletas para acompañar a quienes sufren. Deben tener claro que están realizando una Obra de Misericordia y que es a Cristo vivo a quien están visitando.

  • Ayudar a los más necesitados, recopilando papel periódico, ropa o comida para luego entregarla en la Parroquia, Cruz Roja o alguna institución que los niños decidan.

  • Organizar un Taller del Juguete: se trata de reparar, repintar y arreglar aquellos juguetes que ya no utilizan y que pueden servir de entretención a otros niños.

IV Entretenimiento con formación humana y espiritual

Se pueden seleccionar libros y películas con un mensaje para leer, ver y analizar en familia.

V Agenda para vacaciones:

Puede resultar muy útil hacer un calendario o agenda de vacaciones en la que cada día pongamos una frase para reflexionar y un propósito para cumplir. Se les puede hacer atractivo a los niños si se hace en forma de libreta y en cada día se deja un espacio para que ellos escriban o dibujen lo que hicieron ese día.
Se recomienda comenzar con esta agenda el día viernes para poder seguir correctamente la secuencia de las vacaciones.
Por: P. Fintan Kelly L. C | Fuente: Catholic.net 

Llevar el Escapulario de la Virgen del Carmen es ponerse, como ella, un vestido nuevo, el ropaje de la fe, de la alegría...


Muchas son las advocaciones con las que invocamos a María. La Virgen del Carmen ha sido una de las devociones más populares durante setecientos años. Muchos cristianos se han sentido protegidos por María con el Escapulario. El escapulario es un signo especial de la protección de María, madre y hermana nuestra. El Escapulario del Carmen nos compromete a vivir como María, a ser personas orantes, a estar abiertos a Dios y a las necesidades de los hermanos.

María fue la favorecida de Dios, la "llena de gracia". Sabía que el Señor estaba con ella, sentía su presencia. Dios se había fijado en su humildad y cuidaba de ella. Estaba arropada por la fuerza de Dios. No podía temer a nada ni a nadie. María conocía el corazón de Dios, sabía de su infinita misericordia. Por eso, lo alababa y adoraba. Vivía de Dios, con Dios y para Dios.

Concibió y dio a luz a su hijo, "el Hijo del Altísimo" a quien puso por nombre Jesús, Salvador de cada pueblo y de todos aquellos que creen en él. En su vientre había llevado a Jesús y facilitó que estuviera en su corazón durante toda su vida.

María fue una mujer sencilla. Se ubicó entre los socialmente considerados inferiores, entre los que no tienen ni voz ni voto. Todos los necesitados tenían cabida en su corazón. Sin demora ni tardanza se puso en camino para atender a su pariente Isabel, para llevarle al Dios de la vida, para asistirla y ayudarla.

María tiene muchos títulos. Entre todos ellos, todos hermosos y grandes, sobresale el de ser Madre de Cristo y Madre nuestra. María es Madre de la Iglesia. Como dice Pablo, sufre por ella dolores de parto hasta ver a Cristo formado en cada uno de los creyentes. Ella cuida de sus hijos, como buena madre, durante la vida y en la hora de la muerte. Ella ayuda a caminar con Jesús y a esperar hasta el final.

María estuvo junto a su hijo en todos los momentos de su vida. En las alegrías y, sobre todo, en el momento de la cruz. Lo acompañó hasta la tragedia final del Calvario. Ella, la Dolorosa, también está cercana a nuestras penas y sufrimientos cotidianos. Los pobres, los enfermos, los que sufren, alcanzan de María la fuerza y ayuda para sobrellevar con fe una vida plagada de dificultades.

La historia y la leyenda nos han mostrado a la Virgen del Escapulario siempre cercana a todos aquellos que, viviendo momentos difíciles y amargos, han acudido a ella pidiendo su protección.

Llevar el Escapulario de la Virgen del Carmen es ponerse, como ella, un vestido nuevo, el ropaje de la fe, de la alegría...

Sí, hemos sido revestidos de Cristo y, como María, debemos permanecer fieles a Dios hasta el final.
Por: P. Eusebio Gómez Navarro | Fuente: Catholic.net 

FELICIDADES A TODAS LAS CARMEN, CARMELOS Y 
A LOS TRABAJADORES DEL MAR...

Ser practicante es mucho más que el hecho de participar de la Misa, de mis Oraciones, de ir a la Iglesia...


Son muchas las veces que escuchamos decir a alguien que es “católico practicante”, o también quienes dicen: “soy católico, pero no practicante”.

Me puse a pensar en estas frases tan escuchadas y tratando de ver qué es lo que en realidad se quiere decir y en definitiva a qué le podemos llamar ser un “católico practicante”.

Lo primero que generalmente se constata, es que cuando alguien dice que es Católico, pero que no es practicante, generalmente se está refiriendo a que no suele ir habitualmente a la Iglesia, no participa de la Misa, etc., con lo que deberíamos pensar que quien participa de la Misa, es seguro un “practicante” como católico.

Pienso en realidad, que ser católico practicante, es mucho más que el hecho de participar de la Misa, de mis Oraciones, de “ir a la Iglesia”, todo lo cual es necesario para poder encontrar el alimento y la fuerza para después en mi vida de todos los días, poder llevar a la práctica esa Fe católica que tengo.

Por lo tanto, ser practicante, creo que es demostrarlo en cada momento de mi vida, cuando puedo ir a la Iglesia, pero sobre todo en mis tareas habituales, en mi familia, en mi actividad, en mi estudio, en mi recreación, en mi descanso. Sabemos que de nada valdría mi presencia en un templo, si luego mi vida va por otro camino totalmente distinto.

Ser practicante es llevar una vida lo más coherente posible con la Fe que profeso, y que en definitiva es la búsqueda de imitar al Jesús, quien es la Revelación de Dios y a quien debemos seguir.

Debemos mostrar con nuestras actitudes en cada momento que Jesús es el centro de nuestra vida, que pertenecemos a la Iglesia que Él ha fundado y que el hecho de ser practicantes no debe quedarse en la repetición de determinados ritos, en cumplir algunas prescripciones o en concurrir a determinados lugares y ciertos días, donde sin dudas que no nos costará tanto el vivir esos momentos como personas de Fe.

Vemos y escuchamos a muchos decir su “título” de católicos, pero más que pregonarlo se debería pensar en si cada una de las actitudes que tenemos, si nuestras decisiones, si nuestras palabras, si nuestros gestos son de personas que pertenecen a la Iglesia Católica, o muchas veces no son más que “títulos vacíos” con los que incluso pretendemos quedar tranquilos en nuestras conciencias.

Hoy más que nunca es necesario el testimonio de los Católicos, de aquellos que en cada momento de su vida, en cada lugar que les toca, en la vivencia de sus responsabilidades y obligaciones, muestren a los demás que es posible vivir de acuerdo a la fe que tienen. Entonces sí, estoy seguro, que podremos decir que hay “católicos practicantes”.
Padre Oscar Pezzarini

Eugenia Suárez, madre ejemplar de Agüimes




El 2 de julio sonó el teléfono desde muy temprano. Aunque esperábamos esta mala noticia desde hace algún tiempo, mucho nos dolió. Era tu esposo, Panchito, quien con voz muy apagada y angustiada nos dijo: "¡Eugenia acaba de morir!" En ese momento fue tal la emoción que no pude expresar mis sentimientos. Se nos fue una amiga de toda la vida. Desde pequeña me acostumbré a ir a tu casa en el paradisiaco lugar de Santo Domingo ubicado en la villa de Agüimes, donde nos acogían tanto tus padres como tus hermanos. Mi madre te quiso mucho, con muchísimo cariño te llamaba La Canela, pues eras muy rubia.

Luego te mudaste con tu familia a la parte baja del pueblo estando situada tu casa en la carretera general, conocido dicho lugar por El Sifón, y allí Calixta y Aurelia éramos inseparables. ¡Cuántas cosas, anécdotas y secretos teníamos en común! Desde ese momento nadie ni nada nos habían separado. Fuiste siempre una buena amiga, por este motivo la noticia de tu óbito, aunque esperada, me afectó tanto. En mi casa te queríamos mucho y valorábamos siempre tus virtudes.

No puedes imaginarte lo que sintió tu pérdida mi hijo Salvador, él me confesó que nunca te podrá olvidar. Recordaba que, cuando él era pequeño, Eugenia estaba dispuesta a pagarle todos los gastos en el Seminario para que fuese sacerdote, pues ella comentaba que sólo tenía dos hijas y no les atraía la vocación religiosa. Por lo menos tres generaciones tienen que agradecerte que aprendieron a hacer ojales muy bien labrados y apreciados. También presillas para luego elaborarlas en los calados. Tus alumnas cosían las telas en el telar después de marcar los pañitos y sacarles las hebras. En este momento me hago la idea de estar viéndote buscando tachas e hilos para que el telar quedara bien puesto y a punto para calar.

Te recordaremos siempre en la ofrenda a Nuestra Señora del Rosario, acompañando a un grupito de niños y niñas con sus cestitas y todos muy bien arregladitos con mucho cariño, alegría e ilusión. Con tus niños eras siempre la primera en llegar a sus pies. Te hacías cargo de traer las telas, luego les hacías las ropas y allí iba Eugenita al frente de todos demostrando el tremendo cariño que los agüimenses sienten por su patrona. ¡Cuántos recuerdos me vienen a la memoria que quedarán en mi corazón para siempre!

Hace aproximadamente un mes fui a hacerte una visita y recordamos los hermosos momentos que pasamos juntas en la Escuela de Mandos de La Laguna, los paseos en la calle Carrera, el paseo largo de Las Palmeras que tanto nos llamaba la atención. Hoy, gracias a Dios, podemos disfrutar en nuestro municipio de hermosos palmerales que adornan nuestras hermosas carreteras, fruto del buen hacer de nuestros gobernantes.

No podemos olvidar también que fuiste la primera en enseñarnos los bailes típicos, conocidos hoy como bailes regionales. Tú y Calixta fueron las que en el patio del Casino y de la mano de Josefina Álvarez y D. Chano Melián aprendieron a bailar la mazurca de Agüimes. Con tu buen hacer enseñaste estos compases a todo el grupo. Sobresalieron como buenos tocadores: Periquito Monroy, Gonzaga Hernández, Joaquín Caballero y Ananías Torres. Tus cualidades principales eran poseer buen semblante, muy risueña y tremendamente paciente, como para parar un carro.

Quiero destacar también la época en que por iniciativa de nuestro bien recordado Orlando Hernández formamos un grupo de teatro costumbrista al que le pusimos por nombre El Henchidero. Con este bonito sustantivo paseamos con éxito esta hermosa obra por la mayoría de los municipios de nuestra isla.

Eugenia, no te podemos olvidar. Son muchos los recuerdos que tú nos dejas. Tu bondad, cariño y solidaridad para los más necesitados quedarán en nosotros para siempre. Fuiste una gran amiga, cariñosa esposa y madre ejemplar, así como singular abuela para todos tus nietos.

Adiós, querida Eugenia. Estoy segura de que Dios te acogerá como tú te mereces y sabrás esperarnos con todo el cariño y el bien que aquí nos diste siempre.

Teresita Ruano Suárez

Villa de Agüimes

Fuente: La Provincia diario.


Dejar un modo de vida que engendra odio y muerte y convertirse a Dios: vivir en y para el amor.

Un líder indígena le espetó a San Juan Pablo II en su visita a Brasil:
“Santidad, tenemos hambre”.
San Juan Pablo II respondió con gran sensibilidad pastoral y humana: “Tu pueblo, Señor, tiene hambre de pan y de Dios”.

No estamos a gusto con la realidad de nuestro mundo. El hambre crece alarmantemente y una mayoría de la población no se alimenta adecuadamente.

Éste es uno de tantos pecados que azotan nuestra sociedad, que sufre de injusticia, esclavitud, violencia, vacío de Dios y carece de valores humanos.

Tenemos un mundo industrializado sin alma; no tiene en cuenta a los más desposeídos. A esta gran máquina del mundo le falta el aceite de la bondad.

La enfermedad que padece el mundo, decía M. Teresa, la enfermedad principal del ser humano no es la pobreza o la guerra, es la falta de amor, la esclerosis del corazón. El corazón es la zona más deprimida de las personas.

Hemos logrado llegar a la luna, hemos explorado las profundidades del mar y las entrañas de la tierra, pero no hemos logrado resolver los problemas de primera necesidad.

No basta con quitar penas y hambre; es necesario impregnar nuestro mundo de amor. Que nadie sufra rechazos, que nadie se sienta solo, que nadie se sienta rechazado. Dice H. Boll: “En el Nuevo Testamento hay una teología de la ternura que siempre es curativa: con palabras, con manos, que también pueden llamarse caricia, con besos, con una comida en común... Este elemento del Nuevo Testamento, la ternura, no ha sido descubierto aún”.

“Convertíos porque el Reino de Dios está cerca”, anuncia Juan el Bautista. Si Dios ha venido a nosotros, tenemos que cambiar radicalmente. No es
cuestión de cambiar de fachada. Es necesario cambiar de manera de pensar y de vivir. Dejar un modo de vida que engendra odio y muerte y convertirse a Dios: vivir en y para el amor, gozar de la paz y de la libertad, encontrar la verdadera vida.

Hemos de convertirnos al testimonio cristiano y, como el Bautista, ser luz y testigos de Cristo ante nuestros hermanos. Así lograremos que reinen la paz, la justicia y la fraternidad donde imperan la violencia, la desigualdad injusta y la violación de las libertades y de los derechos humanos.

Hemos de limpiar los ojos y el corazón para ver el lado bueno de las personas, de las cosas y de los acontecimientos, para ser maestros de esperanza y poner amor, alegría y paz en todas las situaciones.

Dios puede hacer el milagro de cambiarnos, claro está, con nuestro consentimiento. Dios puede “sacar hijos de Abraham de las piedras”; puede hacer que el corazón de piedra se convierta en corazón de carne; puede hacer que del tronco seco broten retoños nuevos; puede hacer que el árbol estéril se llene de frutos buenos; puede alegrar nuestra juventud de espíritu.
Por: P. Eusebio Gómez Navarro | Fuente: Catholic.net 

El símbolo del Pez no despertó sospechas cuando se adoptó como símbolo cristiano en tiempos de persecución.




El Evangelio de Juan muestra cómo Jesús Resucitado aparece a siete discípulos suyos junto el lago de Tiberíades con pan y pescado sobre brasas. Dirigiéndose a San Pedro: «toma el pan y se lo da, y lo mismo con el pescado.” (Jn. 21,13)
El pan y el pescado recuerdan la multiplicación milagrosa de panes y peces, prefiguración del Banquete de la Eucaristía.
Pero, según "Simbolismo del Ichthys" de la Enciclopedia Católica, la popularidad del símbolo entre los primeros cristianos no se debe a esa referencia bíblica:
"La popularidad del pez como símbolo cristiano se debe al famoso acróstico que consiste en que las letras iniciales de cinco palabras griegas que forman la palabra griega que significa pez (Ichthys), que describen brevemente quién es cristo y la razón de que sea adorado por los creyentes : "Iesous Christos Theou Yios Soter", i.e. Jesús Cristo hijo de Dios Salvador. (ver el discurso del emperador Constantino , “Ad coetum Sanctorum” c. xviii.)
Más aún, San Agustín explica:
"Místicamente, es el pez asado figura de Cristo crucificado; El mismo es el pan que bajó del cielo. A éste está incorporada la Iglesia para participar de la bienaventuranza eterna." (in Ioannem, tract., 123, en “Catena Aurea” de Sto. Tomás de Aquino).
El símbolo también tenía usos muy prácticos para los primeros cristianos.
"No es improbable que esta fórmula se originara en Alejandría y se usaba como protesta contra la apoteosis pagana de los emperadores. En una moneda de Alejandría de tiempos de Domiciano ( 81-96) este emperador se dice Theou Yios: «Hijo de Dios»." (Enciclopedia Católica)
El acróstico se hizo popular en el siglo II como expresión de fe en la Divinidad del Señor, y el pez en sí fue muy popular como símbolo de los cristianos en el siglo III, apareciendo en muchas catacumbas, por ejemplo. El pez era un símbolo pagano de fertilidad en tiempos romanos [y para los chinos lo sigue siendo de longevidad y de prosperidad]. Por eso era tan común, que no despertó sospechas cuando se adoptó como símbolo cristiano en tiempo de persecución.
Los cristianos, para ver si alguien con quien se encontraban era cristiano también,trazaban un arco para ver si la otra persona terminaba de dibujar la figura del pez, expresando así su fe en Cristo.
"Los que creían en este Ichthys místico eran pequeños peces según el bien conocido paisaje de Tertuliano (De baptismo, c.1): «nosotros, pequeños peces, siguiendo la imagen de nuestro «Ichthys», Jescristo, nacemos en el agua». La asociación de «Ichthys» con la Eucaristía está muy enfatizada en el epitafio de Abercius, obispo del siglo segundo, de Hierópolis en Frigia […] y en el epígrafe algo posterior de Pectorius de Autun." (Enciclopedia Católica)
La asociación del símbolo del pez con los mismos cristianos refleja la promesa del Señor a sus primeros Apóstoles cuando les llamó:
"Venid conmigo y os haré pescadores de hombres” (Mt. 4,19)
Además: "La asociación de «Ichthys» con la Eucaristía está muy enfatizada en el epitafio de Abercius, obispo del siglo segundo, de Hierópolis en Frigia […] y en el epígrafe algo posterior de Pectorius de Autun." (Enciclopedia Católica)
Somos peces «pescados» del mundo por medio del Bautismo, que nos saca del agua a una nueva vida en Cristo, en la que somos alimentados por Él mismo en la Eucaristía.Por: María Lourdes 


Tengo ante mí unos minutos, unas horas, unos días. ¿Qué voy a hacer? La decisión está en mis manos.


Tengo ante mí unos minutos, unas horas, unos días. ¿Qué voy a hacer? La decisión está en mis manos. Si no hay urgencias inmediatas, si la enfermedad no corta las alas de mi vida, soy plenamente libre para escoger.
No quiero, sin embargo, decidir a solas. Sé que hay un Dios que es Padre y me ama. Sé que Cristo me ha enseñado el camino de la vida. Sé que el Espíritu Santo habita en mi alma y me invita a optar por lo mejor.
Por eso, Señor, te pido luz para usar bien el tiempo que ahora me concedes. Ayúdame a renunciar a un uso egoísta del mismo. Ayúdame a dejar de lado caprichos, placeres malsanos, deseos de venganza, obsesiones que encadenan.
Permíteme la gracia de arrepentirme de mis pecados y de llegar a una conversión profunda, sincera, completa, decidida, desde la certeza de tu misericordia eterna.
Concédeme ver con claridad qué deseas de mí ahora, cómo puedo ayudar mejor a mis hermanos.
Fortalece mi voluntad para que la pereza no me detenga, para que el miedo no me paralice, para que esté dispuesto a arriesgar mi fama si se trata de defender la justicia, de ayudar al pobre, de proteger a la viuda, de corregir al que yerra, de consolar al triste, de transmitir tu Evangelio.
Ayúdame a tomar buenas decisiones. La vida pasa, y no puedo desgastarme en lo inútil y en lo dañino. Sólo tiene sentido escoger lo que me lleva a amarte a Ti y a servir a mis hermanos.
Señor, tengo ante mí este tiempo que me concedes. Haz que se convierta en un momento bello para acercarme más a Ti, para conocer mejor mi fe, para dejarme impulsar por la esperanza, para avanzar por el camino maravilloso del amor, del servicio, de la entrega hasta “dar la vida por los hermanos” (1Jn 3,16).Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net 


"Me encontré con gente tan humana.
Es un regalo de Dios el haber venido aquí."
(Hermana Pilar)

SE ESTÁ CUMPLIENDO TODAS LAS PROFECÍAS.


SE ESTÁ CUMPLIENDO TODAS LAS PROFECÍAS.


La Iglesia no condena a la mujer que aborta. Como madre solícita, tiene hacia ella una actitud de misericordia y la llama a una amorosa reconciliación.


Una reflexión especial quisiera tener para vosotras, mujeres que habéis recurrido al aborto. La Iglesia sabe cuántos condicionamientos pueden haber influido en vuestra decisión, y no duda de que en muchos casos se ha tratado de una decisión dolorosa e incluso dramática.

Probablemente la herida no ha cicatrizado en vuestro interior. Es verdad que lo sucedido fue y sigue siendo profundamente injusto [es decir, que el aborto es un acto grave por cuanto destruye a un ser humano no nacido]. Sin embargo, no os dejéis vencer por el desánimo y no abandonéis la esperanza. Antes bien, comprended lo ocurrido e interpretadlo en su verdad. Si aún no lo habéis hecho, abríos con humildad y confianza al arrepentimiento: el Padre de toda misericordia os espera para ofreceros su perdón y su paz en el sacramento de la Reconciliación [la Confesión]. Os daréis cuenta de que nada está perdido y podréis pedir perdón también a vuestro hijo que ahora vive en el Señor. Ayudados por el consejo y la cercanía de personas amigas y competentes, podréis estar con vuestro doloroso testimonio entre los defensores más elocuentes del derecho de todos a la vida.

Por medio de vuestro compromiso por la vida, coronado eventualmente con el nacimiento de nuevas criaturas y expresado con la acogida y la atención hacia quien está más necesitado de cercanía, seréis artífices de un nuevo modo de mirar la vida del hombre.

Juan Pablo II, Carta Encíclica "El Evangelio de la Vida", 25 de marzo de 1995, número 99.

No hay ninguna falta por grave que sea que la Iglesia no pueda perdonar. No hay nadie, tan perverso y tan culpable, que no deba esperar con confianza su perdón, siempre que su arrepentimiento sea sincero. Cristo, que ha muerto por todos los hombres, quiere que, en su iglesia Iglesia, estén siempre abiertas las puertas del perdón a cualquiera que vuelva del pecado.

Catecismo de la Iglesia Católica, 11 de octubre de 1992, número 982.

"Al condenar el aborto como la matanza de una vida humana, la Iglesia no pretende condenar a la mujer que piensa abortar o que ya lo ha hecho...la Iglesia, como madre solícita, es capaz de comprender la tragedia interna que sufre el corazón de una madre que ha decidido matar a su propio hijo; y tiene hacia ella una actitud de compasión y la llama a una amorosa reconciliación."

S.E. Monseñor Rino Passigato, Arzobispo y Nuncio Apostólico en Bolivia, declaración publicada en The Catholic World Report, diciembre de 1997, p. 21.
Por: S.E. Monseñor Rino Passigato, Arzobispo y Nuncio Apostólico en Bolivia | Fuente: Vida Humana Internacional 

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