Reflexión; “En las manos de una madre, Dios pasa”, Carmelo Guerra Sánchez 9/02/2026.
Al principio, esas manos son jóvenes y firmes.
Sostienen con cuidado al hijo recién nacido, tiemblan de miedo y de ternura a
la vez, y aprenden a amar de una manera nueva, total. Son manos que limpian
lágrimas, que preparan el alimento diario, que enseñan a dar los primeros pasos
y que guían sin imponerse. En cada gesto sencillo, Dios va moldeando un corazón
que aprende a entregarse sin medida.
Con el paso del tiempo, esas manos cambian. Se
llenan de arrugas, se vuelven más lentas, a veces tiemblan. Pero cada marca es
un recuerdo, una oración hecha carne. Son las huellas de los días difíciles, de
las preocupaciones ofrecidas en silencio, de las veces que una madre se quedó
sola ante Dios pidiendo fuerzas para seguir. En esas manos cansadas habita una
fe que no necesita palabras, una confianza profunda en que el Señor cuida
aquello que ella ya no puede sostener.
Las manos de una madre también saben soltar.
Llega el día en que deben dejar ir, permitir que los hijos caminen solos,
aunque el corazón quiera retenerlos. Y ese gesto, tan doloroso como necesario,
es uno de los actos de amor más grandes. Como María al pie de la cruz, la madre
aprende a confiar, a entregar lo más amado sabiendo que todo está en manos de
Dios.
Cuando los años avanzan y la vida se aquieta,
esas manos siguen hablando. Tal vez ya no trabajan como antes, pero continúan
bendiciendo, acariciando, rezando. Son manos que han aprendido a descansar en
el Señor, sabiendo que cada sacrificio no fue en vano. En ellas se refleja el
amor fiel de Dios, ese amor que no se cansa y que permanece hasta el final.
Mirar las manos de una madre es contemplar un
Evangelio vivido. Es reconocer que Dios se hace presente en lo cotidiano, en lo
pequeño, en lo que el mundo no aplaude. Porque allí donde una madre ha amado,
Dios ha pasado… y ha dejado su huella.
Gracias a todas las madres del mundo...
Hasta pronto.
Carmelo Guerra Sánchez
9/02/2026
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