Meditación del Evangelio Ciclo A.




Alegrémonos, queridos hermanos, en este día de triunfo y de gloria para Cristo Jesús. La fiesta de la Ascensión es también fiesta para nosotros que somos sus seguidores y miembros de su Cuerpo, que es la Iglesia. Celebrada hace años a los cuarenta días después de la resurrección, en aquel jueves de la semana pasada, uno de los jueves que “brillaba más que el sol”, se trasladó en los hace años al domingo siguiente que es hoy. Pero hoy, como ayer, la fiesta continúa brillando como una de las grandes fiestas litúrgicas.
En efecto, el triunfo de Jesús nos toca muy de cerca a todos, ya que su Ascensión es  nuestra victoria, ya que nos ofrece la garantía de que también nosotros estamos destinados a participar de los bienes del cielo. En Cristo Jesús la naturaleza humana ha sido enaltecida y participa ya de algún modo de su misma gloria. Él nos ha precedido, como cabeza nuestra, para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su Reino, como rezaremos después en el Prefacio.
San Pablo en la primera lectura nos ha invitado a comprender cuál es la esperanza a la que nos llama Dios, y cuál el gozo que nos dará en herencia a los que creemos en Cristo Jesús, tras haber seguido sus huellas en nuestra vida. Pero hay más: se puede decir que la subida al Cielo del Señor es fiesta y motivo de esperanza para toda la humanidad; y es que todos estamos incluidos en la victoria de Jesús, que nos da la medida del amor de Dios y de la capacidad de respuesta del hombre. La fiesta de hoy nos señala a todos el camino y la meta final: un destino de vida, no de muerte, aunque el camino pueda ser difícil y oscuro.
En la segunda lectura encontrábamos una llamada de atención a quienes habían acompañado a Jesús y lo vieron elevarse y desaparecer entre las nubes: Galileos, ¿qué hacéis ahí, plantados mirando al cielo? (Hch 1,11). Era una apremiante llamada a no cruzarse de brazos sino a continuar las tareas que les había encomendado aquel Jesús que ahora se ausentaba visiblemente: Id, pues, -les dice- y haced discípulos  a todos los pueblos…, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado (Mt 28, 19). El encargo iba tanto para los Apóstoles como para cuantos lo habían acompañado en la despedida; pero allí estamos representados nosotros y, por lo mismo, se nos encomiendan las mismas tareas.
Efectivamente, hoy más, que nunca, la Iglesia necesita la colaboración de todos, donde quiera que nos encontremos y sea cual sea nuestra profesión o nuestro trabajo. Somos enviados, como cristianos, a comunicar a nuestros prójimos, de palabra, de obra y con un estilo de vida que sea creíble y elocuente, la misión que nos encarga Jesús. Por cierto que hoy celebramos la Jornada de las Comunicaciones Sociales, que quiere ser, en primer lugar, una llamada especial a todos los responsables de los Medios de Comunicación; pero también a que nosotros, sus lectores, oyentes y videntes oremos por ellos hoy para que lo que nos ofrezcan, digan o escriban responda siempre a criterios respetuosos con la verdad.
En esta fiesta de la Ascensión se nos pide que en un mundo en que no abunda  la esperanza, seamos personas ilusionadas; que ante un mundo egoísta, mostremos un amor desinteresado; que en un mundo centrado en lo inmediato y lo material, seamos testigos de los valores que no acaban. Y esto lo deben realizar, no sólo los sacerdotes, religiosos y los misioneros, sino todos: los padres para con los hijos y los hijos para con los padres, los mayores y los jóvenes, los políticos, los maestros, lo médicos y los auxiliares en su atención a los contagiados por el coronavirus. Hace más de dos mil años la primera comunidad cristiana, según el libro de Los Hechos de los Apóstoles, realizaba estas mismas tareas.
Acaso en nuestro trabajo pastoral pueda asaltarnos el desánimo, la oscuridad y con ello la tentación del abandono; y es que, además, hoy, en medio de la pandemia, es posible que oigamos el grito del no creyente “¿dónde está ese Dios a quien rezáis vosotros los cristianos?” Un enamorado de Dios, san Juan de la Cruz, que pasó por una dura experiencia de oscuridad, se acercó amorosamente a ese Dios que se le habría ocultado y le pregunta: “¿dónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido?” Luego nos dirá que anda muy cerca y ha dejado “sus huellas” en las criaturas. Otro enamorado de Cristo, Fray Luis de León, al contemplarlo en su Ascensión, le pregunta: “¿Y dejas Pastor Santo tu grey en este valle hondo oscuro en soledad y llanto?” Sí, pero él sabe que Jesús poco antes de subir al cielo había garantizado a los discípulos: Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin de los tiempos (Mt 28, 21).
Entre las muchas maneras de hacerse presente, la más privilegiada es en la Eucaristía que estamos celebrando; en ella Él se nos entrega totalmente bajo las especies de pan y vino. Su Palabra no podía ser más clara: Esto es mi Cuerpo… Esta es mi Sangre
Teófilo Viñas, o.s.a. 


Cuando los Apóstoles –que se quedaron en Jerusalén– tuvieron noticia de que Samaría había creído en Jesús, les enviaron a Pedro y a Juan para que les comunicaran el Espíritu Santo por la imposición de las manos. El Espíritu Santo es el «protector» (Paráclito), que, en ausencia de Jesús, los auxiliaría. El Espíritu de Dios es incompatible con el mundo, dominado por un espíritu contrario a Dios, que no conoce ni admite a Dios en su vida, ya que es un espíritu de autosuficiencia y endiosamiento; en cambio, ellos sí que lo conocen porque está con ellos.
Como les había dicho en la Última Cena, que cuando hubiera muerto, volvería a ellos con una vida tal que ellos vivirían por Él, esto es precisamente lo que ahora tiene lugar de forma misteriosa, pero real, por los sacramentos, y singularmente por los tres de la iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía. Por medio de ellos, se transmite, se fortalece y se alimenta la vida divina que Dios regala a los hombres, haciéndolos hijos suyos.
El pasaje de los Hechos de los Apóstoles diferencia claramente el sacramento del Bautismo del de la Confirmación. Éste segundo es menos conocido y valorado pues parece que incluso se puede llevar la vida cristiana sin él. Sin embargo es uno de los tres sacramentos de la iniciación cristiana, que requiere la administración de los tres para que la vida cristiana sea normal y plena. De hecho, los Apóstoles, cuando tienen noticia de que los samaritanos han acogido la fe cristiana y han recibido el Bautismo en el nombre de Jesús, les envían a dos de los más destacados miembros del grupo para que les infundan el Espíritu Santo orando sobre ellos e imponiéndoles las manos.
Como nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, el sacramento de la Confirmación acrecienta y profundiza la gracia bautismal, por la que, naciendo del agua y del Espíritu, somos engendrados como hijos del Padre; la acción del Espíritu nos une más estrechamente a Cristo, modelo de hombre e Hijo de Dios; la presencia del Espíritu en nosotros aumenta la eficacia de sus dones: de sabiduría e inteligencia, de consejo y de fortaleza, de ciencia y piedad, y el don del santo temor de Dios; la influencia del Espíritu nos vincula más estrechamente a la Iglesia, que es la familia de los hijos de Dios, y el vigor del Espíritu que acompañó a Jesús en su misión nos fortalece para que demos testimonio valeroso de Cristo, hasta el derramamiento de nuestra sangre. Finalmente, por la unción con el santo crisma, el confirmando es sellado con la marca del Espíritu como propiedad de Cristo, puesto a su servicio y bajo su protección (n. 1285-1303).
Por el don del Espíritu Santo que se nos comunica en la Confirmación, adquiere nuevo auge la vida divina que germina en nosotros en el Bautismo, y que es la misma vida que Jesús tiene en común con el Padre y que los discípulos recibirán a través de Jesús. Una vida que esencialmente consiste en el Amor (vida en el Espíritu), que une a los discípulos con Jesús, y a Jesús, con ellos y con el Padre. Este amor no brota de nuestro corazón para que amemos a Dios, sino que es Dios el que nos amó y nos envió a su Hijo para que todo el que cree en Él tenga la vida eterna (1Jn 4,10; Jn 3,16).
La autenticidad de su amor a Jesús reside en que cumplen sus mandamientos (Jn 14,21; 15,10), que se resumen en el amor mutuo entre ellos como Él los ha amado (Jn 15,12.17).
Modesto García, OSA



En la lectura de los Hechos nos encontramos con el primer problema surgido en la comunidad cristiana. La rápida expansión del mensaje evangélico quiebra la organización marcada en un principio por los apóstoles. Los judíos de habla griega se quejan contra los de habla hebrea, porque sus viudas no son atendidas (Cfr. v.1). Ocurre en la primitiva comunidad lo que sucede normalmente en toda sociedad, unos reciben más que otros. Ante la injusticia, los apóstoles no se asustan, sino que dan una respuesta al problema, convocan a la asamblea y la piden que elijan de entre ellos a siete hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría (v.3)para servir a las mesas, mientras que ellos se dedicarán al servicio de la palabra. La escena que nos relata S. Lucas es muy aleccionadora. Ante una nueva necesidad, los apóstoles no se empeñan en mantener la situación reinante, sino que instituyen el ministerio del diaconado, cuya finalidad será la atención a los hermanos necesitados. Desde este momento, un distintivo esencial de la Iglesia, en todos los tiempos, en todas las culturas y circunstancias, y que la distingue de cualquier otra institución, será la caridad, la atención y el cuidado de las personas más vulnerables y necesitadas en sus múltiples necesidades. Lo estamos viendo cómo en estos momentos Iglesia se multiplica para llegar a las muchísimas personas que sufren las consecuencias de la pandemia. El servicio de la Palabra y el servicio de la caridad se alimentan mutuamente. No se puede entender la vida de la Iglesia como institución, como tampoco se puede entender la vida del cristiano sin tender la mano a las personas necesitadas. Según el texto, tanto los que se dedican a la oración y al servicio de la palabra (v.4)como los que se dedican al servicio de la mesas (Cfr.v.2) son el resultado del Espíritu. Es el Espíritu el que construye la comunidad y el que suscita los distintos dones o carismas en favor de la misma. Todo trabajo es un servicio que ayuda construir la Iglesia. Cuantos problemas evitaríamos si fuéramos capaces de reconocer que en la Iglesia todos los trabajos, el del obispo y el del sacerdote, el del catequista, el administrador, la madre de familia… son ministerios necesarios y dependientes del Espíritu, y que unos y otros contribuyen a construir la comunidad. Importa que todos nos sintamos dependientes del Espíritu Santo. Y todo trabajo bien hecho tiene la capacidad de ser un medio de renovación de la Iglesia y del mundo. Asumamos nuestras responsabilidades dentro de la Iglesia y de la sociedad mediante el servicio, superando así nuestra pasividad. Esta responsabilidad surge de nuestro bautismo. A partir de esta dignidad bautismal que compartimos todos los bautizados, surgen en la Iglesia los diversos carismas o ministerios, que no son otra cosa que diferentes maneras de servir a los demás. Como bautizados, todos somos responsables de la marcha de la Iglesia, la cual no es asunto exclusivo de los Obispos y los sacerdotes. Así mismo, como ciudadanos, todos somos responsables de la buena marcha de la sociedad, y no debemos adoptar la cómoda actitud de quienes esperan que el Estado lo haga todo.
Por el bautismo, además, participamos del único sacerdocio de Cristo y nos convertimos en un linaje elegido, un sacerdocio real (1P 2,9). El sacerdocio común de los fieles es distinto del sacerdocio ministerial, que se recibe a través del sacramento del Orden, pero no se opone a él. ¿Tenemos conciencia de la riqueza que supone pertenecer al pueblo de Dios, a la Iglesia del Resucitado? Como  pueblo sacerdotal, estamos llamados, cada uno en su ambiente, a anunciar la buena noticia a todos los que podamos, a ser signos creíbles de su amor, a anunciar las proezas de Dios. En la Eucaristía, por ejemplo, ejercitamos este sacerdocio bautismal en momentos muy expresivos, como es en la oración universal que pedimos por el mundo, o cuando entonamos nuestro canto del Sanctus en unión con los ángeles y los santos, y además como portavoces del universo y de la humanidad entera: por nuestra voz las demás creaturas, aclamamos tu nombre cantando (Prefacios de la misa).
Ante la persecución que sufría la comunidad y ante las distintas maneras de entender la vida cristiana, el evangelista insiste en animar a la comunidad para que superen las dificultades. ¡No se turbe vuestro corazón! (v.1). Muchos pensaban que su manera de entender la vida cristiana era la única o la mejor. En la casa de mi Padre hay distintas moradas (v.2). No es necesario que todos piensen de la misma manera, lo importante es que todos aceptemos a Jesús y que, como él, tengamos las actitudes de comprensión, de servicio y de amor. Amor y servicio son el elemento de unión entre las diversas comunidades y de que sea una Iglesia de hermanos.

Jesús se muestra como el camino, la verdad y la vida. Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí (Jn. 14,6). Tres palabras importantes. Sin un camino, no se anda. Sin verdad, no se acierta. Sin vida, sólo hay muerte. Jesús explica el sentido, porque nadie viene al Padre sino por mí (v.6). Jesús es la verdad, porque mirándole a él, estamos viendo la imagen del Padre, si me conocierais a mí, conocerías también a mi Padre (v. 7). Jesús es la vida, porque caminando como Jesús caminó, estaremos unidos al Padre y tendremos la vida en nosotros.
Vicente Martín, OSA



El protagonismo de la imagen de Cristo Buen Pastor aparece en varios otros textos de la celebración eucarística de este domingo. Ya en la oración inicial pedimos que “el rebaño de tu Hijo tenga parte en la admirable victoria de su Pastor”; en el salmo responsorial proclamamos gozosamente: “el Señor es mi Pastor, nada me falta, en verdes praderas me hace recostar”; la carta de san Pedro acaba con estas palabras: “habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras vidas”; la antífona de la comunión afirma que “ha resucitado el Buen Pastor que dio la vida por sus ovejas y se dignó morir por su grey”; y en la oración final se invoca a Dios Padre como Pastor: “Pastor bueno…, haz que el rebaño adquirido por la sangre de tu hijo pueda gozar eternamente de las verdes praderas de tu reino”.       
Dios, Pastor de su Pueblo, era una imagen familiar para el pueblo judío y lo era también para Jesús, como lo hemos podido ver; una imagen que hicieron muy suya los primeros cristianos, al punto de representarlo cargando en sus hombros la oveja perdida o enferma. Una imagen que no ha perdido vigencia para los creyentes de hoy. Puede ser que a alguien no le guste el símil del pastor y las ovejas, sobre todo para quien cree que “rebaño” y  “ovejas le siguen al Pastor”, significaría una visión paternalista y gregaria de la comunidad eclesial. Rotundamente no; Jesús a sus seguidores los describe con rasgos claramente personalistas y de respeto a la libertad de cada uno. Sólo quienes malinterpreten lo que hace y dice el Buen Pastor y los que hacen sus veces, negándose a descubrir el verdadero contenido de su oficio, rechazarán su imagen.
Cuantos hoy como ayer interpretan torcidamente las bellos símiles empleados por Jesús, podrían releer la Constitución “Gaudium et Spes” del Concilio Vaticano II. Ni el Papa, Vicario de Cristo en el pastoreo, ni la Iglesia jamás obligarán a nadie a entrar por la Puerta que es el propio Cristo. Uno y otra sencillamente invitarán y presentarán motivos suficientes para que, desde la libertad, pueda entrar quien se encuentra fuera. En el pasado, no pocos -intelectuales o no- pasaron por las mismas oscuridades y optaron finalmente por la luz. Sólo tres ejemplos: Agustín de Hipona, Ignacio de Loyola y García Morente. Ahora, desde el más allá, ellos y tantos otros miran a quienes dudan o no se atreven a acercarse a ese Cristo que es la Puerta que, aunque estrecha, Él te la podrá franquear, si quieres de veras.   
Cristo, Buen Pastor, nos conoce personalmente por nuestro nombre y nos abre la puerta de la vida en el aquí y ahora y nos garantiza que siguiéndole, la encontraremos abierta en el más allá. “Yo estoy con vosotros todos los días” -nos dijo- y en nuestro caminar alienta en nosotros una esperanza indestructible que nos impulsa a convertirnos a un amor sin límites, a un aguante alegre y a una acción siempre en marcha. De este modo, en palabras del Apóstol, “buscaremos los bienes de arriba donde Él está” y lo veremos en plenitud; pero antes de llegar allá no nos desentenderemos del mundo donde Dios nos quiere por el momento caminando como testigos de la Resurrección de Jesús y de nuestra esperanza en Él.
Teófilo Viñas O.S.A.


La mañana de aquel día primero de la semana para los judíos, domingo (o día del Señor), para los cristianos, fue una mañana desconcertante y sobrecogedora. Las mujeres que habían preparado los aromas para embalsamar a Jesús fueron muy temprano al sepulcro. Se encontraron la piedra corrida y la tumba vacía. Unos ángeles les anunciaron que Jesús había resucitado. Cuando volvían a la casa a comunicarlo a los discípulos, les salió Jesús al encuentro y les reiteró el encargo. Llenas de temor, por la cercanía de lo sobrenatural, y de alegría, les transmitieron el mensaje, pero no las creyeron. Si bien Pedro y Juan corrieron al sepulcro a cerciorarse de la verdad del anuncio de las mujeres; pero no vieron a Jesús ni vivo ni muerto, lo que los dejó en la duda. Los dos de Emaús no sabían, cuando partieron de Jerusalén, que el Señor se había aparecido a Pedro.
Desencantados por lo que consideraban el fin de su esperanza mesiánica puesta en Jesús, de la liberación del pueblo de sus dominadores, y desesperanzados de que fuera a producirse alguna sorpresa (pues ya hacía tres días que había muerto Jesús, que era el tiempo estimado en que el alma se cernía alrededor del cuerpo), se volvían a su pueblo a seguir con la rutina de cada día. Jesús había sido ciertamente un gran profeta acreditado por Dios, con obras portentosas; pero, como tantos profetas, había sido eliminado por los destinatarios de su mensaje. Les quedaba claro que no era el Mesías, cuyo destino había de ser ciertamente glorioso.
Iban conversado del tema del que hablaba toda la ciudad de Jerusalén: lo de Jesús de Nazaret, cuando se les une el mismo Jesús, que se inmiscuye en su diálogo. Viene a hacerles caer en la cuenta de lo equivocados que están al deducir que la pretensión de Jesús había terminado en un fracaso. Les argumenta con las alusiones a su misión y destino a lo largo de las Escrituras, pasando por Moisés y los profetas. La explicación de Jesús les va abriendo los ojos de la mente para comprender y va restableciendo la esperanza en sus corazones, hasta el punto de llevarlos al convencimiento de que Jesús ha completado su misión: es decir, ha alcanzado la gloria (pues el Padre no lo abandonó en los brazos de la muerte) y ha consumado la salvación de los hombres. Sólo les queda encontrarse con Él cara a cara. Y he aquí que se les presenta la ocasión cuando lo invitan a entrar en su casa y quedarse con ellos. Sentados a la mesa para cenar, lo reconocieron en la fracción del pan (no se trata de la Eucaristía).
Les faltó tiempo para desandar el camino a contar a los discípulos que habían visto vivo al Señor. También los discípulos les dijeron que se había aparecido a Pedro. Así pues, se había cumplido lo anunciado por Jesús, esperado vacilantemente por los discípulos y temido por los jefes religiosos de los judíos: Jesús había resucitado.
A la luz del Espíritu Santo enviado por Jesús desde el Padre, para que los llevara al conocimiento de la verdad plena (Jn 15,26-27; 16,13), lo vieron claro los discípulos. Impulsados por el Espíritu, Pedro y el grupo de los Once, persuaden a los judíos de que ellos habían sido los responsables del trágico final de Jesús entregándolo a la muerte en manos de los paganos, pero todo había sucedido conforme al plan de Dios (Hch 2,23). Un plan previsto por Dios desde antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos por nosotros (1Pe 1,20). Nosotros, los cristianos, creemos que Dios resucitó a Jesús y lo glorificó, y gracias a Cristo, creemos y esperamos en Dios.
Creemos que Dios nos adopta como hijos en Cristo, que nos rescató de las ataduras de la muerte a precio de su sangre preciosa. El precio que se ha debido de pagar por nuestra manumisión nos ha de hacer extremar el aprecio y la fidelidad al don de Dios. La confianza de sabernos hijos de Dios no nos ha de llevar al descuido, dejándonos llevar de la inercia de nuestras aspiraciones mundanas, sino a vivir en la obediencia filial, como santos, hijos del Santo, pues Dios es también juez justo que nos retribuirá según nuestras obras.
Modesto García, OSA


Celebramos el segundo domingo después de la Pascua. Los discípulos, al ver frustradas sus expectativas mesiánicas, tienen la mente embotada y no podían entender nada de lo que había ocurrido. La crucifixión de Jesús les había dejado paralizados y se encuentran encerrados por miedo a los judíos (20,19). Tomás no estaba con ellos. Que las puertas estén atrancadas no es óbice para que Cristo ya resucitado se les aparezca, como tampoco lo fue para que la piedra del sepulcro le impidiera salir de la tumba. En medio de sus temores, se les aparece Jesús. Las primeras palabras para ellos son: Paz a vosotros, y les mostró las manos y el costado (v. 20). Jesús resucitado ha adquirido una cualidad diferente. No necesita que las puertas estén abiertas para hacerse presente, y el mostrarles las manos y el costado confirman su resurrección, al tiempo que es reconocible por los discípulos, que se llenaron de alegría (v. 20). Jesús sopló sobre ellos, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo (v.22). Éste será el punto de partida para los apóstoles. A partir de ahora, con la fuerza del Espíritu Santo, estos hombres tendrán la fuerza para salir y proclamar por todo el mundo que Cristo resucitó. Los discípulos tendrán paz, a pesar de ser perseguidos por un mundo que les odiará tanto como odiaba a Jesús.
Faltaba el apóstol Tomás. Cuando sus compañeros le dijeron que habían visto a Jesús resucitado,se negó a creerles. Solo creería si podía ver en las manos la señal de los clavos y si podía meter el dedo en su costado (Cfr. 25). Tomás tiene que enfrentarse con el misterio de la resurrección de Jesús, porque no estaba con los discípulos cuando Jesús se les aparece. Otra vez las puertas están cerradas (v. 26), pero el evangelio ya no habla de miedo. Todo lo demás, igual que en la primera parte. Jesús de nuevo les da su paz. Se dirige a Tomás: Trae tu dedo, aquí tienes mis manos: trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente (v.27). El discípulo que había dudado de la resurrección de Jesús, pronuncia la mayor confesión de fe en la divinidad de Jesús: Señor mío y Dios mío (v.28). Jesús no condena a Tomás por su falta de fe, sino que le ayuda a creer (v. 27). Tomás ha exigido ver y tocar al Señor resucitado, y Jesús se lo permite, pero le basta ver su cuerpo herido y resucitado. En lugar de reprimendas, Jesús da la paz cuando se aparece a los suyos, les devuelve la alegría que nunca perderán y que nada ni nadie se la podrá arrebatar.
Muy aleccionador nos resulta el evangelio de hoy para nosotros cristianos del siglo XXI, los bienaventurados por creer sin haber visto (v.29). Debe servirnos de consuelo saber que los apóstoles, antes de brindarnos su testimonio sobre el Resucitado, nos ofrecen sus miedos, sus cobardías y su incredulidad. El Resucitado, como a los apóstoles, también puede vencer nuestras resistencias, y manifestarnos que realmente está vivo, que no se quedó en el sepulcro. Y esta es la buena noticia del evangelio. Y quien se encuentra con Cristo Resucitado, siente la necesidad de comunicar, de compartir y de celebrar su fe, de convertirse en testigo. Una fe individual es signo de una religiosidad, pero no de un encuentro con el Señor ni de que Cristo sea buena noticia. Si en la vida ordinaria, el anuncio de un noviazgo, la primera noticia de un embarazo, p. e., se muestra en la cara y en el comportamiento,  ¿cómo no va serlo la experiencia de encontrarse con Cristo resucitado? Posiblemente en nuestras retinas se mantengan los testimonios y la alegría de muchos cristianos sirios de estos últimos años, que pese al peligro que corrían sus vidas en cada instante, irradiaban una paz contagiosa. La alegría del Señor ocupa nuestros miedos, nuestros temores.  La paz y la fuerza del Señor llegan a todos los que le creen vivo. Al Jesús Resucitado, tenemos que anunciarlo, salir de nuestra seguridad personal. Tomás tuvo más dificultad para creer por no encontrarse con los demás. Será difícil testimoniar a Cristo si vivimos alejados de los demás hermanos.
Jesús, como a los discípulos, nos  ofrece la fuerza del Espíritu Santo con la misión de ser portadores del perdón en nuestra vida. No podemos reducir el perdón solamente al sacramento de la penitencia. ¿Cómo es posible que muchos cristianos seamos los más intransigentes para ofrecer el perdón y los primeros para exigir justicia? ¿Podremos llevar la paz de Cristo al mundo si nosotros no tenemos paz?  Como testigos de Cristo resucitado, no estamos en este mundo para que nos perdonen, sino para perdonar.

Al anochecer de aquel día, el primero día de la semana (v.19), es decir, en domingo, cuando están reunidos para la Fracción del Pan, tiene lugar el encuentro con Jesús Resucitado. Hoy la mayoría no podéis participar presencialmente de la eucaristía, pero el Jesús Resucitado se sigue apareciendo en nuestras casas cerradas por miedo al coronavirus a través de su Palabra cuando la leemos o escuchamos. La televisión, la radio y otros muchos medios nos están haciendo descubrir miles de brazos de este cuerpo místico unido, ensamblado y vemos enfermeros, médicos, policías, camioneros, personal de limpieza, miles de familias confinadas, y cientos de personas que se juegan la vida por los demás. Ahí está Cristo resucitado: Paz a vosotros.
Vicente Martín O.S.A.



Hermanos, en esta noche santa, celebramos la resurrección de entre los muertos de nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios e Hijo del hombre. La liturgia de la palabra nos ofrece varias lecturas, alusivas a diversos hitos de la historia de la salvación, que abarca desde la creación del mundo hasta su transformación en el cielo nuevo y la tierra nueva.
Dios, el Ser inmortal y dichoso, creó el mundo -criatura esencialmente necesitada de su Creador- con buena intención: para su salvación, es decir, para que alcanzara una existencia consolidada y gloriosa.
Toda la creación, por la inercia del impulso divino inicial, obtuvo la cumbre de su evolución en el hombre, único ser del mundo capaz de comprender el sentido de la realidad y de obrar con un fin, y en quien recae la responsabilidad del éxito o el fracaso del universo.
El proyecto divino sobre el mundo pudo acabar en rotunda frustración por el pecado del hombre, pues, apartado de Dios, el ser humano no tiene futuro, sino que sólo puede curvarse hacia la nada. Pero el hombre no es sólo naturaleza bruta que cumple maquinalmente su destino, sino un ser espiritual indestructible (a semejanza de Dios), consciente de sí mismo. Por lo que, si Dios lo hubiera abandonado a su suerte, se habría visto abocado a su perdición eterna.
Mas Dios, que lo creó en un “arranque” de amor generoso, se comprometió amorosamente con él, poniendo en juego todo su ingenio divino, todo su poder y amor divinos para –respetando su libertad- asegurar, sin embargo, la adhesión fiel del hombre a su proyecto divino, condición indispensable para acceder a la comunión con la Trinidad: por ello, el Hijo de Dios se hizo hombre. De este modo, unido indisolublemente al hombre el Hijo de Dios aseguraba la unión inquebrantable del hombre con Dios; y, por medio del hombre, de toda la creación.
Desde el primer momento en que el hombre dio un paso en falso, éste contó con la promesa divina que empeñaba al mismo Dios en la redención del hombre miserable, si bien hubo de transcurrir un tiempo indeterminado hasta la ejecución de su propósito por la encarnación del Hijo de Dios como un verdadero hombre.
Como auténtico hombre, el Hijo de Dios fue afiliado a una rama del linaje humano y adscrito a un pueblo asentado en un territorio, dotado de una lengua y una cultura. El Hijo de Dios nació como judío, descendiente de Abrahán.
El pueblo hebreo es el paradigma de toda la humanidad: su esclavitud en Egipto, su milagrosa liberación, su prolongada travesía por el desierto, su asentamiento en Canaán la Tierra Prometida…, todo ello constituye una imagen, un anticipo de la historia sagrada de la humanidad, que se clausurará al final de los tiempos.
A fuerza de tropiezos y severos correctivos, Israel fue tomando conciencia y asimilando que era el pueblo elegido por Dios para mantener viva la esperanza de la humanidad de lograr la salvación irreversible.
El destierro de Israel en Babilonia (un hecho clave en la historia del pueblo elegido) reproduce la expulsión del hombre del paraíso por causa de su pecado; y el retorno del pueblo judío a su patria es la reedición de su entrada en la Tierra Prometida, primicia, a su vez, de la llegada de la creación al estado glorioso alcanzado ya por Cristo y su Madre la Virgen María.
En orden a la consecución de esa meta suprema, el hecho definitivo ocurrido en este mundo, pero que es ya el comienzo del mundo nuevo, es el de la resurrección de Jesucristo, en quien la creación rebasa su condición de criatura para acceder a la gloria de Dios.
Esto es lo que celebramos en esta noche santa, iluminada por la luz que irradia Cristo resucitado. En Él la oscuridad de la fe cede su puesto a la claridad de la visión; gracias a Él, nuestra vida se llena de luz y de sentido, como sucede en la nueva Jerusalén , que no necesita del sol ni de la luna que la alumbre, pues la gloria del Señor la ilumina, y su lámpara es el Cordero (Ap 21,23).
Por eso, esta noche es noche de júbilo y día de esperanza y momento de entonar el aleluya.
Modesto García, OSA




Al margen de las limitaciones a las que se ven sometidos los sacerdotes este año para poder celebrar la liturgia de la Semana Santa por causa del coronavirus, toda la Liturgia del Viernes Santo se centra en la Cruz. Terminada la primera parte de la Liturgia, el sacerdote lentamente va mostrando la Cruz y entona: Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo. El pueblo responde: Venid a adorarlo. Mirad. ¿Qué tenemos que mirar? ¿Dos palos cruzados? ¿Una cruz embellecida de piedras preciosas o con una decoración artística? Mirad, fijaos: En la cruz estuvo crucificada la salvación del mundo, pero no es la cruz lo importante; lo importante es el amor que llevó a Cristo hasta la cruz para entregarnos voluntariamente su vida, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3, 16). Y a la cruz precedió la agonía en el Huerto de los Olivos, la flagelación, la coronación de espinas, el peso de la cruz, las mofas y burlas de la soldadesca y del pueblo, las traiciones… La muerte de Jesús no fue una muerte cualquiera, fue una muerte infame, muerte de esclavo, o peor la de un pecadorrenegado; muerte que aceptó como un deshecho de la humanidad; así cargó con nuestros pecados y todo por nuestro amor. Hasta tal punto llegó la entrega que el profeta Isaías había anunciado de él: desfigurado no parecía hombre, ni tenía aspecto humano (52,14). La cruz es el trono del Amor de Dios, esla cátedra desde donde Dios más nos habla. Nadie tiene mayor amor que el que entrega su vida por los demás (Jn 15,13), había dicho Jesús. San Pablo resumirá toda la fuerza del Evangelio en la cruz de Jesucristo (cfr. 1Cor 1,17-18). Hoy molesta contemplar a un hombre clavado en la cruz. Esto no nos extraña, ya San Pablo hablaba de los falsos hermanos que querían abolir la cruz: Hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo (Flp 3,18).
Por mucho que conozcamos el hecho, no nos resulta fácil comprender tanto amor, pero cuanto más nos acerquemos a él, más nos acercaremos al misterio de la mayor entrega por amor; y quienes más huyan, más absurdo les parecerá. ¿Por qué la cruz? Porque el amor se aquilata en el sufrimiento. Sólo quien ama, sufre, y solo el amor es más fuerte que la muerte. Lo vemos diariamente, sólo el verdadero amigo apura hasta la última gota el sufrimiento del amigo. Amar requiere el vaciamiento de todos nuestros egoísmos. Ante el aparente fracaso,  Jesús nos dice: ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria? (Lc 24,26).
Cristo nos asocia también a su cruz y sigue sufriendo en cada uno de sus miembros. Al dolor de tantos enfermos y de tantos problemas diarios, se suma este año la pandemia que llega a todos los rincones del mundo. Especialmente el Viernes Santo de este año, no podemos verlo como espectadores: miles de fallecidos, la soledad aterradora de muchísimos enfermos, el dolor de los familiares que no pueden acompañar a sus muertos en la última despedida, el cansancio exhausto de tantas personas que se juegan la vida por salvar a los hermanos… La cruz nos aplana, pero si Cristo descendió a los infiernos, es decir bajó hasta lo más profundo a donde puede llegar un ser humano, con Jesús podemos enfrentarnos al dolor y al sufrimiento. Cuando los sufrimientos nos ahogan, cuando no podemos más, cuando creemos encontrarnos en un callejón sin salida, miremos detenidamente  a la cruz de Cristo y dejémonos mirar también por él. Jesús nos invita a tomar nuestra cruz: El que quiera venir en pos de mí, que se Y cómo cambia la actitud de quien con humildad y sinceridad se pone ante la cruz de Cristo. No tengamos miedo a la cruz en nuestra vida. Los dolores, los sufrimientos pasan, y sólo queda el fruto de la semilla plantada, que dará frutos de vida eterna, porque de la misma manera que Dios resucitó a su Hijo, también nos resucitará a nosotros. Nuestro sufrimiento unido al de  Cristo termina en resurrección. La cruz está hecha a la medida de cada persona. Podrá parecer absurda la cruz, pero Cristo está dispuesto a llevársela a quien se deje. Porque no hay cruz en la vida humana que el Señor no comparta con nosotros.
Muchas personas desfilan durante el relato de la pasión: Pilato, el Cirineo, las mujeres… ¿Con quién nos identificamos?  ¿Con la postura de todos aquellos que llevaron a Jesús hasta el madero de la cruz? ¿Queremos lavarnos las manos como Pilatos y no comprometernos a ir contracorriente? ¿Queremos ser cirineos que ayudan a llevar la cruz a Jesús? ¿Estamos dispuestos a ser como las mujeres que valientemente acompañan a Jesús?  
Vicente Martín, OSA



San Pablo , en su Carta a los corintios, nos ha recordado lo que hizo Jesús en la noche en que iba a ser entregado. A la narración del hecho histórico, el Apóstol añadió su propio comentario: cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva (1 Cor 11,26). Su mensaje es claro: la comunidad que celebra la Cena del Señor actualiza la Pascua. La Eucaristía no es la memoria de un rito pasado, sino la viva repetición del gesto supremo del Salvador. Al contemplar en la tarde de hoy el misterio de amor que nos vuelve a proponer la Última Cena, también nosotros tenemos que permanecer en amorosa y profunda adoración.
La Iglesia sigue repitiendo las palabras de Jesús y sabe que está comprometida a hacerlo hasta el fin del mundo. En virtud de las palabras pronunciadas por el sacerdote se realiza un admirable cambio: permanecen las especies eucarísticas, pero el pan y el vino se convierten, de acuerdo con la feliz expresión del Concilio de Trento, “real, verdadera y substancialmente”, en el Cuerpo y en la sangre del Señor. La mente se siente perdida ante un misterio tan sublime. Esto es mi cuerpo… Ésta es mi sangre (Mt 26,26-28). Apoyados en esta fe, y por esta luz que ilumina nuestros pasos también en la noche de la duda y de la dificultad, somos capaces de afirmar: ¡Yo creo, Señor!
En el siglo IV de nuestra Era nos encontramos a san Agustín que, ante el “Misterio de la fe“, confesaba con profunda reverencia y amor apasionado: “¡Oh!, Sacramento de piedad, ¡oh!, signo de unidad, ¡oh!, vínculo de caridad. Quien quiere vivir saber dónde está su vida y sabe de dónde le viene la vida; que se acerque y que crea; que se incorpore a este Cuerpo para que participe de su vida” (Coment. al Evang. de san Juan, 26,13).
Y ahora nuestra mirada se dirige a la tercera parte del tríptico que compone la liturgia hoy. Se lo debemos a la narración del evangelista Juan, en la que aparece la imagen desconcertante del lavatorio de los pies. Con este gesto, Jesús recuerda a sus discípulos de todos los tiempos que la Eucaristía exige un testimonio en el servicio de amor a los hermanos. Hemos escuchado las palabras de Maestro divino: Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros unos a otros (Jn, 13,14). Es un nuevo estado de vida que deriva del gesto de Jesús: Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis (Jn 13,15).
Efectivamente, el lavatorio de los pies se presenta como un acto paradigmático, que tiene su clave hermenéutica y su explicación plena en la muerte y en la resurrección de Cristo. En este acto de servicio humilde, la fe de la Iglesia ve el fin natural de toda celebración eucarística. Es decir, la auténtica participación en la Misa no puede dejar de generar amor fraterno en toda la comunidad eclesial. Ahí está el porqué en el día de hoy nos acordamos especialmente de CARITAS y también de quienes en los Santos Lugares cuidan de ellos con no pequeños sacrificios y carencias.
Dice san Juan: Los amó hasta el extremo (13, 1). En efecto, la Eucaristía constituye el signo perenne del amor de Dios, un amor que sostiene nuestro camino hacia la plena comunión con el Padre, a través del Hijo, en el Espíritu Santo. Es un amor que supera la capacidad del corazón del hombre. Al detenernos esta tarde noche a adorar el Santísimo Sacramento y al meditar en el misterio de la Última Cena, nos sentimos sumergidos en el océano de amor que mana del corazón de Dios.
Oremos con san Agustín¡Oh sacramento de piedad, oh signo de unidad y vínculo de caridad! Quien quiere vivir sabe dónde encontrar la fuente de la vida, Aproxímese, crea, entre a formar parte del cuerpo (Tract. Evang. s. Juan, 26,13).
Teófilo Viñas, O.S.A.



A mediodía, cuando el sol alcanza su cénit, la tierra quedó en tinieblas en Jerusalén, algo más que un simple fenómeno natural: un signo del luto de la naturaleza por la agonía mortal de su Creador; pierde su luz al apagarse el que es su gloria esplendorosa, pierde su sentido al eclipsarse su origen y destino. El sol se niega a alumbrar aquella escena del Calvario, no quiere ser testigo de una atrocidad inaudita de los hombres: la de dar muerte a su Señor.
Allí, en el Calvario, fuera de las murallas de la ciudad, expulsado del recinto que cobija a sus ciudadanos, como un indeseable, como un proscrito, está clavado entre dos malhechores el Hijo del Dios eterno: ha venido de parte del Padre a restablecer la relación familiar entre los hombres y Dios, que devolviera a los primeros la esperanza de la vida eterna por su comunión en la vida del mismo Dios; pero ha obtenido el rechazo, la condena y la ejecución ignominiosa de la Cruz.
Suspendido entre el cielo y la tierra –empeñado en lograr su reconciliación–, llega a tener la sensación de que ni en uno ni en la otra encuentra sitio ni se le quiere. En la tierra, casi todos lo han abandonado: un discípulo de los más queridos, Pedro, lo ha negado; otro, Judas, lo ha traicionado; todos –menos Juan– han desaparecido. Al pie de la Cruz, tan sólo están su madre, el discípulo amado y algunas mujeres. Para colmo, la oscuridad le hace más espesa la soledad, privado de todo contacto físico o visual.
Pero lo más terrible para Él era que los representantes de la religión de su pueblo hicieran mofa de Él a costa de su piedad para con Dios, a quien siempre se había sentido íntimamente unido, con una confianza filial, desde el vientre de su madre: Confió en Dios, que lo libre si es que lo ama, pues dijo: “Soy Hijo de Dios” (Mt 27,43). Le echan en cara que Dios, en quien confiaba, no moviera un dedo para ayudarle. ¿Sería verdad que Dios lo rechazaba y se ponía de parte de sus enemigos? Éstos lo acorralan como una jauría de mastines, como una banda de malhechores para hacerse con sus despojos: le han quitado sus vestidos y echado a suerte su túnica; lo han descarnado y escarnecido, se pueden contar sus huesos; le han taladrado sus manos y sus pies. Lo miran triunfantes de haber logrado acabar con Él. ¿Acaso está Dios también entre los que lo aplastan contra el polvo de la muerte?
En esta situación agónica, Jesús exclama con gran voz: «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46). Suena como un grito de angustia y desesperación, de una tristeza mortal a la que no puede sobreponerse su espíritu, a punto de desfallecer. ¿Por qué, Padre, permaneces sordo a mi súplica? ¿Acaso no te importa la situación injusta en que me encuentro? Si Tú me dejas de tu mano, ¿quién se apiadará de mí para hacerme justicia?
«¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?» (Sal 21/22,2) es también la exclamación inicial del salmo 21/22, que es una de las composiciones más impresionantes del salterio, una oración de lamentación individual, que refleja toda la tragedia del hombre que se siente injustamente tratado por los hombres, mientras Dios con su silencio parece aprobarlo. Pero, a pesar del arranque del salmo, no hay en él desesperación, sino confianza extrema de un hombre piadoso; no pide venganza, sino clemencia para sus verdugos.
Constituye este salmo una ayuda inestimable para adentrarnos un poco en el corazón de Jesús en el momento de su agonía. Sin duda, Jesús lo reza desde lo más profundo de su humanidad; con toda la sinceridad de su alma, como iniciador y consumador de la fe (Heb 12,2).
El salmista ha sido escuchado por Dios, que no lo ha defraudado: le dio satisfacción frente a sus enemigos, lo libró de las garras de la muerte y le hará vivir para Él. Por eso lo alabará mientras viva y su descendencia lo bendecirá por generaciones.
Sin embargo, la situación de Jesús es trágica en extremo, apurada e irreversible, pues su vida, no sólo está en peligro, sino que se le escapa por las heridas y está entrando en la agonía. Aunque Él se encuentra en la más desoladora soledad, en los más crueles tormentos, en el más absoluto desprecio, en la más negra oscuridad en que ni a tientas siente a Dios, sabe que Dios ha escuchado la súplica que le ha dirigido con gemidos y lágrimas, y eso le ensancha el corazón, y le da confianza en el postrer suspiro: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46).
Espera vivir tranquilo en la presencia de Dios, gozando de su amistad, junto con una descendencia incontable, la compañía de sus hermanos, nosotros, por quienes aboga ante el Padre como Sacerdote, y por quienes ofrece el sacrificio de su vida.
Modesto García, OSA



En las situaciones inesperadas y desconcertantes también Dios se hace presente. El momento que estamos viviendo, como consecuencia de la pandemia mundial, nos hace vivir la fe y la comunión de la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, de una forma nueva. El no tener acceso a los sacramentos ni a la iglesia no es impedimento para que podamos escuchar la voz de Dios o para sentir a través de la televisión y de la radio la cercanía y oración de los hermanos que están al otro lado.
En este quinto y último domingo de Cuaresma, el salmo 129 con el que damos respuesta a la Palabra de Dios, nos viene como anillo al dedo. Es uno de los salmos que entonaban los israelitas en su peregrinación a Jerusalén y al Templo. El salmo es una oración transida de arrepentimiento y humildad, cargado de una esperanza ciega en la misericordia de Dios. El salmista se dirige a Dios desde lo profundo de su aflicción para que le auxilie, para que lo rehabilite en su amistad con Él. Comienza el salmo con un grito: Desde lo hondo, a ti grito, Señor (v.1), seguro de alcanzar la misericordia y la compasión de Dios. Es un grito dolorido que se inserta en la fe del pueblo, que se siente perdonado de sus pecados y rescatado de la esclavitud egipcia. Hay otro grito profético (Sal 22,1) y será Cristo quien lo cumpla clavado en la cruz: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?    
También nosotros, ante la pandemia que estamos viviendo, desde lo más profundo de nuestro ser, gritamos y con atrevimiento filial, le decimos a Dios: Dios mío, ¿por qué nos has abandonado? Reconocemos nuestros pecados personales y reconocemos los pecados de la sociedad. Nos hemos olvidado de Dios como el pueblo hebreo, hemos levantado nuestros becerros con distintos nombres. Hemos llegado a creer que Dios sobra en nuestra vida, que nos estorba, pero nuestros becerros tienen los pies de barro, la realidad nos hace abrir los ojos, un simple virus ha puesto en jaque a todo el mundo. Con el salmista volvemos los ojos a Dios, confiados en su bondad y misericordia, y desde lo más profundo le pedimos a Dios que nos auxilie, que nos mantenga en la esperanza, confiando como el centinela, en que escuchará nuestra oración.
Estamos viviendo una situación que pone a prueba nuestra fe. Estamos palpando nuestra fragilidad y sentimos la necesidad de acercarnos más a Dios. Pero podemos creer que Dios no nos escucha. Leemos en el evangelio que Marta y María, también vivieron una situación algo semejante a la nuestra. Ante la gravedad de su hermano Lázaro, les quedaba la esperanza de que su amigo Jesús vendría y le curaría, y con esa esperanza le mandan un recado. Les bastarían pocas palabras para que Jesús supiera lo que tenía que hacer: Señor, el que tú amas está enfermo (v.4), pero Jesús parece que se hace el desentendido, prolonga su estancia y cuando llega, Lázaro ha muerto. Pese a la confianza que tenían las hermanas en Jesús, su fe se tambalea: Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano (v.21). Pero ¿era correcto lo que ellas esperaban de Jesús?
Con frecuencia nuestra fe es débil y en estos momentos está sometida a prueba, nos cuesta ver la compasión de Dios. Necesitamos los ojos de Dios para mirar a la cruz y descubrir que quien de ella cuelga es el mismo Hijo de Dios. ¿Mayor locura o mayor absurdo a los ojos humanos? La cruz de Jesús, aparente fracaso, es el paso al mayor triunfo imaginable: su resurrección. Dios no se ha comprometido a salvarnos de todo tipo de enfermedades o a librarnos indefinidamente de la muerte, se ha comprometido a darnos su misma vida y a que la tengamos en abundancia. Hoy nos pide que pongamos nuestros ojos en Él. Jesús es capaz de hacer mucho más de lo que pedimos o creemos necesitar. Nadie más que él podía decir: Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá (v.25). Esta es la mayor revelación de Jesús, tiene poder sobre la vida y sobre la muerte, y aquí radica el meollo del texto evangélico. ¿Crees esto? (v.27). Y momentos después Jesús se echa a llorar por la muerte de Lázaro. ¿Creemos, aunque no lo comprendamos, que Jesús está a nuestro lado también en estos momentos? También a ti y a mí, Jesús nos pregunta: ¿Creemos que también llora con nosotros por tantos muertos, por tantos enfermos, por tanto dolor…? ¿Creemos que Jesús en estos momentos nos visita y llora con nosotros por la catástrofe que estamos viviendo? Son días para pedirle que nos abra los ojos como se los abrió a Marta y María al misterio de la vida nueva, que nos abra los ojos para ver que el poder de Dios va más allá de nuestras expectativas, para creer que él llora con nosotros porque nos ama asumiendo nuestra condición humana en su totalidad. Cristo manifiesta que tiene poder sobre nosotros tanto en la vida como en la muerte, que nuestra muerte física es el preludio de nuestra resurrección. Cristo nos dice como a Lázaro: Sal afuera (v.43) del sepulcro de la tristeza, del miedo… Sal afuera. Yo he venido para que tengáis vida en abundancia hoy, mañana y siempre. Yo soy la resurrección y la vida.
Vicente Martín, OSA



Efectivamente, no pocos de los males de este mundo tienen una explicación racional. No hace falta pensar mucho para darse cuenta de que los males que sufren muchos se deben a la propia persona o a los abusos, irresponsabilidades y egoísmos de otros. Cuando la víctima  es inocente, puede que los vicios de los padres vengan a reproducirse en los hijos; puede también que otras personas de su entorno tengan su parcela de culpa. Cuando no aparece o no existe conexión entre el mal y culpa alguna, estamos ante un misterio cuyo referente es Cristo, un Cristo paciente y crucificado. Una cosa es cierta: en el mal, físico o espiritual, contra el que luchamos, siempre encontraremos un Dios que camina con nosotros.
Vengamos ahora al caso de la curación del ciego de nacimiento. Jesús, tras untarle los ojos con lodo, lo envía a lavárselos en la piscina de Siloé. Fue, se lavó y volvió con vista (Jn 9, 7). Ante el extraordinario suceso se movilizaron todos los asistentes; nace una discusión de carácter teológico. Se cita ajuicio a los padres, que quieren desentenderse por miedo a las autoridades religiosas judías, ya que éstas habían decidido excluir de la sinagoga al que confesara que Jesús era el Mesías. El pueblo queda indeciso; tan asombroso les parece el milagro que para no admitirlo se niegan a aceptar que se trate de la misma persona que mendigaba. Y, aunque algunos creyeron en Jesús ante la evidencia del hecho, otros encontraban una grave objeción: el que viola el sábado es un pecador y si es pecador su acción no puede venir de Dios.
El ciego, por su parte, insiste en afirmar que él ha sido curado. Y con un sentido común él argumenta contra aquellos doctores de la Ley: Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si éste no viniera de Dios no tendría ningún poder. (A lo que ellos) Le replicaron: “has nacido completamente empecatado ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?” Y lo expulsaron (Jn 9, 32-34). Se enteró Jesús de que lo habían expulsado de la sinagoga y al encontrarse con él le preguntó: “¿Crees tú en el Hijo del hombre? Él contestó: “¿Y quién es, Señor, para que crea en él? Jesús le dijo: “Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es. Él dijo: Creo, Señor. Y se postró ante Él (Jn 9, 35-38).
En el pasaje evangélico que acabamos de comentar brevemente podemos ver que existen dos clases de ciegos. Inicialmente parece que hay uno solo, pero luego podemos ver que hay algunos más. Al primero le faltaba la luz física de los ojos; a la mayor parte de los personajes que intervienen en la escena lo que les faltará es la vista interior de la fe; creen ver y se cierran en su postura. El ciego, desde la realidad que está viviendo, les muestra sus contradicciones. Y ante la pregunta hecha a Jesús por los fariseos sobre si ellos también estaban ciegos, Él los va a desenmascarar: Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís “nosotros vemos”, vuestro pecado permanece (Jn 9, 41).
Y volviendo a nosotros, nos podemos preguntar si de veras nos identificamos con el ciego que recuperó la vista y con otro pequeño grupo, en el figuraban los apóstoles y discípulos y algunas personas más, convencidos por la argumentación del propio ciego. Ciertamente que nuestra misma presencia en la iglesia constituye una elocuente respuesta, pero el Señor siempre pide algo más. Y si no, ved las exigencias que hace el apóstol san Pablo en la segunda lectura de hoy a la comunidad de Éfeso, cristianada por él: Antes sí erais tinieblas, pero ahora sois luz por el Señor. Vivid como hijos de la luz, pues toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz. Buscad lo que agrada al Señor (Ef 5, 7-10).
Caminar como hijos de la luz significa para san Pablo que hemos de vivir en la bondad, la justicia y la verdad. No podemos actuar como los escribas y fariseos del evangelio de hoy, que se empeñaron en  no salir de su ceguera y de su hipocresía, apoyados en instituciones y en criterios que ellos mismos había inventado. Y es que la conversión es siempre obra conjunta entre Dios y nosotros; así fue la conversión de Pablo de Tarso y así nos habla Agustín de Hipona de su propia conversión: “Porque de tal manera me convertiste a ti, Señor, que ya no abrigaba esperanza alguna de este mundo” (Confesiones, 8, 12, 30). Dejémonos, pues, convertir.
Hoy es la ocasión de pedir al Señor que cure nuestra ceguera, para que comencemos a ver todo de manera diferente. Si no caen las escamas de nuestros ojos, como cayeron de los ojos de Pablo y Agustín y de todos los convertidos de la historia, seguiremos en nuestra ceguera de falsos videntes. Pidamos que Cristo abra nuestros ojos a la luz de los valores evangélicos: la vida y el amor, la verdad y la justicia, la convivencia y la solidaridad con los más desfavorecidos, para renovarnos en nuestro compromiso cristiano.
Teófilo Viñas, O.S.A



Jesús llega con sus discípulos a las inmediaciones de la ciudad de Sicar. Mientras los discípulos entran en la ciudad para proveerse de víveres, Jesús se sienta a descansar, sediento (era mediodía), junto al brocal del pozo de Jacob.
Entretanto, llega al pozo, a sacar agua, una mujer samaritana con la que Jesús entabla un delicioso diálogo basado en el agua, elemento vital. La intención de Jesús es claramente evangelizadora, para dar a conocer a la mujer la buena noticia del Reino de Dios.
Jesús pide a la mujer que le dé un poco de agua. La mujer le objeta, extrañada, que los samaritanos no se tratan con los judíos desde antiguo. «¿Cómo, pues, me pides agua?» –viene a decirle–.
Jesús aprovecha el retraimiento de la mujer a darle agua para hablarle de un agua viva que Él tiene, que es un don de Dios que apaga la sed para siempre y que hace brotar dentro de la persona como un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.
La propuesta de Jesús provoca el asombro de la mujer, que ahora es la que pide que le dé esa agua (ella sigue pensando en una suerte de agua material, que le ahorraría muchas idas y venidas al pozo).
Jesús la lleva de un pensamiento material a otro personal, espiritual. Para ello le deja entrever su perspicacia profética para conocer los secretos del corazón. «¿Cómo es que conoce Jesús su vida personal?» -se preguntaría la mujer. Circunstancia que aprovecha la samaritana para plantear a Jesús (en su calidad de profeta) el largo desencuentro entre judíos y samaritanos acerca del lugar en que debe darse culto a Dios.
El tema del lugar en que se había de dar culto a Dios, que suscita la mujer (si en Jerusalén o en el monte Garizim), no se aparta de lo que venía siendo el hilo conductor de la conversación acerca del agua material y el agua viva, don de Dios, agua espiritual, divina, sobrenatural. En los tiempos mesiánicos, que están comenzando (de los que la mujer es testigo privilegiado: el Mesías «soy Yo, el que habla contigo»), el culto a Dios no se ceñirá a un lugar (pues Dios es espíritu, es decir, es luz, es amor, es divino, por contraposición con lo terreno), sino que ha de ser en espíritu y verdad: una adoración interior, espiritual, “que corresponde al verdadero conocimiento de Dios, y que se manifiesta en la propia entrega a la verdad” (Wikenhauser, El evangelio según san Juan, Herder, 168); es la adoración que los hijos de Dios, nacidos del Espíritu, han de tributar al Padre.
Jesús lleva a cabo con la mujer una tarea evangelizadora, anunciándole el Evangelio de la gracia de Dios que trae el Mesías y que se compendia en el don del Espíritu Santo, que nos hace hijos de Dios. De lo que le dice Jesús, ella se quedó con que Jesús era un profeta y, tal vez, el Mesías de Dios, y así se lo transmitió a sus paisanos (en una tarea verdaderamente misionera), los cuales acudieron por curiosidad para ver quién era Jesús, al que le rogaron que les expusiera su mensaje más detenidamente.
El agua que Jesús ofrece es de naturaleza infinitamente superior al agua con que Dios sació la sed corporal de los israelitas en el desierto. En aquella ocasión, el Señor realizó un prodigio increíble al hacer brotar agua abundante de la roca; y ello, a pesar de su mala fe, que atribuía a Dios la intención de querer matar de sed al pueblo con sus ganados. En el momento presente –como dice el Apóstol-, la fe es requisito para obtener la reconciliación con Dios y la esperanza de la gloria. Fe en el amor desmesurado e incomprensible de Dios, que ha entregado a la muerte a su Hijo por nosotros, aun siendo pecadores. Fe que alimenta y sostiene el Espíritu Santo, que Dios ha derramado en nuestros corazones, que son capacitados por Él para amar al Padre como verdaderos hijos.
Al cabo de los dos días que permaneció con ellos, muchos samaritanos terminaron creyendo que Jesús era el Salvador del mundo.
Modesto García, OSA


Ante la pregunta directa de Jesús sobre su identidad, Pedro, inspirado por Dios, contesta sin rodeos: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo (Mt 16,16), pero al poco tiempo, Jesús anuncia a los discípulos, por primera vez, que tenía que ir a Jerusalén y padecer mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día (v. 21). Es fácil imaginar la zozobra mental de Pedro y la de los demás discípulos ante estas palabras. No se correspondía lo que ellos pensaban con lo que Jesús acababa de anunciarlos. En este contexto, seis días más tardeJesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan y subió con ellos aparte a un monte alto (17,1).Y estando Jesús en el monte, se transfigura. Los discípulos lo pudieron ver, pudieron entrever la gloria de Jesús. Con el tiempo, llegarían a entender que para llegar a la gloria había que pasar por la cruz. La aparición de Moisés y Elías, parece reiterar la afirmación que ya hemos escuchado a Jesús de que no ha venido a abolir la ley y los profetas sino a cumplirla (Mt 5,17). Allí se oyó también una voz del cielo que  confirmaba la identidad de Jesús: Este es mi Hijo, el amado en quien me complazco. Escuchadlo (v.5).
Que los tres sinópticos nos narren la Transfiguración, con pequeñas variaciones, denota la importancia que tuvo el hecho tanto para los apóstoles como para los primeros cristianos. Era una gran ayuda para superar el rechazo y la persecución que sufrían unos y otro en propia carne. Los apóstoles, testigos de la transfiguración, lo comunicaron posteriormente después de la resurrección a los otros apóstoles  y a incontables millones a través de los siglos.
La experiencia de la transfiguración pretende robustecer la fe de los discípulos ante la muerte de Cristo que se les avecinaba. Así lo proclama el prefacio de este domingo: Después de anunciar su muerte a los discípulos, les mostró en el monte santo el resplandor de su luz, para testimoniar, de acuerdo con la ley y los profetas, que, por la pasión, se llega a la gloria de la resurrección. Jesucristo, como buen pedagogo, ante su próxima muerte, fortalece la fe de los apóstoles, para que soporten el escándalo de la cruz. Dios manda a los discípulos, a la primera iglesia que escuchen a Jesús, pero cuando llega el momento de la muerte de Jesús, vemos que se olvidan de lo que acaban de contemplar.
También nosotros, frecuentemente naufragamos, como los apóstoles. ¿Cómo es posible que Cristo tuviera que pasar por la cruz? Si Dios es infinitamente bueno y poderoso, ¿cómo hay tanto dolor en el mundo, tanta injusticia, tanta violencia? ¿Por qué sufren los justos? Diariamente nos enfrentamos con muchas preguntas: ¿Qué camino tenemos que seguir en un mundo cada día más complejo y difícil? Gran problema para nosotros descubrir, como Pedro, que a la gloria se llega por la cruz, por todo tipo de sufrimientos, para entender a Dios. La Cruz de Jesús es la prueba de que la vida es más fuerte que la muerte. La comprensión total del seguimiento de Jesús no se obtiene sino caminando con él por el camino de la Cruz. Cuentan que se quejaba un día Santa Teresa de lo mal que la trataba el Señor con enfermedades, problemas, arideces… A lo que Jesús le dice: Teresa, así trato yo a mis amigos. Teresa, que no tenía pelos en la lengua y con su gracejo, le responde: Ah, Señor, por eso tienes tan pocos. En todo momento, especialmente en los momentos de cruz, Dios nos dice que escuchemos a Jesús, que no temamos. El miedo es una reacción común cuando uno se ve confrontado con Dios, cuando la voz de Dios ilumina nuestra realidad; realidad que puede transformarse en más justicia, en más solidaridad y misericordia. 
Los discípulos se atemorizaron ante el hecho de la Transfiguración, pero Jesús los animó a no tener miedo. Podemos preguntarnos ¿A qué le tengo miedo si bajo de la montaña? ¿A tener que cambiar mi vida? ¿No estaremos construyendo enramadas, al igual que Pedro?
Vicente Martín, OSA



Sabemos que, al terminar la obra de la creación, Dios vio que todo lo que había hecho era muy bueno (Gén 1, 31); y, por tanto, el mal y el desorden no son obra de Dios. Uno y otro comienzan con el hombre mismo que, siendo bueno también, un día, abusando de uno de los dones más preciosos que le había el Creador –la libertad–, optó por usarla mal; era el pecado. Quedaba, pues, dañada esta libertad por el pecado, pecado de origen que, a su vez, estará al fondo de todo pecado personal, individual o colectivo.
La verdad es que el hombre siempre quiso hacer responsable a alguien de su pecado o de sus males y desgracias; ahí está Eva, en el relato bíblico, haciendo culpable de su pecado a la serpiente; y Adán, por su parte, echando la culpa a Eva. Y de allí en adelante, a lo largo de la historia, el hombre se inventó, incluso, “dioses del mal”, que serían los responsables de mal que él mismo cometía, así como también de las desgracias que le sucedían en su vida, para así abdicar del esfuerzo personal que supone el buen uso de su propia libertad.
Adán fue el primero en pecar. Su pecado es una realidad y un símbolo del pecado del mundo. El pecado personal es una adhesión y ratificación histórica de una situación de desgracia por la que, libre y personalmente, el hombre se hace solidario con Adán en el mal. Ahora bien, si por Adán entró el pecado y, con el pecado, los muchos males, la muerte y la condena, por Cristo conseguimos la gracia, la vida, la salvación. Es lo que nos dice san Pablo en la segunda lectura: Lo mismo que por un solo delito resultó condena para todos, así también por un acto de justicia resultó justificación y vida para todos (Rom 5, 18).
En el evangelio de hoy, efectivamente, encontramos en Cristo el paradigma perfecto para salir exitosos en todos los momentos en que nos sintamos tentados, como Él, ayudándonos a no aceptar lo que nuestra conciencia ni nuestra fe cristiana rechazan como no bueno. Las tres tentaciones que Satanás presenta a Jesús simbolizan otras tantas tentaciones que ha sentido el hombre en todos los tiempos y que infelizmente se ha dejado arrastrar por ellas. Éstos podrían ser sus nombres: “piedras-pan”, “exhibicionismo”, “doblar la rodilla”.
Digamos ya que la tentación de transformar las piedras en pan equivale a un dejarse llevar por un materialismo hedonista, nota característica de nuestro tiempo, que tiene su expresión en estos binomios: dinero, sí; austeridad, no; materia, sí; espíritu, no. Esto es: dejarse llevar por el tener y gastar, con olvido de la primacía del reino de Dios y sus valores; es disociar la fe de la vida. La Cuaresma representa un momento privilegiado para quien desee dar a las cosas su verdadero valor. Se trata de un ejercicio, tanto más conveniente, cuanto el hombre se ha insensibilizado a las cosas del espíritu, víctima de un materialismo invasor. No sólo de pan vive el hombre (Mt 4, 4), dice el Señor.
En la segunda tentación –correr un riesgo imprudente– descubrimos un exhibicionismo hueco que busca, ante todo, el aplauso de los demás. El exhibicionista pretende poner a Dios al servicio de su vanidad y capricho, lo que deja de manifestar una mentalidad infantil. Es también querer manipular y domesticar a Dios, deseando asegurarse, a toda costa, su favor a base de mecanismos pseudoreligiosos. Jesús nos avisa: No tentarás al Señor, tu Dios (Mt 4, 7). Así proceden quienes se olvidan de que la fe es riesgo y respuesta sin límites al amor de Dios que en Cristo nos amó primero y sin medida.
Doblar la rodilla, adorarlo; nada menos que eso es lo que Satanás le pide a Jesús; después le dará todos los reinos del mundo y su gloria. El ateísmo y el agnosticismo son dos “profesiones” de las que hacen gala multitud de gentes en nuestro tiempo; pero lo curioso es que estas personas que han renunciado a creer y a adorar al Dios verdadero, doblan su rodilla vergonzosamente ante mil otros dioses falsos que ellos mismos han entronizado en su vida; no hace falta que lo digan, se ve por lo que hacen. Otras veces nos encontramos con apóstatas que se enorgullecen de no saber ya “hacer la señal de la cruz”, confesión esta que lleva la marca de conquistar adeptos para su causa.
Comentando el pasaje evangélico de las tentaciones que tuvo el Señor en el desierto, dice san Agustín: “¡Nada menos que Cristo tentado por el demonio! Pero en Cristo estabas siendo tentado tú, porque Cristo de ti tenía la carne, y de Él procedía para ti la salvación; de ti procedía la muerte para Él, y de Él para ti la vida; de ti para Él los ultrajes, y de Él para ti  los honores; en definitiva, de ti para Él la tentación, y de Él para ti la victoria” (In ps. 60, 3). Jesús no es sólo el modelo en la lucha contra las tentaciones, sino también el que siempre nos acompaña y nos ayuda con su gracia a conseguir la victoria.
Teófilo Viñas, O.S.A.




En el capítulo 5º del evangelio de san Mateo (v. 17-48), Jesús contrasta su enseñanza con la ley de Moisés valiéndose de seis antítesis, introducidas con las memorables palabras: Habéis oído que se dijo a los antiguos… pero Yo os digo. Los versículos que hoy se han leído recogen la 5ª y 6ª antítesis, cada una de las cuales ofrece una enseñanza sobre el amor cristiano: el amor excede al derecho que nos asiste para reclamar que se nos haga justicia; y el amor es universal por naturaleza.
La 5ª antítesis es una enmienda a la ley del talión, que preconizaba: “Ojo por ojo y diente por diente” (reglamentación estatal de la primitiva venganza de sangre). Frente a ella, Jesús propone: «No hagáis frente al que os agravia», pidiendo “un amor que renuncia a la exigencia de sus derechos” (Schmid, El evangelio según san Mateo, Herder, 159). Y ofrece cuatro ejemplos que chocan con la sensibilidad humana: poner la otra mejilla, ceder también el manto (prenda aún más necesaria que la túnica), caminar dos millas en vez de una, dar limosna a quien la pide. Lo que Jesús declara es que la buena voluntad del discípulo perjudicado, renunciando a reclamar sus derechos, ha de ser el verdadero espíritu del cristiano (Schmid, 162). Con ello, no está aboliendo la ley antigua, sino llevándola a su plenitud (Mt 5,17).
En la 6ª antítesis, frente al amor al prójimo, es decir, un amor restringido al compatriota –de lo que se desprende, por deducción, el odio al enemigo (pues en ningún lugar del Antiguo Testamento se encuentra la sentencia «Odiarás a tu enemigo»)–, Jesús propone a sus discípulos que han de amar a todos los hombres, tanto amigos como enemigos, o sea, que han de practicar un amor universal, con lo que eleva el amor a categoría de “precepto de carácter absoluto” (Schmid, 164). Este amor es distintivo de Dios, que es Amor.
Dios ama a todas sus criaturas, pues, si a alguna no amara, no la habría creado (Sab 11,24). A una de ellas, la criatura inteligente, la ha dotado de autonomía, por la que puede discrepar y aun oponerse a Dios. Esta criatura puede enemistarse con Dios; pero ni siquiera declarándose enemiga suya deja Dios de amarla, ya que Dios es Amor (1Jn 4,8) y no “puede” no amar. ¿Cómo ama Dios a su enemiga? Manteniéndola en el ser, solicitándola para que se convierta a Él, y finalmente, respetando su decisión.
Este amor universal lo ha de ejercitar el discípulo a imitación de Dios, bondadoso y misericordioso, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. En el Evangelio, el precepto del amor es el primero de los mandamientos (Mt 22,38) y es compendio de la ley entera: “El amor es mentalidad y actitud a lo divino” (Schmid, 166), no un sentimiento; es desinteresado y libre de egoísmo. El amor que Jesús exige es “algo extraordinario, más que humano” (Schmid, 167).
Jesús termina la exposición de sus enseñanzas reformulando la advertencia expresada en forma negativa: «Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos» (Mt 5,20), vertiéndola en términos positivos enérgicos: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48), que recoge la exhortación del Levítico (19,2): «Sed santos, porque Yo, el Señor, vuestro Dios soy santo», y que el evangelista Lucas expresa con otro matiz: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (6,36).
Dios nos llama a ser santos porque Él es santo. Mejor dicho, Él es el Santo. Cuando decimos que una persona es santa, reconocemos que es una persona virtuosa en grado admirable; de gran pureza de afectos y de voluntad; de generosidad heroica; muy unida y asemejada a Cristo en su entrega a los demás. Tanto más santa cuanto más identificada se encuentra con Él. Pero por muy admirable que nos parezca, no deja de ser un pálido reflejo del Dios Santo.
Decir que Dios es el Santo equivale a proclamarlo como el enteramente Otro, distinto de todo cuanto existe, a la distancia insalvable que se interpone entre el Creador y la criatura. Que Dios es Santo significa que es el Ser en su plenitud, sin ninguna deficiencia, sin ninguna vía posible de progreso (pues ya lo es todo). Es la suma simplicidad, sin partes diferenciadas, la Unidad consumada. El Santo es el infinitamente inmutable, en el que no cabe aumento o disminución; el infinitamente Verdadero, en quien todo es transparencia, armonía, afirmación; el infinitamente Bondadoso, pues sólo el Bien tiene cabida en el Ser; el infinitamente Bello; el infinitamente Justo y Compasivo, sin que, en Él, se diferencie la Justicia de la Misericordia. En definitiva, Dios es el Amor.
Y a nosotros nos pide Dios que seamos santos. Hechos a imagen y semejanza de Dios, somos capaces de amar, y, en el amor, encontramos las mayores satisfacciones de la vida: «Amar y ser amados» (San Agustín, Confesiones II 2,2). Pero nuestro amor natural no puede superar la barrera de lo particular. Ahora bien, el amor de Dios es universal; el amor verdadero es universal, un objetivo fuera del alcance del ser humano. Pero Jesús no nos lo propone para hacernos sentir nuestra incapacidad, sino para que aprendamos de dónde nos puede venir el auxilio: sólo con la ayuda del Espíritu de Dios podemos amar a lo divino, a todos, incluso a los enemigos.
Jesús llama a sus discípulos a imitar la perfección divina. “El actuar moral… se hace libre entrega del corazón, con amor y confianza, al Señor y Padre, frente a quien no hay derecho alguno a cambio de servicios prestados”. “El hombre piadoso sabe también que Dios le reclama de una manera total para sí y que sus rendimientos quedan siempre por debajo de la absoluta exigencia de Dios. Y esto le hace humilde ante Él” (Schmid, 172). Más que de una voluntad humana esforzada es cuestión de dejarse llevar por el Espíritu de Dios.
Modesto García, OSA



Seguimos leyendo el Sermón de la Montaña, centrado hoy en la Ley. Es fácil suponer que cuando S. Mateo escribe su evangelio, los primeros cristianos, procedentes en su mayoría del mundo judío aferrado a la Ley, se preguntaran si seguía vigente o si por el contrario Jesús la había abolido y cuál sería, por tanto, su comportamiento. Ante esta inquietud, S. Mateo pone en labios de Jesús: No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud (v.17). Jesús no solo no deroga la Ley antigua sino que es el único que con su autoridad divina enseña su verdadero sentido. Después de hablar de la Ley en general, aclara lo dicho mediante cinco antítesis –hoy leemos solamente tres de ellas–: Habéis oído que se dijo:… Pero yo os digo. De esta manera Jesús, centrándose en el quinto (vv.21-26),  sexto (vv.27-32) y octavo mandamiento (vv. 37-39) aclara cómo debe ser nuestro comportamiento, sin subterfugios y sin palabrerías.
Frecuentemente oímos: yo ni mato ni robo. Según el Señor no es solamente culpable quien asesina; el que se enoja con el hermano será juzgado y hallado culpable. Jesús prohíbe la ira que se cultiva, que no quiere olvidar, que busca venganza. La ira interminable es mala; el habla despectiva es peor, y el chisme descuidado y malicioso que destruye el buen nombre de una persona es aún peor. El que es esclavo de la ira, el que habla en un tono de desprecio, el que destruye el buen nombre de otro, puede que nunca haya cometido un asesinato de hecho, pero sí en el corazón. Nadie puede llamarse cristiano y mantener una actitud contraria al hermano por cualquier ofensa personal que haya sufrido.  Con ello nos enseña Jesús la importancia que tienen los pecados internos contra la caridad, que desembocan fácilmente en  la murmuración, el rencor, la calumnia, el odio, etc. y de los que frecuentemente no somos conscientes.
La misma dinámica tiene el pecado del adulterio. No es solamente culpable el hombre o mujer que comete adulterio, también peca quien permite un deseo impuro. La persona que se condena es quien usa deliberadamente sus ojos para despertar su concupiscencia, quien mira de tal manera que despierta la pasión y estimula deliberadamente el deseo. La enseñanza de Jesús está, tanto en un mandamiento como en otro, en no cometer y en no desear el asesinato y adulterio, porque antes que la acción pecaminosa externa llegue a término, el pecado ya lleva un largo recorrido, la acción ha anidado en el corazón humano comenzando por los pensamientos y siguiendo por los deseos para terminar en la acción. La enseñanza de Jesús va a la raíz del pecado. Los pensamientos son tan importantes como las obras, y no basta con no cometer pecado, sino en no querer cometerlo, en no darlos cabida en nuestro interior. Jesús por las obras y por los pensamientos voluntarios y deseos que nunca se materializaron en obras. De aquí surge que nosotros no vemos nada más que las acciones exteriores de una persona, pero Dios ve los secretos del corazón. Y puede haber personas que externamente sean modelos de rectitud, pero por sus pensamientos íntimos son igualmente reprobables delante de Dios.
No pretende Jesús que nos arranquemos un ojo o cortemos un abrazo para evitar el pecado, es un modo hiperbólico de hablar, indicándonos que si por salvar la vida, somos capaces también de que nos corten un brazo, una pierna o cualquiera otra parte le cuerpo, cuánto más debiéramos hacer por salvar nuestra alma. Debemos conservar cuidadosamente el amor y la paz cristiana con todos nuestros hermanos; y, si en algún momento, hay una pelea, debemos confesar nuestra falta, humillarnos ante nuestro hermano, haciendo u ofreciendo satisfacción por el mal hecho de palabra u obra, y debemos hacer esto rápidamente porque hasta que lo hagamos, no seremos aptos para nuestra comunión con Dios.
Vicente Martín, OSA


En el pasaje evangélico que acabamos de escuchar Jesús quiere decir a sus discípulos y, en ellos, a todos nosotros, cuál es el papel del cristiano en el mundo. Para ello, utiliza los ejemplos o comparaciones, que mejor nos puedan ayudar a entender dicho papel. Hoy nos encontramos con estas dos: Vosotros sois la sal de la tierra. Vosotros sois la luz del mundo. Sin duda, las imágenes que Él ha escogido en el texto de hoy son altamente sugestivas: el cristiano tiene que ser sal de la tierra y luz del mundoLa sal y la luz son dos elementos que forman parte de la vida cotidiana, elementos importantes y necesarios para nuestra vida.
Vosotros sois la sal de la tierra, dice el Señor. El cristiano, en efecto, tiene que ser como la sal, que aporta a la vida el buen sabor de la fe, el sabor de los valores del evangelio; y esto lo hace de un modo humilde y discreto, sin buscar el aplauso. Pero, además, el Señor nos advierte sobre la existencia de un peligro: que la sal venga a perder el sabor, es decir, que nos podamos diluir en medio de la sociedad y perdamos nuestra identidad cristiana. Éstas son sus palabras: si la sal se vuelve sosa, no sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente (Mt 5, 13). Habrá que esforzarse, pues, por mantener el sabor auténtico de la fe, no sólo por nuestro propio bien, sino para poderlo ofrecer a quienes puedan necesitarlo.
Vosotros sois la luz del mundo, añade Jesús. Si la sal es importante, la luz, sin duda, lo es tanto o más. Y es que sin luz la vida se tornaría muy difícil por no decir imposible. La luz nos permite ver las cosas en su realidad y andar por el camino correcto. Si vamos a oscuras lo normal es que tropecemos y nos caigamos o causemos destrozos. En el mundo del espíritu la luz tiene una gran fuerza simbólica: en todos los tiempos y culturas, el ser humano ha buscado la luz de la verdad, se ha afanado en poner luz a los interrogantes más profundos de la existencia. Pues bien, la fe en Jesús resucitado es la luz que puede dar respuestas a todas las inquietudes del hombre. Al creyente pueden asaltarle inquietudes y oscuridades, pero sepa que está capacitado para mantenerse firme en su fe.
Se trata, también, de tomar conciencia de que todos nosotros, como seguidores de Jesús, estamos llamados a prolongar su acción evangelizadora con nuestra palabra y sobre todo con nuestro testimonio. No podemos ocultarnos, ni debemos disimular nuestra fe. Nos lo dice el mismo Jesús en este otro pasaje del evangelio de hoy: No se enciende una lámpara para meterla debajo de celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa (Mt 5, 15). El cristiano es, debe ser, lámpara que ilumine a los demás. Sea cual sea su puesto en la Iglesia, ésta es la misión evangelizadora que todos los cristianos tenemos encomendada. Ante esta afirmación quizá alguien pregunte: pero ¿en qué consiste eso de ser luz? Las lecturas de este domingo, tomadas del profeta Isaías y del apóstol san Pablo, nos ayudan a responder.
Una de las respuestas la encontramos en la primera lectura, tomada del profeta Isaías: Partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que está desnudo. Entonces surgirá tu luz como la aurora… (Is 58, 7-8). Ésa es la verdadera luz que podemos vivir y transmitir; y ahí está la Campaña del Hambre que hoy mismo estamos celebrando. En ella se nos hacen presentes tantas y tan diversas necesidades que esperan nuestra atención. Si vivimos los valores de la caridad, el amor desinteresado, la justicia, la solidaridad, si compartes ‒añade el profeta más adelante‒ tu pan con el hambriento brillará tu luz en las tinieblas (Is 58, 7. 10). Lo mismo que nos decía antes el salmo responsorial: En las tinieblas brilla como una luz el que es justo, clemente y compasivo (Sal 111, 4).
San Pablo, por su parte, en la segunda lectura, al dirigirse a la comunidad de Corinto, nos dice: Mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu (1 Cor 5, 4). Es decir, la palabra portadora del mensaje que queremos hacer llegar en nuestra misión evangelizadora no necesita grandilocuentes discursos sino sólo de la palabra sencilla que brote del corazón y sea testimonio vivo de nuestra fe, una de que ha de tener más tarde su manifestación en hechos muy concretos.
En definitiva, serán nuestras obras las que muestren que somos sal de la tierra y luz del mundo. En otras palabras: nuestro ejemplar modo de vivir mostrará a los demás la luz que ilumina nuestra vida; los auténticos valores que vivamos serán los que podrán contagiar la fe. Sólo así, seremos testigos evangelizadores para las personas que nos rodean. Ésta era, precisamente, la conclusión de Jesús en el pasaje que hemos leído: Que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo (Mt 5, 16). No buscamos el aplauso de los hombres, sino la aprobación de Dios.
Teófilo Viñas, O,S.A


Leemos este Evangelio tan conocido para todos nosotros, pero siempre tan sorprendente. Con este fragmento de las bienaventuranzas, Jesús nos ofrece un modelo de vida, unos valores, que según Él son los que nos pueden hacer felices de verdad.
La felicidad, seguramente, es la meta principal que todos buscamos en la vida. Y si preguntásemos a la gente cómo buscan ser felices, o dónde buscan su propia felicidad, nos encontraríamos con respuestas muy distintas. Algunos nos dirían que en una vida de familia bien fundamentada; otros que en tener salud y trabajo; otros, que en gozar de la amistad y del ocio..., y los más influidos quizá por esta sociedad tan consumista, nos dirían que en tener dinero, en poder comprar el mayor número posible de cosas y, sobre todo, en lograr ascender a niveles sociales más altos.
Estas bienaventuranzas que nos propone Jesús no son, precisamente, las que nos ofrece nuestro mundo de hoy. El Señor nos dice que serán «bienaventurados» los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de la justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que buscan la paz, los perseguidos por causa de la justicia... (cf. Mt 5,3-11).
Este mensaje del Señor es para los que quieren vivir unas actitudes de desprendimiento, de humildad, de deseo de justicia, de preocupación e interés por los problemas del prójimo, y todo lo demás lo dejan en un segundo término.
¡Cuánto bien podemos hacer rezando, o practicando alguna corrección fraterna, cuando nos critiquen por creer en Dios y por pertenecer a la Iglesia! Nos lo dice claramente Jesús en su última bienaventuranza: «Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa» (Mt 5,11).
San Basilio nos dice que «no se debe tener al rico por dichoso sólo por sus riquezas; ni al poderoso por su autoridad y dignidad; ni al fuerte por la salud de su cuerpo... Todas estas cosas son instrumentos de la virtud para los que las usan rectamente; pero ellas, en sí mismas, no contienen la felicidad».
Rev. D. Pablo CASAS Aljama



El Papa Francisco publicaba el pasado el 30 de septiembre la Carta apostólica titulada Aperuit Illis, “les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras” (Lc 24, 45). Mediante esta carta establece como Domingo de la Palabra de Dios el III Domingo del Tiempo Ordinario de cada año. Pretende el papa dedicar este domingo a la celebración, reflexión y divulgación de la Palabra de Dios (Aperuit Illis, 3), con el objetivo de comprender la riqueza inagotable que proviene de ese diálogo constante de Dios con su pueblo (Carta ap.). Quiere el papa que los creyentes demos gran importancia a la Palabra del Señor tanto en la acción litúrgica como en la oración y la reflexión personal. Sería bueno leer detenidamente este documento, que se puede encontrar en internet escribiendo simplemente Aperuit Illis. Ya el Concilio Vaticano II había dado un gran impulso a la Palabra de Dios con la constitución Dei Verbum y en los años posteriores los papas S. Juan Pablo II, Benedicto XVI y el mismo Francisco han seguido la línea marcada por el Concilio y han insistido en la importancia de la Palabra de Dios tanto en la vida como en la misión de la Iglesia. En la Sagrada Escritura el Señor nos habla, se nos da a conocer y espera nuestra respuesta libre, personal y consciente. Por ello, es necesario acercarnos a la Sagrada Escritura con una escucha atenta, una lectura asidua, una actitud receptiva, un corazón orante, una recepción creyente, una asimilación continua, una vivencia intensa, una celebración gozosa y un testimonio misionero. Decía S. Jerónimo, maestro y estudioso de la Palabra de Dios, en cuyo 1600 aniversario de su muerte el papa ha publicado Aperuit Illis, que la ignorancia de las Escrituras es ignorancia de Cristo. El papa Francisco, al instituir el Domingo de la Palabra de Dios, nos recuerda que el Resucitado sigue caminando en medio de su comunidad, explicando
las Escrituras con su vida y su palabra, e invitándonos a todos a implicarnos en la hermosa tarea de anunciar el Evangelio. El catecismo de la Iglesia en su número 134 citando a Hugo de San Víctor dice: Toda la Escritura divina es un libro y este libro es Cristo, porque toda la Escritura divina habla de Cristo, y toda la Escritura divina se cumple en Cristo. Y en el número 141 afirma: La Iglesia siempre ha venerado la sagrada Escritura, como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo (Dei Verbum 21): aquélla y éste alimentan y rigen toda la vida cristiana. Para mis pies antorcha es tu palabra, luz para mi sendero.
Hoy damos comienzo a la lectura del evangelio de S. Mateo, que nos acompañará durante todo el año litúrgico. El arresto de Juan el Bautista empuja a Jesús a tomar el relevo. A partir de ahora será él quien continúe con la predicación de la Buena Noticia del Reino y su implantación en medio de este mundo. El Bautista había irrumpido en el desierto de Judá, junto al Jordán. Su mensaje era de conversión ante la inminente llegada de Dios que trae un hacha en la mano para cortar los árboles que no dan fruto. Jesús, por su parte, cambia de escenario. Se traslada desde Nazaret, – el pueblo donde se había criado y vivido durante unos 30 años-, a Cafarnaúm, situado junto al lago de Genesaret. Una tierra que por su proximidad a otros pueblos extranjeros era llamada Galilea de los gentiles (Is 8,23). A primera vista, Jesús se limita a repetir el mismo mensaje de Juan: Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos (v.17). Pero el tono y las consecuencias de su predicación serán muy distintas. Si la proclamación de Juan suscitaba cierto temor, el anuncio de Jesús genera alegría y gozo, y proporciona luz para salir de las tinieblas en las que vive Israel. De este modo se cumplen las palabras del profeta Isaías que hemos escuchado en la primera lectura: El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaba en tierra y sombras de muerte, y una luz les brilló (Is 9,1). Si la invitación del Bautista movió a muchos a bautizarse, la proclamación de Jesús se convierte en una invitación al seguimiento y a involucrarse en la tarea del Reino, que trae curación y salvación para todos: Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres (v. 19). Jesús anuncia un proyecto en el que la prioridad será curar y recuperar a quienes viven sumergidos y oprimidos por las fuerzas del mal.
Jesús no solo invitó a los primeros discípulos a implicarse en tarea del Reino. El Señor resucitado llamó también a Pablo y lo empujó a ir más allá de las fronteras del judaísmo para que todos los pueblos conocieran el Evangelio del amor de Dios revelado en la cruz: No me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo (1Cor 1,17)
Si Jesús no va a Jerusalén, como pensaríamos nosotros, sino que se traslada hacia las fronteras de Galilea para convertirse en luz y alegría, si Pablo traspasa los límites del judaísmo, podemos comprender la insistencia del papa Francisco en salir hacia las periferias para llevar la alegría y el consuelo del Evangelio a todos, especialmente a toda persona marginada. Solo podremos ser servidores del Reino si colocamos el Evangelio en el centro de nuestras vidas, de nuestras comunidades y de nuestras tareas.
Que el domingo dedicado a la Palabra haga crecer en todos nosotros la familiaridad asidua con la Sagrada Escritura para que Cristo sea siempre el centro de nuestra vida. Y que entendamos, como dice el papa Francisco, que la Palabra de Dios y los sacramentos siempre van unidos, y por tanto que no podemos prescindir de la liturgia de la Palabra en la eucaristia, como si no tuviera importancia.
Vicente Martín, OSA


En este Domingo nos encontramos con unas lecturas –sobre todo en el pasaje evangélico-, que nos describen la rica personalidad de Jesús, a quien acabamos de adorar, niño en Belén, aplicándole estos nombres: Enviado de Dios, Mesías, Siervo, Hijo de Dios, Cordero de Dios, Amado, Preferido del Padre, Señor nuestro. Entre todos ellos, hoy, al iniciarse la vida pública de Jesús, que culminará con su pasión y su muerte, en el evangelio de hoy cobra especial protagonismo el término Cordero, un nombre lleno de simbolismo y de profundas resonancias bíblicas; todo ello viene contenido en esta expresión: Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1, 29).
En efecto, la primera comunidad cristiana vio en Jesús el cumplimiento de los recuerdos y figuras de aquel “cordero pascual”, cuya sangre, marcando las puertas de las familias de los judíos en Egipto, fue el inicio del éxodo y de la liberación de Israel. Por su parte, el profeta Isaías, en los pasajes que hemos leído hoy, nos presenta al Siervo como una oveja que es llevada al matadero y se ofrece por la salvación de todos. Estrecha e íntima es la relación entre Jesús y los sacrificios diarios de corderos que se hacían en el Templo y que ahora están sustituidos por la ofrenda que de sí mismo hizo el verdadero Cordero en la Cruz.
Pero más allá de las interpretaciones de raíz bíblica, la definición del Bautista está diciéndonos muy alto que Jesús es el Salvador, es aquel que viene a traer al mundo una palabra de esperanza. En un mundo, como el nuestro, tan lleno de pecado, es decir, de sufrimientos, de pobreza, de violencia, de injusticias, de marginación… Jesús es aquel que viene a quitar el pecado del mundo, el que trae, de parte de Dios y lleno del Espíritu Santo, un mensaje de alegría, de paz, de justicia, de solidaridad, de perdón, de amor. Como decía Isaías en la primera lectura, Él es luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra (Is 49, 6). También lo decía san Pablo en la segunda lectura: Cristo es quien nos trae la gracia y la paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo (1 Cor 1, 3).
Recordemos lo que estaba pasando a orillas del río Jordán: administraba el Precursor un bautismo de penitencia y también Jesús, antes de dar inicio a su vida pública, quiso someterse a aquel rito, como si fuese un pecador más; algún conocimiento de él debía tener el Bautista para decirle: soy yo quien tengo que ser bautizado por ti; y Jesús le dice: conviene que así cumplamos toda justicia. Acto seguido, aparece sobre Jesús el Espíritu Santo y se deja oír la voz del Padre –éste es mi Hijo amado (Mt 3, 14-17)-, lo que llevará a Juan a proclamar solemnemente: Yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios. Y al día siguiente, Juan, viéndolo pasar cerca, dijo a dos de sus discípulos: Éste es el Cordero de Dios (Jn 1, 34 y 35). Así anunciaba él la misión y el destino de Jesús.
Hoy precisamente, nos damos cuenta de que en la celebración de la Eucaristía se repite varias veces el nombre que le ha dado el Precursor: así, en el Gloria lo hemos invocado como Cordero de Dios, Hijo del Padre; momentos antes de la Comunión repetiremos tres veces: Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo; y, antes de la comunión, mostrando el Pan consagrado, proclamará el sacerdote: Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Es ésta, pues, una afirmación que el cristiano deberá hacer muy suya, de tal manera que le ayude a colaborar con Jesús en su obra de quitar el pecado del mundo; la recepción del Pan eucarístico fortalecerá aún más el compromiso.
Pues bien, al hilo de las afirmaciones del Bautista, preguntémonos: ¿conocemos a ese Jesús, cordero de Dios, no de boquilla sino de corazón? Efectivamente, para poder dar testimonio de alguien y podérselo explicar a los demás, es decir, ser sus apóstoles, primero tenemos que conocerlo bien. Sin duda que podremos saber muchas cosas de Jesús, pero el verdadero conocimiento de él va mucho más allá de lo que podamos saber. Ésta es, pues, la pregunta clave: ¿hemos experimentado en nosotros su amor, su presencia, su amistad? Un buen propósito que deberíamos hacernos cada día podría ser éste: conocer íntimamente a Jesúsamarlovivirlo.
Esta experiencia de encuentro con el Cordero que quita el pecado del mundo y con el Señor Resucitado, vencedor de la muerte y del pecado, deberá darnos fuerzas, para luego, en la vida, ser consecuentes con esa fe que profesamos y vivimos; y, por supuesto, esta experiencia y compromiso serán el fundamento del testimonio que ofrezcamos sobre el amor de Dios que se nos ha manifestado en Cristo Jesús.
Teófilo Viñas, O.S.A.






La liturgia de la Iglesia celebra hoy el bautismo del Señor como clausura del tiempo de Navidad. Parece un salto muy grande en el tiempo desde la cuna hasta el Jordán, pero, en realidad, ambos acontecimientos coinciden en ser comienzo: de la vida de Jesús en el mundo y de la misión para la que había venido al mundo, la de anunciar el año de gracia de Dios e iniciarlo por la obra de la redención, mediante su pasión, muerte y resurrección. Ambos inicios propician otro comienzo: el de nuestra vida en gracia por el Bautismo.
Juan Bautista anunciaba con palabra fogosa a Israel la inmediata llegada del Mesías largamente esperado, y administraba un bautismo de agua (en contraposición al bautismo de Espíritu que traería el Mesías); su bautismo era solamente un bautismo de penitencia (como signo de conversión), de purificación para disponerse a recibir al Mesías.
Estaba Juan en éstas cuando el propio Mesías se le presenta para recibir el bautismo que administraba, lo cual desconcierta al Bautista, sabedor de la inocencia del Mesías. Pero Jesús insiste en ser bautizado, pues es voluntad de Dios, ya que Él viene como “siervo sufriente de Dios, que tiene que tomar sobre sí los pecados de muchos” (Schmid, El evangelio según san Mateo, Herder, 92); viene como hombre solidario con sus hermanos pecadores para hacerlos justos.
Lo confirma el que, al salir Jesús del agua del Jordán, los cielos se abren sobre Él, descorriendo un poco el misterio del proyecto divino de salvación de los hombres, auspiciado por la Trinidad entera, que se manifiesta en aquel preciso tiempo y lugar: el propio Hijo de Dios identificado con el hombre que ha de ser salvado y reconocido por el Padre como su Hijo bienamado, que es asistido por el Espíritu Santo, en quien la Verdad, el Amor y el Poder eficaz se alían para hacer realidad todo el bien que Dios quiere comunicar al hombre.
Jesús es el Siervo de Dios, el hombre elegido por Dios, enteramente dócil a las mociones del Espíritu, amigo incondicional de Dios, dispuesto a manifestar a las naciones la justicia o santidad de Dios, la cual propone a sus hermanos, los hombres, como estilo de vida, que es imprescindible adoptar para beneficiarse de la salvación de Dios.
La boca de Jesús, profeta de Dios, propondrá la verdad con convicción. Con calma, sin aspavientos o gritos, sin imposiciones o coacciones, salvando (no condenando) hasta los más leves resquicios de verdad y bondad que restan en el fondo de cada hombre; simplemente declarando la justicia (o salvación) con verdad, con entereza. A favor de su obra colabora que todo el pueblo (todo hombre) espera, ansía y suplica la verdadera salvación, que no es otra que la que trae el Mesías de parte de Dios.
El Señor lo ha tomado de la mano, como un padre a su hijo, y lo ha conformado según su corazón, para constituirlo alianza del pueblo y luz de las naciones. Una alianza nueva y definitiva (que ya no será modificada porque no puede ser mejorada) de Dios con los hombres en Cristo, en quien se unen indisolublemente la divinidad y la humanidad. La tarjeta de presentación del Mesías es la curación de toda dolencia: los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y los pobres son evangelizados (Mt 11,5), y salen de la prisión los que habitan en tinieblas (Is 42,7), acciones liberadoras que significan la salud espiritual, y apuntan a la sanación de la raíz de la humanidad oprimida por el diablo, príncipe de este mundo.
En la efusión del Espíritu Santo sobre la casa de Cornelio, referida en el relato del libro de los Hechos, se cumple el anuncio de los ángeles a los pastores: en la tierra, paz a los hombres de buena voluntad (Lc 2,14), al ensancharse el pueblo que se beneficiaría de la llegada del enviado de Dios del cielo a la tierra. Pedro ve claro que [Dios] acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra (Palabra) a los hijos de Israel, anunciando la Buena Nueva de la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos.
Con su bautismo de agua, Jesús se compromete a asumir su bautismo de sangre para así infundir el poder vivificador del Espíritu al agua del bautismo cristiano. Gracias a Él, nosotros fuimos bautizados en agua y Espíritu Santo, y fuimos convertidos en criaturas nuevas, en hijos de Dios, que llevamos en nosotros su vida divina. Por eso debemos vivir con la dignidad que requiere nuestra nueva condición, debemos de ser santos, como nuestro Padre Dios es santo. Y debemos vivir en el amor, porque Dios es amor, y, en esto nos han de reconocer como discípulos de Cristo: porque amamos a los hermanos.
Modesto García, OSA



Celebramos la solemnidad de la Epifanía; es decir, el hecho de que Dios se da a conocer a todos los hombres, sin excluir a nadie. Es la fiesta que popularmente conocemos como la fiesta de los Reyes Magos. Posiblemente el folclore montado en torno a esta fiesta nos impida escudriñar su profundo mensaje.
Mateo nos da la noticia escueta del nacimiento de Jesús: habiendo nacido Jesús en Belén de Juda en tiempos del rey Herodes (2,1), y a continuación nos relata la escena de los Magos. Este texto evangélico pertenece a los llamados Evangelios de la Infancia de Jesús. Bajo un lenguaje envuelto en leyenda, historia y reflexión, Mateo quiere mostrarnos la verdad profunda de este recién nacido, que desde el principio va a ser rechazado por unos y acogido por otros. Y quiere dejarnos también claro que el rechazo de los judíos a Jesús no va a ser cosa de los últimos momentos, sino que será una constante a lo largo de toda la historia humana, pero la última palabra no la tendrá el mal. Dios triunfará. Dios salvará al niño Jesús y por mucha oposición que encuentre en su vida, llevará a cabo su obra redentora. Este será el hilo conductor de todo el evangelio de Mateo.
Desde el principio, el nacimiento de Jesús provoca reacciones distintas. La primera reacción, positiva, la encontramos en los magos, paganos y extranjeros. Creyeron en el signo de la estrella y emprendieron un camino de búsqueda del Señor. Entre luces y sombras llegaron a Belén. Vienen de lejos, no tienen la Escritura, ni los profetas, ni la historia de tantas maravillas obradas por Dios a favor de Israel, pero tienen fe y persisten en la búsqueda del rey anunciado por la estrella. Como buscaron de verdad, Dios los encaminó y terminaron encontrando a quien buscaban y se llenaron de una inmensa alegría.
Contrasta profundamente con los magos la actitud de Herodes. Da orden de busca y captura. Intenta degollar a Jesús por miedo a que aquel recién nacido le destronara. Herodes ha pasado a la historia con el sobrenombre de el Grande, grande por la suntuosidad de sus construcciones y grande por la enormidad de sus crímenes, que ejecutó especialmente en el entorno familiar. Y por querer matar a Jesús, decreta la matanza de los inocentes (16-18). Y esta historia se viene repitiendo año tras año y siglo tras siglo. Son muchos los Herodes a quienes Dios les estorba, y la manera de defenderse es matando a todo aquel que pueda ser su testigo, porque la presencia y palabra de los testigos de Jesús, les recuerda el no te es lícito, por no querer reconocer la luz y la verdad que les trae Jesús.
Hay otra postura frente a Jesús: La de los sumos sacerdotes y escribas. Unos y otros lo conocen todo sobre el Mesías, indican a los magos dónde tiene que nacer, pero instalados en sus privilegios religiosos y sociales, no mueven un dedo para comprobar esta realidad. Se quedan con su conocimiento y en su comodidad. El mensaje de este relato nos advierte que la verdad de Dios no puede dejarnos instalados y satisfechos. No podemos conformamos con indicar a los demás el camino a seguir sin que movamos una paja para acompañarlos.
Estas actitudes nos tienen que hacer pensar. Los magos, paganos, reconocen y adoran al Niño; los judíos no lo reconocen e intentan matarlo; los maestros conocedores de la Palabra de Dios, en realidad no les interesa, viven de ella, pero sus intereses están muy por encima de querer encontrar al Mesías.
No creo que sean necesarias más reflexiones. Simplemente debiéramos tomar en nuestras manos el evangelio y preguntarnos seriamente: ¿no habremos perdido la dimensión de profundidad en nuestra vida? ¿preferimos buscar la luz o seguir caminando en tinieblas?  ¿nos reconocemos en el evangelio? ¿quién es Jesús para mí? ¿dónde lo busco? Sabiendo tantas cosas sobre Jesús, ¿mi actitud responde a la de los magos, a la de Herodes o la de sumos sacerdotes y escribas? Ante la actitud generosa de los magos, que le ofrecen dones muy valiosos, también podemos preguntarnos: ¿qué reservamos para ofrecerle al Señor? ¿Lo mejor que tenemos o lo último que nos queda?
Vicente Martín, OSA


La Iglesia contempla agradecida la maternidad de la Madre de Dios, modelo de su propia maternidad para con todos nosotros. Lucas nos presenta el “encuentro” de los pastores “con el Niño”, el cual está acompañado de María, su Madre, y de José. La discreta presencia de José sugiere la importante misión de ser custodio del gran misterio del Hijo de Dios. Todos juntos, pastores, María y José, «con el Niño acostado en el pesebre» (Lc 2,16) son como una imagen preciosa de la Iglesia en adoración.

“El pesebre”: Jesús ya está ahí puesto, en una velada alusión a la Eucaristía. ¡Es María quien lo ha puesto! Lucas habla de un “encuentro”, de un encuentro de los pastores con Jesús. En efecto, sin la experiencia de un “encuentro” personal con el Señor no se da la fe. Sólo este “encuentro”, el cual ha comportado un “ver con los propios ojos”, y en cierta manera un “tocar”, hace capaces a los pastores de llegar a ser testigos de la Buena Nueva, verdaderos evangelizadores que pueden dar «a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel Niño» (Lc 2,17).

Se nos señala aquí un primer fruto del “encuentro” con Cristo: «Todos los que lo oyeron se maravillaban» (Lc 2,18). Hemos de pedir la gracia de saber suscitar este “maravillamiento”, esta admiración en aquellos a quienes anunciamos el Evangelio.

Hay todavía un segundo fruto de este encuentro: «Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto» (Lc 2,20). La adoración del Niño les llena el corazón de entusiasmo por comunicar lo que han visto y oído, y la comunicación de lo que han visto y oído los conduce hasta la plegaria de alabanza y de acción de gracias, a la glorificación del Señor.

María, maestra de contemplación —«guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón» (Lc 2,19)— nos da Jesús, cuyo nombre significa “Dios salva”. Su nombre es también nuestra Paz. ¡Acojamos en el corazón este sagrado y dulcísimo Nombre y tengámoslo frecuentemente en nuestros labios!


Rev. D. Manel VALLS i Serra


 Contemplamos el misterio de la Sagrada Familia. El Hijo de Dios inicia su andadura entre los hombres en el seno de una familia. Es el designio del Padre. La familia será siempre el hábitat humano insustituible. Jesús tiene un padre legal que le “lleva” y una Madre que no se separa de Él. Dios se sirvió en todo momento de san José, hombre justo, esposo fiel y padre responsable para defender a la Familia de Nazaret: «El Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: ‘Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto’» (Mt 2,13).

Hoy, más que nunca, la Iglesia está llamada a proclamar la buena noticia del Evangelio de la Familia y la vida. Hoy más que nunca, una cultura profundamente inhumana intenta imponer un anti-evangelio de confusión y de muerte. San Juan Pablo II nos lo recordaba en su exhortación Ecclesia in Europa: «La Iglesia ha de proponer con fidelidad la verdad sobre el matrimonio y la familia. Es una necesidad que siente de manera apremiante, porque sabe que dicha tarea le compete por la misión evangelizadora que su Esposo y Señor le ha confiado y que hoy se plantea con especial urgencia. El valor de la indisolubilidad matrimonial se tergiversa cada vez más; se reclaman formas de reconocimiento legal de las convivencias de hecho, equiparándolas al matrimonio legítimo...».

«Herodes va a buscar al niño para matarle» (Mt 2,13). Herodes ataca de nuevo, pero no temamos, porque la ayuda de Dios no nos faltará. ¡Vayamos a Nazaret! Redescubramos la verdad de la familia y de la vida. Vivámosla gozosamente y anunciémosla a nuestros hermanos sedientos de luz y esperanza. El Papa nos convoca a ello: «Es preciso reafirmar dichas instituciones [el matrimonio y la familia] como provenientes de la voluntad de Dios. Además es necesario servir al Evangelio de la vida».

De nuevo, «el Ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: ‘Levántate, toma contigo al niño y a su madre, y ponte en camino de la tierra de Israel’» (Mt 2,19-20). ¡El retorno de Egipto es inminente!

Rev. D. Joan Ant. MATEO i García



El Evangelio recoge el canto de alabanza de Zacarías después del nacimiento de su hijo. En su primera parte, el padre de Juan da gracias a Dios, y en la segunda sus ojos miran hacia el futuro. Todo él rezuma alegría y esperanza al reconocer la acción salvadora de Dios con Israel, que culmina en la venida del mismo Dios encarnado, preparada por el hijo de Zacarías.
Ya sabemos que Zacarías había sido castigado por Dios a causa de su incredulidad. Pero ahora, cuando la acción divina es del todo manifiesta en su propia carne —pues recupera el habla— exclama aquello que hasta entonces no podía decir si no era con el corazón; y bien cierto que lo decía: «Bendito el Señor Dios de Israel...» (Lc 1,68). ¡Cuántas veces vemos oscuras las cosas, negativas, de manera pesimista! Si tuviésemos la visión sobrenatural de los hechos que muestra Zacarías en el Canto del Benedictus, viviríamos con alegría y esperanza de una manera estable.
«El Señor ya está cerca; el Señor ya está aquí». El padre del precursor es consciente de que la venida del Mesías es, sobre todo, luz. Una luz que ilumina a los que viven en la oscuridad, bajo las sombras de la muerte, es decir, ¡a nosotros! ¡Ojalá que nos demos cuenta con plena conciencia de que el Niño Jesús viene a iluminar nuestras vidas, viene a guiarnos, a señalarnos por dónde hemos de andar...! ¡Ojalá que nos dejáramos guiar por sus ilusiones, por aquellas esperanzas que pone en nosotros!

Jesús es el “Señor” (cf. Lc 1,68.76), pero también es el “Salvador” (cf. Lc 1,69). Estas dos confesiones (atribuciones) que Zacarías hace a Dios, tan cercanas a la noche de la Navidad, siempre me han sorprendido, porque son precisamente las mismas que el Ángel del Señor asignará a Jesús en su anuncio a los pastores y que podremos escuchar con emoción esta misma noche en la Misa de Nochebuena. ¡Y es que quien nace es Dios!

Rev. D. Ignasi FABREGAT i Torrents



-------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------





















IV Domingo de Adviento,Ciclo A.

La liturgia de la Palabra nos invita a considerar y admirar la figura de san José, un hombre verdaderamente bueno. De María, la Madre de Dios, se ha dicho que era bendita entre todas las mujeres (cf. Lc 1,42). De José se ha escrito que era justo (cf. Mt 1,19).
Todos debemos a Dios Padre Creador nuestra identidad individual como personas hechas a su imagen y semejanza, con libertad real y radical. Y con la respuesta a esta libertad podemos dar gloria a Dios, como se merece o, también, hacer de nosotros algo no grato a los ojos de Dios.
No dudemos de que José, con su trabajo, con su compromiso en su entorno familiar y social se ganó el “Corazón” del Creador, considerándolo como hombre de confianza en la colaboración en la Redención humana por medio de su Hijo hecho hombre como nosotros.
Aprendamos, pues, de san José su fidelidad —probada ya desde el inicio— y su buen cumplimiento durante el resto de su vida, unida —estrechamente— a Jesús y a María.
Lo hacemos patrón e intercesor para todos los padres, biológicos o no, que en este mundo han de ayudar a sus hijos a dar una respuesta semejante a la de él. Lo hacemos patrón de la Iglesia, como entidad ligada, estrechamente, a su Hijo, y continuamos oyendo las palabras de María cuando encuentra al Niño Jesús que se había “perdido” en el Templo: «Tu padre y yo...» (Lc 2,48).
Con María, por tanto, Madre nuestra, encontramos a José como padre. Santa Teresa de Jesús dejó escrito: «Tomé por abogado y señor al glorioso san José, y encomendeme mucho a él (...). No me acuerdo hasta ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer».
Especialmente padre para aquellos que hemos oído la llamada del Señor a ocupar, por el ministerio sacerdotal, el lugar que nos cede Jesucristo para sacar adelante su Iglesia. —¡San José glorioso!: protege a nuestras familias, protege a nuestras comunidades; protege a todos aquellos que oyen la llamada a la vocación sacerdotal... y que haya muchos.

+ Rev. D. Pere GRAU i Andreu

III Domingo de Adviento,Ciclo A."El domingo de la Alegría"

Como el domingo anterior, la Iglesia nos presenta la figura de Juan el Bautista. Él tenía muchos discípulos y una doctrina clara y diferenciada: para los publicanos, para los soldados, para los fariseos y saduceos... Su empeño es preparar la vida pública del Mesías. Primero envió a Juan y Andrés, hoy envía a otros a que le conozcan. Van con una pregunta: «Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?» (Mt 11,3). Bien sabía Juan quién era Jesús. Él mismo lo testimonia: «Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ése es el que bautiza en el Espíritu Santo’» (Jn 1,33). Jesús contesta con hechos: los ciegos ven y los cojos andan...
Juan era de carácter firme en su modo de vivir y en mantenerse en la Verdad, lo cual le costó su encarcelamiento y martirio. Aún en la cárcel habla eficazmente con Herodes. Juan nos enseña a compaginar la firmeza de carácter con la humildad: «No soy digno de desatarle las sandalias» (Jn 1,27); «Es preciso que Él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,30); se alegra de que Jesucristo bautice más que él, pues se considera sólo “amigo del esposo” (cf. Jn 3,26).
En una palabra: Juan nos enseña a tomar en serio nuestra misión en la tierra: ser cristianos coherentes, que se saben y actúan como hijos de Dios. Debemos preguntarnos: —¿Cómo se prepararían María y José para el nacimiento de Jesucristo? ¿Cómo preparó Juan las enseñanzas de Jesús? ¿Cómo nos preparamos nosotros para conmemorarlo y para la segunda venida del Señor al final de los tiempos? Pues, como decía san Cirilo de Jerusalén: «Nosotros anunciamos la venida de Cristo, no sólo la primera, sino también la segunda, mucho más gloriosa que aquélla. Pues aquélla estuvo impregnada por el sufrimiento, pero la segunda traerá la diadema de la divina gloria».

Dr. Johannes VILAR

II Domingo de Adviento,Ciclo A.

El Evangelio toca un acorde compuesto por tres notas. Tres notas no siempre bien afinadas en nuestra sociedad: la del hacer, la de la amistad y la de la coherencia de vida. Hoy día hacemos muchas cosas, pero, ¿tenemos un proyecto? Hoy, que navegamos en la sociedad de la comunicación, ¿tiene cabida en nuestros corazones la soledad? Hoy, en la era de la información, ¿nos permite ésta dar forma a nuestra personalidad?
Un proyecto. María, una mujer «desposada con un hombre llamado José, de la casa de David» (Lc 1,28). María tiene un proyecto. Evidentemente, de proporciones humanas. Sin embargo, Dios irrumpe en su vida para presentarle otro proyecto... de proporciones divinas. También hoy, quiere entrar en nuestra vida y dar proporciones divinas a nuestro quehacer humano.
Una presencia. «No temas, María» (Lc 1,30). ¡No construyamos de cualquier manera! No fuera caso que la adicción al “hacer” escondiera un vacío. El matrimonio, la vida de servicio, la profesión no han de ser una huida hacia adelante. «Llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1,28). Presencia que acompaña y da sentido. Confianza en Dios, que —de rebote— nos lleva a la confianza con los otros. Amistad con Dios que renueva la amistad con los otros.
Formarnos. Hoy día, que recibimos tantos estímulos con frecuencia contrapuestos, es necesario dar forma y unidad a nuestra vida. María, dice san Luis María Grignion, «es el molde vivo de Dios». Hay dos maneras de hacer una escultura, expone Grignion: una, más ardua, a base de golpes de cincel. La otra, sirviéndose de un molde. Ésta segunda es más sencilla. Pero el éxito está en que la materia sea maleable y que el molde dibuje con perfección la imagen. María es el molde perfecto. ¿Acudimos a Ella siendo nosotros materia maleable?

Rev. D. David COMPTE i Verdaguer

I Domingo de Adviento,Ciclo A.

En este domingo, comenzando el tiempo de Adviento, inauguramos a la vez un nuevo año litúrgico. Esta circunstancia la podemos tomar como una invitación a renovarnos en algún aspecto de nuestra vida (espiritual, familiar, etc.).

De hecho, necesitamos vivir la vida, día a día, mes a mes, con un ritmo y una ilusión renovados. Así alejamos el peligro de la rutina y del tedio. Este sentido de renovación permanente es la mejor manera de estar alerta. Sí, ¡hay que estar alerta!: es uno de los mensajes que el Señor nos transmite a través de las palabras del Evangelio de hoy.

Hay que estar alerta, en primer lugar, porque el sentido de la vida terrenal es el de una preparación para la vida eterna. Este tiempo de preparación es un don y una gracia de Dios: Él no quiere imponernos su amor ni el cielo; nos quiere libres (que es el único modo de amar). Preparación que no sabemos cuándo acabará: «Anunciamos el advenimiento de Cristo, y no solamente uno, sino también otro, el segundo (...), porque este mundo de ahora terminará» (San Cirilo de Jerusalén). Hay que esforzarse por mantener la actitud de renovación y de ilusión.

En segundo lugar, conviene estar alerta porque la rutina y el acomodamiento son incompatibles con el amor. En el Evangelio de hoy el Señor recuerda cómo en tiempos de Noé «comían, bebían» y «no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los arrastró a todos» (Mt 24,38-39). Estaban “entretenidos” y —ya hemos dicho— que nuestro paso por la tierra ha de ser un tiempo de “noviazgo” para la maduración de nuestra libertad: el don que nos ha sido otorgado no para librarnos de los demás, sino para darnos a los demás.
«Como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre» (Mt 24,37). La venida de Dios es el gran acontecimiento. Dispongámonos a acogerlo con devoción: «¡Ven Señor Jesús».

Rev. D. Antoni CAROL i Hostench