Meditación del Evangelio Ciclo A.




Efectivamente, no pocos de los males de este mundo tienen una explicación racional. No hace falta pensar mucho para darse cuenta de que los males que sufren muchos se deben a la propia persona o a los abusos, irresponsabilidades y egoísmos de otros. Cuando la víctima  es inocente, puede que los vicios de los padres vengan a reproducirse en los hijos; puede también que otras personas de su entorno tengan su parcela de culpa. Cuando no aparece o no existe conexión entre el mal y culpa alguna, estamos ante un misterio cuyo referente es Cristo, un Cristo paciente y crucificado. Una cosa es cierta: en el mal, físico o espiritual, contra el que luchamos, siempre encontraremos un Dios que camina con nosotros.
Vengamos ahora al caso de la curación del ciego de nacimiento. Jesús, tras untarle los ojos con lodo, lo envía a lavárselos en la piscina de Siloé. Fue, se lavó y volvió con vista (Jn 9, 7). Ante el extraordinario suceso se movilizaron todos los asistentes; nace una discusión de carácter teológico. Se cita ajuicio a los padres, que quieren desentenderse por miedo a las autoridades religiosas judías, ya que éstas habían decidido excluir de la sinagoga al que confesara que Jesús era el Mesías. El pueblo queda indeciso; tan asombroso les parece el milagro que para no admitirlo se niegan a aceptar que se trate de la misma persona que mendigaba. Y, aunque algunos creyeron en Jesús ante la evidencia del hecho, otros encontraban una grave objeción: el que viola el sábado es un pecador y si es pecador su acción no puede venir de Dios.
El ciego, por su parte, insiste en afirmar que él ha sido curado. Y con un sentido común él argumenta contra aquellos doctores de la Ley: Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si éste no viniera de Dios no tendría ningún poder. (A lo que ellos) Le replicaron: “has nacido completamente empecatado ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?” Y lo expulsaron (Jn 9, 32-34). Se enteró Jesús de que lo habían expulsado de la sinagoga y al encontrarse con él le preguntó: “¿Crees tú en el Hijo del hombre? Él contestó: “¿Y quién es, Señor, para que crea en él? Jesús le dijo: “Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es. Él dijo: Creo, Señor. Y se postró ante Él (Jn 9, 35-38).
En el pasaje evangélico que acabamos de comentar brevemente podemos ver que existen dos clases de ciegos. Inicialmente parece que hay uno solo, pero luego podemos ver que hay algunos más. Al primero le faltaba la luz física de los ojos; a la mayor parte de los personajes que intervienen en la escena lo que les faltará es la vista interior de la fe; creen ver y se cierran en su postura. El ciego, desde la realidad que está viviendo, les muestra sus contradicciones. Y ante la pregunta hecha a Jesús por los fariseos sobre si ellos también estaban ciegos, Él los va a desenmascarar: Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís “nosotros vemos”, vuestro pecado permanece (Jn 9, 41).
Y volviendo a nosotros, nos podemos preguntar si de veras nos identificamos con el ciego que recuperó la vista y con otro pequeño grupo, en el figuraban los apóstoles y discípulos y algunas personas más, convencidos por la argumentación del propio ciego. Ciertamente que nuestra misma presencia en la iglesia constituye una elocuente respuesta, pero el Señor siempre pide algo más. Y si no, ved las exigencias que hace el apóstol san Pablo en la segunda lectura de hoy a la comunidad de Éfeso, cristianada por él: Antes sí erais tinieblas, pero ahora sois luz por el Señor. Vivid como hijos de la luz, pues toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz. Buscad lo que agrada al Señor (Ef 5, 7-10).
Caminar como hijos de la luz significa para san Pablo que hemos de vivir en la bondad, la justicia y la verdad. No podemos actuar como los escribas y fariseos del evangelio de hoy, que se empeñaron en  no salir de su ceguera y de su hipocresía, apoyados en instituciones y en criterios que ellos mismos había inventado. Y es que la conversión es siempre obra conjunta entre Dios y nosotros; así fue la conversión de Pablo de Tarso y así nos habla Agustín de Hipona de su propia conversión: “Porque de tal manera me convertiste a ti, Señor, que ya no abrigaba esperanza alguna de este mundo” (Confesiones, 8, 12, 30). Dejémonos, pues, convertir.
Hoy es la ocasión de pedir al Señor que cure nuestra ceguera, para que comencemos a ver todo de manera diferente. Si no caen las escamas de nuestros ojos, como cayeron de los ojos de Pablo y Agustín y de todos los convertidos de la historia, seguiremos en nuestra ceguera de falsos videntes. Pidamos que Cristo abra nuestros ojos a la luz de los valores evangélicos: la vida y el amor, la verdad y la justicia, la convivencia y la solidaridad con los más desfavorecidos, para renovarnos en nuestro compromiso cristiano.
Teófilo Viñas, O.S.A



Jesús llega con sus discípulos a las inmediaciones de la ciudad de Sicar. Mientras los discípulos entran en la ciudad para proveerse de víveres, Jesús se sienta a descansar, sediento (era mediodía), junto al brocal del pozo de Jacob.
Entretanto, llega al pozo, a sacar agua, una mujer samaritana con la que Jesús entabla un delicioso diálogo basado en el agua, elemento vital. La intención de Jesús es claramente evangelizadora, para dar a conocer a la mujer la buena noticia del Reino de Dios.
Jesús pide a la mujer que le dé un poco de agua. La mujer le objeta, extrañada, que los samaritanos no se tratan con los judíos desde antiguo. «¿Cómo, pues, me pides agua?» –viene a decirle–.
Jesús aprovecha el retraimiento de la mujer a darle agua para hablarle de un agua viva que Él tiene, que es un don de Dios que apaga la sed para siempre y que hace brotar dentro de la persona como un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.
La propuesta de Jesús provoca el asombro de la mujer, que ahora es la que pide que le dé esa agua (ella sigue pensando en una suerte de agua material, que le ahorraría muchas idas y venidas al pozo).
Jesús la lleva de un pensamiento material a otro personal, espiritual. Para ello le deja entrever su perspicacia profética para conocer los secretos del corazón. «¿Cómo es que conoce Jesús su vida personal?» -se preguntaría la mujer. Circunstancia que aprovecha la samaritana para plantear a Jesús (en su calidad de profeta) el largo desencuentro entre judíos y samaritanos acerca del lugar en que debe darse culto a Dios.
El tema del lugar en que se había de dar culto a Dios, que suscita la mujer (si en Jerusalén o en el monte Garizim), no se aparta de lo que venía siendo el hilo conductor de la conversación acerca del agua material y el agua viva, don de Dios, agua espiritual, divina, sobrenatural. En los tiempos mesiánicos, que están comenzando (de los que la mujer es testigo privilegiado: el Mesías «soy Yo, el que habla contigo»), el culto a Dios no se ceñirá a un lugar (pues Dios es espíritu, es decir, es luz, es amor, es divino, por contraposición con lo terreno), sino que ha de ser en espíritu y verdad: una adoración interior, espiritual, “que corresponde al verdadero conocimiento de Dios, y que se manifiesta en la propia entrega a la verdad” (Wikenhauser, El evangelio según san Juan, Herder, 168); es la adoración que los hijos de Dios, nacidos del Espíritu, han de tributar al Padre.
Jesús lleva a cabo con la mujer una tarea evangelizadora, anunciándole el Evangelio de la gracia de Dios que trae el Mesías y que se compendia en el don del Espíritu Santo, que nos hace hijos de Dios. De lo que le dice Jesús, ella se quedó con que Jesús era un profeta y, tal vez, el Mesías de Dios, y así se lo transmitió a sus paisanos (en una tarea verdaderamente misionera), los cuales acudieron por curiosidad para ver quién era Jesús, al que le rogaron que les expusiera su mensaje más detenidamente.
El agua que Jesús ofrece es de naturaleza infinitamente superior al agua con que Dios sació la sed corporal de los israelitas en el desierto. En aquella ocasión, el Señor realizó un prodigio increíble al hacer brotar agua abundante de la roca; y ello, a pesar de su mala fe, que atribuía a Dios la intención de querer matar de sed al pueblo con sus ganados. En el momento presente –como dice el Apóstol-, la fe es requisito para obtener la reconciliación con Dios y la esperanza de la gloria. Fe en el amor desmesurado e incomprensible de Dios, que ha entregado a la muerte a su Hijo por nosotros, aun siendo pecadores. Fe que alimenta y sostiene el Espíritu Santo, que Dios ha derramado en nuestros corazones, que son capacitados por Él para amar al Padre como verdaderos hijos.
Al cabo de los dos días que permaneció con ellos, muchos samaritanos terminaron creyendo que Jesús era el Salvador del mundo.
Modesto García, OSA


Ante la pregunta directa de Jesús sobre su identidad, Pedro, inspirado por Dios, contesta sin rodeos: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo (Mt 16,16), pero al poco tiempo, Jesús anuncia a los discípulos, por primera vez, que tenía que ir a Jerusalén y padecer mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día (v. 21). Es fácil imaginar la zozobra mental de Pedro y la de los demás discípulos ante estas palabras. No se correspondía lo que ellos pensaban con lo que Jesús acababa de anunciarlos. En este contexto, seis días más tardeJesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan y subió con ellos aparte a un monte alto (17,1).Y estando Jesús en el monte, se transfigura. Los discípulos lo pudieron ver, pudieron entrever la gloria de Jesús. Con el tiempo, llegarían a entender que para llegar a la gloria había que pasar por la cruz. La aparición de Moisés y Elías, parece reiterar la afirmación que ya hemos escuchado a Jesús de que no ha venido a abolir la ley y los profetas sino a cumplirla (Mt 5,17). Allí se oyó también una voz del cielo que  confirmaba la identidad de Jesús: Este es mi Hijo, el amado en quien me complazco. Escuchadlo (v.5).
Que los tres sinópticos nos narren la Transfiguración, con pequeñas variaciones, denota la importancia que tuvo el hecho tanto para los apóstoles como para los primeros cristianos. Era una gran ayuda para superar el rechazo y la persecución que sufrían unos y otro en propia carne. Los apóstoles, testigos de la transfiguración, lo comunicaron posteriormente después de la resurrección a los otros apóstoles  y a incontables millones a través de los siglos.
La experiencia de la transfiguración pretende robustecer la fe de los discípulos ante la muerte de Cristo que se les avecinaba. Así lo proclama el prefacio de este domingo: Después de anunciar su muerte a los discípulos, les mostró en el monte santo el resplandor de su luz, para testimoniar, de acuerdo con la ley y los profetas, que, por la pasión, se llega a la gloria de la resurrección. Jesucristo, como buen pedagogo, ante su próxima muerte, fortalece la fe de los apóstoles, para que soporten el escándalo de la cruz. Dios manda a los discípulos, a la primera iglesia que escuchen a Jesús, pero cuando llega el momento de la muerte de Jesús, vemos que se olvidan de lo que acaban de contemplar.
También nosotros, frecuentemente naufragamos, como los apóstoles. ¿Cómo es posible que Cristo tuviera que pasar por la cruz? Si Dios es infinitamente bueno y poderoso, ¿cómo hay tanto dolor en el mundo, tanta injusticia, tanta violencia? ¿Por qué sufren los justos? Diariamente nos enfrentamos con muchas preguntas: ¿Qué camino tenemos que seguir en un mundo cada día más complejo y difícil? Gran problema para nosotros descubrir, como Pedro, que a la gloria se llega por la cruz, por todo tipo de sufrimientos, para entender a Dios. La Cruz de Jesús es la prueba de que la vida es más fuerte que la muerte. La comprensión total del seguimiento de Jesús no se obtiene sino caminando con él por el camino de la Cruz. Cuentan que se quejaba un día Santa Teresa de lo mal que la trataba el Señor con enfermedades, problemas, arideces… A lo que Jesús le dice: Teresa, así trato yo a mis amigos. Teresa, que no tenía pelos en la lengua y con su gracejo, le responde: Ah, Señor, por eso tienes tan pocos. En todo momento, especialmente en los momentos de cruz, Dios nos dice que escuchemos a Jesús, que no temamos. El miedo es una reacción común cuando uno se ve confrontado con Dios, cuando la voz de Dios ilumina nuestra realidad; realidad que puede transformarse en más justicia, en más solidaridad y misericordia. 
Los discípulos se atemorizaron ante el hecho de la Transfiguración, pero Jesús los animó a no tener miedo. Podemos preguntarnos ¿A qué le tengo miedo si bajo de la montaña? ¿A tener que cambiar mi vida? ¿No estaremos construyendo enramadas, al igual que Pedro?
Vicente Martín, OSA



Sabemos que, al terminar la obra de la creación, Dios vio que todo lo que había hecho era muy bueno (Gén 1, 31); y, por tanto, el mal y el desorden no son obra de Dios. Uno y otro comienzan con el hombre mismo que, siendo bueno también, un día, abusando de uno de los dones más preciosos que le había el Creador –la libertad–, optó por usarla mal; era el pecado. Quedaba, pues, dañada esta libertad por el pecado, pecado de origen que, a su vez, estará al fondo de todo pecado personal, individual o colectivo.
La verdad es que el hombre siempre quiso hacer responsable a alguien de su pecado o de sus males y desgracias; ahí está Eva, en el relato bíblico, haciendo culpable de su pecado a la serpiente; y Adán, por su parte, echando la culpa a Eva. Y de allí en adelante, a lo largo de la historia, el hombre se inventó, incluso, “dioses del mal”, que serían los responsables de mal que él mismo cometía, así como también de las desgracias que le sucedían en su vida, para así abdicar del esfuerzo personal que supone el buen uso de su propia libertad.
Adán fue el primero en pecar. Su pecado es una realidad y un símbolo del pecado del mundo. El pecado personal es una adhesión y ratificación histórica de una situación de desgracia por la que, libre y personalmente, el hombre se hace solidario con Adán en el mal. Ahora bien, si por Adán entró el pecado y, con el pecado, los muchos males, la muerte y la condena, por Cristo conseguimos la gracia, la vida, la salvación. Es lo que nos dice san Pablo en la segunda lectura: Lo mismo que por un solo delito resultó condena para todos, así también por un acto de justicia resultó justificación y vida para todos (Rom 5, 18).
En el evangelio de hoy, efectivamente, encontramos en Cristo el paradigma perfecto para salir exitosos en todos los momentos en que nos sintamos tentados, como Él, ayudándonos a no aceptar lo que nuestra conciencia ni nuestra fe cristiana rechazan como no bueno. Las tres tentaciones que Satanás presenta a Jesús simbolizan otras tantas tentaciones que ha sentido el hombre en todos los tiempos y que infelizmente se ha dejado arrastrar por ellas. Éstos podrían ser sus nombres: “piedras-pan”, “exhibicionismo”, “doblar la rodilla”.
Digamos ya que la tentación de transformar las piedras en pan equivale a un dejarse llevar por un materialismo hedonista, nota característica de nuestro tiempo, que tiene su expresión en estos binomios: dinero, sí; austeridad, no; materia, sí; espíritu, no. Esto es: dejarse llevar por el tener y gastar, con olvido de la primacía del reino de Dios y sus valores; es disociar la fe de la vida. La Cuaresma representa un momento privilegiado para quien desee dar a las cosas su verdadero valor. Se trata de un ejercicio, tanto más conveniente, cuanto el hombre se ha insensibilizado a las cosas del espíritu, víctima de un materialismo invasor. No sólo de pan vive el hombre (Mt 4, 4), dice el Señor.
En la segunda tentación –correr un riesgo imprudente– descubrimos un exhibicionismo hueco que busca, ante todo, el aplauso de los demás. El exhibicionista pretende poner a Dios al servicio de su vanidad y capricho, lo que deja de manifestar una mentalidad infantil. Es también querer manipular y domesticar a Dios, deseando asegurarse, a toda costa, su favor a base de mecanismos pseudoreligiosos. Jesús nos avisa: No tentarás al Señor, tu Dios (Mt 4, 7). Así proceden quienes se olvidan de que la fe es riesgo y respuesta sin límites al amor de Dios que en Cristo nos amó primero y sin medida.
Doblar la rodilla, adorarlo; nada menos que eso es lo que Satanás le pide a Jesús; después le dará todos los reinos del mundo y su gloria. El ateísmo y el agnosticismo son dos “profesiones” de las que hacen gala multitud de gentes en nuestro tiempo; pero lo curioso es que estas personas que han renunciado a creer y a adorar al Dios verdadero, doblan su rodilla vergonzosamente ante mil otros dioses falsos que ellos mismos han entronizado en su vida; no hace falta que lo digan, se ve por lo que hacen. Otras veces nos encontramos con apóstatas que se enorgullecen de no saber ya “hacer la señal de la cruz”, confesión esta que lleva la marca de conquistar adeptos para su causa.
Comentando el pasaje evangélico de las tentaciones que tuvo el Señor en el desierto, dice san Agustín: “¡Nada menos que Cristo tentado por el demonio! Pero en Cristo estabas siendo tentado tú, porque Cristo de ti tenía la carne, y de Él procedía para ti la salvación; de ti procedía la muerte para Él, y de Él para ti la vida; de ti para Él los ultrajes, y de Él para ti  los honores; en definitiva, de ti para Él la tentación, y de Él para ti la victoria” (In ps. 60, 3). Jesús no es sólo el modelo en la lucha contra las tentaciones, sino también el que siempre nos acompaña y nos ayuda con su gracia a conseguir la victoria.
Teófilo Viñas, O.S.A.




En el capítulo 5º del evangelio de san Mateo (v. 17-48), Jesús contrasta su enseñanza con la ley de Moisés valiéndose de seis antítesis, introducidas con las memorables palabras: Habéis oído que se dijo a los antiguos… pero Yo os digo. Los versículos que hoy se han leído recogen la 5ª y 6ª antítesis, cada una de las cuales ofrece una enseñanza sobre el amor cristiano: el amor excede al derecho que nos asiste para reclamar que se nos haga justicia; y el amor es universal por naturaleza.
La 5ª antítesis es una enmienda a la ley del talión, que preconizaba: “Ojo por ojo y diente por diente” (reglamentación estatal de la primitiva venganza de sangre). Frente a ella, Jesús propone: «No hagáis frente al que os agravia», pidiendo “un amor que renuncia a la exigencia de sus derechos” (Schmid, El evangelio según san Mateo, Herder, 159). Y ofrece cuatro ejemplos que chocan con la sensibilidad humana: poner la otra mejilla, ceder también el manto (prenda aún más necesaria que la túnica), caminar dos millas en vez de una, dar limosna a quien la pide. Lo que Jesús declara es que la buena voluntad del discípulo perjudicado, renunciando a reclamar sus derechos, ha de ser el verdadero espíritu del cristiano (Schmid, 162). Con ello, no está aboliendo la ley antigua, sino llevándola a su plenitud (Mt 5,17).
En la 6ª antítesis, frente al amor al prójimo, es decir, un amor restringido al compatriota –de lo que se desprende, por deducción, el odio al enemigo (pues en ningún lugar del Antiguo Testamento se encuentra la sentencia «Odiarás a tu enemigo»)–, Jesús propone a sus discípulos que han de amar a todos los hombres, tanto amigos como enemigos, o sea, que han de practicar un amor universal, con lo que eleva el amor a categoría de “precepto de carácter absoluto” (Schmid, 164). Este amor es distintivo de Dios, que es Amor.
Dios ama a todas sus criaturas, pues, si a alguna no amara, no la habría creado (Sab 11,24). A una de ellas, la criatura inteligente, la ha dotado de autonomía, por la que puede discrepar y aun oponerse a Dios. Esta criatura puede enemistarse con Dios; pero ni siquiera declarándose enemiga suya deja Dios de amarla, ya que Dios es Amor (1Jn 4,8) y no “puede” no amar. ¿Cómo ama Dios a su enemiga? Manteniéndola en el ser, solicitándola para que se convierta a Él, y finalmente, respetando su decisión.
Este amor universal lo ha de ejercitar el discípulo a imitación de Dios, bondadoso y misericordioso, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. En el Evangelio, el precepto del amor es el primero de los mandamientos (Mt 22,38) y es compendio de la ley entera: “El amor es mentalidad y actitud a lo divino” (Schmid, 166), no un sentimiento; es desinteresado y libre de egoísmo. El amor que Jesús exige es “algo extraordinario, más que humano” (Schmid, 167).
Jesús termina la exposición de sus enseñanzas reformulando la advertencia expresada en forma negativa: «Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos» (Mt 5,20), vertiéndola en términos positivos enérgicos: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48), que recoge la exhortación del Levítico (19,2): «Sed santos, porque Yo, el Señor, vuestro Dios soy santo», y que el evangelista Lucas expresa con otro matiz: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (6,36).
Dios nos llama a ser santos porque Él es santo. Mejor dicho, Él es el Santo. Cuando decimos que una persona es santa, reconocemos que es una persona virtuosa en grado admirable; de gran pureza de afectos y de voluntad; de generosidad heroica; muy unida y asemejada a Cristo en su entrega a los demás. Tanto más santa cuanto más identificada se encuentra con Él. Pero por muy admirable que nos parezca, no deja de ser un pálido reflejo del Dios Santo.
Decir que Dios es el Santo equivale a proclamarlo como el enteramente Otro, distinto de todo cuanto existe, a la distancia insalvable que se interpone entre el Creador y la criatura. Que Dios es Santo significa que es el Ser en su plenitud, sin ninguna deficiencia, sin ninguna vía posible de progreso (pues ya lo es todo). Es la suma simplicidad, sin partes diferenciadas, la Unidad consumada. El Santo es el infinitamente inmutable, en el que no cabe aumento o disminución; el infinitamente Verdadero, en quien todo es transparencia, armonía, afirmación; el infinitamente Bondadoso, pues sólo el Bien tiene cabida en el Ser; el infinitamente Bello; el infinitamente Justo y Compasivo, sin que, en Él, se diferencie la Justicia de la Misericordia. En definitiva, Dios es el Amor.
Y a nosotros nos pide Dios que seamos santos. Hechos a imagen y semejanza de Dios, somos capaces de amar, y, en el amor, encontramos las mayores satisfacciones de la vida: «Amar y ser amados» (San Agustín, Confesiones II 2,2). Pero nuestro amor natural no puede superar la barrera de lo particular. Ahora bien, el amor de Dios es universal; el amor verdadero es universal, un objetivo fuera del alcance del ser humano. Pero Jesús no nos lo propone para hacernos sentir nuestra incapacidad, sino para que aprendamos de dónde nos puede venir el auxilio: sólo con la ayuda del Espíritu de Dios podemos amar a lo divino, a todos, incluso a los enemigos.
Jesús llama a sus discípulos a imitar la perfección divina. “El actuar moral… se hace libre entrega del corazón, con amor y confianza, al Señor y Padre, frente a quien no hay derecho alguno a cambio de servicios prestados”. “El hombre piadoso sabe también que Dios le reclama de una manera total para sí y que sus rendimientos quedan siempre por debajo de la absoluta exigencia de Dios. Y esto le hace humilde ante Él” (Schmid, 172). Más que de una voluntad humana esforzada es cuestión de dejarse llevar por el Espíritu de Dios.
Modesto García, OSA



Seguimos leyendo el Sermón de la Montaña, centrado hoy en la Ley. Es fácil suponer que cuando S. Mateo escribe su evangelio, los primeros cristianos, procedentes en su mayoría del mundo judío aferrado a la Ley, se preguntaran si seguía vigente o si por el contrario Jesús la había abolido y cuál sería, por tanto, su comportamiento. Ante esta inquietud, S. Mateo pone en labios de Jesús: No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud (v.17). Jesús no solo no deroga la Ley antigua sino que es el único que con su autoridad divina enseña su verdadero sentido. Después de hablar de la Ley en general, aclara lo dicho mediante cinco antítesis –hoy leemos solamente tres de ellas–: Habéis oído que se dijo:… Pero yo os digo. De esta manera Jesús, centrándose en el quinto (vv.21-26),  sexto (vv.27-32) y octavo mandamiento (vv. 37-39) aclara cómo debe ser nuestro comportamiento, sin subterfugios y sin palabrerías.
Frecuentemente oímos: yo ni mato ni robo. Según el Señor no es solamente culpable quien asesina; el que se enoja con el hermano será juzgado y hallado culpable. Jesús prohíbe la ira que se cultiva, que no quiere olvidar, que busca venganza. La ira interminable es mala; el habla despectiva es peor, y el chisme descuidado y malicioso que destruye el buen nombre de una persona es aún peor. El que es esclavo de la ira, el que habla en un tono de desprecio, el que destruye el buen nombre de otro, puede que nunca haya cometido un asesinato de hecho, pero sí en el corazón. Nadie puede llamarse cristiano y mantener una actitud contraria al hermano por cualquier ofensa personal que haya sufrido.  Con ello nos enseña Jesús la importancia que tienen los pecados internos contra la caridad, que desembocan fácilmente en  la murmuración, el rencor, la calumnia, el odio, etc. y de los que frecuentemente no somos conscientes.
La misma dinámica tiene el pecado del adulterio. No es solamente culpable el hombre o mujer que comete adulterio, también peca quien permite un deseo impuro. La persona que se condena es quien usa deliberadamente sus ojos para despertar su concupiscencia, quien mira de tal manera que despierta la pasión y estimula deliberadamente el deseo. La enseñanza de Jesús está, tanto en un mandamiento como en otro, en no cometer y en no desear el asesinato y adulterio, porque antes que la acción pecaminosa externa llegue a término, el pecado ya lleva un largo recorrido, la acción ha anidado en el corazón humano comenzando por los pensamientos y siguiendo por los deseos para terminar en la acción. La enseñanza de Jesús va a la raíz del pecado. Los pensamientos son tan importantes como las obras, y no basta con no cometer pecado, sino en no querer cometerlo, en no darlos cabida en nuestro interior. Jesús por las obras y por los pensamientos voluntarios y deseos que nunca se materializaron en obras. De aquí surge que nosotros no vemos nada más que las acciones exteriores de una persona, pero Dios ve los secretos del corazón. Y puede haber personas que externamente sean modelos de rectitud, pero por sus pensamientos íntimos son igualmente reprobables delante de Dios.
No pretende Jesús que nos arranquemos un ojo o cortemos un abrazo para evitar el pecado, es un modo hiperbólico de hablar, indicándonos que si por salvar la vida, somos capaces también de que nos corten un brazo, una pierna o cualquiera otra parte le cuerpo, cuánto más debiéramos hacer por salvar nuestra alma. Debemos conservar cuidadosamente el amor y la paz cristiana con todos nuestros hermanos; y, si en algún momento, hay una pelea, debemos confesar nuestra falta, humillarnos ante nuestro hermano, haciendo u ofreciendo satisfacción por el mal hecho de palabra u obra, y debemos hacer esto rápidamente porque hasta que lo hagamos, no seremos aptos para nuestra comunión con Dios.
Vicente Martín, OSA


En el pasaje evangélico que acabamos de escuchar Jesús quiere decir a sus discípulos y, en ellos, a todos nosotros, cuál es el papel del cristiano en el mundo. Para ello, utiliza los ejemplos o comparaciones, que mejor nos puedan ayudar a entender dicho papel. Hoy nos encontramos con estas dos: Vosotros sois la sal de la tierra. Vosotros sois la luz del mundo. Sin duda, las imágenes que Él ha escogido en el texto de hoy son altamente sugestivas: el cristiano tiene que ser sal de la tierra y luz del mundoLa sal y la luz son dos elementos que forman parte de la vida cotidiana, elementos importantes y necesarios para nuestra vida.
Vosotros sois la sal de la tierra, dice el Señor. El cristiano, en efecto, tiene que ser como la sal, que aporta a la vida el buen sabor de la fe, el sabor de los valores del evangelio; y esto lo hace de un modo humilde y discreto, sin buscar el aplauso. Pero, además, el Señor nos advierte sobre la existencia de un peligro: que la sal venga a perder el sabor, es decir, que nos podamos diluir en medio de la sociedad y perdamos nuestra identidad cristiana. Éstas son sus palabras: si la sal se vuelve sosa, no sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente (Mt 5, 13). Habrá que esforzarse, pues, por mantener el sabor auténtico de la fe, no sólo por nuestro propio bien, sino para poderlo ofrecer a quienes puedan necesitarlo.
Vosotros sois la luz del mundo, añade Jesús. Si la sal es importante, la luz, sin duda, lo es tanto o más. Y es que sin luz la vida se tornaría muy difícil por no decir imposible. La luz nos permite ver las cosas en su realidad y andar por el camino correcto. Si vamos a oscuras lo normal es que tropecemos y nos caigamos o causemos destrozos. En el mundo del espíritu la luz tiene una gran fuerza simbólica: en todos los tiempos y culturas, el ser humano ha buscado la luz de la verdad, se ha afanado en poner luz a los interrogantes más profundos de la existencia. Pues bien, la fe en Jesús resucitado es la luz que puede dar respuestas a todas las inquietudes del hombre. Al creyente pueden asaltarle inquietudes y oscuridades, pero sepa que está capacitado para mantenerse firme en su fe.
Se trata, también, de tomar conciencia de que todos nosotros, como seguidores de Jesús, estamos llamados a prolongar su acción evangelizadora con nuestra palabra y sobre todo con nuestro testimonio. No podemos ocultarnos, ni debemos disimular nuestra fe. Nos lo dice el mismo Jesús en este otro pasaje del evangelio de hoy: No se enciende una lámpara para meterla debajo de celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa (Mt 5, 15). El cristiano es, debe ser, lámpara que ilumine a los demás. Sea cual sea su puesto en la Iglesia, ésta es la misión evangelizadora que todos los cristianos tenemos encomendada. Ante esta afirmación quizá alguien pregunte: pero ¿en qué consiste eso de ser luz? Las lecturas de este domingo, tomadas del profeta Isaías y del apóstol san Pablo, nos ayudan a responder.
Una de las respuestas la encontramos en la primera lectura, tomada del profeta Isaías: Partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que está desnudo. Entonces surgirá tu luz como la aurora… (Is 58, 7-8). Ésa es la verdadera luz que podemos vivir y transmitir; y ahí está la Campaña del Hambre que hoy mismo estamos celebrando. En ella se nos hacen presentes tantas y tan diversas necesidades que esperan nuestra atención. Si vivimos los valores de la caridad, el amor desinteresado, la justicia, la solidaridad, si compartes ‒añade el profeta más adelante‒ tu pan con el hambriento brillará tu luz en las tinieblas (Is 58, 7. 10). Lo mismo que nos decía antes el salmo responsorial: En las tinieblas brilla como una luz el que es justo, clemente y compasivo (Sal 111, 4).
San Pablo, por su parte, en la segunda lectura, al dirigirse a la comunidad de Corinto, nos dice: Mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu (1 Cor 5, 4). Es decir, la palabra portadora del mensaje que queremos hacer llegar en nuestra misión evangelizadora no necesita grandilocuentes discursos sino sólo de la palabra sencilla que brote del corazón y sea testimonio vivo de nuestra fe, una de que ha de tener más tarde su manifestación en hechos muy concretos.
En definitiva, serán nuestras obras las que muestren que somos sal de la tierra y luz del mundo. En otras palabras: nuestro ejemplar modo de vivir mostrará a los demás la luz que ilumina nuestra vida; los auténticos valores que vivamos serán los que podrán contagiar la fe. Sólo así, seremos testigos evangelizadores para las personas que nos rodean. Ésta era, precisamente, la conclusión de Jesús en el pasaje que hemos leído: Que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo (Mt 5, 16). No buscamos el aplauso de los hombres, sino la aprobación de Dios.
Teófilo Viñas, O,S.A


Leemos este Evangelio tan conocido para todos nosotros, pero siempre tan sorprendente. Con este fragmento de las bienaventuranzas, Jesús nos ofrece un modelo de vida, unos valores, que según Él son los que nos pueden hacer felices de verdad.
La felicidad, seguramente, es la meta principal que todos buscamos en la vida. Y si preguntásemos a la gente cómo buscan ser felices, o dónde buscan su propia felicidad, nos encontraríamos con respuestas muy distintas. Algunos nos dirían que en una vida de familia bien fundamentada; otros que en tener salud y trabajo; otros, que en gozar de la amistad y del ocio..., y los más influidos quizá por esta sociedad tan consumista, nos dirían que en tener dinero, en poder comprar el mayor número posible de cosas y, sobre todo, en lograr ascender a niveles sociales más altos.
Estas bienaventuranzas que nos propone Jesús no son, precisamente, las que nos ofrece nuestro mundo de hoy. El Señor nos dice que serán «bienaventurados» los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de la justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que buscan la paz, los perseguidos por causa de la justicia... (cf. Mt 5,3-11).
Este mensaje del Señor es para los que quieren vivir unas actitudes de desprendimiento, de humildad, de deseo de justicia, de preocupación e interés por los problemas del prójimo, y todo lo demás lo dejan en un segundo término.
¡Cuánto bien podemos hacer rezando, o practicando alguna corrección fraterna, cuando nos critiquen por creer en Dios y por pertenecer a la Iglesia! Nos lo dice claramente Jesús en su última bienaventuranza: «Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa» (Mt 5,11).
San Basilio nos dice que «no se debe tener al rico por dichoso sólo por sus riquezas; ni al poderoso por su autoridad y dignidad; ni al fuerte por la salud de su cuerpo... Todas estas cosas son instrumentos de la virtud para los que las usan rectamente; pero ellas, en sí mismas, no contienen la felicidad».
Rev. D. Pablo CASAS Aljama



El Papa Francisco publicaba el pasado el 30 de septiembre la Carta apostólica titulada Aperuit Illis, “les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras” (Lc 24, 45). Mediante esta carta establece como Domingo de la Palabra de Dios el III Domingo del Tiempo Ordinario de cada año. Pretende el papa dedicar este domingo a la celebración, reflexión y divulgación de la Palabra de Dios (Aperuit Illis, 3), con el objetivo de comprender la riqueza inagotable que proviene de ese diálogo constante de Dios con su pueblo (Carta ap.). Quiere el papa que los creyentes demos gran importancia a la Palabra del Señor tanto en la acción litúrgica como en la oración y la reflexión personal. Sería bueno leer detenidamente este documento, que se puede encontrar en internet escribiendo simplemente Aperuit Illis. Ya el Concilio Vaticano II había dado un gran impulso a la Palabra de Dios con la constitución Dei Verbum y en los años posteriores los papas S. Juan Pablo II, Benedicto XVI y el mismo Francisco han seguido la línea marcada por el Concilio y han insistido en la importancia de la Palabra de Dios tanto en la vida como en la misión de la Iglesia. En la Sagrada Escritura el Señor nos habla, se nos da a conocer y espera nuestra respuesta libre, personal y consciente. Por ello, es necesario acercarnos a la Sagrada Escritura con una escucha atenta, una lectura asidua, una actitud receptiva, un corazón orante, una recepción creyente, una asimilación continua, una vivencia intensa, una celebración gozosa y un testimonio misionero. Decía S. Jerónimo, maestro y estudioso de la Palabra de Dios, en cuyo 1600 aniversario de su muerte el papa ha publicado Aperuit Illis, que la ignorancia de las Escrituras es ignorancia de Cristo. El papa Francisco, al instituir el Domingo de la Palabra de Dios, nos recuerda que el Resucitado sigue caminando en medio de su comunidad, explicando
las Escrituras con su vida y su palabra, e invitándonos a todos a implicarnos en la hermosa tarea de anunciar el Evangelio. El catecismo de la Iglesia en su número 134 citando a Hugo de San Víctor dice: Toda la Escritura divina es un libro y este libro es Cristo, porque toda la Escritura divina habla de Cristo, y toda la Escritura divina se cumple en Cristo. Y en el número 141 afirma: La Iglesia siempre ha venerado la sagrada Escritura, como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo (Dei Verbum 21): aquélla y éste alimentan y rigen toda la vida cristiana. Para mis pies antorcha es tu palabra, luz para mi sendero.
Hoy damos comienzo a la lectura del evangelio de S. Mateo, que nos acompañará durante todo el año litúrgico. El arresto de Juan el Bautista empuja a Jesús a tomar el relevo. A partir de ahora será él quien continúe con la predicación de la Buena Noticia del Reino y su implantación en medio de este mundo. El Bautista había irrumpido en el desierto de Judá, junto al Jordán. Su mensaje era de conversión ante la inminente llegada de Dios que trae un hacha en la mano para cortar los árboles que no dan fruto. Jesús, por su parte, cambia de escenario. Se traslada desde Nazaret, – el pueblo donde se había criado y vivido durante unos 30 años-, a Cafarnaúm, situado junto al lago de Genesaret. Una tierra que por su proximidad a otros pueblos extranjeros era llamada Galilea de los gentiles (Is 8,23). A primera vista, Jesús se limita a repetir el mismo mensaje de Juan: Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos (v.17). Pero el tono y las consecuencias de su predicación serán muy distintas. Si la proclamación de Juan suscitaba cierto temor, el anuncio de Jesús genera alegría y gozo, y proporciona luz para salir de las tinieblas en las que vive Israel. De este modo se cumplen las palabras del profeta Isaías que hemos escuchado en la primera lectura: El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaba en tierra y sombras de muerte, y una luz les brilló (Is 9,1). Si la invitación del Bautista movió a muchos a bautizarse, la proclamación de Jesús se convierte en una invitación al seguimiento y a involucrarse en la tarea del Reino, que trae curación y salvación para todos: Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres (v. 19). Jesús anuncia un proyecto en el que la prioridad será curar y recuperar a quienes viven sumergidos y oprimidos por las fuerzas del mal.
Jesús no solo invitó a los primeros discípulos a implicarse en tarea del Reino. El Señor resucitado llamó también a Pablo y lo empujó a ir más allá de las fronteras del judaísmo para que todos los pueblos conocieran el Evangelio del amor de Dios revelado en la cruz: No me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo (1Cor 1,17)
Si Jesús no va a Jerusalén, como pensaríamos nosotros, sino que se traslada hacia las fronteras de Galilea para convertirse en luz y alegría, si Pablo traspasa los límites del judaísmo, podemos comprender la insistencia del papa Francisco en salir hacia las periferias para llevar la alegría y el consuelo del Evangelio a todos, especialmente a toda persona marginada. Solo podremos ser servidores del Reino si colocamos el Evangelio en el centro de nuestras vidas, de nuestras comunidades y de nuestras tareas.
Que el domingo dedicado a la Palabra haga crecer en todos nosotros la familiaridad asidua con la Sagrada Escritura para que Cristo sea siempre el centro de nuestra vida. Y que entendamos, como dice el papa Francisco, que la Palabra de Dios y los sacramentos siempre van unidos, y por tanto que no podemos prescindir de la liturgia de la Palabra en la eucaristia, como si no tuviera importancia.
Vicente Martín, OSA


En este Domingo nos encontramos con unas lecturas –sobre todo en el pasaje evangélico-, que nos describen la rica personalidad de Jesús, a quien acabamos de adorar, niño en Belén, aplicándole estos nombres: Enviado de Dios, Mesías, Siervo, Hijo de Dios, Cordero de Dios, Amado, Preferido del Padre, Señor nuestro. Entre todos ellos, hoy, al iniciarse la vida pública de Jesús, que culminará con su pasión y su muerte, en el evangelio de hoy cobra especial protagonismo el término Cordero, un nombre lleno de simbolismo y de profundas resonancias bíblicas; todo ello viene contenido en esta expresión: Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1, 29).
En efecto, la primera comunidad cristiana vio en Jesús el cumplimiento de los recuerdos y figuras de aquel “cordero pascual”, cuya sangre, marcando las puertas de las familias de los judíos en Egipto, fue el inicio del éxodo y de la liberación de Israel. Por su parte, el profeta Isaías, en los pasajes que hemos leído hoy, nos presenta al Siervo como una oveja que es llevada al matadero y se ofrece por la salvación de todos. Estrecha e íntima es la relación entre Jesús y los sacrificios diarios de corderos que se hacían en el Templo y que ahora están sustituidos por la ofrenda que de sí mismo hizo el verdadero Cordero en la Cruz.
Pero más allá de las interpretaciones de raíz bíblica, la definición del Bautista está diciéndonos muy alto que Jesús es el Salvador, es aquel que viene a traer al mundo una palabra de esperanza. En un mundo, como el nuestro, tan lleno de pecado, es decir, de sufrimientos, de pobreza, de violencia, de injusticias, de marginación… Jesús es aquel que viene a quitar el pecado del mundo, el que trae, de parte de Dios y lleno del Espíritu Santo, un mensaje de alegría, de paz, de justicia, de solidaridad, de perdón, de amor. Como decía Isaías en la primera lectura, Él es luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra (Is 49, 6). También lo decía san Pablo en la segunda lectura: Cristo es quien nos trae la gracia y la paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo (1 Cor 1, 3).
Recordemos lo que estaba pasando a orillas del río Jordán: administraba el Precursor un bautismo de penitencia y también Jesús, antes de dar inicio a su vida pública, quiso someterse a aquel rito, como si fuese un pecador más; algún conocimiento de él debía tener el Bautista para decirle: soy yo quien tengo que ser bautizado por ti; y Jesús le dice: conviene que así cumplamos toda justicia. Acto seguido, aparece sobre Jesús el Espíritu Santo y se deja oír la voz del Padre –éste es mi Hijo amado (Mt 3, 14-17)-, lo que llevará a Juan a proclamar solemnemente: Yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios. Y al día siguiente, Juan, viéndolo pasar cerca, dijo a dos de sus discípulos: Éste es el Cordero de Dios (Jn 1, 34 y 35). Así anunciaba él la misión y el destino de Jesús.
Hoy precisamente, nos damos cuenta de que en la celebración de la Eucaristía se repite varias veces el nombre que le ha dado el Precursor: así, en el Gloria lo hemos invocado como Cordero de Dios, Hijo del Padre; momentos antes de la Comunión repetiremos tres veces: Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo; y, antes de la comunión, mostrando el Pan consagrado, proclamará el sacerdote: Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Es ésta, pues, una afirmación que el cristiano deberá hacer muy suya, de tal manera que le ayude a colaborar con Jesús en su obra de quitar el pecado del mundo; la recepción del Pan eucarístico fortalecerá aún más el compromiso.
Pues bien, al hilo de las afirmaciones del Bautista, preguntémonos: ¿conocemos a ese Jesús, cordero de Dios, no de boquilla sino de corazón? Efectivamente, para poder dar testimonio de alguien y podérselo explicar a los demás, es decir, ser sus apóstoles, primero tenemos que conocerlo bien. Sin duda que podremos saber muchas cosas de Jesús, pero el verdadero conocimiento de él va mucho más allá de lo que podamos saber. Ésta es, pues, la pregunta clave: ¿hemos experimentado en nosotros su amor, su presencia, su amistad? Un buen propósito que deberíamos hacernos cada día podría ser éste: conocer íntimamente a Jesúsamarlovivirlo.
Esta experiencia de encuentro con el Cordero que quita el pecado del mundo y con el Señor Resucitado, vencedor de la muerte y del pecado, deberá darnos fuerzas, para luego, en la vida, ser consecuentes con esa fe que profesamos y vivimos; y, por supuesto, esta experiencia y compromiso serán el fundamento del testimonio que ofrezcamos sobre el amor de Dios que se nos ha manifestado en Cristo Jesús.
Teófilo Viñas, O.S.A.






La liturgia de la Iglesia celebra hoy el bautismo del Señor como clausura del tiempo de Navidad. Parece un salto muy grande en el tiempo desde la cuna hasta el Jordán, pero, en realidad, ambos acontecimientos coinciden en ser comienzo: de la vida de Jesús en el mundo y de la misión para la que había venido al mundo, la de anunciar el año de gracia de Dios e iniciarlo por la obra de la redención, mediante su pasión, muerte y resurrección. Ambos inicios propician otro comienzo: el de nuestra vida en gracia por el Bautismo.
Juan Bautista anunciaba con palabra fogosa a Israel la inmediata llegada del Mesías largamente esperado, y administraba un bautismo de agua (en contraposición al bautismo de Espíritu que traería el Mesías); su bautismo era solamente un bautismo de penitencia (como signo de conversión), de purificación para disponerse a recibir al Mesías.
Estaba Juan en éstas cuando el propio Mesías se le presenta para recibir el bautismo que administraba, lo cual desconcierta al Bautista, sabedor de la inocencia del Mesías. Pero Jesús insiste en ser bautizado, pues es voluntad de Dios, ya que Él viene como “siervo sufriente de Dios, que tiene que tomar sobre sí los pecados de muchos” (Schmid, El evangelio según san Mateo, Herder, 92); viene como hombre solidario con sus hermanos pecadores para hacerlos justos.
Lo confirma el que, al salir Jesús del agua del Jordán, los cielos se abren sobre Él, descorriendo un poco el misterio del proyecto divino de salvación de los hombres, auspiciado por la Trinidad entera, que se manifiesta en aquel preciso tiempo y lugar: el propio Hijo de Dios identificado con el hombre que ha de ser salvado y reconocido por el Padre como su Hijo bienamado, que es asistido por el Espíritu Santo, en quien la Verdad, el Amor y el Poder eficaz se alían para hacer realidad todo el bien que Dios quiere comunicar al hombre.
Jesús es el Siervo de Dios, el hombre elegido por Dios, enteramente dócil a las mociones del Espíritu, amigo incondicional de Dios, dispuesto a manifestar a las naciones la justicia o santidad de Dios, la cual propone a sus hermanos, los hombres, como estilo de vida, que es imprescindible adoptar para beneficiarse de la salvación de Dios.
La boca de Jesús, profeta de Dios, propondrá la verdad con convicción. Con calma, sin aspavientos o gritos, sin imposiciones o coacciones, salvando (no condenando) hasta los más leves resquicios de verdad y bondad que restan en el fondo de cada hombre; simplemente declarando la justicia (o salvación) con verdad, con entereza. A favor de su obra colabora que todo el pueblo (todo hombre) espera, ansía y suplica la verdadera salvación, que no es otra que la que trae el Mesías de parte de Dios.
El Señor lo ha tomado de la mano, como un padre a su hijo, y lo ha conformado según su corazón, para constituirlo alianza del pueblo y luz de las naciones. Una alianza nueva y definitiva (que ya no será modificada porque no puede ser mejorada) de Dios con los hombres en Cristo, en quien se unen indisolublemente la divinidad y la humanidad. La tarjeta de presentación del Mesías es la curación de toda dolencia: los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y los pobres son evangelizados (Mt 11,5), y salen de la prisión los que habitan en tinieblas (Is 42,7), acciones liberadoras que significan la salud espiritual, y apuntan a la sanación de la raíz de la humanidad oprimida por el diablo, príncipe de este mundo.
En la efusión del Espíritu Santo sobre la casa de Cornelio, referida en el relato del libro de los Hechos, se cumple el anuncio de los ángeles a los pastores: en la tierra, paz a los hombres de buena voluntad (Lc 2,14), al ensancharse el pueblo que se beneficiaría de la llegada del enviado de Dios del cielo a la tierra. Pedro ve claro que [Dios] acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra (Palabra) a los hijos de Israel, anunciando la Buena Nueva de la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos.
Con su bautismo de agua, Jesús se compromete a asumir su bautismo de sangre para así infundir el poder vivificador del Espíritu al agua del bautismo cristiano. Gracias a Él, nosotros fuimos bautizados en agua y Espíritu Santo, y fuimos convertidos en criaturas nuevas, en hijos de Dios, que llevamos en nosotros su vida divina. Por eso debemos vivir con la dignidad que requiere nuestra nueva condición, debemos de ser santos, como nuestro Padre Dios es santo. Y debemos vivir en el amor, porque Dios es amor, y, en esto nos han de reconocer como discípulos de Cristo: porque amamos a los hermanos.
Modesto García, OSA



Celebramos la solemnidad de la Epifanía; es decir, el hecho de que Dios se da a conocer a todos los hombres, sin excluir a nadie. Es la fiesta que popularmente conocemos como la fiesta de los Reyes Magos. Posiblemente el folclore montado en torno a esta fiesta nos impida escudriñar su profundo mensaje.
Mateo nos da la noticia escueta del nacimiento de Jesús: habiendo nacido Jesús en Belén de Juda en tiempos del rey Herodes (2,1), y a continuación nos relata la escena de los Magos. Este texto evangélico pertenece a los llamados Evangelios de la Infancia de Jesús. Bajo un lenguaje envuelto en leyenda, historia y reflexión, Mateo quiere mostrarnos la verdad profunda de este recién nacido, que desde el principio va a ser rechazado por unos y acogido por otros. Y quiere dejarnos también claro que el rechazo de los judíos a Jesús no va a ser cosa de los últimos momentos, sino que será una constante a lo largo de toda la historia humana, pero la última palabra no la tendrá el mal. Dios triunfará. Dios salvará al niño Jesús y por mucha oposición que encuentre en su vida, llevará a cabo su obra redentora. Este será el hilo conductor de todo el evangelio de Mateo.
Desde el principio, el nacimiento de Jesús provoca reacciones distintas. La primera reacción, positiva, la encontramos en los magos, paganos y extranjeros. Creyeron en el signo de la estrella y emprendieron un camino de búsqueda del Señor. Entre luces y sombras llegaron a Belén. Vienen de lejos, no tienen la Escritura, ni los profetas, ni la historia de tantas maravillas obradas por Dios a favor de Israel, pero tienen fe y persisten en la búsqueda del rey anunciado por la estrella. Como buscaron de verdad, Dios los encaminó y terminaron encontrando a quien buscaban y se llenaron de una inmensa alegría.
Contrasta profundamente con los magos la actitud de Herodes. Da orden de busca y captura. Intenta degollar a Jesús por miedo a que aquel recién nacido le destronara. Herodes ha pasado a la historia con el sobrenombre de el Grande, grande por la suntuosidad de sus construcciones y grande por la enormidad de sus crímenes, que ejecutó especialmente en el entorno familiar. Y por querer matar a Jesús, decreta la matanza de los inocentes (16-18). Y esta historia se viene repitiendo año tras año y siglo tras siglo. Son muchos los Herodes a quienes Dios les estorba, y la manera de defenderse es matando a todo aquel que pueda ser su testigo, porque la presencia y palabra de los testigos de Jesús, les recuerda el no te es lícito, por no querer reconocer la luz y la verdad que les trae Jesús.
Hay otra postura frente a Jesús: La de los sumos sacerdotes y escribas. Unos y otros lo conocen todo sobre el Mesías, indican a los magos dónde tiene que nacer, pero instalados en sus privilegios religiosos y sociales, no mueven un dedo para comprobar esta realidad. Se quedan con su conocimiento y en su comodidad. El mensaje de este relato nos advierte que la verdad de Dios no puede dejarnos instalados y satisfechos. No podemos conformamos con indicar a los demás el camino a seguir sin que movamos una paja para acompañarlos.
Estas actitudes nos tienen que hacer pensar. Los magos, paganos, reconocen y adoran al Niño; los judíos no lo reconocen e intentan matarlo; los maestros conocedores de la Palabra de Dios, en realidad no les interesa, viven de ella, pero sus intereses están muy por encima de querer encontrar al Mesías.
No creo que sean necesarias más reflexiones. Simplemente debiéramos tomar en nuestras manos el evangelio y preguntarnos seriamente: ¿no habremos perdido la dimensión de profundidad en nuestra vida? ¿preferimos buscar la luz o seguir caminando en tinieblas?  ¿nos reconocemos en el evangelio? ¿quién es Jesús para mí? ¿dónde lo busco? Sabiendo tantas cosas sobre Jesús, ¿mi actitud responde a la de los magos, a la de Herodes o la de sumos sacerdotes y escribas? Ante la actitud generosa de los magos, que le ofrecen dones muy valiosos, también podemos preguntarnos: ¿qué reservamos para ofrecerle al Señor? ¿Lo mejor que tenemos o lo último que nos queda?
Vicente Martín, OSA


La Iglesia contempla agradecida la maternidad de la Madre de Dios, modelo de su propia maternidad para con todos nosotros. Lucas nos presenta el “encuentro” de los pastores “con el Niño”, el cual está acompañado de María, su Madre, y de José. La discreta presencia de José sugiere la importante misión de ser custodio del gran misterio del Hijo de Dios. Todos juntos, pastores, María y José, «con el Niño acostado en el pesebre» (Lc 2,16) son como una imagen preciosa de la Iglesia en adoración.

“El pesebre”: Jesús ya está ahí puesto, en una velada alusión a la Eucaristía. ¡Es María quien lo ha puesto! Lucas habla de un “encuentro”, de un encuentro de los pastores con Jesús. En efecto, sin la experiencia de un “encuentro” personal con el Señor no se da la fe. Sólo este “encuentro”, el cual ha comportado un “ver con los propios ojos”, y en cierta manera un “tocar”, hace capaces a los pastores de llegar a ser testigos de la Buena Nueva, verdaderos evangelizadores que pueden dar «a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel Niño» (Lc 2,17).

Se nos señala aquí un primer fruto del “encuentro” con Cristo: «Todos los que lo oyeron se maravillaban» (Lc 2,18). Hemos de pedir la gracia de saber suscitar este “maravillamiento”, esta admiración en aquellos a quienes anunciamos el Evangelio.

Hay todavía un segundo fruto de este encuentro: «Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto» (Lc 2,20). La adoración del Niño les llena el corazón de entusiasmo por comunicar lo que han visto y oído, y la comunicación de lo que han visto y oído los conduce hasta la plegaria de alabanza y de acción de gracias, a la glorificación del Señor.

María, maestra de contemplación —«guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón» (Lc 2,19)— nos da Jesús, cuyo nombre significa “Dios salva”. Su nombre es también nuestra Paz. ¡Acojamos en el corazón este sagrado y dulcísimo Nombre y tengámoslo frecuentemente en nuestros labios!


Rev. D. Manel VALLS i Serra


 Contemplamos el misterio de la Sagrada Familia. El Hijo de Dios inicia su andadura entre los hombres en el seno de una familia. Es el designio del Padre. La familia será siempre el hábitat humano insustituible. Jesús tiene un padre legal que le “lleva” y una Madre que no se separa de Él. Dios se sirvió en todo momento de san José, hombre justo, esposo fiel y padre responsable para defender a la Familia de Nazaret: «El Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: ‘Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto’» (Mt 2,13).

Hoy, más que nunca, la Iglesia está llamada a proclamar la buena noticia del Evangelio de la Familia y la vida. Hoy más que nunca, una cultura profundamente inhumana intenta imponer un anti-evangelio de confusión y de muerte. San Juan Pablo II nos lo recordaba en su exhortación Ecclesia in Europa: «La Iglesia ha de proponer con fidelidad la verdad sobre el matrimonio y la familia. Es una necesidad que siente de manera apremiante, porque sabe que dicha tarea le compete por la misión evangelizadora que su Esposo y Señor le ha confiado y que hoy se plantea con especial urgencia. El valor de la indisolubilidad matrimonial se tergiversa cada vez más; se reclaman formas de reconocimiento legal de las convivencias de hecho, equiparándolas al matrimonio legítimo...».

«Herodes va a buscar al niño para matarle» (Mt 2,13). Herodes ataca de nuevo, pero no temamos, porque la ayuda de Dios no nos faltará. ¡Vayamos a Nazaret! Redescubramos la verdad de la familia y de la vida. Vivámosla gozosamente y anunciémosla a nuestros hermanos sedientos de luz y esperanza. El Papa nos convoca a ello: «Es preciso reafirmar dichas instituciones [el matrimonio y la familia] como provenientes de la voluntad de Dios. Además es necesario servir al Evangelio de la vida».

De nuevo, «el Ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: ‘Levántate, toma contigo al niño y a su madre, y ponte en camino de la tierra de Israel’» (Mt 2,19-20). ¡El retorno de Egipto es inminente!

Rev. D. Joan Ant. MATEO i García



El Evangelio recoge el canto de alabanza de Zacarías después del nacimiento de su hijo. En su primera parte, el padre de Juan da gracias a Dios, y en la segunda sus ojos miran hacia el futuro. Todo él rezuma alegría y esperanza al reconocer la acción salvadora de Dios con Israel, que culmina en la venida del mismo Dios encarnado, preparada por el hijo de Zacarías.
Ya sabemos que Zacarías había sido castigado por Dios a causa de su incredulidad. Pero ahora, cuando la acción divina es del todo manifiesta en su propia carne —pues recupera el habla— exclama aquello que hasta entonces no podía decir si no era con el corazón; y bien cierto que lo decía: «Bendito el Señor Dios de Israel...» (Lc 1,68). ¡Cuántas veces vemos oscuras las cosas, negativas, de manera pesimista! Si tuviésemos la visión sobrenatural de los hechos que muestra Zacarías en el Canto del Benedictus, viviríamos con alegría y esperanza de una manera estable.
«El Señor ya está cerca; el Señor ya está aquí». El padre del precursor es consciente de que la venida del Mesías es, sobre todo, luz. Una luz que ilumina a los que viven en la oscuridad, bajo las sombras de la muerte, es decir, ¡a nosotros! ¡Ojalá que nos demos cuenta con plena conciencia de que el Niño Jesús viene a iluminar nuestras vidas, viene a guiarnos, a señalarnos por dónde hemos de andar...! ¡Ojalá que nos dejáramos guiar por sus ilusiones, por aquellas esperanzas que pone en nosotros!

Jesús es el “Señor” (cf. Lc 1,68.76), pero también es el “Salvador” (cf. Lc 1,69). Estas dos confesiones (atribuciones) que Zacarías hace a Dios, tan cercanas a la noche de la Navidad, siempre me han sorprendido, porque son precisamente las mismas que el Ángel del Señor asignará a Jesús en su anuncio a los pastores y que podremos escuchar con emoción esta misma noche en la Misa de Nochebuena. ¡Y es que quien nace es Dios!

Rev. D. Ignasi FABREGAT i Torrents



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IV Domingo de Adviento,Ciclo A.

La liturgia de la Palabra nos invita a considerar y admirar la figura de san José, un hombre verdaderamente bueno. De María, la Madre de Dios, se ha dicho que era bendita entre todas las mujeres (cf. Lc 1,42). De José se ha escrito que era justo (cf. Mt 1,19).
Todos debemos a Dios Padre Creador nuestra identidad individual como personas hechas a su imagen y semejanza, con libertad real y radical. Y con la respuesta a esta libertad podemos dar gloria a Dios, como se merece o, también, hacer de nosotros algo no grato a los ojos de Dios.
No dudemos de que José, con su trabajo, con su compromiso en su entorno familiar y social se ganó el “Corazón” del Creador, considerándolo como hombre de confianza en la colaboración en la Redención humana por medio de su Hijo hecho hombre como nosotros.
Aprendamos, pues, de san José su fidelidad —probada ya desde el inicio— y su buen cumplimiento durante el resto de su vida, unida —estrechamente— a Jesús y a María.
Lo hacemos patrón e intercesor para todos los padres, biológicos o no, que en este mundo han de ayudar a sus hijos a dar una respuesta semejante a la de él. Lo hacemos patrón de la Iglesia, como entidad ligada, estrechamente, a su Hijo, y continuamos oyendo las palabras de María cuando encuentra al Niño Jesús que se había “perdido” en el Templo: «Tu padre y yo...» (Lc 2,48).
Con María, por tanto, Madre nuestra, encontramos a José como padre. Santa Teresa de Jesús dejó escrito: «Tomé por abogado y señor al glorioso san José, y encomendeme mucho a él (...). No me acuerdo hasta ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer».
Especialmente padre para aquellos que hemos oído la llamada del Señor a ocupar, por el ministerio sacerdotal, el lugar que nos cede Jesucristo para sacar adelante su Iglesia. —¡San José glorioso!: protege a nuestras familias, protege a nuestras comunidades; protege a todos aquellos que oyen la llamada a la vocación sacerdotal... y que haya muchos.

+ Rev. D. Pere GRAU i Andreu

III Domingo de Adviento,Ciclo A."El domingo de la Alegría"

Como el domingo anterior, la Iglesia nos presenta la figura de Juan el Bautista. Él tenía muchos discípulos y una doctrina clara y diferenciada: para los publicanos, para los soldados, para los fariseos y saduceos... Su empeño es preparar la vida pública del Mesías. Primero envió a Juan y Andrés, hoy envía a otros a que le conozcan. Van con una pregunta: «Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?» (Mt 11,3). Bien sabía Juan quién era Jesús. Él mismo lo testimonia: «Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ése es el que bautiza en el Espíritu Santo’» (Jn 1,33). Jesús contesta con hechos: los ciegos ven y los cojos andan...
Juan era de carácter firme en su modo de vivir y en mantenerse en la Verdad, lo cual le costó su encarcelamiento y martirio. Aún en la cárcel habla eficazmente con Herodes. Juan nos enseña a compaginar la firmeza de carácter con la humildad: «No soy digno de desatarle las sandalias» (Jn 1,27); «Es preciso que Él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,30); se alegra de que Jesucristo bautice más que él, pues se considera sólo “amigo del esposo” (cf. Jn 3,26).
En una palabra: Juan nos enseña a tomar en serio nuestra misión en la tierra: ser cristianos coherentes, que se saben y actúan como hijos de Dios. Debemos preguntarnos: —¿Cómo se prepararían María y José para el nacimiento de Jesucristo? ¿Cómo preparó Juan las enseñanzas de Jesús? ¿Cómo nos preparamos nosotros para conmemorarlo y para la segunda venida del Señor al final de los tiempos? Pues, como decía san Cirilo de Jerusalén: «Nosotros anunciamos la venida de Cristo, no sólo la primera, sino también la segunda, mucho más gloriosa que aquélla. Pues aquélla estuvo impregnada por el sufrimiento, pero la segunda traerá la diadema de la divina gloria».

Dr. Johannes VILAR

II Domingo de Adviento,Ciclo A.

El Evangelio toca un acorde compuesto por tres notas. Tres notas no siempre bien afinadas en nuestra sociedad: la del hacer, la de la amistad y la de la coherencia de vida. Hoy día hacemos muchas cosas, pero, ¿tenemos un proyecto? Hoy, que navegamos en la sociedad de la comunicación, ¿tiene cabida en nuestros corazones la soledad? Hoy, en la era de la información, ¿nos permite ésta dar forma a nuestra personalidad?
Un proyecto. María, una mujer «desposada con un hombre llamado José, de la casa de David» (Lc 1,28). María tiene un proyecto. Evidentemente, de proporciones humanas. Sin embargo, Dios irrumpe en su vida para presentarle otro proyecto... de proporciones divinas. También hoy, quiere entrar en nuestra vida y dar proporciones divinas a nuestro quehacer humano.
Una presencia. «No temas, María» (Lc 1,30). ¡No construyamos de cualquier manera! No fuera caso que la adicción al “hacer” escondiera un vacío. El matrimonio, la vida de servicio, la profesión no han de ser una huida hacia adelante. «Llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1,28). Presencia que acompaña y da sentido. Confianza en Dios, que —de rebote— nos lleva a la confianza con los otros. Amistad con Dios que renueva la amistad con los otros.
Formarnos. Hoy día, que recibimos tantos estímulos con frecuencia contrapuestos, es necesario dar forma y unidad a nuestra vida. María, dice san Luis María Grignion, «es el molde vivo de Dios». Hay dos maneras de hacer una escultura, expone Grignion: una, más ardua, a base de golpes de cincel. La otra, sirviéndose de un molde. Ésta segunda es más sencilla. Pero el éxito está en que la materia sea maleable y que el molde dibuje con perfección la imagen. María es el molde perfecto. ¿Acudimos a Ella siendo nosotros materia maleable?

Rev. D. David COMPTE i Verdaguer

I Domingo de Adviento,Ciclo A.

En este domingo, comenzando el tiempo de Adviento, inauguramos a la vez un nuevo año litúrgico. Esta circunstancia la podemos tomar como una invitación a renovarnos en algún aspecto de nuestra vida (espiritual, familiar, etc.).

De hecho, necesitamos vivir la vida, día a día, mes a mes, con un ritmo y una ilusión renovados. Así alejamos el peligro de la rutina y del tedio. Este sentido de renovación permanente es la mejor manera de estar alerta. Sí, ¡hay que estar alerta!: es uno de los mensajes que el Señor nos transmite a través de las palabras del Evangelio de hoy.

Hay que estar alerta, en primer lugar, porque el sentido de la vida terrenal es el de una preparación para la vida eterna. Este tiempo de preparación es un don y una gracia de Dios: Él no quiere imponernos su amor ni el cielo; nos quiere libres (que es el único modo de amar). Preparación que no sabemos cuándo acabará: «Anunciamos el advenimiento de Cristo, y no solamente uno, sino también otro, el segundo (...), porque este mundo de ahora terminará» (San Cirilo de Jerusalén). Hay que esforzarse por mantener la actitud de renovación y de ilusión.

En segundo lugar, conviene estar alerta porque la rutina y el acomodamiento son incompatibles con el amor. En el Evangelio de hoy el Señor recuerda cómo en tiempos de Noé «comían, bebían» y «no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los arrastró a todos» (Mt 24,38-39). Estaban “entretenidos” y —ya hemos dicho— que nuestro paso por la tierra ha de ser un tiempo de “noviazgo” para la maduración de nuestra libertad: el don que nos ha sido otorgado no para librarnos de los demás, sino para darnos a los demás.
«Como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre» (Mt 24,37). La venida de Dios es el gran acontecimiento. Dispongámonos a acogerlo con devoción: «¡Ven Señor Jesús».

Rev. D. Antoni CAROL i Hostench