Meditación del Evangelio Ciclo A.




El Papa Francisco publicaba el pasado el 30 de septiembre la Carta apostólica titulada Aperuit Illis, “les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras” (Lc 24, 45). Mediante esta carta establece como Domingo de la Palabra de Dios el III Domingo del Tiempo Ordinario de cada año. Pretende el papa dedicar este domingo a la celebración, reflexión y divulgación de la Palabra de Dios (Aperuit Illis, 3), con el objetivo de comprender la riqueza inagotable que proviene de ese diálogo constante de Dios con su pueblo (Carta ap.). Quiere el papa que los creyentes demos gran importancia a la Palabra del Señor tanto en la acción litúrgica como en la oración y la reflexión personal. Sería bueno leer detenidamente este documento, que se puede encontrar en internet escribiendo simplemente Aperuit Illis. Ya el Concilio Vaticano II había dado un gran impulso a la Palabra de Dios con la constitución Dei Verbum y en los años posteriores los papas S. Juan Pablo II, Benedicto XVI y el mismo Francisco han seguido la línea marcada por el Concilio y han insistido en la importancia de la Palabra de Dios tanto en la vida como en la misión de la Iglesia. En la Sagrada Escritura el Señor nos habla, se nos da a conocer y espera nuestra respuesta libre, personal y consciente. Por ello, es necesario acercarnos a la Sagrada Escritura con una escucha atenta, una lectura asidua, una actitud receptiva, un corazón orante, una recepción creyente, una asimilación continua, una vivencia intensa, una celebración gozosa y un testimonio misionero. Decía S. Jerónimo, maestro y estudioso de la Palabra de Dios, en cuyo 1600 aniversario de su muerte el papa ha publicado Aperuit Illis, que la ignorancia de las Escrituras es ignorancia de Cristo. El papa Francisco, al instituir el Domingo de la Palabra de Dios, nos recuerda que el Resucitado sigue caminando en medio de su comunidad, explicando
las Escrituras con su vida y su palabra, e invitándonos a todos a implicarnos en la hermosa tarea de anunciar el Evangelio. El catecismo de la Iglesia en su número 134 citando a Hugo de San Víctor dice: Toda la Escritura divina es un libro y este libro es Cristo, porque toda la Escritura divina habla de Cristo, y toda la Escritura divina se cumple en Cristo. Y en el número 141 afirma: La Iglesia siempre ha venerado la sagrada Escritura, como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo (Dei Verbum 21): aquélla y éste alimentan y rigen toda la vida cristiana. Para mis pies antorcha es tu palabra, luz para mi sendero.
Hoy damos comienzo a la lectura del evangelio de S. Mateo, que nos acompañará durante todo el año litúrgico. El arresto de Juan el Bautista empuja a Jesús a tomar el relevo. A partir de ahora será él quien continúe con la predicación de la Buena Noticia del Reino y su implantación en medio de este mundo. El Bautista había irrumpido en el desierto de Judá, junto al Jordán. Su mensaje era de conversión ante la inminente llegada de Dios que trae un hacha en la mano para cortar los árboles que no dan fruto. Jesús, por su parte, cambia de escenario. Se traslada desde Nazaret, – el pueblo donde se había criado y vivido durante unos 30 años-, a Cafarnaúm, situado junto al lago de Genesaret. Una tierra que por su proximidad a otros pueblos extranjeros era llamada Galilea de los gentiles (Is 8,23). A primera vista, Jesús se limita a repetir el mismo mensaje de Juan: Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos (v.17). Pero el tono y las consecuencias de su predicación serán muy distintas. Si la proclamación de Juan suscitaba cierto temor, el anuncio de Jesús genera alegría y gozo, y proporciona luz para salir de las tinieblas en las que vive Israel. De este modo se cumplen las palabras del profeta Isaías que hemos escuchado en la primera lectura: El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaba en tierra y sombras de muerte, y una luz les brilló (Is 9,1). Si la invitación del Bautista movió a muchos a bautizarse, la proclamación de Jesús se convierte en una invitación al seguimiento y a involucrarse en la tarea del Reino, que trae curación y salvación para todos: Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres (v. 19). Jesús anuncia un proyecto en el que la prioridad será curar y recuperar a quienes viven sumergidos y oprimidos por las fuerzas del mal.
Jesús no solo invitó a los primeros discípulos a implicarse en tarea del Reino. El Señor resucitado llamó también a Pablo y lo empujó a ir más allá de las fronteras del judaísmo para que todos los pueblos conocieran el Evangelio del amor de Dios revelado en la cruz: No me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo (1Cor 1,17)
Si Jesús no va a Jerusalén, como pensaríamos nosotros, sino que se traslada hacia las fronteras de Galilea para convertirse en luz y alegría, si Pablo traspasa los límites del judaísmo, podemos comprender la insistencia del papa Francisco en salir hacia las periferias para llevar la alegría y el consuelo del Evangelio a todos, especialmente a toda persona marginada. Solo podremos ser servidores del Reino si colocamos el Evangelio en el centro de nuestras vidas, de nuestras comunidades y de nuestras tareas.
Que el domingo dedicado a la Palabra haga crecer en todos nosotros la familiaridad asidua con la Sagrada Escritura para que Cristo sea siempre el centro de nuestra vida. Y que entendamos, como dice el papa Francisco, que la Palabra de Dios y los sacramentos siempre van unidos, y por tanto que no podemos prescindir de la liturgia de la Palabra en la eucaristia, como si no tuviera importancia.
Vicente Martín, OSA


En este Domingo nos encontramos con unas lecturas –sobre todo en el pasaje evangélico-, que nos describen la rica personalidad de Jesús, a quien acabamos de adorar, niño en Belén, aplicándole estos nombres: Enviado de Dios, Mesías, Siervo, Hijo de Dios, Cordero de Dios, Amado, Preferido del Padre, Señor nuestro. Entre todos ellos, hoy, al iniciarse la vida pública de Jesús, que culminará con su pasión y su muerte, en el evangelio de hoy cobra especial protagonismo el término Cordero, un nombre lleno de simbolismo y de profundas resonancias bíblicas; todo ello viene contenido en esta expresión: Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1, 29).
En efecto, la primera comunidad cristiana vio en Jesús el cumplimiento de los recuerdos y figuras de aquel “cordero pascual”, cuya sangre, marcando las puertas de las familias de los judíos en Egipto, fue el inicio del éxodo y de la liberación de Israel. Por su parte, el profeta Isaías, en los pasajes que hemos leído hoy, nos presenta al Siervo como una oveja que es llevada al matadero y se ofrece por la salvación de todos. Estrecha e íntima es la relación entre Jesús y los sacrificios diarios de corderos que se hacían en el Templo y que ahora están sustituidos por la ofrenda que de sí mismo hizo el verdadero Cordero en la Cruz.
Pero más allá de las interpretaciones de raíz bíblica, la definición del Bautista está diciéndonos muy alto que Jesús es el Salvador, es aquel que viene a traer al mundo una palabra de esperanza. En un mundo, como el nuestro, tan lleno de pecado, es decir, de sufrimientos, de pobreza, de violencia, de injusticias, de marginación… Jesús es aquel que viene a quitar el pecado del mundo, el que trae, de parte de Dios y lleno del Espíritu Santo, un mensaje de alegría, de paz, de justicia, de solidaridad, de perdón, de amor. Como decía Isaías en la primera lectura, Él es luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra (Is 49, 6). También lo decía san Pablo en la segunda lectura: Cristo es quien nos trae la gracia y la paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo (1 Cor 1, 3).
Recordemos lo que estaba pasando a orillas del río Jordán: administraba el Precursor un bautismo de penitencia y también Jesús, antes de dar inicio a su vida pública, quiso someterse a aquel rito, como si fuese un pecador más; algún conocimiento de él debía tener el Bautista para decirle: soy yo quien tengo que ser bautizado por ti; y Jesús le dice: conviene que así cumplamos toda justicia. Acto seguido, aparece sobre Jesús el Espíritu Santo y se deja oír la voz del Padre –éste es mi Hijo amado (Mt 3, 14-17)-, lo que llevará a Juan a proclamar solemnemente: Yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios. Y al día siguiente, Juan, viéndolo pasar cerca, dijo a dos de sus discípulos: Éste es el Cordero de Dios (Jn 1, 34 y 35). Así anunciaba él la misión y el destino de Jesús.
Hoy precisamente, nos damos cuenta de que en la celebración de la Eucaristía se repite varias veces el nombre que le ha dado el Precursor: así, en el Gloria lo hemos invocado como Cordero de Dios, Hijo del Padre; momentos antes de la Comunión repetiremos tres veces: Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo; y, antes de la comunión, mostrando el Pan consagrado, proclamará el sacerdote: Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Es ésta, pues, una afirmación que el cristiano deberá hacer muy suya, de tal manera que le ayude a colaborar con Jesús en su obra de quitar el pecado del mundo; la recepción del Pan eucarístico fortalecerá aún más el compromiso.
Pues bien, al hilo de las afirmaciones del Bautista, preguntémonos: ¿conocemos a ese Jesús, cordero de Dios, no de boquilla sino de corazón? Efectivamente, para poder dar testimonio de alguien y podérselo explicar a los demás, es decir, ser sus apóstoles, primero tenemos que conocerlo bien. Sin duda que podremos saber muchas cosas de Jesús, pero el verdadero conocimiento de él va mucho más allá de lo que podamos saber. Ésta es, pues, la pregunta clave: ¿hemos experimentado en nosotros su amor, su presencia, su amistad? Un buen propósito que deberíamos hacernos cada día podría ser éste: conocer íntimamente a Jesúsamarlovivirlo.
Esta experiencia de encuentro con el Cordero que quita el pecado del mundo y con el Señor Resucitado, vencedor de la muerte y del pecado, deberá darnos fuerzas, para luego, en la vida, ser consecuentes con esa fe que profesamos y vivimos; y, por supuesto, esta experiencia y compromiso serán el fundamento del testimonio que ofrezcamos sobre el amor de Dios que se nos ha manifestado en Cristo Jesús.
Teófilo Viñas, O.S.A.






La liturgia de la Iglesia celebra hoy el bautismo del Señor como clausura del tiempo de Navidad. Parece un salto muy grande en el tiempo desde la cuna hasta el Jordán, pero, en realidad, ambos acontecimientos coinciden en ser comienzo: de la vida de Jesús en el mundo y de la misión para la que había venido al mundo, la de anunciar el año de gracia de Dios e iniciarlo por la obra de la redención, mediante su pasión, muerte y resurrección. Ambos inicios propician otro comienzo: el de nuestra vida en gracia por el Bautismo.
Juan Bautista anunciaba con palabra fogosa a Israel la inmediata llegada del Mesías largamente esperado, y administraba un bautismo de agua (en contraposición al bautismo de Espíritu que traería el Mesías); su bautismo era solamente un bautismo de penitencia (como signo de conversión), de purificación para disponerse a recibir al Mesías.
Estaba Juan en éstas cuando el propio Mesías se le presenta para recibir el bautismo que administraba, lo cual desconcierta al Bautista, sabedor de la inocencia del Mesías. Pero Jesús insiste en ser bautizado, pues es voluntad de Dios, ya que Él viene como “siervo sufriente de Dios, que tiene que tomar sobre sí los pecados de muchos” (Schmid, El evangelio según san Mateo, Herder, 92); viene como hombre solidario con sus hermanos pecadores para hacerlos justos.
Lo confirma el que, al salir Jesús del agua del Jordán, los cielos se abren sobre Él, descorriendo un poco el misterio del proyecto divino de salvación de los hombres, auspiciado por la Trinidad entera, que se manifiesta en aquel preciso tiempo y lugar: el propio Hijo de Dios identificado con el hombre que ha de ser salvado y reconocido por el Padre como su Hijo bienamado, que es asistido por el Espíritu Santo, en quien la Verdad, el Amor y el Poder eficaz se alían para hacer realidad todo el bien que Dios quiere comunicar al hombre.
Jesús es el Siervo de Dios, el hombre elegido por Dios, enteramente dócil a las mociones del Espíritu, amigo incondicional de Dios, dispuesto a manifestar a las naciones la justicia o santidad de Dios, la cual propone a sus hermanos, los hombres, como estilo de vida, que es imprescindible adoptar para beneficiarse de la salvación de Dios.
La boca de Jesús, profeta de Dios, propondrá la verdad con convicción. Con calma, sin aspavientos o gritos, sin imposiciones o coacciones, salvando (no condenando) hasta los más leves resquicios de verdad y bondad que restan en el fondo de cada hombre; simplemente declarando la justicia (o salvación) con verdad, con entereza. A favor de su obra colabora que todo el pueblo (todo hombre) espera, ansía y suplica la verdadera salvación, que no es otra que la que trae el Mesías de parte de Dios.
El Señor lo ha tomado de la mano, como un padre a su hijo, y lo ha conformado según su corazón, para constituirlo alianza del pueblo y luz de las naciones. Una alianza nueva y definitiva (que ya no será modificada porque no puede ser mejorada) de Dios con los hombres en Cristo, en quien se unen indisolublemente la divinidad y la humanidad. La tarjeta de presentación del Mesías es la curación de toda dolencia: los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y los pobres son evangelizados (Mt 11,5), y salen de la prisión los que habitan en tinieblas (Is 42,7), acciones liberadoras que significan la salud espiritual, y apuntan a la sanación de la raíz de la humanidad oprimida por el diablo, príncipe de este mundo.
En la efusión del Espíritu Santo sobre la casa de Cornelio, referida en el relato del libro de los Hechos, se cumple el anuncio de los ángeles a los pastores: en la tierra, paz a los hombres de buena voluntad (Lc 2,14), al ensancharse el pueblo que se beneficiaría de la llegada del enviado de Dios del cielo a la tierra. Pedro ve claro que [Dios] acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra (Palabra) a los hijos de Israel, anunciando la Buena Nueva de la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos.
Con su bautismo de agua, Jesús se compromete a asumir su bautismo de sangre para así infundir el poder vivificador del Espíritu al agua del bautismo cristiano. Gracias a Él, nosotros fuimos bautizados en agua y Espíritu Santo, y fuimos convertidos en criaturas nuevas, en hijos de Dios, que llevamos en nosotros su vida divina. Por eso debemos vivir con la dignidad que requiere nuestra nueva condición, debemos de ser santos, como nuestro Padre Dios es santo. Y debemos vivir en el amor, porque Dios es amor, y, en esto nos han de reconocer como discípulos de Cristo: porque amamos a los hermanos.
Modesto García, OSA



Celebramos la solemnidad de la Epifanía; es decir, el hecho de que Dios se da a conocer a todos los hombres, sin excluir a nadie. Es la fiesta que popularmente conocemos como la fiesta de los Reyes Magos. Posiblemente el folclore montado en torno a esta fiesta nos impida escudriñar su profundo mensaje.
Mateo nos da la noticia escueta del nacimiento de Jesús: habiendo nacido Jesús en Belén de Juda en tiempos del rey Herodes (2,1), y a continuación nos relata la escena de los Magos. Este texto evangélico pertenece a los llamados Evangelios de la Infancia de Jesús. Bajo un lenguaje envuelto en leyenda, historia y reflexión, Mateo quiere mostrarnos la verdad profunda de este recién nacido, que desde el principio va a ser rechazado por unos y acogido por otros. Y quiere dejarnos también claro que el rechazo de los judíos a Jesús no va a ser cosa de los últimos momentos, sino que será una constante a lo largo de toda la historia humana, pero la última palabra no la tendrá el mal. Dios triunfará. Dios salvará al niño Jesús y por mucha oposición que encuentre en su vida, llevará a cabo su obra redentora. Este será el hilo conductor de todo el evangelio de Mateo.
Desde el principio, el nacimiento de Jesús provoca reacciones distintas. La primera reacción, positiva, la encontramos en los magos, paganos y extranjeros. Creyeron en el signo de la estrella y emprendieron un camino de búsqueda del Señor. Entre luces y sombras llegaron a Belén. Vienen de lejos, no tienen la Escritura, ni los profetas, ni la historia de tantas maravillas obradas por Dios a favor de Israel, pero tienen fe y persisten en la búsqueda del rey anunciado por la estrella. Como buscaron de verdad, Dios los encaminó y terminaron encontrando a quien buscaban y se llenaron de una inmensa alegría.
Contrasta profundamente con los magos la actitud de Herodes. Da orden de busca y captura. Intenta degollar a Jesús por miedo a que aquel recién nacido le destronara. Herodes ha pasado a la historia con el sobrenombre de el Grande, grande por la suntuosidad de sus construcciones y grande por la enormidad de sus crímenes, que ejecutó especialmente en el entorno familiar. Y por querer matar a Jesús, decreta la matanza de los inocentes (16-18). Y esta historia se viene repitiendo año tras año y siglo tras siglo. Son muchos los Herodes a quienes Dios les estorba, y la manera de defenderse es matando a todo aquel que pueda ser su testigo, porque la presencia y palabra de los testigos de Jesús, les recuerda el no te es lícito, por no querer reconocer la luz y la verdad que les trae Jesús.
Hay otra postura frente a Jesús: La de los sumos sacerdotes y escribas. Unos y otros lo conocen todo sobre el Mesías, indican a los magos dónde tiene que nacer, pero instalados en sus privilegios religiosos y sociales, no mueven un dedo para comprobar esta realidad. Se quedan con su conocimiento y en su comodidad. El mensaje de este relato nos advierte que la verdad de Dios no puede dejarnos instalados y satisfechos. No podemos conformamos con indicar a los demás el camino a seguir sin que movamos una paja para acompañarlos.
Estas actitudes nos tienen que hacer pensar. Los magos, paganos, reconocen y adoran al Niño; los judíos no lo reconocen e intentan matarlo; los maestros conocedores de la Palabra de Dios, en realidad no les interesa, viven de ella, pero sus intereses están muy por encima de querer encontrar al Mesías.
No creo que sean necesarias más reflexiones. Simplemente debiéramos tomar en nuestras manos el evangelio y preguntarnos seriamente: ¿no habremos perdido la dimensión de profundidad en nuestra vida? ¿preferimos buscar la luz o seguir caminando en tinieblas?  ¿nos reconocemos en el evangelio? ¿quién es Jesús para mí? ¿dónde lo busco? Sabiendo tantas cosas sobre Jesús, ¿mi actitud responde a la de los magos, a la de Herodes o la de sumos sacerdotes y escribas? Ante la actitud generosa de los magos, que le ofrecen dones muy valiosos, también podemos preguntarnos: ¿qué reservamos para ofrecerle al Señor? ¿Lo mejor que tenemos o lo último que nos queda?
Vicente Martín, OSA


La Iglesia contempla agradecida la maternidad de la Madre de Dios, modelo de su propia maternidad para con todos nosotros. Lucas nos presenta el “encuentro” de los pastores “con el Niño”, el cual está acompañado de María, su Madre, y de José. La discreta presencia de José sugiere la importante misión de ser custodio del gran misterio del Hijo de Dios. Todos juntos, pastores, María y José, «con el Niño acostado en el pesebre» (Lc 2,16) son como una imagen preciosa de la Iglesia en adoración.

“El pesebre”: Jesús ya está ahí puesto, en una velada alusión a la Eucaristía. ¡Es María quien lo ha puesto! Lucas habla de un “encuentro”, de un encuentro de los pastores con Jesús. En efecto, sin la experiencia de un “encuentro” personal con el Señor no se da la fe. Sólo este “encuentro”, el cual ha comportado un “ver con los propios ojos”, y en cierta manera un “tocar”, hace capaces a los pastores de llegar a ser testigos de la Buena Nueva, verdaderos evangelizadores que pueden dar «a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel Niño» (Lc 2,17).

Se nos señala aquí un primer fruto del “encuentro” con Cristo: «Todos los que lo oyeron se maravillaban» (Lc 2,18). Hemos de pedir la gracia de saber suscitar este “maravillamiento”, esta admiración en aquellos a quienes anunciamos el Evangelio.

Hay todavía un segundo fruto de este encuentro: «Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto» (Lc 2,20). La adoración del Niño les llena el corazón de entusiasmo por comunicar lo que han visto y oído, y la comunicación de lo que han visto y oído los conduce hasta la plegaria de alabanza y de acción de gracias, a la glorificación del Señor.

María, maestra de contemplación —«guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón» (Lc 2,19)— nos da Jesús, cuyo nombre significa “Dios salva”. Su nombre es también nuestra Paz. ¡Acojamos en el corazón este sagrado y dulcísimo Nombre y tengámoslo frecuentemente en nuestros labios!

Rev. D. Manel VALLS i Serra


 Contemplamos el misterio de la Sagrada Familia. El Hijo de Dios inicia su andadura entre los hombres en el seno de una familia. Es el designio del Padre. La familia será siempre el hábitat humano insustituible. Jesús tiene un padre legal que le “lleva” y una Madre que no se separa de Él. Dios se sirvió en todo momento de san José, hombre justo, esposo fiel y padre responsable para defender a la Familia de Nazaret: «El Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: ‘Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto’» (Mt 2,13).

Hoy, más que nunca, la Iglesia está llamada a proclamar la buena noticia del Evangelio de la Familia y la vida. Hoy más que nunca, una cultura profundamente inhumana intenta imponer un anti-evangelio de confusión y de muerte. San Juan Pablo II nos lo recordaba en su exhortación Ecclesia in Europa: «La Iglesia ha de proponer con fidelidad la verdad sobre el matrimonio y la familia. Es una necesidad que siente de manera apremiante, porque sabe que dicha tarea le compete por la misión evangelizadora que su Esposo y Señor le ha confiado y que hoy se plantea con especial urgencia. El valor de la indisolubilidad matrimonial se tergiversa cada vez más; se reclaman formas de reconocimiento legal de las convivencias de hecho, equiparándolas al matrimonio legítimo...».

«Herodes va a buscar al niño para matarle» (Mt 2,13). Herodes ataca de nuevo, pero no temamos, porque la ayuda de Dios no nos faltará. ¡Vayamos a Nazaret! Redescubramos la verdad de la familia y de la vida. Vivámosla gozosamente y anunciémosla a nuestros hermanos sedientos de luz y esperanza. El Papa nos convoca a ello: «Es preciso reafirmar dichas instituciones [el matrimonio y la familia] como provenientes de la voluntad de Dios. Además es necesario servir al Evangelio de la vida».

De nuevo, «el Ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: ‘Levántate, toma contigo al niño y a su madre, y ponte en camino de la tierra de Israel’» (Mt 2,19-20). ¡El retorno de Egipto es inminente!

Rev. D. Joan Ant. MATEO i García



El Evangelio recoge el canto de alabanza de Zacarías después del nacimiento de su hijo. En su primera parte, el padre de Juan da gracias a Dios, y en la segunda sus ojos miran hacia el futuro. Todo él rezuma alegría y esperanza al reconocer la acción salvadora de Dios con Israel, que culmina en la venida del mismo Dios encarnado, preparada por el hijo de Zacarías.
Ya sabemos que Zacarías había sido castigado por Dios a causa de su incredulidad. Pero ahora, cuando la acción divina es del todo manifiesta en su propia carne —pues recupera el habla— exclama aquello que hasta entonces no podía decir si no era con el corazón; y bien cierto que lo decía: «Bendito el Señor Dios de Israel...» (Lc 1,68). ¡Cuántas veces vemos oscuras las cosas, negativas, de manera pesimista! Si tuviésemos la visión sobrenatural de los hechos que muestra Zacarías en el Canto del Benedictus, viviríamos con alegría y esperanza de una manera estable.
«El Señor ya está cerca; el Señor ya está aquí». El padre del precursor es consciente de que la venida del Mesías es, sobre todo, luz. Una luz que ilumina a los que viven en la oscuridad, bajo las sombras de la muerte, es decir, ¡a nosotros! ¡Ojalá que nos demos cuenta con plena conciencia de que el Niño Jesús viene a iluminar nuestras vidas, viene a guiarnos, a señalarnos por dónde hemos de andar...! ¡Ojalá que nos dejáramos guiar por sus ilusiones, por aquellas esperanzas que pone en nosotros!

Jesús es el “Señor” (cf. Lc 1,68.76), pero también es el “Salvador” (cf. Lc 1,69). Estas dos confesiones (atribuciones) que Zacarías hace a Dios, tan cercanas a la noche de la Navidad, siempre me han sorprendido, porque son precisamente las mismas que el Ángel del Señor asignará a Jesús en su anuncio a los pastores y que podremos escuchar con emoción esta misma noche en la Misa de Nochebuena. ¡Y es que quien nace es Dios!

Rev. D. Ignasi FABREGAT i Torrents



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IV Domingo de Adviento,Ciclo A.

La liturgia de la Palabra nos invita a considerar y admirar la figura de san José, un hombre verdaderamente bueno. De María, la Madre de Dios, se ha dicho que era bendita entre todas las mujeres (cf. Lc 1,42). De José se ha escrito que era justo (cf. Mt 1,19).
Todos debemos a Dios Padre Creador nuestra identidad individual como personas hechas a su imagen y semejanza, con libertad real y radical. Y con la respuesta a esta libertad podemos dar gloria a Dios, como se merece o, también, hacer de nosotros algo no grato a los ojos de Dios.
No dudemos de que José, con su trabajo, con su compromiso en su entorno familiar y social se ganó el “Corazón” del Creador, considerándolo como hombre de confianza en la colaboración en la Redención humana por medio de su Hijo hecho hombre como nosotros.
Aprendamos, pues, de san José su fidelidad —probada ya desde el inicio— y su buen cumplimiento durante el resto de su vida, unida —estrechamente— a Jesús y a María.
Lo hacemos patrón e intercesor para todos los padres, biológicos o no, que en este mundo han de ayudar a sus hijos a dar una respuesta semejante a la de él. Lo hacemos patrón de la Iglesia, como entidad ligada, estrechamente, a su Hijo, y continuamos oyendo las palabras de María cuando encuentra al Niño Jesús que se había “perdido” en el Templo: «Tu padre y yo...» (Lc 2,48).
Con María, por tanto, Madre nuestra, encontramos a José como padre. Santa Teresa de Jesús dejó escrito: «Tomé por abogado y señor al glorioso san José, y encomendeme mucho a él (...). No me acuerdo hasta ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer».
Especialmente padre para aquellos que hemos oído la llamada del Señor a ocupar, por el ministerio sacerdotal, el lugar que nos cede Jesucristo para sacar adelante su Iglesia. —¡San José glorioso!: protege a nuestras familias, protege a nuestras comunidades; protege a todos aquellos que oyen la llamada a la vocación sacerdotal... y que haya muchos.

+ Rev. D. Pere GRAU i Andreu

III Domingo de Adviento,Ciclo A."El domingo de la Alegría"

Como el domingo anterior, la Iglesia nos presenta la figura de Juan el Bautista. Él tenía muchos discípulos y una doctrina clara y diferenciada: para los publicanos, para los soldados, para los fariseos y saduceos... Su empeño es preparar la vida pública del Mesías. Primero envió a Juan y Andrés, hoy envía a otros a que le conozcan. Van con una pregunta: «Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?» (Mt 11,3). Bien sabía Juan quién era Jesús. Él mismo lo testimonia: «Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ése es el que bautiza en el Espíritu Santo’» (Jn 1,33). Jesús contesta con hechos: los ciegos ven y los cojos andan...
Juan era de carácter firme en su modo de vivir y en mantenerse en la Verdad, lo cual le costó su encarcelamiento y martirio. Aún en la cárcel habla eficazmente con Herodes. Juan nos enseña a compaginar la firmeza de carácter con la humildad: «No soy digno de desatarle las sandalias» (Jn 1,27); «Es preciso que Él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,30); se alegra de que Jesucristo bautice más que él, pues se considera sólo “amigo del esposo” (cf. Jn 3,26).
En una palabra: Juan nos enseña a tomar en serio nuestra misión en la tierra: ser cristianos coherentes, que se saben y actúan como hijos de Dios. Debemos preguntarnos: —¿Cómo se prepararían María y José para el nacimiento de Jesucristo? ¿Cómo preparó Juan las enseñanzas de Jesús? ¿Cómo nos preparamos nosotros para conmemorarlo y para la segunda venida del Señor al final de los tiempos? Pues, como decía san Cirilo de Jerusalén: «Nosotros anunciamos la venida de Cristo, no sólo la primera, sino también la segunda, mucho más gloriosa que aquélla. Pues aquélla estuvo impregnada por el sufrimiento, pero la segunda traerá la diadema de la divina gloria».

Dr. Johannes VILAR

II Domingo de Adviento,Ciclo A.

El Evangelio toca un acorde compuesto por tres notas. Tres notas no siempre bien afinadas en nuestra sociedad: la del hacer, la de la amistad y la de la coherencia de vida. Hoy día hacemos muchas cosas, pero, ¿tenemos un proyecto? Hoy, que navegamos en la sociedad de la comunicación, ¿tiene cabida en nuestros corazones la soledad? Hoy, en la era de la información, ¿nos permite ésta dar forma a nuestra personalidad?
Un proyecto. María, una mujer «desposada con un hombre llamado José, de la casa de David» (Lc 1,28). María tiene un proyecto. Evidentemente, de proporciones humanas. Sin embargo, Dios irrumpe en su vida para presentarle otro proyecto... de proporciones divinas. También hoy, quiere entrar en nuestra vida y dar proporciones divinas a nuestro quehacer humano.
Una presencia. «No temas, María» (Lc 1,30). ¡No construyamos de cualquier manera! No fuera caso que la adicción al “hacer” escondiera un vacío. El matrimonio, la vida de servicio, la profesión no han de ser una huida hacia adelante. «Llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1,28). Presencia que acompaña y da sentido. Confianza en Dios, que —de rebote— nos lleva a la confianza con los otros. Amistad con Dios que renueva la amistad con los otros.
Formarnos. Hoy día, que recibimos tantos estímulos con frecuencia contrapuestos, es necesario dar forma y unidad a nuestra vida. María, dice san Luis María Grignion, «es el molde vivo de Dios». Hay dos maneras de hacer una escultura, expone Grignion: una, más ardua, a base de golpes de cincel. La otra, sirviéndose de un molde. Ésta segunda es más sencilla. Pero el éxito está en que la materia sea maleable y que el molde dibuje con perfección la imagen. María es el molde perfecto. ¿Acudimos a Ella siendo nosotros materia maleable?

Rev. D. David COMPTE i Verdaguer

I Domingo de Adviento,Ciclo A.

En este domingo, comenzando el tiempo de Adviento, inauguramos a la vez un nuevo año litúrgico. Esta circunstancia la podemos tomar como una invitación a renovarnos en algún aspecto de nuestra vida (espiritual, familiar, etc.).

De hecho, necesitamos vivir la vida, día a día, mes a mes, con un ritmo y una ilusión renovados. Así alejamos el peligro de la rutina y del tedio. Este sentido de renovación permanente es la mejor manera de estar alerta. Sí, ¡hay que estar alerta!: es uno de los mensajes que el Señor nos transmite a través de las palabras del Evangelio de hoy.

Hay que estar alerta, en primer lugar, porque el sentido de la vida terrenal es el de una preparación para la vida eterna. Este tiempo de preparación es un don y una gracia de Dios: Él no quiere imponernos su amor ni el cielo; nos quiere libres (que es el único modo de amar). Preparación que no sabemos cuándo acabará: «Anunciamos el advenimiento de Cristo, y no solamente uno, sino también otro, el segundo (...), porque este mundo de ahora terminará» (San Cirilo de Jerusalén). Hay que esforzarse por mantener la actitud de renovación y de ilusión.

En segundo lugar, conviene estar alerta porque la rutina y el acomodamiento son incompatibles con el amor. En el Evangelio de hoy el Señor recuerda cómo en tiempos de Noé «comían, bebían» y «no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los arrastró a todos» (Mt 24,38-39). Estaban “entretenidos” y —ya hemos dicho— que nuestro paso por la tierra ha de ser un tiempo de “noviazgo” para la maduración de nuestra libertad: el don que nos ha sido otorgado no para librarnos de los demás, sino para darnos a los demás.
«Como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre» (Mt 24,37). La venida de Dios es el gran acontecimiento. Dispongámonos a acogerlo con devoción: «¡Ven Señor Jesús».

Rev. D. Antoni CAROL i Hostench