Meditación del Evangelio Ciclo C...







VI Domingo de Pascua,Ciclo C.

En el pasaje evangélico que hemos leído Jesús nos recuerda una revelación entrañable, hecha en la cena de su despedida y que nosotros debemos “guardar”, si queremos afirmar que creemos en Él: Nos lo dice a cada uno de nosotros así: El que me ama será amado por mi Padre y yo también lo amaré (Jn 14, 21). Nos promete, además, su paz, su alegría, su felicidad. Y, sobre todo, promete a sus apóstoles que el Padre les enviará al Espíritu Santo, el Defensor-Abogado, que va a ser el que les enseñará todo y les recordará cuanto les ha dicho, para que, ellos, a su vez, se lo enseñen a todos los hombres. Debería ser suficiente lo que nos dice Jesús para saber quién es el Espíritu Santo para que se le atribuyan tales funciones.
Hubo una comunidad primitiva, que aceptando lo que predicaba algún predicador poco versado en la enseñanza cristiana, habían recibido, incluso “el bautismo de Juan” y se creían cristianos. El caso lo encontramos en la comunidad de Éfeso, adonde llegó san Pablo y lo primero que les preguntó fue esto: ¿Recibisteis el Espíritu Santo? Contestaron: Ni siquiera hemos oído hablar de un Espíritu Santo. Él les dijo: Entonces, ¿qué bautismo habéis recibido? Respondieron: el bautismo de Juan (Hch 19, 2). Ignoraban que el bautismo de Juan era un rito penitencial, un sencillo compromiso de cambio de vida, rito que había caducado cuando Jesús lo convirtió en un sacramento que limpia los pecados y da la gracia, administrado en nombre de Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Con ello había surgido una fuerte tensión en el interior de la comunidad cristiana y se planteó con fuerza este dilema: el caduco legalismo mosaico o la nueva ley de libertad en Cristo, la vieja Sinagoga del Antiguo Testamento o la nueva Iglesia de Jesús,  cerrar o abrir el evangelio al mundo y a la cultura grecorromana, anquilosar la comunidad cristiana en el estrecho círculo de una secta racial o convertirla en Iglesia universal. Escribiendo San Pablo a los Gálatas apunta el problema que se había creado: Esos falsos hermanos que se infiltraron para espiar la libertad que tenemos en Cristo Jesús y esclavizarnos (Gal 2, 4). Por ello el propio Pablo junto con Bernabé se presentaron en Jerusalén para solicitar un pronunciamiento sobre la cuestión por parte de los Apóstoles.
Pues bien, el considerado Concilio Apostólico de Jerusalén (celebrado hacia el año 49) dio la respuesta conjunta del Espíritu Santo, de los apóstoles y de todos los miembros de “Iglesia madre” a los hermanos convertidos a la fe cristiana. Fue la carta apostólica de la libertad en Cristo, página esplendorosa de la historia de la Iglesia. Ésta fue la fórmula que sancionaba el conflicto: Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables (Hch 15, 28). Los nuevos cristianos no debían ser sometidos a la circuncisión y a otras prácticas cultuales judaicas.
En esa Iglesia estamos nosotros y en ella cada uno de sus miembros es morada personal de un Dios que nos ama, si guardamos su palabra. Su consigna-resumen, su mandamiento nuevo, es abrirse a los hermanos y amarlos como Él los amó, porque son el lugar de la presencia de Dios aquí y ahora, encarnación y prolongación de Cristo mismo. Él fue quien inauguró un nuevo estilo de religión en espíritu y en verdad, sin mediaciones que anulen al hombre en su relación personal con Dios, con el mundo y con los demás hombres.
Las religiones naturales inventaron las mediaciones sacras para salvar la distancia abismal entre la divinidad y los mortales. Incluso la religión revelada del Antiguo Testamento estableció la mediación básica de la ley mosaica y del culto del templo de Jerusalén que concretaban la alianza de Dios con su pueblo. En cambio la religión que funda Jesucristo no necesita sacralizar mediaciones externas, pues la presencia de Dios en la comunidad creyente y en cada uno de sus miembros es un contacto tan directo como el amor personal. Jesús, el Padre y el Espíritu moran en el que ama a Cristo mediante la guarda de su palabra.
Esta inhabitación personal, al mismo tiempo que desacraliza y deroga toda mediación externa “sacraliza” al hombre como lugar de la presencia de Dios. Por eso, la nueva religión y culto en espíritu y verdad lo único “sacro” en este mundo nuestro es el hombre mismo, objeto del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, que es Dios humanado en comunión solidaria con el hombre.
Oremos. Te bendecimos y te damos gracias, Dios uno y trino, porque haces comunión y moras personalmente en los que te aman. Tú que eres amor y la fuente inagotable del mismo, haz que guardemos los mandatos de Cristo para mantenernos en su amistad mediante el amor y la obediencia de la fe.
Teófilo Viñas, O.S.A.

V Domingo de Pascua,Ciclo C.


Ser testigos de la resurrección de Jesucristo implica necesariamente compartir esta alegría con otros y con otras comunidades, así como manifestar las maravillas obradas por Dios a través nuestro. Es el ejemplo que nos narra la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles. Se trata de la primera correría misionera a tierras paganas. Pablo y Bernabé desandan el camino para volver a visitar a las comunidades que habían formado a la ida.
Vuelven a anunciar la Buena Noticia, las animan y exhortan a perseverar en la fe (v.22), al tiempo que les predicen las muchas calamidades que tendrían que pasar para permanecer fieles al Señor (v.22). No les doraron la píldora y tampoco era una broma de mal gusto. Los nuevos cristianos debían saber lo que conllevaba este nombre para no llevarse a engaños. Las mismas comunidades pudieron comprobar cómo Pablo y Bernabé sufrían como misioneros, tanto en el día a día como en la persecución desatada contra ellos. No era fácil ser creyente en una ciudad pagana, como tampoco lo es hoy. Por eso hacía falta la exhortación a permanecer enraizados en la fe cristiana. Estas visitas sirvieron también a Pablo y Bernabé para ir organizando estas comunidades: elegían presbíteros en cada iglesia (23a). Y lo hacían de una manera muy seria: oraban, ayunaban y los encomendaban al Señor, en quien habían creído (v.23b). Dejan las iglesias en manos del Señor, a su cuidado, son su propiedad. ¡Con qué razón crecen estas comunidades! Este es el ejemplo que debemos seguir. Lo importante no son nuestros trabajos, estrategias u organización, sino nuestra calidad de evangelizadores, nuestra confianza en el Señor y la capacidad de sufrir para ser fieles a lo que predicamos, al Señor. ¡Cuántas lecciones tenemos que aprender!
Seguir a Jesucristo se traduce en amor al hermano, se nos dice en el evangelio; es el amor lo que mueve a los apóstoles a jugarse la vida por los demás. Jesucristo, como el padre consciente de vivir los últimos momentos de su vida, nos deja su última voluntad, antes de iniciar su pasión: Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros como yo os he amado (v.34). En la Iglesia es importante la doctrina, la organización, la liturgia, etc. Todas esas cosas tienen una validez, cuando expresan lo que sentimos, pero si no tenemos amor, como nos dice S. Pablo, aunque tengamos todo lo que queramos, no somos nada (1Cor 13,2). El amor es la clave, es la marca de fábrica, el distintivo del verdadero cristiano. El distintivo fundamental de los cristianos no es la cruz – así lo aprendimos en el catecismo- que hacemos al santiguarnos o la cruz que portamos o tenemos colgada en nuestras casas o que vemos en las calles, aunque también tenga su importancia. Lo que realmente distingue al cristiano es el amor. El mandamiento del amor ya estaba promulgado en el Antiguo Testamento, pero la novedad que añade Jesucristo es que amemos como como él nos ha amado (34b). Jesús con su ejemplo nos dice que el amor es servicio al hermano y lo vemos lavando los pies a los apóstoles; nos dice que el amor se extiende a todos, incluso al enemigo (Judas) y lo hace a costa de la propia vida. En esto conocerán que sois mis discípulos (v.35). Solamente los demás creerán en lo que decimos creer y les decimos, si somos capaces de contagiarlos con el amor, porque el amor es contagioso, no hay ningún signo tan convincente como el amor. Es frecuente en la Iglesia la queja porque el número de católicos disminuye, porque nuestras iglesias están medio vacías, porque los jóvenes cada vez se distancian más de ella, los padres sufren porque sus hijos no viven la fe, etc. etc. Y si somos sinceros, ¿Qué ven en cada uno de nosotros? ¿Amamos como Jesucristo?… Probablemente todos los mayores recordemos el entierro de la Madre Teresa de Calcuta, (hoy santa Teresa de Calcuta). Allí confluyeron un montón de fieles pertenecientes a distintas religiones: mahometanos, budistas, católicos… La causa ¿sería las enseñanzas que aprendieron de ella o el amor y entrega que habían visto y recibo de la santa? Gracias a Dios no es un caso aislado, son muchas las vidas entregadas silenciosamente en un hospital, en una escuela, en ambientes hostiles a la fe cristiana, etc: en esto conocerán que sois mis discípulos (v.35).
Ciertamente nuestras fuerzas son limitadas, encontramos siempre la resistencia al amor, florecen en nosotros las divisiones, los rencores y resentimientos, pero el Señor nos ha prometido estar con nosotros y nos ofrece su ayuda, especialmente a través de la eucaristía, para vencer todos los obstáculos y ofrecer un amor generoso. El Señor, como nos decía el Apocalipsis, puede hacer que donde nosotros vemos imposibilidad, -como imposible era para todos los santos-, surja en nosotros una vida nueva. ¿Por qué no se puede decir de nosotros lo que decían los paganos de los primeros cristianos: mirad cómo se aman.
Vicente Martín, OSA

IV Domingo de Pascua,Ciclo C.

La mirada de Jesús sobre los hombres es la mirada del Buen Pastor, que toma bajo su responsabilidad a las ovejas que le son confiadas y se ocupa de cada una de ellas. Entre Él y ellas crea un vínculo, un instinto de conocimiento y de fidelidad: «Escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen» (Jn 10,27). La voz del Buen Pastor es siempre una llamada a seguirlo, a entrar en su círculo magnético de influencia. 


Cristo nos ha ganado no solamente con su ejemplo y con su doctrina, sino con el precio de su Sangre. Le hemos costado mucho, y por eso no quiere que nadie de los suyos se pierda. Y, con todo, la evidencia se impone: unos siguen la llamada del Buen Pastor y otros no. El anuncio del Evangelio a unos les produce rabia y a otros alegría. ¿Qué tienen unos que no tengan los otros? San Agustín, ante el misterio abismal de la elección divina, respondía: «Dios no te deja, si tú no le dejas»; no te abandonará, si tu no le abandonas. No des, por tanto, la culpa a Dios, ni a la Iglesia, ni a los otros, porque el problema de tu fidelidad es tuyo. Dios no niega a nadie su gracia, y ésta es nuestra fuerza: agarrarnos fuerte a la gracia de Dios. No es ningún mérito nuestro; simplemente, hemos sido “agraciados”.
La fe entra por el oído, por la audición de la Palabra del Señor, y el peligro más grande que tenemos es la sordera, no oír la voz del Buen Pastor, porque tenemos la cabeza llena de ruidos y de otras voces discordantes, o lo que todavía es más grave, aquello que los Ejercicios de san Ignacio dicen «hacerse el sordo», saber que Dios te llama y no darse por aludido. Aquel que se cierra a la llamada de Dios conscientemente, reiteradamente, pierde la sintonía con Jesús y perderá la alegría de ser cristiano para ir a pastar a otras pasturas que no sacian ni dan la vida eterna. Sin embargo, Él es el único que ha podido decir: «Yo les doy la vida eterna» (Jn 10,28).
P. Josep LAPLANA OSB Monje de Montserrat 

III Domingo de Pascua,Ciclo C.


El pasaje que hoy se ha leído es un breve fragmento del capítulo 5, en el que se reconoce el triunfo del Cordero, Cristo resucitado. En los capítulos 4 y 5, se condensa el plan del libro, que consiste en anticipar cómo, al final de la historia, se cumplirá el proyecto creador de Dios –que, desde el principio, fue la salvación del mundo (c. 4)–, por la muerte redentora de Cristo (c.5). Nos ceñiremos a extraer el mensaje de aliento y esperanza que rezuman estos dos capítulos, que nos sirva a nosotros para ser fieles al Señor en el vivir diario.
El ángel del Señor invita a Juan, en una visión, a asomarse a la puerta del cielo, donde mora Dios, y que es el futuro glorioso del mundo.
Dios se sienta en un trono de majestad, como soberano de todo, enmarcado por un arco iris de paz, de color verde esmeralda. El aspecto de Dios es esplendoroso. El vidente no ve el rostro de Dios, pero percibe que su figura refulge como el diamante y presenta fuertes matices cromáticos como la cornalina.
El trono de Dios despide relámpagos, voces y truenos, de modo semejante a la teofanía del Sinaí, pues Dios se dispone a culminar con el mundo su obra de salvación.
Alrededor del trono se sitúan cuatro vivientes, a manera de seres angélicos sublimes, con un aspecto como de animales representativos de la energía vital que Dios transmite a sus criaturas: la nobleza del león, la fuerza del toro, la inteligencia del hombre y la velocidad del águila (Wikenhauser, Herder, 90), que la tradición de la Iglesia ha aplicado a los cuatro evangelios. Los cuatro vivientes están llenos de ojos por delante y por detrás, de modo que nada se esconde a su mirada.
Después de los cuatro vivientes, vio arder siete antorchas que simbolizan los siete espíritus de Dios o el Espíritu septiforme de Dios, a cuya mirada no escapa nada, Espíritu que es otorgado por Cristo a los fieles. Las siete lámparas de fuego representan la solicitud de Dios por la humanidad.
En un círculo más exterior, había veinticuatro tronos ocupados por veinticuatro ancianos representativos de la humanidad glorificada, doce de las tribus de Israel y doce de las tribus del Cordero. Llevaban vestiduras blancas de gloria y ceñían coronas de oro que simbolizan su estirpe regia.
Los cuatro vivientes cantaban sin cesar glorificando y dando gracias al que está sentado en el trono y vive para siempre, diciendo: «Santo, Santo, Santo es el Señor Dios, el todopoderoso; el que era y es y ha de venir». Cada vez que los vivientes entonaban el himno de alabanza a Dios, los veinticuatro ancianos se postraban y adoraban al que vive por los siglos en señal de profunda reverencia, y arrojaban sus coronas ante el trono en reconocimiento de que su dignidad es don del Creador, diciendo: «Eres digno, Señor, Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder, porque Tú has creado el universo; porque, por tu voluntad, lo que no existía fue creado».
Entre el trono de Dios y el vidente, se extendía un mar sereno y transparente como el cristal, pues el mar, símbolo bíblico del mal, ya ha sido vencido. El ancho mar marca la distancia insalvable entre el Dios trascendente y sus criaturas.
Juan reparó entonces en que Dios tenía en su mano derecha un libro (a modo de rollo) sellado con siete sellos, que contenía los designios divinos relativos al destino salvífico del mundo, que comenzarían a cumplirse cuando se abrieran los sellos, y que nadie, ni del cielo ni de la tierra, era capaz de abrir y ni siquiera mirar. Lo cual entristeció al vidente hasta el extremo de las lágrimas. Pero uno de los ancianos lo consolaba, diciéndole que había uno que podía abrir el libro y sus siete sellos: el león de la tribu de Judá, el retoño de David, que apareció ante el trono de Dios, en medio de los vivientes y de los ancianos, como un Cordero de pie, como degollado, con siete cuernos y siete ojos, que “simbolizan la plenitud de poder y de conocimiento de Cristo glorioso” (Wikenhauser, 97) y son los siete espíritus de Dios enviados a toda la tierra, es decir, el Espíritu Santo difundido por Cristo glorificado.
El Cordero se acercó a recibir de Dios el libro sellado. Cuando lo recibió, los cuatro vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron ante el Cordero, teniendo en su mano cítaras y copas de oro llenas de perfume, que son las oraciones de los santos, con que imploraban la pronta realización de los misteriosos designios de Dios escritos en el libro. Y entonaron un cántico nuevo: «Eres digno de recibir el libro y de abrir sus sellos, porque fuiste degollado, y con tu sangre has adquirido para Dios hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación; y has hecho de ellos para nuestro Dios un reino de sacerdotes, y reinan sobre la tierra». El cántico es nuevo porque es ahora, por fin, cuando se consuma “la obra redentora de Cristo, gracias a la cual se creó la nueva comunidad de Dios, cuyo precio es la sangre del Cordero” (Wikenhauser, 98).
El profeta pudo escuchar cómo multitud de voces de ángeles se unían a las de los cuatro vivientes y los veinticuatro ancianos en su alabanza al Cordero, diciendo con voz potente: «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza». Y todas las criaturas del cielo y de la tierra, de debajo de la tierra y del mar, replicaban entonando un canto cósmico de alabanza al que está sentado en el trono y al Cordero, atribuyéndoles poder por los siglos de los siglos. Y los cuatro vivientes respondían: «Amén». Y los ancianos se postraron y adoraron.
El mensaje es éste: la historia tiene sentido porque ha sido puesta en marcha por el Creador para que alcanzara su plenitud en Dios. En la historia del universo, se encuadra nuestra historia particular, que no se rige por el ciego destino, sino que el Señor la ha puesto en nuestras manos. A pesar de que fuerzas oscuras pretenden desviarnos de la meta (y creyeron haberlo logrado matando al Justo), han sido vencidas por la muerte redentora del Cordero. Él nos ha transmitido su Espíritu, que nos comunica el coraje y la fuerza necesaria para perseverar en la lucha de cada día. Mantengamos, pues, viva la esperanza y la confianza, y que el gozo del Espíritu sea nuestra fortaleza.
Modesto García, OSA

II Domingo de Pascua,Ciclo C.


Tras la muerte y sepultura de Jesús, los discípulos sienten que también sobre ellos ha caído una losa; han perdido las esperanzas puestas en Jesús; por muchos milagros que hiciera en vida, ¿qué podían esperar de un cadáver? Temen que pueda ocurrirles lo mismo que le sucedió al Maestro y atrancan las puertas por miedo a los judíos (v.19). Las puertas cerradas reflejan el miedo de los discípulos, pero también demuestran el poder del Cristo resucitado. Cuando S. Juan escribe su evangelio eran tiempos de persecución, algunos cristianos habían abandonado la fe, pero otros muchos, a pesar de las persecuciones -como ocurre hoy en tantos lugares del mundo: en Sri Lanka, en Pakistán, en Nigeria, en Egipto…-, juntos, seguían reuniéndose los domingos para celebrar. 
Y ahí, reunidos, con miedo por ser perseguidos, se presenta Cristo, les saluda con la paz y les muestra las manos y el costado (v.20). A pesar de que tengan las puertas cerradas, Jesús se hace presente. La Resurrección vence todos los obstáculos. Los discípulos se alegraron al ver al Señor (v. 20) y Jesús les confirma su resurrección corporal y su cuerpo es perfectamente reconocible por sus discípulos.
El primer don de la resurrección es la Paz, pero no la paz del mundo sino la paz de sentirse llenos del Espíritu Santo, paz a pesar de ser perseguidos por un mundo que les odiará tanto como odió a Jesús. Y con la paz reciben el regalo del Espíritu por parte del Resucitado. El Espíritu será quien les haga posible ejercer la misión. El Espíritu renovará la vida de los discípulos; de hombres temerosos y encerrados para escapar del peligro, ahora encuentran la fuerza para levantarse, para abrir la puerta, salir afuera, y empezar a gritar con todas sus fuerzas que Cristo ha resucitado. Al insistir en lo que ocurrió el primer día de la semana, el evangelista expresa la costumbre de la comunidad de reunirse este día para celebrar la eucaristía. Es el día del Señor. Este será su punto de partida para ellos, y nunca más temerán ni dudarán. Pero si los discípulos temían a los judíos era porque no se habían encontrado con Cristo resucitado. La presencia de Jesús convierte el miedo de los discípulos en alegría y en testigos de la resurrección.
Con esta actitud miedosa de los apóstoles nos identificamos nosotros. El miedo nos acobarda, nos impide ser testigos de Jesús y proclamar libremente al Señor resucitado. La presencia de Cristo en cada eucaristía –si estamos atentos a lo que hacemos- rompe los cerrojos de nuestros miedos, ilumina nuestras oscuridades para darnos esperanza y dar un nuevo sentido a nuestra vida. Junto al miedo y la oscuridad aparece otro elemento de muerte: las puertas cerradas. El Señor resucitado nos abre a la comunidad y a cada individuo. Y en cada eucaristía el Señor también nos dice: sé testigo, vete a decir a mis hermanos: Recibid el don del Espíritu Santo. El culto, la alabanza, la alegría y la fiesta de la eucaristía son indispensables para creer en el Resucitado, pero la misión, la vida externa, el anuncio, es la otra cara del ser cristiano, sin la cual no existe plenitud y ni fidelidad. La implicación es que la paz de Jesús penetra la vida entera del discípulo, tanto en los tiempos buenos como en los tiempos de persecución, pero la fe en la resurrección es un proceso, que va más allá de la alegría que sentimos en la Pascua. No sólo tenemos momentos de alegría en nuestra relación con Dios, también tendremos momentos de miedo, incredulidad y duda. Pero el poder de la fe en la resurrección permanece con nosotros siempre, pese a las dificultades, como les ocurrió a los apóstoles y ha ocurrido y sigue ocurriendo a tantos cristianos a lo largo de la historia de la Iglesia.
Vicente Martín, OSA

Domingo de Resurrección,Ciclo C.


Vivimos en un mundo creado por Dios, del cual el hombre viene a ser como la síntesis y la culminación, pues todo el mundo se encuentra concentrado en él de alguna manera, y, por medio del conocimiento, el hombre lo controla y lo dirige.
Dios lo ha creado todo por puro amor, pues nada necesita de sus criaturas; su único propósito, al crear el mundo, fue el de comunicarle algo de su bondad; hacerlo partícipe de su gloria divina. En esto consiste la salvación, en rescatar al mundo de su condición finita de criatura y elevarlo hasta la órbita divina, compartiendo la inmortalidad de Dios, la gloria de Dios.
Ahora bien, Dios es un ser personal y enteramente libre por lo que sólo es posible la inserción en Dios de forma personal, libre y amorosa. Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza. La máxima expresión del ser mundano es la persona humana, capaz de ser interpelada y de responder libremente.
Es lógico pensar que Dios hizo al hombre de tal condición que pudo responder a las expectativas divinas de forma favorable, sin trauma. Sin embargo, la realidad es que se introdujo el pecado en el mundo, es decir, una resistencia del hombre al proyecto de Dios, que, de esta forma, se vio frustrado. (¡Qué responsabilidad puso Dios en las manos del hombre!)
Dios pudo haber reaccionado justamente dejando que el hombre asumiera las consecuencias de su decisión, es decir, que apechara con una existencia “sin Dios”, desgraciada y carente de sentido.
Sin embargo, desde el primer momento, Dios puso toda su bondad, misericordia y poder al servicio del hombre. Ideó la forma de revertir la situación procurando que, del hombre del que brotó la rebeldía y el pecado, naciera la gracia y la actitud filial, el amor y la santidad, y todo ello con un exquisito respeto a su libertad.
Así que decidió hacerse hombre, de forma que actuando en su humanidad como Dios, resultara que el hombre (también Dios), en perfecta libertad, viviera en armonía con Dios en santidad, disponiéndose para el encuentro con Dios en su gloria.
De hecho, Jesús, a lo largo de toda su vida, vivió en total unidad con el Padre, porque en Él estaba la Vida, en Él no había semilla de muerte. Sin embargo era necesario que asumiera su pasión y muerte para entrar en su gloria (la que le correspondía como Hijo) (cf. Lc 24,26).
La muerte era consecuencia de la separación del hombre de Dios. La muerte (o “vida sin Dios”) se había inoculado en el hombre por el pecado. Mas no era el caso de la humanidad de Jesús, que era la humanidad inocente de Dios. No obstante, la humanidad asumida por el Hijo de Dios era la misma humanidad de todos los hijos de Adán infectada por el virus de la muerte (teológica). Es a esta vida de muerte a la que era preciso que muriera el Hijo de Dios para destruir la muerte, de forma que triunfara la vida. Su terrible pasión no fue sino la expresión máxima del desastre al que el hombre había abocado su propia vida.
Así pues, Jesús asumió sobre sí todas las consecuencias de la actitud rebelde del hombre, y muriendo como reo de pecado (vicariamente) destruyó el germen de pecado (que desemboca en la muerte). Apuró hasta la última gota el cáliz que le ofreció el Padre.
Jesús murió en la humanidad recibida de Adán, la misma humanidad de todos los hombres, pero no murió la muerte del pecador (es decir, separado de Dios), sino la muerte del Hijo inocente de Dios, en comunión con el Padre. De manera que su muerte no desembocó en desgracia, sino en gloria. Esto es lo que significa la resurrección de entre los muertos.
Su resurrección representó el triunfo de la Vida, no de la vida natural, sino de la Vida de Dios en el hombre, una Vida plena e inmortal.
Por el Bautismo, somos engendrados a la vida de hijos de Dios, de forma que, desarrollándose en nosotros por una vida buena, dé frutos de vida eterna.
Modesto García, OSA

Viernes Santo,Ciclo C.


Viernes Santo. Día para contemplar fijamente al crucifijo y besar sus llagas. La contemplación de Cristo muerto en una cruz nos confunde, pero al mismo tiempo nos adentra en el amor de Dios y en el sentido de nuestra vida. Todo el sufrimiento de Cristo es por nosotros, por nuestra causa fue crucificado (Credo de la misa). 
Jesús aceptó su pasión y su muerte libremente por amor a su Padre y por amor a los hombres. La Cruz de Jesús sólo tiene sentido desde la obediencia al Padre, desde la fidelidad a su voluntad para la salvación de los hombres. Cristo muere entregando su vida por obediencia al Padre: Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente (Jn 10, 18), y porque fue fiel durante toda su vida, ahora puede afrontar con serenidad y fidelidad la pasión: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Si leemos detenidamente la Pasión según Juan, podemos darnos cuenta de que entre todos los actores que intervienen en la pasión, solamente Jesús es la persona que, que incluso estando maniatado o crucificado, se manifiesta totalmente libre en todas y cada una de las escenas.
Incomprensiblemente en la Cruz de Jesús podemos palpar la sabiduría y el amor de Dios para con todos nosotros. Con todo, la cruz nos cuesta y nos repele. La cruz, escándalo, necedad, burla y suplicio para griegos, judíos y paganos, sigue siendo también para los cristianos un misterio. Un misterio iluminado, pero al fin, un misterio, sobre todo cuando el dolor llama a nuestras puertas revestido unas veces de un color y otras de otro: enfermedad, paro, despidos, abandono, incomprensión, muerte de seres queridos… y sentimos la tentación de volvernos contra el Señor o de preguntarle enojados, ¿por qué a mí? La cruz nos humilla, nos desvalija de todas nuestras seguridades, fanfarronerías y grandezas, pero también nos iguala y nos hace más humanos. Todos conocemos nuestra cruz o nuestras cruces.
Ser seguidor de Jesús no es cuestión de golpearnos el pecho o llevar la cruz como adorno; ser seguidor, discípulo de Jesús, supone asumir con valentía la cruz y seguir a Jesus por el camino que nos lleve. Necesitamos profundizar y descubrir los designios de Dios sobre cada uno de nosotros y prestar nuestro consentimiento a la misión que el Señor nos confía.  Al escuchar hoy la Palabra de Dios, hecha dolor en J.C. por todos nosotros, queremos hacerlo con actitud de pobreza, porque la Palabra de Dios solamente llega a aquellos que tienen hambre de la Palabra de Dios. De rodillas iniciamos la celebración del Viernes Santo, −actitud de una pobreza−, porque solamente la Palabra de Dios llega a los pobres, a aquellos que tienen hambre de la Palabra de Dios.
Que el ejemplo de Jesucristo, obediente y sumiso a la voluntad de su Padre, nos sirva de testimonio y nos conceda participar también de su gloriosa resurrección.
Vicente Martín, OSA

Jueves Santo,Ciclo C.


Las lecturas que se acaban de proclamar ilustran el sentido profundo de lo que hoy estamos celebrando. La liturgia ha querido compone un tríptico: en efecto, inicialmente nos ofrece la prefiguración de la Pascua cristiana en el cordero de la Pascua judía, para presentarnos, a continuación, la institución de la Eucaristía y en ella el compendio de todo el Misterio Pascual: su Pasión, Muerte y Resurrección; la tercera parte del tríptico tendrá su traducción existencial en el amor y en el servicio fraterno.
Así pues, en la primera lectura nos remontamos al rito pascual de la primera Alianza, que se nos describe en la página del Éxodo: un cordero sin defecto, macho, de un año (Éx 12, 5), cuyo sacrificio liberaría al pueblo del exterminio: La sangre será vuestra señal en las casas donde habitáis. Cuando yo vea la sangre pasaré de largo ante vosotros, y no habrá entre vosotros plaga (Éx 12, 13). Esta celebración pascual es cada año para los judíos un memorial en honor del Señor por su liberación de Egipto y por la travesía del Mar Rojo como recuerdo y actualización del amor de Dios que salva a su pueblo. Recuerdo simbólico para los cristianos, que celebrarán la nueva Pascua iniciada por Jesús: en la institución de la Eucaristía.
San Pablo, en su primera Carta a los corintios, nos ha recordado lo que hizo Jesús en la noche en que iba a ser entregado. A la narración del hecho histórico, añadió su propio comentario: cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva (1 Cor 11, 26). Su mensaje es claro: la comunidad que celebra la Cena del Señor actualiza la Pascua. La Eucaristía no es la memoria de un rito pasado, sino la viva repetición del gesto supremo del Salvador. Esta experiencia tiene que llevar a la comunidad cristiana a convertirse en profecía del mundo nuevo, inaugurado por la Pascua. Al contemplar en la tarde de hoy el misterio de amor que nos vuelve a proponer la Última Cena, también nosotros tenemos que permanecer en amorosa y profunda adoración.
La Iglesia sigue repitiendo las palabras de Jesús y sabe que está comprometida a hacerlo hasta el fin del mundo. En virtud de las palabras pronunciadas por el sacerdote, se realiza un admirable cambio: permanecen las especies eucarísticas, pero el pan y el vino se convierten, según la exitosa y feliz expresión del Concilio de Trento, “real, verdadera y substancialmente”, en el Cuerpo y en la Sangre del Señor. La mente se siente perdida ante un misterio tan sublime. Tantos interrogantes se asoman al corazón de creyente que, sin embargo, encuentra paz en la palabra misma de Cristo: Esto es mi cuerpo… Ésta es mi sangre (Mt 26, 26-28). Apoyados por esta fe, por esta luz que ilumina nuestros pasos, también en la noche de la duda y de la dificultad, podemos afirmar: ¡Yo creo, Señor!
En el siglo IV de nuestra Era, nos encontramos con san Agustín que, ante el “Misterio de la fe“, confesaba con profunda reverencia y amor apasionado: “¡Oh!, Sacramento de piedad, ¡oh!, signo de unidad, ¡oh!, vínculo de caridad. Quien quiere vivir saber dónde está su vida y sabe de dónde le viene la vida; que se acerque y que crea; que se incorpore a este Cuerpo para que participe de su vida” (Comentario al Evang. de san Juan, 26,13). Ante él, también nosotros queremos cantar con el himno litúrgico: “Un Sacramento tan grande / adorémoslo postrados… / supla la fe el defecto del sentido”.
Y ahora nuestra mirada se dirige al tercer elemento del tríptico que compone la liturgia de hoy. Se lo debemos a la narración del evangelista Juan, quien nos presenta la imagen desconcertante del lavatorio de los pies. Con este gesto, Jesús recuerda a sus discípulos de todos los tiempos que la Eucaristía exige un testimonio en el servicio de amor a los hermanos. Hemos escuchado las palabras del Maestro divino: Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros (Jn, 13, 4). Es un nuevo estado de vida que deriva del gesto de Jesús:Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis (Jn 13, 15).
Hoy, efectivamente, no podemos olvidar la entrañable lección que nos da Jesús en el momento en que se disponía a iniciar su Pasión: una lección de caridad servicial y de amor fraterno, sobre todo para los que ejercen en la comunidad alguna clase de autoridad. El lavatorio de los pies se presenta como un acto paradigmático, que tiene su clave hermenéutica y su explicación plena en la Muerte y en la Resurrección de Cristo. En este acto de servicio humilde, la fe de la Iglesia ve el fin natural de toda celebración eucarística. Es decir, la auténtica participación en la Misa no puede dejar de generar amor fraterno, ya sea en cada creyente, ya sea en toda comunidad eclesial.
Dice san Juan en su Evangelio: Los amó hasta el extremo (13, 1). Efectivamente, la Eucaristía constituye el signo perenne del amor de Dios, amor que sostiene nuestro camino hacia la plena comunión con el Padre, a través del Hijo, en el Espíritu Santo. Es un amor que supera la capacidad del corazón del hombre. Al detenernos esta noche a adorar el Santísimo Sacramento y al meditar en el misterio de la Última Cena, nos sentimos sumergidos en el océano de amor que mana del corazón de Dios. Manifestemos nuestro agradecimiento con el himno litúrgico de acción de gracias cuando lo cantamos en la exposición del Sacramento de la Eucaristía: “Al Padre y al Hijo / alabanza y júbilo, / salud, potencia, bendición / y al Procedente de ambos / se le dé igual gloria y honor”. Amén.
Teófilo Viñas, O.S.A.

Domingo de Ramos,Ciclo C.


Hemos acompañado a Jesús en su entrada triunfal en Jerusalén, como rey de paz, que viene de parte de Dios para inaugurar la época de la redención del mundo. Sin embargo, su confesión mesiánica ante el Sanedrín dará pie a sus enemigos para presentarlo a Pilato como usurpador de la soberanía del César. Ésta fue la acusación que prosperó y figuró en el letrero de la cruz: «Éste es el rey de los judíos». La intención de la leyenda era la de ridiculizar la pretensión de Jesús, como así lo entendieron los soldados, que hacían burla de Él diciendo: «Si eres Tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo».
El relato de la pasión parece mostrar con evidencia que la vida de Jesús terminó en un rotundo fracaso, pero los pensamientos de Dios son inalcanzables para los hombres e incluso para Satanás, que fue vencido en el árbol de la cruz. Pues el Hijo de Dios, despojado de su condición divina, se revistió de la naturaleza humana, haciéndose obediente hasta la muerte de cruz, por lo que el Padre lo exaltó constituyéndolo en Señor del cielo, de la tierra y del abismo.
Hemos escuchado el relato completo de la pasión de Jesús, según san Lucas. En gracia a la brevedad, me limitaré a glosar el pasaje de la agonía de Jesús en el huerto de los Olivos.
Como de costumbre (cf. Lc 21,37), Jesús se dirige a pasar la noche en el monte de los Olivos, con sus discípulos. Va a librar su última batalla con el demonio –que, derrotado en las tentaciones del desierto, se marchó hasta otra ocasión (cf. Lc 4,13)–, para aceptar plenamente la voluntad del Padre. Lucas presenta a Jesús, en su pasión, como el “Maestro que lleva a la práctica sus enseñanzas principales: oración, perdón, confianza en el Padre” (Biblia CEE, n. a Lc 22,39-23,56).
Jesús parece estar más pendiente de sus discípulos que de sí mismo: por dos veces los exhorta a orar para no caer en tentación, a pesar de la dura batalla que Él está librando, en la que pide al Padre que aparte de Él el cáliz tan amargo que le presenta, rebosante de la traición y el odio de unos; de la cobardía y deslealtad de los discípulos; del rechazo del pueblo; del ensañamiento de los soldados; de la burla y el desprecio; del pecado de los hombres. En Jesús se concentra y acumula el mal del mundo, ya no sólo el contemporáneo suyo, sino el de todos los tiempos. Jesús es el hombre inocente que vence al mal con el bien; que devuelve a Dios el reconocimiento de su señorío cuestionado por Adán, y le corresponde con todo su amor filial.
Ante todo, Jesús quiere cumplir la voluntad del Padre, que escuchó las súplicas que le dirigió a gritos y con lágrimas. Lo conforta enviándole un ángel del cielo, pero no le retira el cáliz, lo que le produce una conmoción física que lo lleva a sudar sangre. ¡Misterio del dolor redentor de Cristo! «¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?», les dirá el resucitado a los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,26). Efectivamente, «siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna» (Heb 5,8-9).
Una turba compuesta por los sumos sacerdotes, los oficiales del templo y los ancianos, encabezados por Judas, llegan al huerto a prender a Jesús. Judas besa al Maestro, según la señal convenida, pero Jesús rechaza su saludo de “amigo” con una queja: «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?».
Los acompañantes de Jesús intentan defenderlo usando la violencia, que Jesús rechaza, fiel a su enseñanza de recusación de la violencia (cf. Lc 6,29) y amor a los enemigos (cf. Lc 6,27). Cura al criado del sumo sacerdote, herido, y se dirige al grupo de los prendedores reprochándoles su acción, si bien, reconoce que es el Padre el que lo pone en sus manos, como ejecutores del poder de las tinieblas (Satanás).
Propongo que nos quedemos con la evocación teológica que hace la carta a los Hebreos de la oración de Getsemaní, que resulta un tanto desconcertante, pero verdadera: Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado por su piedad filial (Heb 5,7). Seguramente le encontraremos alguna aplicación en nuestra vida personal.
Modesto García, OSA

V Domingo de Cuaresma,Ciclo C.
A una semana del Domingo de Ramos, las lecturas de hoy nos invitan al reconocimiento de la bondad y misericordia de Dios para con todos nosotros. Imaginémonos la escena que el evangelio nos narra: Jesús enseñando en el templo a primeras horas de la mañana y un barullo de gente que apenas permite escuchar lo que decía, hasta que se hace un silencio enervante: un grupo de escribas y fariseos, con intenciones retorcidas, presentan a Jesús una mujer sorprendida en adulterio, la mujer adúltera y Jesús ante la mujer y los fariseos. Ya conocemos la historia. También nosotros somos testigos.
Los fariseos y escribas interpelan a Jesús sobre el adulterio de aquella mujer. Si fijamos la atención en ellos, cuántas lecciones podemos sacar para nuestra vida. Qué fácil es condenar, creerse con el monopolio de la verdad y administrar justicia según nuestros caprichos o conveniencias. El Deuteronomio 22, 22 dice que tanto el hombre como la mujer casada, si son sorprendidos en adulterio, ambos deben morir. No condena sólo a la mujer. Dado lo difícil que era poder comprobar el incumplimiento de esta norma, ¿no habrían sido ellos mismos los cómplices, que tienen las tragaderas de condenar a esta mujer con la que habrían pecado y además intentan cargarse a Jesús con una pregunta? El pecado ciega las propias faltas mientras que agudiza los sentidos para descubrir las de los demás. Y una vez que eso ocurre, el pecado ajeno es publicado y señalado como imperdonable; esto les sirve para justificarse a sí mismos. 
Fijémonos en la mujer adúltera, acorralada por esta jauría humana. No todo en ella es malo. Estremecida ante la lapidación que podía esperar, guarda un silencio que la delata, pero no se excusa, no echa las culpas a nadie, reconoce su pecado.
¿Y Jesús?… El único que no tiene pecado, el único que puede aplicar la ley con autenticidad, pero no condena, ni a la mujer ni a los fariseos. Ante la pregunta capciosa y envenenada de los fariseos, como quien no quiere mirar al reo, por vergüenza ajena, simplemente se inclina y escribe o hace garabatos, esperando que se aclaren. Insisten acuciándole, Jesús se incorpora y les dice: El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra (8,7) y se vuelve a inclinar. Escribas y fariseos que creían poder acusar además a Jesús con su pregunta, dijera lo que dijera, son delatados por su propia conciencia y huyen, curiosamente los más viejos son los primeros en salir pitando. ¿Por qué sería?… Una vez que desaparecen los escribas y fariseos, Jesús se incorpora nuevamente, se dirige a esta mujer pecadora y le pregunta: ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?(v.10). Ella, estremecida, le responde: Ninguno, Señor. Y Jesús le responde: Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más (v.11). Tampoco yo te condeno. ¿Cómo sonarían estas palabras en el corazón de esta mujer?… Tampoco yo te condeno… Jesús le perdona, pero le pide que en adelante no peque más. Solamente el perdón de Dios da las fuerzas para no pecar más. Solamente Dios puede cambiar la existencia humana, porque solamente él puede perdonar el pecado, raíz de todos los males. Qué bien lo expresa S. Pablo, perseguidor de Jesús antes de su conversión. El encuentro con Cristo resucitado trastoca toda su existencia. A partir de este momento todo lo que para él era timbre de gloria y por lo que luchaba, todo, absolutamente todo, lo considera basura comparado con el conocimiento de Cristo resucitado (v.8). Y esta la es la historia de S. Agustín y de tantos y tantos hombres y mujeres que tras su vida de pecado se han dejado atraer por la misericordia de Jesucristo. Toda historia humana, personal o de grupo, por negativa o imposible que parezca, puede ser transformada por la gracia de Dios.
Y allí estábamos también nosotros, testigos de esta historia. ¿Con quién nos identificamos? Formamos parte de una sociedad que pretende negar la realidad del pecado, pero el pecado está ahí y las consecuencias las estamos sufriendo, y al final, el pecado nos destruye. Posiblemente no creamos que pertenecemos al grupo de fariseos y escribas, pues nuestro pecado nos puede cegar. Veamos si anteriormente hemos tenido conductas similares a la que intentamos juzgar y tratemos de mejorar. Dejemos que nuestra conciencia, a la luz de Cristo, nos haga ver nuestra propia realidad. No tengamos miedo a reconocer nuestra realidad pecadora. Cómo cambiaría nuestra vida si fuéramos capaces de asumir plenamente nuestro pecado. Dice un psiquiatra que si los internados en los psiquiátricos fueran capaces de reconocer su pecado al día siguiente un 75 por ciento de los enfermos podrían abandonar el centro. Estamos en plena Cuaresma, tiempo para la reconciliación. Acerquémonos al sacramento de la penitencia, arrepentidos para escuchar las mismas palabras que Jesús dirigió a la adúltera y que nos dice a cada uno de nosotros a través del sacerdote: Tampoco yo te condeno. Vete en paz y en adelante no peques más.
Vicente Martín, OSA

IV Domingo de Cuaresma,Ciclo C.


En el pasaje evangélico que acabamos de escuchar encontramos el mejor retrato de ese Dios en quien creemos y queremos también. La ocasión se la brindaron a Jesús los fariseos y letrados que se escandalizaban y murmuraban porque acogía a los publicados y pecadores y comía con ellos. La lección, por tanto, iba para quienes no tenían misericordia. La parábola es una obra maestra, contada con exquisitos toques de psicología y ciertamente constituye el más perfecto retrato de Dios; al tiempo que en ella se nos muestra el camino para retornar, si nos hemos alejado de Él: Dios es un Padre misericordioso que tiene siempre sus brazos abiertos para recibirnos.
Es sólo recordar la llamada que encontramos en el evangelio –seréis perfectos como el Padre celestial es perfecto (Mt 5, 48)–, para darnos cuenta de lo mucho que nos falta; en todos nosotros hay, efectivamente, un poco o un mucho de hijos pródigos. Y si todo tiempo es bueno para reflexionar y descubrir nuestros fallos y carencias, la  cuaresma es el tiempo más indicado para hacerlo, acercándonos, así, a ese Padre bondadoso y decirle como el joven del evangelio: Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo  y contra ti (Lc 15, 18). Dios, por su parte, quiere hacer llegar su perdón a través del sacramento de la penitencia. Nos lo dice hoy san Pablo en su carta a los Corintios: Dios nos encargó el ministerio de la reconciliación (2Cor, 5, 18). Y antes se lo había dicho Jesús a los apóstoles: A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados (Jn 20, 23).
Centremos ahora nuestra reflexión sobre los tres personajes protagonistas de la parábola: el hijo menor, el padre, y el hijo mayor. En ella Jesús nos estaría invitando a pensar en cuál de los tres estamos reflejados y decidir después con cuál querríamos identificarnos. Sin duda, que el comportamiento de los dos hermanos antes de reconocer su penosa situación (quizá el hermano mayor también se convertiría después de la reconvención paterna), puede parecerse un mucho a nuestra situación personal. Pues bien, ese Padre bondadoso (identificado por Jesús con Dios-Padre), ha querido perdonar los extravíos del hijo pequeño y el desapego y la escasa participación de mayor en la vida familiar.
Comencemos por el hijo pequeño: inexperto él, se lanza a la aventura; quiere gozar libremente de su herencia. Y pasó lo que tenía que pasar: malgastada toda su fortuna, quedó sumido en la miseria y en la desesperación, al punto de tener que dedicarse a cuidar puercos, el trabajo más humillante en aquel tiempo, para no morir de hambre. Reflexionó y tomó una decisión: regresar a la casa paterna. Se reconoce culpable y prepara el “acto de contrición”, que, llegado el momento, no se lo dejará terminar su padre. Así era aquel padre de la parábola, imagen en pequeño de lo que Dios es para nosotros, un Padre, rico en clemencia y misericordia. También Él nos espera a nosotros con los brazos abiertos para celebrar con gozo la Pascua y aumentarnos las fuerzas que necesitamos para renovar nuestra vida.
Sobre el padre del hijo pródigo, aunque previese lo que podía pasar, accedió a darle la parte de la herencia, respeta su libertad y lo deja salir de casa. Y porque lo conoce bien, queda esperando su vuelta. El detalle de verlo de lejos nos estaría indicando que aquel anciano padre salía todos los días, esperando verlo venir por aquel camino en que lo había visto desaparecer. Y, en efecto, un buen día lo vio de lejos y fue a su encuentro, lo abraza y le prepara una fiesta. Probablemente nuestra reacción primera habrá sido la del hijo mayor y no a la que Jesús ha pretendido ofrecernos en el retrato de Dios con el pecador el modelo a seguir. ¿Es así como nos portamos nosotros con los demás? ¿Somos tolerantes, capaces de perdonar?
El tercer personaje es el hijo mayor; en él Jesús retrata a los fariseos, que jamás aceptarían participar en una fiesta en honra de quien no podía recibir perdón alguno, según ellos. El padre no puede menos que salir de casa para invitar al hijo mayor a que entre a participar en la fiesta y perdone a su hermano también. Pero él no quiere saber nada de su hermano: ese hijo tuyo, le dice… Y el padre responde: ese hermano tuyo… Y nosotros, ¿nos vemos quizá retratados en este hermano mayor, tan “justo” y seguro de sí mismo? ¿Tenemos un corazón tan mezquino como el suyo, que no quiere facilitar a su hermano la rehabilitación? ¿Qué nos sale más espontáneo a nosotros: ser fiscales y acusadores de los demás, o perdonarlos con facilidad, como hace el padre de la parábola y como hace Dios?
Pues bien, queridos hermanos, aquí tenemos un buen programa para llevar a cabo nuestra conversión pascual. Tendremos que aprender a tener un corazón tan abierto y tolerante como el de Dios como el que Jesús mostró siempre. Podemos recordar aquella escena en la que escribas y fariseos le presentan a la mujer adúltera para que Jesús se pronuncie sobre si había que apedrearla. Les dice Jesús: El que esté sin pecado que le tire la primera piedra (Jn 8, 7). Y tras esperar, en vano, la respuesta de ellos, porque se habían marchado, Jesús preguntó a la mujer: ¿Ninguno te ha condenado? Ella contestó: ninguno, Señor. Jesús dijo: Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más (Jn 8, 11-12).
Teófilo Viñas, O.S.A.

III Domingo de Cuaresma,Ciclo C.


Seguramente la palabra “conversión” es la más repetida en la liturgia de la Iglesia durante el tiempo de Cuaresma, es decir, los cuarenta días que nos sirven de preparación para la gran fiesta de la Pascua. En la Pascua o fiesta de la resurrección del Señor, los cristianos celebramos el paso de Jesús de este mundo al Padre, que es como decir de la finitud de la creación –de la que el Hijo de Dios se hizo partícipe–, al seno de la misma Trinidad. En este paso de Cristo, no sólo la humanidad de Jesús, sino todos los seres humanos y, con ellos, todo el universo –que se concentra en el hombre- tiene acceso a Dios.
Ahora bien, Dios es santo y nada impuro puede coexistir y convivir con Él. Por eso fue necesaria la redención del género humano llevada a cabo por Cristo, el cual, siendo inocente, ofreció su vida, como ofrenda de amor, por nosotros, pecadores. De forma misteriosa, participamos en la muerte de Cristo y en su resurrección por las aguas del Bautismo vivificadas por el Espíritu de Dios, que hace de nosotros criaturas nuevas, hijos de Dios.
La Pascua de Jesús es la realización plena del proyecto divino de salvación para el género humano, o plan para compartir con el hombre su gloria divina. De esta Pascua es figura la Pascua del pueblo hebreo, por la que pasó de la esclavitud de Egipto a la condición de pueblo soberano y libre, convocado por la llamada divina, comprometido en alianza con Dios, bajo la guía de su Ley sabia: en el Sinaí, la alianza culminará la liberación. Para ello, Dios se sirvió de la mediación de Moisés, un simple pastor de ovejas, poco dotado de oratoria para persuadir al Faraón, pero que contaba con la asistencia del Señor, el Dios de los padres, el que es capaz de salvar: será Él mismo el que lleve a cabo la empresa, pues es superior a todos los dioses de Egipto y a los ejércitos del Faraón. Dios desplegó todo su poder en favor de su pueblo, en las plagas, que doblegaron la resistencia del soberano de Egipto; abriendo un paso a su pueblo sobre tierra seca por en medio del mar Rojo; proporcionándole agua para beber en el desierto y el maná con que alimentarse, y realizando otros muchos prodigios en su favor a lo largo de cuarenta años de travesía por el desierto.
No obstante que todos los que salieron de Egipto contemplaron los prodigios realizados por Dios y se comprometieron a ser su pueblo fiel por medio de una alianza en el Sinaí, sin embargo fueron inconstantes y, a las primeras de cambio, le dieron la espalda, poniendo su confianza en dioses manipulables –como el becerro fundido con las alhajas con que los obsequiaron los egipcios– que los proveían de viandas suculentas, aunque ello fuera a costa de pagar el tributo de la esclavitud. Siendo que todo lo que les sucedió a los israelitas concernía a realidades tan apreciables como la libertad y la vida temporal, sin embargo es considerado por el Apóstol como figura de la verdadera realidad que se nos pone delante a nosotros y que es el mismo Cristo en persona, que se nos brinda como don.
Lo que les sucedió a los padres fue una mera figura porque se refería a realidades de este mundo; pero a nosotros nos ha tocado vivir en la última de las edades, la de la intervención definitiva de Dios en la historia del mundo: pues si el Dios que se revela a Moisés es «Yavé», «el Dios de los padres», «Yo soy», «el que es», «el Señor», «capaz de salvar»; el Dios que se nos ha revelado en Jesucristo es «el Emmanuel», el Dios-con-nosotros; es Jesús o «Yavé salva». Pero, para poder ser salvados por Dios hemos de convertirnos a Él de corazón, poniendo en Él nuestra confianza. “El encuentro con Dios es un riesgo y un acontecimiento salvador, que llama a una vida nueva” (Comentario al A. T., Ed. La Casa de la Biblia, 124).
De la necesidad de la conversión es precisamente de lo que habla Jesús a los judíos en el pasaje del evangelio que se nos ha proclamado. Cuando Jesús se estaba dirigiendo a sus oyentes israelitas, tomando pie de la noticia que le comunican del asesinato de los galileos degollados por Pilato mientras ofrecían el sacrificio pascual en el templo –hecho al que el propio Jesús añade el caso conocido por sus oyentes del aplastamiento de dieciocho personas por el derrumbe de la torre de Siloé– les dice que la muerte violenta de aquellas personas no se debe a un castigo divino por sus pecados, sino a la crueldad de un gobernante sin escrúpulos o a un simple accidente arquitectónico. En cambio, si ellos –sus oyentes, que son pecadores– no se convierten de sus pecados, seguirán la misma suerte, es decir, morirán (no físicamente) con una muerte peor. (Todos entendemos que la muerte a la que se refiere Jesús es la muerte eterna, que es la consolidación definitiva de la situación en que el pecador se ha ido afianzando por una vida de pecado.)
Esta advertencia la corrobora Jesús con la parábola de la higuera, que el agricultor había plantado en el buen terreno de su viña. A pesar de los cuidados recibidos, la higuera no acababa de dar el fruto apetecido de los higos, por lo que el dueño consideró que era más práctico cortarla. No obstante, el empleado solicita una prolongación del plazo durante el cual esmeraría los cuidados. El agricultor –que representa a Dios–, echando mano de su paciencia, accede a retrasar la tala de la higuera, pero mantiene el propósito de cortarla si persiste su esterilidad: es paciente, pero no transige con el pecado.
El pecado es optar por uno mismo en lugar de Dios. Es un camino que aleja de Dios y conduce a la muerte. La palabra de Dios nos exhorta a la conversión, a dar un giro radical a nuestra vida: es una invitación, un requerimiento, una propuesta, una exigencia a volvernos al Señor, a retornar a Él, abandonando el pecado y adhiriéndonos a Dios. La adhesión a Dios nos asemeja a nuestro Señor, es camino de vida, de santidad y de libertad. Vivimos en un tiempo de gracia, periodo de la paciencia de Dios, de la misericordia de Dios, de la salvación, si bien hemos de guardarnos de la tentación, que pretende apartarnos del camino de la vida. Nosotros solos no podemos, pero Dios puede librarnos, contamos con su poder. Al revelarnos su nombre, se nos entrega, se compromete, a la vez que nos invita a confiar en Él (Comentario al A. T., 124-127).
La llamada es apremiante, pues cada paso, cada decisión nos posiciona con respecto a Dios, por lo que adquiere una gran trascendencia. Lo que está en juego es nuestro ser o no ser, nuestra dicha o nuestra desgracia. Lo que les sucedió a los galileos sacrificados por Pilato o a los que murieron aplastados por la torre de Siloé no fue nada comparado con la suerte de los pecadores.
Actuemos con sagacidad aprovechando el tiempo de gracia; vivamos la Cuaresma como ocasión de conversión a Dios; sigamos a Cristo llevando nuestra cruz, pues tenemos su promesa: Donde esté Yo, allí también estará mi servidor (Jn 12,26).
Modesto García, OSA

II Domingo de Cuaresma,Ciclo C.


La Cuaresma es un tiempo ideal para medir la autenticidad de nuestra vida cristiana. El pasaje de la transfiguración, que hoy leemos en S. Lucas, se entiende mejor si tenemos en cuenta la pregunta clave que encontramos en uno de los versículos anteriores de este mismo capítulo: ¿Quién es este? (v.9). Es la pregunta que unos y otros se hacían al ver y escuchar a Jesús. El mismo Jesús pregunta a los discípulos: ¿Quién dice la gente que soy? (v.18). Tras la contestación de los discípulos, les interpela nuevamente: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? (v.20). Aprovecha la respuesta de Pedro: El Mesías de Dios (v.21), para manifestarles su destino. Por primera vez les anuncia su muerte y resurrección. Les dice que tiene que sufrir mucho y que al tercer día resucitará (cfr.22); es decir, que su glorificación y resurrección tiene que pasar antes por el sufrimiento y por la muerte, y que quien quiera seguirle no puede pretender otro camino (9,23). La cruz y muerte de Jesús son un episodio clave en su vida.
Como queriendo unir cronológicamente lo anterior con la transfiguración, el evangelista nos dice que unos ocho días después Jesús subió al monte para orar (v.28), subió con Pedro, Juan y Santiago, los tres discípulos de confianza que ya habían sido testigos de escenas especiales y que lo serán también de su agonía en el Huerto de los Olivos, y orando ocurrieron grandes cosas: el rostro de Jesús se transforma, sus vestidos brillaban de resplandor (v.29). De repente aparecen Moisés y Elías. Son las dos figuras centrales del Antiguo Testamento, los dos pilares sobre los que se asentaba la religiosidad del pueblo judío, el uno representaba a la Ley y el otro, a los profetas. Hablan con Jesús de su partida, de su muerte, que habría de tener lugar en Jerusalén (v.31), con lo cual confirman el mensaje que Jesús acababa de dirigir a los discípulos y señalan que el sufrimiento y la muerte entran en los planes salvíficos de Dios. Por un lado corrigen las expectativas desmedidas acerca del Mesías y por otro, quieren dejar en claro que a los sufrimientos seguirá la exaltación del Elegido de Dios.
Pedro fascinado por la experiencia divina, le pide al Maestro la posibilidad de quedarse allí y levantar tres tiendas para poder seguir disfrutando de aquella vivencia. Mientras Pedro estaba hablando, una nube los cubre con su sombra, produciéndoles temor, y al tiempo se oye la voz del Padre que dice: Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo (v.35). Es la voz del Padre que ordena escuchen el mensaje de Jesús sobre su muerte y resurrección como verdadero y la necesidad de compartirlo. A la pregunta ¿quién es este? –que veíamos más arriba– Dios da la respuesta definitiva: Jesucristo es el Elegido a quien hay que escuchar. En la transfiguración se revela realmente quién es Jesús como Hijo de Dios. Jesús se transfigura para arrancar de sus discípulos el escándalo de la cruz y para ayudarles a sobrellevar los momentos oscuros de su Pasión. Cruz y gloria están íntimamente unidas.
A partir de aquí hay tomar una decisión: quien se decide por Jesús y lo sigue, se decide por Dios. La oración, el sufrimiento y la cruz son caminos que Lucas nos propone a los seguidores de Jesús para llegar a la gloria. Quien ora como Jesús, experimentará la gloria de Dios y su protección, pero debemos escucharlo. Escuchar la palabra de Jesús nos compromete a configurar nuestro modo de pensar y obrar de acuerdo con esta palabra, palabra que nos llevará a aceptar el sacrificio y dejar que sus enseñanzas divinicen nuestra vida diaria. Somos amados del Padre y por ser amados del Padre, nuestra responsabilidad es oír, en el sentido de hacer, todo lo que el Señor Jesús nos ordene. ¿Lo estamos haciendo? Todos esperaban al mesías. ¿Cuál es el mesías que yo espero?  La condición para seguir a Jesús es la cruz. ¿Cómo me sitúo ante las cruces de la vida diaria? Todos hallamos que es fácil profesar la fe, y muy difícil vivirla. Sólo anclados firmemente en Cristo podremos ser auténticos cristianos.
Vicente Martín, OSA

I Domingo de Cuaresma,Ciclo C.


En este primer domingo de Cuaresma nos encontramos con un tema que es común a las tres lecturas que hemos proclamado: la fe. Efectivamente, en la primera lectura vemos que el buen judío, cuando iba al templo a ofrecer las primicias de la cosecha, hacía “la profesión histórica de su fe” y agradecía al Señor sus bienes; en la segunda lectura san Pablo dice a los romanos, destinatarios de su carta: si profesas con tus labios que Jesús es el Señor y crees que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo (Rom 10, 9). Por su parte, Jesús en el pasaje del evangelio responderá al tentador que le ofrecía todo género de bienes, con sólo doblar su rodilla ante él: Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto (Lc 4, 8).
Cumplidos los treinta años, Jesús va a dar inicio a la misión que el Padre le había encomendado: nada menos que la creación del nuevo Israel. El autor de la Carta a los Hebreos nos presenta al Hijo de Dios, dirigiéndose al Padre y haciendo suyas las palabras del salmista: Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo… Entonces yo dije: He aquí que vengo para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad (Heb 10, 6-7). Una misión que culminaría con su condena a morir crucificado, misión que debía ser continuada por quienes habían sido sus apóstoles y discípulos y que llega hasta nosotros; sólo que desde hace siglos ya no somos solos los especialmente consagrados, sino todos los cristianos los llamados a ser continuadores de esta misión, comenzando por llevar una vida ejemplar.
Precisamente, en todo lo que Jesús hizo y vivió, lo primero que descubrimos es el modelo a seguir. Por supuesto que también quiere mostrarse como ejemplo para nosotros en su retiro al desierto donde, en medio del silencio y la oración, experimentó la tentación y salió victorioso. También nosotros somos invitados, sino a ir a un lugar apartado, sí a dejar de lado tantas cosas que pueden estar sobrando en nuestra vida e impiden una relación mejor con Dios; en ese empeño, e incluso con las mejores disposiciones, no estaremos exentos de las numerosas tentaciones contra las que tendremos que luchar. El propio Jesús nos enseñará y nos ayudará a vencerlas.
La liturgia en este primer domingo de Cuaresma nos ofrece el pasaje de las tentaciones de Jesús, como si quisiera advertirnos de que tampoco a nosotros nos van a faltar, pero que también podemos salir victoriosos, como Jesús. Tres fueron las tentaciones, por las que Él pasó; en ellas el Diablo le invitó a aprovecharse de su posible condición mesiánica y su filiación divina; y de hecho, ahí está la invitación: Si eres hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan. Ya sabéis la respuesta. Atrevida la segunda tentación: el diablo le ofrecerá todo lo que quiera, si dobla la rodilla y lo adora; a ello le responderá Jesús: al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto. Finalmente en la tercera le invita a lanzarse al vacío desde el pináculo del templo; no le pasará nada y ganará prestigio ante la gente. No tentarás al Señor, tu Dios, será la respuesta de Jesús.
Vengamos ahora a nosotros: son muchas las tentaciones que nos pueden impulsar a buscar el camino fácil, egoísta, materialista, el de las cosas placenteras; todo ello impedirá abrirnos a lo verdaderamente importante. La tentación puede llevar varios nombres: ambición, hambre, exhibición, como eran las tentaciones que le presentó a Jesús el espíritu del mal. Pero, en realidad, no se trata más que de una sola cosa: establecer de una vez quién ha de ser el señor de nuestra vida y a quién debemos servir. Sin duda alguna sabemos que, si la respuesta supone una ruptura total con nuestra fe cristiana, pasamos a ser súbditos desde ese mismo instante. Y no podemos ser menos exigentes ante tentaciones menos graves. Compromiso que debemos asumir al comenzar la Cuaresma.
En toda tentación hay siempre una invitación a decir no a Dios; en su aceptación está el pecado. Responder sí a la tentación de convertir las piedras en pan habría sido dejar de lado la voluntad de Dios. La tentación de adorar al diablo, aceptando su oferta de tantos bienes materiales, significaba olvidar que Dios es el único Señor. Finalmente la tentación de lanzarse desde lo alto del templo, confiando que Dios haría el milagro de no sufrir lesión alguna; con ello podría gloriarse y conseguir prestigio ante los que presenciasen el portento; el pecado era doble: soberbia y presunción. La verdad es que toda tentación acaba siendo una invitación a evitar el propio destino, o mejor dicho, el abandono de la misión encomendada por Dios.
Hay que añadir que, además del significado de las tentaciones experimentadas por Jesús y representen todas las que nosotros podernos sentir, lo más importante del relato es el  ejemplo de fortaleza y la enseñanza que Él nos muestra en nuestra lucha contra el mal. Ahí está, efectivamente, el detalle de apoyarse en la palabra de Dios, haciendo uso de un pasaje de la Escritura para rechazar y vencer la tentación. Precisamente, en el prefacio de la misa de hoy daremos gracias a Dios porque “Cristo, al rechazar las tentaciones del enemigo, nos enseñó a sofocar la fuerza del pecado”.
Concluyamos, finalmente, recordando que todos estamos comprometidos en una lucha continuada entre el bien y el mal. El mal existe; también dentro de nosotros. Pero con la ayuda de Dios y el ejemplo estimulante de Cristo podemos y debemos vencerlo. En la Vigilia Pascual se nos preguntará si renunciamos al demonio y a sus obras y contestaremos que sí. Esto, por consiguiente, tendremos que demostrarlo a lo largo de la Cuaresma, pasando del hombre viejo al nuevo.
Teófilo Viñas, O.S.A


VIII Domingo del Tiempo Ordinario.


A primera vista, el evangelio de hoy recoge unas sentencias sueltas de Jesús acerca de comportamientos supuestamente orientados a la corrección fraterna o a la procura del bien del hermano: la del ciego que pretende guiar a otro ciego, la del discípulo que se cree más que su maestro y la del hermano que se propone quitar la mota del ojo de su hermano. Las tres conductas fluyen del corazón del hombre, en donde uno es lo que es y de donde –como de un árbol– brotan los buenos o malos frutos, pues cada árbol se conoce por su fruto: cada cual ofrece lo que produce según su naturaleza: la higuera, higos, la vid, uvas, de diversa calidad. La intención de ayudar al hermano es loable, pero se traducirá en resultados positivos o negativos según sea buena o mala la condición del corazón.
Aquí –en el corazón del hombre– es donde las tres parábolas sueltas denotan la unidad de la intención con que fueron pronunciadas por Jesús. Lo vemos más claro al enlazarlas con el pasaje del evangelio de Lucas que precede al que hoy se ha leído, en el que el Maestro, después del discurso de las bienaventuranzas, exhorta a sus oyentes a amar a los enemigos, a hacer el bien a los que los odian, a bendecir a los que los maldicen y orar por los que los calumnian, para ser hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos. Como Él, sus hijos han de ser misericordiosos, evitando juzgar a los demás, no condenando, perdonando, dando con generosidad, haciendo el bien a aquellos que no les hacen bien a ellos (cf. Lc 6,27-38). A semejanza del corazón de Dios, éste es el hombre de buen corazón, que se prueba en la criba del hablar y el obrar, la cual separa el grano de las granzas; y se revela en el horno del alfarero, que cuece la vasija bien compactada y delata la que contenía burbujas de aire, haciéndola explotar (Eclo 27,4-5). El buen corazón ofrece buenos frutos, pues quiere el bien para los otros, les procura el bien y discurre la mejor manera de favorecerlos para que sean buenos.
En cambio, el que no es bueno de corazón y pretende influir en los demás no lo hace con ánimo de mejorarlos, sino de manipularlos. Se parecerá a un ciego espiritual que guía a otro ciego. El ciego corporal no puede ver las cosas que tiene delante; pero el ciego espiritual es el que no puede ver la luz de la verdad, que ilumina el camino de la vida, porque tiene los ojos del corazón enfermos; no es bueno y no puede apreciar los valores humanos de simpatía con el aquejado de algún mal, de compasión, de solidaridad y de comunión. Si un ciego se deja guiar por otro ciego, ambos terminarán en el hoyo. Los dos serán responsables de su fracaso. Lo normal será que un ciego consciente de su ceguera no pretenda convertirse en guía insensato; y que el ciego necesitado de guía no fíe su camino en otro ciego, sino en un vidente.
El discípulo cabal asume su relación de dependencia con el maestro; lo normal es que se disponga a aprender del maestro, que lo precede en experiencia y lo sobrepasa en sabiduría. Esto requiere humildad y no arrogancia. Un hombre que es un ciego espiritual no es apto para el oficio de maestro.
Una buena caricatura del extraviado que se erige en guía de los demás es la hipérbole de la mota de polvo y la viga. Hace falta ser ciego y atrevido para querer limpiar del ojo del hermano una brizna de polvo o una pestaña introducida entre el globo ocular y el párpado, siendo que tiene atravesada una viga en su ojo. Es como aquel que se empeña en colar un mosquito mientras se traga sin pestañear un camello. Se requieren aires de superioridad y una buena dosis de autocomplacencia para pretender llevar en todo la razón y erigirse en criterio de verdad, norma de vida y árbitro de la elegancia. Ciertamente tales impulsos no provienen de un corazón bueno y misericordioso, interesado en el bien de los demás, sino más bien de un mal corazón proclive a medir a los demás por el propio rasero, ahormarlos según los propios criterios y construir un mundo de personas sumisas y aduladoras. ¡Qué ridículo tan espantoso hace el que, teniendo los ojos enlodados, pretende limpiar los de los demás! El que pretende corregir a los demás ha de examinarse primero a sí mismo. Pero ¿cómo sacarte la viga de tu ojo para poder después sacar la mota del ojo de tu hermano? Aplícate el colirio de la palabra de Dios limpia y luminosa; deja que baje a tu corazón y éste se hará bueno para destilar obras buenas y palabras claras y verdaderas.
Como reza una canción religiosa, oremos al Señor: «Danos un corazón grande para amar, fuerte para luchar».
Modesto García, OSA

VII Domingo del Tiempo Ordinario.


El evangelista san Lucas, como queriendo llamar la atención, comienza el evangelio de hoy diciendo: A vosotros los que me escucháis os digo (v.27). Como la palabra de Dios siempre es viva y actual, esta misma palabra se dirige a los que hoy escuchamos o leemos el texto evangélico. El evangelio se centra en el núcleo de la doctrina de Jesús: el amor; comienza hablando de amor y termina hablando de amor. Amor a todos los hombres –y en todas las circunstancias– como hijos de Dios, no sólo a los que nos quieren y hacen el bien, sino a todos aquellos que nos odian, golpean, calumnian, desprecian o atentan contra nuestros derechos o intereses. Jesús invierte nuestros criterios de actuación. No nos pide que traguemos con las injusticias, sino que seamos creativos en nuestras relaciones. 
Si somos un poco reflexivos, advertiremos que si actuamos contra el hermano que nos ha ofendido, somos nosotros los más dañados, mucho más de lo que podemos dañar al ofensor. El odio, si le damos cabida, emponzoña toda nuestra vida. El rencor y el odio son sentimientos muy profundos que se arraigan y terminan desequilibrando nuestra mente y nuestro cuerpo; es como tener que llevar siempre un fardo pesado que nos impide ser felices y que cada vez se nos hace más pesado. Desde finales del siglo pasado los sicólogos vienen estudiando el tema del odio por las consecuencias negativas que produce en aquellas personas dominadas por él. Decía Góngora una frase que posteriormente ha pasado al refranero español: Nunca nos sentiremos bien por haber practicado el mal; nunca el rencor y la venganza proporcionan contento. Si queremos acabar con un enemigo, convirtámoslo en amigo.
Jesús nos da dos reglas claras de comportamiento ante la persona que nos ofende. En la primera nos dice: tratad a los demás como queréis que ellos os traten (v.31). Es una norma de ética natural, el bien que queremos para nosotros, lo debemos querer para los demás; el mal que no queremos para nosotros, debemos evitárselo a los otros. No se trata de tomar al pie de la letra el evangelio, sino más bien el espíritu que lo mueve, pues el mismo Jesús, cuando el soldado le abofetea, se defiende y le pregunta: si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado, pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas? (Jn 18,23). Hacer el bien a los que nos hacen bien –dice Jesús–, también lo hacen los pecadores. Si nosotros queremos que los demás nos traten bien, que nos perdonen y comprendan, lo mismo hemos de desear y hacer con los demás. Todos queremos que la gente nos trate bien, una manera de lograrlo es que nosotros tratemos bien a los demás. Si nos adelantamos a hacer el bien, es probable que los demás en lugar de hacernos mal, nos devuelvan el bien. Muchas son las personas que perdonan cuando son ofendidas, no sólo entre los católicos, también en otras religiones, recordemos las figuras mundialmente conocidas: Gandhi y de Martin Luther Kingy entre nosotros bastantes han sido las personas a quienes el grupo terrorista ETA mató a alguno de sus familiares próximos y suelen destacar la liberación que les supuso no dejarse encadenar por el odio y abrirse al perdón.  
Y la otra razón –de tipo teologal– que da Jesús para amar a los enemigos es para que imitemos la misericordia de Dios (ver v.36) que es bueno con los malvados y desagradecidos (v.35). Esta debe ser la característica principal de los que somos hijos del Altísimo, porque nuestro Dios, el Altísimo, es exactamente lo que hace con cada uno de nosotros, y nosotros como sus hijos debemos imitarlo. Y concluye este pasaje bíblico: con la medida con la que midierais se os medirá a vosotros (v.38). ¿Es nuestra medida la del perdón, la de magnanimidad, la tolerancia y comprensión, la de la olvido…? ¿Podemos pedir perdón a Dios si nosotros no perdonamos? Si no perdonamos, nosotros mismos nos condenamos cuando rezamos: perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, como yo perdono a los que me ofenden.  (Mt 6,12). ¿Podemos guardar rencor contra un hermano que es al mismo tiempo hijo de Dios y a quien Dios ama como tal?
Acercarse a la celebración de la eucaristía nos compromete a ser auténticos y hacer nuestros los sentimientos y actitudes que Jesús llevó a la cruz y que estando en la cruz pidió perdón para sus verdugos: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen (Lc 23,34).
Como creyentes, ¿qué pasaría si en las familias –especialmente entre los matrimonios–, en el trabajo, en las relaciones sociales nos tomáramos en serio el Evangelio y siguiéramos las reglas a las que nos invita Jesús y que Él mismo practicó? ¿Qué relación se establecería entre personas que no nos agradan, si empezáramos a rezar por ellas? ¿Podemos considerarnos hijos del Altísimo si no amamos a los que puedan ser nuestros enemigos?
Vicente Martín, OSA

VI Domingo del Tiempo Ordinario.
La liturgia de la Palabra en este domingo canta la confianza en Dios en la primera lectura, la fe  viva en la segunda lectura y la verdadera felicidad en el evangelio; y todo ello a través de un lenguaje un tanto paradójico. Paradojas que contienen un programa para valientes, que es lo que debe ser todo seguidor de Jesús. Y es que en las tres lecturas nos encontramos con que la felicidad que buscamos no está en lo que más fuertemente y de modo instintivo llevamos arraigado, sino en otras tantas negaciones o renuncias. 
Así:Tendemos a vivir de lo sensible y a seguir lo que nos pide nuestro instinto e, incluso, a organizar nuestra vida de acuerdo con lo que los hombres, olvidándose de Dios, disponen e invitan a seguir su ejemplo. Ya el profeta Jeremías en la primera lectura nos manda invertir el orden de valores y a poner nuestra confianza en Dios. Es fuerte la expresión que emplea el profeta: Maldito quien confía en el hombre y busca el apoyo de las criaturas, apartando su corazón del Señor (Jer 17, 5).
En segundo lugar, los corintios, griegos que eran y cuya cultura concebía al hombre como un compuesto de alma y cuerpo y, consecuentemente, admitían la supervivencia del alma después de la muerte; no obstante, cuando san Pablo comenzó a hablarles de la resurrección de los cuerpos se burlaron de él (Hch 17, 32). Sin embargo, esta creencia está en la base de la fe cristiana. Y así, cuando más tarde, cristianos ya, les escriba, les dirá: si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido…Si hemos puesto nuestra esperanza en Cristo sólo en esta vida, somos los más desgraciados de toda la humanidad (1 Cor 15, 17.19).
Finalmente, las paradojas de las bienaventuranzas constituyen la página más revolucionaria del evangelio, porque en ellas Jesús establece una inversión total de los criterios humanos respecto de la felicidad. Es un hecho de experiencia que todo ser humano quiere ser feliz. En consecuencia busca la manera de conseguirlo, conforme a lo que cada uno entiende por felicidad: dinero, éxito y posición social, seguridad y amor, poder y dominio, alcohol y drogas, sexo y placer… etc. Jesús, que conocía bien el corazón humano, quiso mostrar que las bienaventuranzas eran el camino más seguro para conseguir la felicidad, un camino ciertamente nuevo y paradójico.
En las cuatro bienaventuranzas que cita san Lucas, como en las ocho que figuran en el evangelio de san Mateo, Jesús declara dichosos (porque poseen el reino de Dios ya ahora y no sólo en la otra vida), a cuantos el mundo tiene por infelices, como son: los pobres y los que tienen hambre, los que lloran y los que sufren, los misericordiosos que saben perdonar, los honrados y los limpios de corazón, los que trabajan por la paz desde la no violencia, los perseguidos a causa  de su fidelidad a Dios. Y, por el contrario, son proclamados desdichados, dignos de lástima y amenazados de maldición los que son ricos, están saciados, ríen y son aplaudidos por todos. Son éstas las cuatro malaventuranzas que añade san Lucas.
En el pasaje evangélico de san Lucas Jesús se ha dirigido a los que sufren; concretamente a los pobres, los tristes, los oprimidos, los perseguidos, y les anuncia un mensaje de esperanza, de salvación, de felicidad; les promete la felicidad del Reino, la auténtica felicidad, la plenitud de la vida. Y quede claro que Jesús no alaba la pobreza, el llanto y la persecución, como virtudes hacia a las que haya que encaminarse. Lo que Él nos dice es que los que se encuentran en estas situaciones y, a pesar de sus esfuerzos, no consiguen superarlas, lo pueden tener más fácil para llegar a la felicidad del Reino, porque no están enganchados a otros intereses materiales.
No hace falta, sin embargo, que tengamos que pasar por esas situaciones para recibir el don de la felicidad de Dios; no hace falta que seamos pobres de hecho. Quizá la expresión que aparece en las bienaventuranzas de san Mateo –bienaventurados los pobres de espíritu– nos pueden indicar por dónde deberá ir el comportamiento de quienes no carecen de bienes materiales: no se trata de empobrecerse, sino de vivir al estilo de los pobres, compartiendo con ellos lo que le diga su conciencia, y siempre deseosos de salvación, con un corazón dispuesto a acoger a Cristo en la persona del pobre. El camino de las bienaventuranzas, el camino de la felicidad, el camino del seguimiento de Jesús, es precisamente eso, un camino, por el que debemos avanzar cada día, con esfuerzo y con voluntad.
Antes de Cristo, nadie había hecho semejantes afirmaciones. Tan paradójicas son las bienaventuranzas que solamente quien las vive y las practica, como hizo Jesús, las comprenderá. Cristo mismo -su persona, vida y conducta-, constituye la mejor clave de interpretación de las bienaventuranzas; una clave de lectura universalmente válida, para todo tiempo y lugar. Él fue pobre y lloró, sufrió y trabajó por la paz y la reconciliación, fue perseguido y perdió la vida por servir al bien y a la justicia. Por eso, las bienaventuranzas son una llamada a la conversión, al cambio personal, a la revisión de la propia vida. Sólo tres preguntas: ¿Dónde busco yo la felicidad? ¿Cuáles son los objetivos prioritarios de mi vida? ¿En qué punto del proceso me encuentro?
El camino de las bienaventuranzas no es fácil; se trata, ante todo, de ir contra corriente de todo aquello a lo que nos empuja el mundo de hoy. Pero nosotros tenemos la convicción de que es un camino que vale la pena recorrerlo, porque lleva al mejor premio: la felicidad verdadera.
Teófilo Viñas, o.s.a

V Domingo del Tiempo Ordinario.

Comienza el pasaje evangélico presentándonos a Jesús en la orilla del lago, rodeado de gente ansiosa de ser instruida por Jesús acerca de la palabra de Dios. No hay nadie a quien no interese conocer la palabra de Dios, que es quien únicamente tiene todas las claves de nuestra existencia: quiénes somos, de dónde venimos, adónde vamos, que dan sentido a la vida humana.
Jesús sabía llegar a la gente y, por eso, el pueblo acudía a Jesús. Para disponer de un lugar más cómodo y práctico para su discurso, Jesús se sube a la barca de Pedro y le pide que la retire un poco de la orilla. Y es que el diálogo de Dios con el hombre es, ante todo, iniciativa de Dios, que se dirige al hombre con absoluta libertad, aunque Dios no es ajeno a las necesidades y súplicas de los hombres.
Una vez situado un poco distante de la orilla, Jesús no permanece en pie en la barca para ser visto mejor y hacerse oír con más claridad, sino que se sienta en la barca, como el Maestro consciente de la importancia de su misión de enseñar una doctrina tan vital; además, así da a entender que la palabra de Dios ha de ser enseñada con calma, pues merece dedicarle tiempo por la trascendencia que tiene para la vida; y porque ha de empapar suavemente, como la lluvia fina, las capas más profundas del ser del hombre.
Nada dice Lucas del discurso que Jesús dirigió a la gente en aquella ocasión, pues el interés del relato recae en la llamada de los primeros discípulos. Ellos habían de difundir la predicación de Jesús, en un encuentro personal con los oyentes, sirviéndose del vehículo de la palabra, como hacía el Maestro, y de otros medios accesorios, como la barca, etc. Pero lo primero que quiere Jesús que comprendan sus discípulos es que el fruto de la predicación, la salvación de los hombres, es una obra tan extraordinaria que no corresponde al hombre, sino que será faena de Dios, el único que puede tocar el corazón.
Jesús se lo hace comprender con un hecho portentoso, una pesca milagrosa. Pedro y sus compañeros eran hombres avezados en la pesca en el lago y lo habían intentado todo en el momento más propicio de la noche, pero no habían cogido nada. Pero el Maestro -al que ya conocían y seguían ocasionalmente desde el primer encuentro que había propiciado el Bautista, y en cuya fe se habían visto confirmados por el signo de la conversión del agua en vino en Caná- les pide que echen las redes en el lago a la luz del día. Fiados en su palabra, lanzan las redes, que se llenan de peces. Y sucede el prodigio: ¡la pesca más numerosa de su profesión! hasta el punto de que las redes se llenaron a reventar. Tuvieron que pedir ayuda a los compañeros que se habían quedado en la orilla.
De pronto, cayeron en la cuenta de que se encontraban ante una persona especial, investida de poderes sobrenaturales: Dios estaba con Jesús. Sienten próxima la santidad de Dios y su propia indignidad, por lo que Pedro pide a Jesús: «Señor, apártate de mí, que soy un pecador». Es la misma sensación que sintió el profeta Isaías al oír la llamada del Dios santísimo a ser su portavoz ante el pueblo. La santidad de Dios es “como una energía que proviene de Dios y lo hace infinitamente atractivo, digno de respeto y peligroso al mismo tiempo” (Horacio Simian-Yofre, Comentario al Antiguo Testamento, La Casa de la Biblia, 42). Jesús tranquiliza a Pedro haciéndole entender que no ha de temer la presencia de Dios, sino más bien alegrarse de que Dios se interese por el hombre. Dios no se acerca al hombre para atemorizarlo –porque nada tiene que temer de él–, sino para salvarlo.
Para ello, les pide su colaboración, que no sólo será importante, sino incluso necesaria. ¿Acaso no se basta Dios? ¿Por qué requiere la colaboración de los hombres? Por lo mismo por lo que se hizo hombre: por respeto a la condición humana, a su naturaleza, que se desarrolla en el tiempo, y a su libertad, que, para Dios, es sagrada. Por eso los invita a seguirlo, para convertirse en pescadores de hombres. Ellos, dejándolo todo, lo siguieron.
La palabra de Dios es pura y requiere la pureza del mensajero, su integridad. Éste es un mero intermediario: la fuerza, el poder reside en la palabra misma, que obra directamente en el corazón de oídos abiertos y ojos limpios. La función del mensajero es la de ser testigo fiel, en el que el mensaje brota de una vida recta, santa.
Pidamos a Dios que purifique con carbones encendidos a sus mensajeros –tanto del clero como de los seglares–, a fin de que hagan creíble la palabra de Dios que predican. Pidamos al dueño de la mies que suscite, entre los jóvenes y las jóvenes, apóstoles de Cristo.
Modesto García, OSA

IV Domingo del Tiempo Ordinario.


El Evangelio de hoy empalma con el del domingo pasado. Jesús había acudido a la sinagoga como era su costumbre los sábados (4,16). Tomó el rollo que le ofrecieron, y leyó el texto de Isaías: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a proclamar el año de gracia del Señor (Is 4,18-19). Este texto del domingo pasado y el de hoy (Lc 4,14-30) se convierte en lo que será el programa de Jesús durante su vida pública, y la predicción de su futuro final.
Leído el texto, y una vez que se sienta, las primeras palabras de Jesús son: Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír (v.21). Las palabras de Jesús se fijan no en el futuro como hacían los profetas, ni en su persona, sino en el hoy, el hoy que inaugura el tiempo de la salvación. La reacción de los oyentes, en principio, parece positiva, pero pronto comienza la sospecha y la reacción en contra, se escandalizan, Jesús es rechazado en su propio pueblo, en Nazaret. Sus vecinos le dicen a la cara: pero si tú eres el hijo de José (cfr. v.21), qué nos vas a enseñar a nosotros, pero si te conocemos de sobra, dedícate a hacer puertas, todo menos darnos lecciones sobre la Ley… Las expectativas mesiánicas de los vecinos de Jesús no coincidían con lo que estaban viendo y oyendo: acogía a los pobres, ciegos, privados de libertad, etc. y además había omitido una frase en la lectura que acababa de hacer, frase que para ellos era fundamental: para proclamar un día de venganza de nuestro Dios (Is 61,2). Ellos querían que el reino de Dios fuera una venganza contra los opresores romanos. Tampoco hace en su pueblo las obras, los milagros que había hecho en Cafarnaún y por consiguiente, lo desprecian. Jesús entonces les cuenta dos historias conocidas por los judíos: la historia de Elías y Eliseo en favor de dos extranjeras, con las que critica la obstinación y cerrazón de los oyentes, les deja bien claro que están cerrados al anuncio del Reino de Dios, les hace entender que la predicción se refería precisamente a él, esto es, que él era el Mesías de Dios. Surgió primero el estupor, luego la incredulidad y finalmente los oyentes se pusieron furiosos (Lc 4, 28), lo echaron del pueblo y lo llevaron a un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo, pero Jesús se abrió paso, entre ellos, y seguía su camino (v. 29-30). Intentan eliminarlo, pero no es este el momento, ahora es imposible. Este hecho es un adelanto de lo que le espera a Jesús en Jerusalén. El profeta Isaías ya había anunciado la función del futuro Mesías, y Jesús afirma que en él se están cumpliendo las Escrituras y que a la luz de ellas sabe descifrar los signos de los tiempos.
Los textos litúrgicos de hoy nos ofrecen la posibilidad de hacernos muchas preguntas y de plantearnos con seriedad nuestra vida cristiana: ¿quién es realmente Jesucristo para mí, no tanto en la teoría sino en la práctica? ¿Veo y acepto mi vida cristiana asociada a la cruz de Jesucristo? ¿Cuándo Dios no se acomoda a mis planteamientos, acepto que las dificultades y sufrimientos no me podrán, porque Dios está conmigo? (Jr 1,19).
El texto evangélico es también un anuncio de lo que vivirá todo cristiano a lo largo de la historia de la Iglesia si quiere ser fiel al programa de Jesús. El año de gracia ha comenzado con el Hoy de Jesús y debe seguir con el Hoy de cada generación cristiana. La tarea de ser fiel al programa de Jesús siempre irá acompañada del rechazo, pero esto no impedirá que siga el camino hasta su consumación. Como a Jeremías, Dios nos ha llamado a cada uno de nosotros. Podremos tener dudas, ser incomprendidos, perseguidos, ignorados, pero si nos fiamos de Dios, él nos acompañará y será quien guíe nuestra vida. Este es el trasfondo de la liturgia de hoy: Ellos te combatirán, pero no te podrán, porque contigo estoy para protegerte (Jr 1,19). Dios nos ha hablado y nos ha llamado a anunciar su amor a los jóvenes, a las familias, especialmente a los más pobres. Releamos nuestra historia y encontraremos en ella las huellas de Dios y escuchemos su voz que nos dice: No les tengas miedo, que yo estoy contigo (v.1,17).
Como elegidos de Dios, renovemos nuestra vocación en esta eucaristía y pidamos al Señor que renueve en nosotros la fe, la esperanza y el amor.
Vicente Martín, OSA

III Domingo del Tiempo Ordinario.


Tras los dos últimos domingos, en los que hemos recordado el Bautismo de Jesús y su primer milagro en las Bodas de Caná, ya sabemos quién es aquel niño nacido en Belén. Faltaba una presentación oficial, acto que va a tener lugar con motivo de la celebración de una asamblea litúrgica en la ciudad en que se había criado: Nazaret. Las dos circunstancias que rodean el acto –la sinagoga y el pueblo que asiste– han inspirado la elección de las tres lecturas de este domingo, las cuales quieren constituir una auténtica meditación sobre la Comunidad cristiana, es decir, sobre la Iglesia, una Iglesia que hemos tenido muy presente en el recién terminado Octavario por la Unión de todas las Iglesias cristianas.
Por cierto que la imagen de la Iglesia que Dios quiere la encontramos en la asamblea litúrgica que nos presenta la primera lectura que hemos escuchado. El pueblo, recién llegado del destierro de Babilonia, celebra reunido la palabra: Esdras lee el libro sagrado, los levitas la comentan, el pueblo escucha atento: después celebrarán con alegría desbordante el banquete. El esbozo de aquella celebración se completará con el pasaje evangélico que hemos leído. Aquí vemos que Jesús ha usado el mismo procedimiento al dirigirse a sus paisanos en la sinagoga de Nazaret; ambas imágenes las vivimos nosotros plenamente en nuestras liturgias cristianas. En la de hoy ha tenido lugar la auto-presentación oficial de Jesús, haciendo suyas las palabras del profeta: Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír (Lc 4,21).
La palabra de Dios, escuchada comunitariamente, nos compromete mucho más que meditada en privado, porque nos compromete con los hermanos presentes. Por eso mismo, un verdadero cristiano jamás podrá decir: “Jesús sí. Iglesia no”. Ahí está el apóstol san Pablo que nos dirá en la segunda lectura que nosotros somos el cuerpo de Cristo (I Cor 12, 27), afirmación esta de la que nace el compromiso comunitario, es decir, la gran ley de la unidad y de la solidaridad cristiana. La comunidad, Cuerpo de Cristo, está fundada en la diversidad de dones del Espíritu, los cuales pertenecen, a su vez, a su esencia y constituyen la razón del funcionamiento de la misma comunidad.
San Agustín nos llamaría a tomar viva conciencia de esta realidad, reflexionando sobre la Eucaristía y teniendo en cuenta el pasaje paulino vosotros sois el cuerpo de Cristo. Dice el Santo: “Si vosotros sois el cuerpo y los miembros de Cristo, sobre la mesa del Señor está el misterio que sois vosotros mismos y recibís el misterio que sois. A lo que sois respondéis con el Amén y con vuestra respuesta lo rubricáis. Se te dice: El cuerpo de Cristo, y respondes: Amén” (Sermón 272). Es decir, en la comunión no sólo recibimos a Cristo, Cabeza de ese Cuerpo, sino a todos los que formamos parte de ese Cuerpo. ¡Nos recibimos mutuamente!
Aún más: esta unión con los miembros del mismo Cuerpo nos debe llevar a una apertura solidaria generalizada. El texto del profeta Isaías leído por Jesús que, en aquel momento se cumple en Él, ha de tener continuidad en la Iglesia a través de cada uno de nosotros. Y ahí están las tareas que hemos de llevar a cabo, como miembros que somos de esa Iglesia: El Espíritu del Señor… me ha enviado evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad y a los ciegos, la vista, etc. (Para terminar afirmando): Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír (Lc 4,18).
Entre los numerosos mensajes que la Iglesia, al final de Concilio Vaticano II, dirigió al mundo, uno de los que más llaman la atención es el que dedicó conjuntamente a los pobres, a los enfermos, a los abandonados, a los minusvalorados en su dignidad: “Vosotros –les dice– sois los preferidos en el reino de Dios… Vosotros sois los hermanos de Cristo paciente y con Él, si queréis, salváis al mundo”. En el mensaje iba incluida esta llamada: “Cada uno de ellos debería sentir, de alguna manera, que para nosotros él era hijo de Dios y miembro del Cuerpo de Cristo”. Es el encargo del Concilio que aún continúa vigente para todos nosotros.
Se trata siempre de la liberación integral del hombre, que no se logra sino a base de amor y de perdón, de tolerancia y libertad, de respeto a la dignidad de la persona, de servicio a la verdad y a la vida, de la promoción del pobre y desvalido, de la fraternidad y la solidaridad; y todo ello, desde una religiosidad auténtica por la práctica de las bienaventuranzas. Sin esto será imposible testimoniar al Dios de nuestro Señor Jesucristo que, por encima de todo, es Padre que nos ama, nos quiere hermanos unos de otros y nos convoca a la unidad de su Iglesia. Y, por eso, toda denuncia profética, todo compromiso y toda lucha cristina por la libertad del hombre excluyen, a ejemplo de Cristo, la violencia y la revolución del odio.
Teófilo VIÑAS, O.S.A

II Domingo del Tiempo Ordinario.


Estamos en los inicios del año litúrgico (segundo domingo del tiempo ordinario), después de las gozosas celebraciones del tiempo de Navidad. La palabra de Dios de este domingo enlaza con otros dos acontecimientos conmemorados en los días pasados: la Epifanía del Señor a los Reyes Magos, como representantes del pueblo gentil, y el bautismo de Jesús, en el que el Espíritu Santo y el Padre lo proclaman el Hijo de Dios, en quien el Padre se complace. Hoy la Iglesia considera la presencia de Jesús en las bodas de Caná, en las que realiza el primer signo de su mesianidad convirtiendo el agua en vino. Los tres acontecimientos componen un tríptico de manifestación de Jesús como el enviado de Dios para la salvación del mundo.
Caná era un pueblo próximo a Nazaret, en donde vivían Jesús y María; José no aparece en la escena, lo que nos hace pensar que ya había muerto. María y Jesús son invitados a la boda, seguramente de unos familiares o amigos de la familia. No sería la primera boda a la que acudía Jesús, si bien esta boda iba a ser especial. Jesús asiste con sus discípulos. Hasta el momento, el evangelista Juan sólo ha dado cuenta de cinco discípulos que se habían unido a Jesús: Andrés y el propio Juan, Simón Pedro –hermano de Andrés–, Felipe y Natanael (o Bartolomé), aunque eso no excluye que Jesús compareciera en la boda con el grupo de los Doce. Jesús había comenzado a predicar, pero aún no había realizado ningún milagro. Precisamente con ocasión de una circunstancia imprevista –no ciertamente en el ejercicio de su ministerio- y con una intervención decisiva de María, iba a realizar el primero de sus milagros, que Juan siempre designa como señales de su mesianidad.
La celebración de la boda de una muchacha soltera se prolongaba durante siete días, en los cuales corría el vino de la alegría, en una tierra de vinos generosos. Jesús quiso compartir el gozo humano que representa el matrimonio, riqueza de la humana sociedad. Por más que Él permaneciera célibe, no por ello dejaba de valorar y bendecir la admirable obra divina del matrimonio, esto es, el compromiso de vida de un hombre y una mujer que brindan su amor, su expectación y su bienvenida a un nuevo miembro de la familia humana.
Parece ser que Jesús, su madre y sus discípulos se unieron a los festejos ya en marcha, tal vez hacia el final de la semana de fiesta. Inesperadamente, se acabó el vino, lo cual representaba un bochorno para la familia. Afortunadamente para ellos, se encontraban en la boda María y Jesús. María detectó el problema y encauzó la solución; por decisión de María, la solución quedaba en manos de Jesús: No tienen vino, le dice a su hijo. Posiblemente María esperaba que Jesús aplicaría alguna solución sorprendente con la que inauguraría su ministerio mesiánico, según se deduce de la reacción de Jesús, que se expresa en términos parecidos a éstos: «¿Por qué me importunas? Esto no es asunto mío. Además, aún no ha llegado mi hora», es decir, el momento señalado por el Padre para comenzar su actividad mesiánica, que incluía las señales o prodigios.
No obstante, María no se arredra por la respuesta elusiva de su hijo, sino que, confiada en la intervención de Jesús, da órdenes a los servidores con las palabras del faraón a los egipcios que le pedían pan; el faraón los envía a José: «Id a José y haced lo que él os diga» (Gén 41,55).
Ante la postura firme de María, Jesús rectifica, como lo hizo cuando la mujer cananea le insistió tanto que, vencido por la fuerza de la fe de la mujer, atendió su súplica y curó a su hija, a pesar de que el Padre sólo lo había enviado a Israel (Mt 15,21-28). En la boda de Caná, “la madre de Jesús apresuró, con sus súplicas, la hora de la revelación de su gloria” (Wikenhauser, Herder, 116), es decir, de la manifestación de su poder y naturaleza divina.
El hecho de que san Juan incluya en el evangelio el relato de la conversión del agua en vino en las bodas de Caná es debido a que la considera una señal de una realidad superior y misteriosa: de que Jesús es el Mesías, fe en la que sus discípulos se sintieron confirmados por el milagro. En otros lugares del cuarto evangelio, a acciones simbólicas de Jesús sigue la explicación de su significado: así la multiplicación de los panes y el discurso del pan de vida; la curación del ciego de nacimiento y la proclamación de Jesús como luz del mundo; la resurrección de Lázaro y la confesión de Jesús como resurrección y vida de los hombres. Otras veces no explicita el significado de la acción llevada a cabo por Jesús.
En el caso de la conversión del agua en vino en Caná, es claro el significado misterioso del hecho, aunque los estudiosos no coincidan unánimemente en su interpretación. El sentido más evidente es que Jesús inicia su manifestación al mundo como enviado de Dios realizando un milagro cuya principal finalidad era la de contribuir a la celebración gozosa de una boda, lo que habla de la alta valoración en que Dios mismo tiene al matrimonio. Otros significados propuestos atienden a la contraposición entre los ritos judíos de purificación (tal era la función de las vasijas), incluidos los sacrificios, y el verdadero sacrificio redentor de la sangre de Cristo, significada por el vino; la sobreabundancia de la gracia que se nos da por Jesucristo está subrayada por la enorme cantidad de agua convertida en vino (entre 500 y 700 litros); se destaca la excelencia del vino, que representa la doctrina de Jesús, frente a la ley del Antiguo Testamento. No perdamos de vista la solicitud de María por la felicidad de los novios; su influencia decisiva sobre su hijo, y su contribución a adelantar el comienzo de la misión de Jesús. En ella, tenemos a una poderosa intercesora ante el Señor.
Modesto García, OSA

El Bautismo del Señor.
Con el domingo de hoy, Bautismo del Señor, cerramos el ciclo litúrgico de la Navidad. Vemos en la primera parte del evangelio que Juan el Bautista, último profeta del Antiguo Testamento, tiene como función preparar la llegada del Mesías; a partir de este momento, Jesús, el salvador de toda la humanidad, será el centro de la historia. Juan el Bautista no intenta usurpar un puesto que no le corresponde, ni tiene la pretensión de hacerse pasar por el Mesías. 
Él era solamente la voz que preparaba el camino de quien es mucho más fuerte que él (3,16). El Bautista, hombre humilde, reconoce que no es nadie en comparación con aquel cuyo camino está preparando. Con una actitud humilde hacia Jesús, dice de él: yo no merezco desatarle la correa de sus sandalias (3,16)Desatar las sandalias era misión propia de esclavos. El Bautista ante el Mesías se siente siervo, esclavo. No es fácil reconocer que no somos los mejores sino que hay otros mejores que nosotros. Para reconocer esto se requiere de auténtica humildad.
La segunda parte del texto evangélico, más que centrarse en el Bautismo de Jesús, el evangelista pone el acento en la manifestación de Dios; éste es el centro de la escena, no el bautismo, sino los hechos que le acompañan: se abren los cielos, el Espíritu desciende sobre él y se oye una voz que anuncia la identidad de Jesús. (3,22). El bautismo y la oración de Jesús son simples circunstancias para encuadrar el hecho. Jesús se pone en la fila de los pecadores, que habían acudido a bautizarse; se siente solidario con ellos. El bautismo de Jesús es como la preparación inmediata a su vida pública, es la primera manifestación como el Mesías, como el Hijo de Dios.
En el relato aparece –como hecho fundamental– toda la Trinidad actuando y revelando quién es aquel personaje que se bautiza: Es el Hijo de Dios, el ungido, el Mesías, el siervo de Dios. Sobre él testifica el Padre afirmando quién es su Hijo para Él, y afirmando de Él que es el amado y en quien se complace. Es Dios mismo, no el Bautista, quien diseña los rasgos de su Hijo. La paloma es símbolo del Espíritu de Dios que invadió a los profetas, pero que ahora viene en plenitud sobre el Mesías; sirve para indicar que con la venida del Señor se da una presencia total de Dios, y que consagra a Jesucristo para su misión salvífica. Ya el profeta Isaías había afirmado del Mesías: Mirad a mi siervo a quien sostengo; mi elegido, en quien me complazco. He puesto mi espíritu sobre él. En este siervo vemos la figura de Jesús, el preferido por Dios, porque con sus sufrimientos, salvará a su pueblo. (Is 42,1). Y en el prefacio de la misa rezamos: Hiciste descender tu voz desde el cielo, para que el mundo creyese que tu Palabra habitaba entre nosotros; y por medio del Espíritu, manifestado en forma de paloma, ungiste a tu siervo Jesús, para que los hombres reconociesen en Él al Mesías, enviado a anunciar la salvación a los pobres
La Palabra de Dios nos invita hoy, como comenta S. Agustín, a contemplar el rostro de Jesús: en aquel rostro nosotros llegamos a entrever también nuestros trazos, los de hijo adoptivo que nuestro bautismo revela. El Evangelio no es algo de ayer que ya no nos afecta, ni algo que ocurrirá en un futuro lejano. El Evangelio es hoy, es actualidad, es ahora. Dios nos engendra como hijos suyos siempre, nunca deja de ser Padre. La filiación es una constante, porque la salvación ocurre en el presente de cada persona. Y porque el Padre tiene complacencia en su Hijo nuestro salvador, también los creyentes somos aceptados como hijos suyos y si aceptamos a Cristo como nuestro salvador, también el Padre tendrá su complacencia en nosotros.
Vicente Martín, OSA

La Epifanía del Señor.


La palabra griega “Epifanía”, título que lleva la Fiesta de hoy, significa manifestación. Entre las muchas manifestaciones que Dios ha llevado a cabo desde la creación de hombre cobran especial protagonismo las dos que celebramos en este tiempo de Navidad: la noche del Nacimiento de Jesús y el día de su Epifanía. En la noche de Belén se manifestó a su pueblo escogido, Israel, a través de unos hombres sencillos y limpios de corazón que eran los pastores. En el día de la Epifanía se manifestó a todos los hombres en aquellos sabios que vinieron de tierras lejanas de Oriente a rendirle homenaje y adorarlo como Dios que era.
Siendo Navidad y Epifanía las dos máximas revelaciones de Dios a los hombres no debemos extrañarnos de ver el clima en que se viven: en ambas el anuncio se hace en clave de alegría: os anuncio una buena noticia que será de gran alegría (Lc 2, 10). Por su parte, los Magos al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría (Mt 2, 10). Ambos acontecimientos han quedado fijados en la historia con un cortejo de alegría, deliciosas tradiciones y leyendas que hacen la delicia de todos, a comenzar por los niños que esperan ilusionados los regalos del Niño Jesús, traídos por los Reyes Magos, sus mensajeros celestiales. Sentimientos de gozo y alegría, de los que también participamos los mayores.
Hay, además, un motivo histórico-litúrgico en estas dos manifestaciones de Jesús: la luz que envuelven ambas escenas: en Navidad se manifiesta entre esplendores (la gloria del Señor los envolvió de claridad Lc 2, 9); a los Magos por una estrella. Y es que en el lenguaje bíblico la luz es sinónimo de la gracia que es amor de amistad por parte de Dios; por el contrario las tinieblas son sinónimo de pecado. El Hijo de Dios encarnado venía a darnos la gracia y destruir el pecado y, por eso, tenía que hacerlo irradiando luz.
Sin embargo, ¡fueron tantos los que no quisieron ser iluminados por aquella luz!  Y ¡son tantos los que hoy continúan rechazándola! Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron, dice el evangelista (Jn 1, 11). Al temor del rey Herodes, pensando que podía perder el trono,  se unió el miedo de “Jerusalén entera”. Y es que los principales representantes de la ciudad -los sumos sacerdotes y letrados- confortablemente instalados, veían sus privilegios amenazados por el nacimiento de un jefe que será pastor de mi pueblo, Israel (Miq 5,1). El profeta lo había anunciado y ellos lo confirmaron, muy a su pesar: Belén era la ciudad donde debía nacer. La verdad es que nos extraña la indiferencia que mostraron. Debieron de confiar en la actitud de Herodes, dispuesto a eliminar a los niños de Belén y cercanías.
Ante esta actitud de los intérpretes, el evangelista no indica que se produjera ninguna reacción: ellos sabían, informaban, servían al poder, para que nada cambiase en sus vidas. Los evangelistas nos explicarán en sus escritos la razón de esta indiferencia: lo único que les importaba era su propia situación económica y de poder. Contrasta la actuación de los Magos con la de estos letrados intelectuales: primero había sido el arrojo y la osadía que da la fe cuando iba acompañada de la esperanza y movida por la caridad que, en este caso, equivalía al deseo ardiente de ver a Dios. Por eso, llegaron felizmente a término, encontrando a Cristo como exitoso remate de su aventura: la fe en el Dios que buscaban.
Viniendo a nuestros días y considerando estas actitudes que adoptaron los personajes del relato evangélico, se ofrecen a nuestra consideración estas tres cosas, un tanto olvidadas por muchos:
  1. Que los que se dicen poseer el sentido de lo real y “pisar tierra”, con harta frecuencia, carecen del sentido de las realidades de Dios.
  2. Que todos los que buscan a Dios con la sinceridad de su corazón terminan ciertamente por hallarlo.
  3. Que quien sigue a Dios ciega y confiadamente nunca se equivoca. La alegría final del hallazgo de Dios compensó con creces las penalidades del camino y las ausencias desconcertantes de la estrella.
Por otra parte, la Solemnidad de hoy nos recuerda que hemos de ser ecuménicos, es decir, universales, como lo es Dios en su plan de salvación. Ahora que se da también entre nosotros una mezcla de culturas y razas, por la creciente inmigración de otros pueblos, tal vez la lección más apremiante de la Epifanía es que aprendamos de Dios a ser más abiertos de mente y corazón: Él quiere la salvación de todos los pueblos y razas, porque es el Padre de todos, y nos enseña a actuar también así a nosotros: con espíritu misionero, pero con corazón tolerante y solidario, comprensivos para todas las opiniones y culturas religiosas. Como Cristo que, a lo largo del evangelio, se nos muestra como nuestro mejor maestro y modelo de acogida a todos.
Preguntémonos para terminar: ¿qué decir de los regalos de los Magos al Niño-Dios?  El oro, el incienso y la mirra, además de significar la aportación material que hacemos a quienes carecen de bienes necesarios, tienen también un rico significado espiritual, no menos valioso; se lo dieron los Santos Padres en la antigüedad: el oro simboliza el amor, el amor mutuo; fue el encargo final que Jesús nos dejó: amaos unos a otros (Jn 13, 34). Es la moneda de cambio imprescindible entre todos los miembros de la familia. El incienso es la oración que elevamos a Dios; recordémoslo: “la familia que reza unida permanece unida” y en este sentido la Eucaristía dominical ocupa el centro. La mirra finalmente significa ese sufrimiento, esa cruz a la que se referirá Jesús y que cada uno ha de llevar con paciencia y por amor.
Que el Señor nos ayude a llevar nuestro triple regalo al Niño-Dios.
Teófilo VIÑAS, O.S.A

Santa María Madre de Dios.

Iniciamos el nuevo año civil bajo la protección de la Virgen, con la advocación de Santa María, Madre de Dios (Theotokos). Es la advocación mariana más antigua que se conoce en Occidente. Ya en las Catacumbas romanas, donde se reunían los cristianos perseguidos para celebrar la eucaristía, hay pinturas con este nombre. 
Se comenzó a celebrar la fiesta en Roma hacia el siglo VI. Madre de Dios es el título más importante de la Virgen María, es como la raíz principal de donde arrancan todos los demás títulos, sus cualidades y sus privilegios. El concilio de Éfeso, en el año 431, proclamó como dogma de fe que María llegó a ser Madre de Dios mediante la concepción humana del Hijo de Dios en su seno: Madre de Dios, no porque el Verbo de Dios haya tomado de ella su naturaleza divina, sino porque es de ella, de quien tiene el cuerpo sagrado dotado de un alma racional, unido a la persona del Verbo, de quien se dice que el Verbo nació según la carne. María, Madre de Dios (495, 503, 508). María es llamada en los evangelios la Madre de Jesús, pero su prima Isabel, antes de que  naciera su Hijo Jesús, bajo el impulso del Espíritu, la llama la Madre de mi Señor (Lc 1,43). La Virgen María es la puerta por la que Cristo entra para acceder a este mundo. Al concebir en su vientre al Niño Jesús, María se convierte en la Madre de Dios. Desde sus entrañas aprendió a escuchar el latir del corazón de su Hijo y eso le enseñó a descubrir el palpitar de Dios en la historia.
Los primeros que reciben la noticia del nacimiento del Salvador, el Mesías, el Señor (Lc 2,11) son unos pastores, unos marginados, representantes de la clase social baja. Dios se manifiesta a los humildes (Lc 10,21). Ante la aparición del ángel, los pastores se llenaron de gran temor (2,9), pero el ángel les tranquiliza: No temáis (Lc 2,10), el nacimiento del Salvador no es motivo de temor, sino de alegría para todo el pueblo (2,10). Las señales que les ofrece el ángel de este acontecimiento son pobres: un niño, unos pañales y un pesebre. Dios se revela en la pobreza. Aceptan la señal, deciden comprobarlo y encontraron a María y a José y al niño (2,16). Los pastores entran donde está el Niño y contemplan todo conforme a lo que les ángel les había anunciado, son los primeros testigos del misterio de la Navidad. Lo que había comenzado con una revelación termina en adoración. Tras adorar al Niño Salvador, vuelven a su trabajo dando gloria y alabando a Dios por todo lo que habían visto y oído (Lc 2,10). Los pastores encontraron a María y a José y al Niño. No podemos separar a María de Jesús, ni a Jesús de María. Tampoco puede estar ausente José.
En esta fiesta y mirando a María, la mujer reflexiva, inteligente, observadora y contemplativa, nos invita S. Lucas a convertirnos también en testigos del nacimiento de Jesús, pues Jesús se sigue manifestando en los ambientes pobres. Tanto hoy como ayer, la Palabra de Dios ilumina las situaciones de indigencia invitándonos a descubrir en ellas a Jesús. Jesús viene a nuestro encuentro en la pobreza, pero hay que salir de nuestra comodidad y ponernos en camino para comprobarlo.
También hoy celebramos la Jornada Mundial de la paz instituida por Pablo VI hace medio siglo. El deseo de paz se ha convertido en uno de los signos de los tiempos presentes. La paz no es solo ausencia de guerras y de tensiones. Es vida en plenitud que sólo se encuentra junto a Dios y en su amistad. La paz surge del perdón porque pone a los hombres en la ocasión de perdonarse mutuamente como Dios mismo nos perdona a todos. La eucaristía verdadera no se reduce a un cumplimiento. Es el mismo Dios que se da, que se entrega. Las diferencias sociales, el desequilibrio económico, la corrupción, las ganancias fáciles o abusivas, las animosidades familiares y conyugales, los resentimientos, odios y rencores, son absolutamente incompatibles con la eucaristía y carecen de sentido en la vida cristiana.
Pongamos bajo la protección de María, la Madre de Jesús, todos nuestros proyectos, deseos e intenciones para el año que hoy estrenamos. Y de un modo particular, pongamos en sus manos la Paz entre todos los pueblos y todas familias. Y que la bendición del Señor venga sobre nosotros, que nos proteja, que nos ilumine y nos conceda sus favores, y que nos conceda la paz (Nm 6, 24-26).
Vicente Martín, OSA

La Sagrada Familia.
Este primer domingo después de Navidad está dedicado a la Sagrada Familia. Lo mismo que los pastores, hemos pasado y nos hemos detenido ante la cueva de Belén para contemplar las maravillas que se nos habían anunciado; hoy la liturgia nos invita a trasladarnos a la humilde casa de Nazaret. También aquí hay muchas maravillas que admirar e imitar. Imitar, sí, porque siendo designio de Dios que todos vengamos al mundo en el seno de una familia y en ella nos desarrollemos y nos realicemos, aunque de diversas maneras, todos tenemos que aprender mucho de Nazaret.
Antes de llegar al Nuevo Año, ya a las puertas, la Fiesta de hoy pone a nuestra consideración los soberanos misterios y enseñanzas de Cristo, señalizando a Nazaret en nuestro en nuestro peregrinar por la vida con una flecha gigante: aquí hay un rincón sin historia pero que merece ser visitado, porque en él se vive una vida que responde plenamente al modelo ideal que se esconde en lo más profundo del corazón, pero que tantas veces ha quedado solo en eso. La casa en que vive aquella Familia es pobre, sin aquello que hace la ilusión de muchos; pero abundante en aquello que tantos buscan ansiosamente: el amor, la comprensión y la paz de un hogar.
La Familia de Nazaret, a la que siempre nos deberíamos acercar con un infinito respeto, porque está sumergida en el misterio de Dios, aparece como un modelo amable de muchas virtudes que deberían copiar las familias cristianas: ¿Quién no quiere copiar: la mutua acogida, la comunión perfecta, la fe en Dios, la fortaleza ante las dificultades, el cumplimiento de las normas civiles y aquellas otras que radican en la condición misma de creyente?
El programa que aparece en los textos de esta Fiesta vale, en primer lugar, para la familia humana cuyos miembros están unidos por los lazos de la carne, pero también para la comunidad religiosa, para la comunidad parroquial, para tantos grupos que se unen por nobles motivos y para toda la humanidad. Nos irían bastante mejor las cosas si en verdad los hijos cuidaran de sus padres, siguiendo los consejos que hemos escuchado en la primera lectura y si en nuestra relaciones con los demás vistiéramos el “uniforme”, del que nos habla san Pablo en la segunda lectura; un “uniforme”, formado por un conjunto de preciosos hilos, como son: misericordia, bondad, humildad, dulzura, comprensión, amor, capacidad de perdón.
En la Declaración de los derechos humanos, en su artículo 16, párrafo 3º se leen estas afirmaciones fundamentales: “La familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado”. Por su parte, el Concilio Vaticano II en la Constitución Gaudium et Spes hace esta apremiante llamada: “Considere la potestad civil como oficio suyo sagrado conocer la verdadera índole de la familia, protegerla y ayudarla, defender la moralidad pública y favorecer la prosperidad doméstica. Debe ser defendido el derecho de los padres a procrear y a educar a los hijos en el seno de la familia” (GS, nº 52). ¿Qué decir ante estas dos instancias?
Vengamos ahora a la familia a la que cada uno de nosotros pertenece. Quiero hacerlo desde el Catecismo de la Iglesia Católica publicado en 1992. Vale la pena recordar algunos de los números que tratan de “los deberes de los miembros de la familia”. Sin duda que la misma palabra “deber”, más en los hijos que en los padres, suscita oposición; cambiémosla, si prefieren, por el término “servicio”. Éste es el deber o servicio de los padres:
“Los padres son los primeros responsables de la educación de sus hijos. Testimonian esta responsabilidad, ante todo, por la creación de un hogar, donde la ternura, el perdón, el respeto la fidelidad y el servicio desinteresado son norma. El hogar es un lugar apropiado para la educación de las virtudes. Ésta requiere el aprendizaje de la abnegación, de un sano juicio, del dominio de sí, condiciones de toda libertad humana” (nº 2223).
                El “deber” o “servicio” de los hijos viene expresado así:
“El respeto a los padres (piedad filial) está hecho de gratitud para quienes, mediante el don de la vida, su amor y su trabajo han traído sus hijos al mundo y les han ayudado a crecer en estatura, en sabiduría y en gracia. Con todo tu corazón honra a tu padre y no olvides los dolores de tu madre. Recuerda que por ellos has nacido, ¿cómo les pagarás lo que contigo han hecho”(Eclo 7,27-28. CCE, 2215).
Permítanme referirme brevemente a la inhibición, postura cómoda que adoptan algunos padres. La educación es función que ya cumple el colegio, dicen no pocos. Y en lo referente a la religión y comunicación de la fe y la moral, así  como en la práctica religiosa hay padres que prefieren desentenderse, alegando libertad para la decisión de sus hijos cuando crezcan. Esto equivale a una auténtica dimisión de sus funciones: educación, corrección, ejemplo; claro que en este caso el ejemplo es absolutamente necesario.
Teófilo Viñas, O.S.A

Nochebuena y Navidad.

El Evangelio recoge el canto de alabanza de Zacarías después del nacimiento de su hijo. En su primera parte, el padre de Juan da gracias a Dios, y en la segunda sus ojos miran hacia el futuro. Todo él rezuma alegría y esperanza al reconocer la acción salvadora de Dios con Israel, que culmina en la venida del mismo Dios encarnado, preparada por el hijo de Zacarías.

Ya sabemos que Zacarías había sido castigado por Dios a causa de su incredulidad. Pero ahora, cuando la acción divina es del todo manifiesta en su propia carne —pues recupera el habla— exclama aquello que hasta entonces no podía decir si no era con el corazón; y bien cierto que lo decía: «Bendito el Señor Dios de Israel...» (Lc 1,68). ¡Cuántas veces vemos oscuras las cosas, negativas, de manera pesimista! Si tuviésemos la visión sobrenatural de los hechos que muestra Zacarías en el Canto del Benedictus, viviríamos con alegría y esperanza de una manera estable.

«El Señor ya está cerca; el Señor ya está aquí». El padre del precursor es consciente de que la venida del Mesías es, sobre todo, luz. Una luz que ilumina a los que viven en la oscuridad, bajo las sombras de la muerte, es decir, ¡a nosotros! ¡Ojalá que nos demos cuenta con plena conciencia de que el Niño Jesús viene a iluminar nuestras vidas, viene a guiarnos, a señalarnos por dónde hemos de andar...! ¡Ojalá que nos dejáramos guiar por sus ilusiones, por aquellas esperanzas que pone en nosotros!

Jesús es el “Señor” (cf. Lc 1,68.76), pero también es el “Salvador” (cf. Lc 1,69). Estas dos confesiones (atribuciones) que Zacarías hace a Dios, tan cercanas a la noche de la Navidad, siempre me han sorprendido, porque son precisamente las mismas que el Ángel del Señor asignará a Jesús en su anuncio a los pastores y que podremos escuchar con emoción esta misma noche en la Misa de Nochebuena. ¡Y es que quien nace es Dios!

Rev. D. Ignasi FABREGAT i Torrents 

4º.Domingo de Adviento.


Navidad llama a la puerta. La liturgia cede el paso al gozo y la alegría. Las lecturas, desmontando una vez más nuestras estructuras y nuestros valores, nos hablan de lo que verdaderamente es importante para Dios: lo débil, lo que no cuenta, lo insignificante. Dios se fija en un pueblo humilde, Belén de Efratá. En Belén nacerá el Mesías, el único rey que puede salvar a su pueblo. También nos hablan de María, su madre, que al enterarse de que su prima Isabel en su ancianidad está embarazada, se pone en camino, a toda prisa, porque entiende que la necesita. Dos mujeres, María e Isabel, devaluadas en aquella sociedad y Dios las convierte en protagonistas; dos niños que aún no han nacido y ya llaman la atención del evangelista. 
La visita de María a Isabel es la primera acción que nos narra el evangelista Lucas tras la Anunciación, tras su hágase. María lleva en sus entrañas al Hijo de Dios y el primer gesto es servir a los demás, servir a aquellos que más la necesitan. En el breve pasaje del día de hoy podemos constatar que la grandeza de María está en servir a los demás. No espera que otros la sirvan o la  manden, pese a que lleva en sus entrañas al Hijo de Dios.
Cuando María saluda a Isabel, salta de gozo el hijo que lleva en sus entrañas. Esta es la lectura de fe que hace Isabel, y llena del Espíritu Santo, bendice a María, la llama bendita, porque ha tenido la valentía de aceptar los planes del Señor sobre ella. María e Isabel son mujeres llenas del Espíritu Santolas dos muestran su fe. Isabel reconoce en su prima María que Dios la ha visitado, la llama Bendita entre todas las mujeres (1,42) y reconoce que lo que lleva en sus entrañas también es de Dios: bendito el fruto de tu vientre (2,42)Por medio de María, Dios visita a Isabel llevando en su seno al Hijo de Dios y en ella visita a su pueblo y a nosotros.
La Palabra de Dios es palabra creadora, engendró vida en el seno de María, –en una persona humilde–, que fue capaz de acogerla con fe: Bienaventurada la que ha creído, porque lo que la ha dicho el Señor se cumplirá (1,45) y es lo que nos recuerda también a nosotros S. Lucas. La Palabra de Dios también tiene fuerza creadora en nosotros para realizar todo aquello que nos dice. La actitud que nos pide no es encerrarnos, sino salir de nuestras casas, estar atentos a las necesidades de los hermanos y tratar de ayudarlos en lo que esté de nuestra parte, reconocer la presencia de Dios en el otro, en el que está frente a mí o en una necesidad. Acaso no fuera difícil reconocer la presencia de Dios en María, porque rezumaría su presencia por todos sus poros. Sin embargo Dios está en todo hombre y está en nosotros mismos. Nuestro cuerpo es sagrario, es el pesebre donde Dios vive, y por la fe nos pide que vayamos presurosos a servir a todo el que  nos necesite, que compartamos nuestra experiencia de fe con los demás. Sólo desde la fe podemos acceder a Dios y aceptar su mensaje, y sólo desde la fe es posible aceptar las consecuencias que el nacimiento de Dios debe tener en nuestra vida. Sólo desde la fe podremos aceptar que si Dios es un Dios cercano, nosotros tenemos que ser cercanos a los que viven junto a nosotros. Si Dios es un Dios sencillo y humilde, nosotros debemos ser sencillos y humildes. Si Dios es Dios misericordioso, nosotros también debemos ser misericordioso con los que nos rodean. También a nosotros creyentes se nos llamará dichosos por haber creído, por la confianza, por el servicio. Por nuestra fe nos convertimos en discípulos. Ser discípulo implica servir, ponerse a disposición de la Palabra. María es llamada bienaventurada por ser creyente. La fe la da la Palabra y la movilidad.

Imitemos a María, la Madre de Jesús, que hoy se nos presenta como la portadora de Jesús, la que lleva a su prima lo mejor que tiene, al Hijo de Dios. Celebrar  la Eucaristía nos exige vivir  como María, llevar a Cristo a los hermanos y servir especialmente a los más necesitados.
Vicente Martín, OSA

3º.Domingo de Adviento.


La celebración de este domingo la hemos iniciado con una gozosa invitación: Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. El Señor está cerca. Y es claro que de inmediato tenemos que preguntarnos: ¿pero hoy es posible estar siempre alegres, como lo quiere el apóstol san Pablo?
 La verdad es que la alegría, si se la considera como un bienestar basado en la posesión de ciertos bienes, sería un privilegio de sólo unas pocas personas. Sin embargo, si la consideramos unida a la posibilidad de la posesión de Dios, bien se puede decir que es patrimonio de todos; y por tanto, la alegría junto con la felicidad, que es su fuente, son auténticas dimensiones de toda vida cristiana.
La consigna de la alegría, característica del Adviento, ya apareció el pasado domingo. Hoy se repite insistentemente. En la oración colecta pedimos a Dios que, ya que “su pueblo espera con fe la fiesta del nacimiento de su Hijo” no conceda “llegar a la Navidad, fiesta de gozo  y salvación, y poder celebrarla con alegría desbordante”.  En un mundo con tantos quebraderos de cabeza para la sociedad y para cada persona, no está mal que los cristianos escuchemos esta  voz profética que nos invita a la esperanza y a la alegría, basadas en la buena noticia del Dios que ha querido entrar en nuestra historia para siempre. Efectivamente, el motivo que nos ofrece el Apóstol en su carta no es para menos: el Señor está cerca.
La venida del Señor, por tanto, no debe llegarnos por sorpresa. A las insistentes invitaciones a la alegría que se nos hace en las dos primeras lecturas de hoy hay que añadir las exigencias que nos llegan del pasaje evangelio. Todo ello con una misma finalidad: templar los corazones, como se templan los instrumentos antes del concierto. Un orden en cada uno de nosotros y en nuestra relación con los demás facilitará la entrada de Dios. Pertenecemos a aquel grupo de los que se acercaban a Juan Bautista; sólo que ahora la pregunta se la hace cada uno a sí mismo en estos términos: ¿qué tengo que hacer yo?
La entrada de Dios en el mundo se anuncia como una revolución pacífica, sin violencia alguna. Es éste el gran mensaje que nos ofrecen las tres grandes figuras del Adviento: los profetas del Antiguo Testamento con Isaías a la cabeza, Juan Bautista, el Precursor del Mesías y finalmente María, la Madre del esperado Mesías. Cada una de estas figuras con su palabra y su vida nos ofrece, sin duda, la respuesta a la pregunta que nos hemos hecho. Es probable que, inspirada en la liturgia de hoy, la respuesta quizá sea un compromiso de contribuir al bien común de una manera muy concreta. Ello podrá suponer personalmente un sacrificio; piensa lo bueno que es creaar alegría y felicidad donde hay carencia de ellas.
La inspiración para el compromiso nos la ofrece hoy san Juan Bautista quien anuncia la inminencia de “un mundo mejor” sobre la base de estas tres virtudes sociales: la caridad compartidala justicia y la no-violencia. Las preguntas que le hacen al Bautista responden a la inquietud que siente cada uno en su profesión o sencillamente en su vida. Al primero le dirá que la caridad con todos exige compartir con quien carece de ropacomida, concretando en estas carencias muchas otras necesidades. La obligación de respetar la justicia se la recordará a quienes recaudan los impuestos: nunca exigir más que lo que marca lo legal; finalmente la llamada a la no-violencia se la hace a los soldados, cuya profesión es tan digna como tantas otras; a éstos les dice: No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga (Lc 3, 14).
Por si alguien, a la hora de hacerse la citada pregunta personal –¿qué tengo que hacer yo?–, no tuviese claro, a la hora de optar por una tarea concreta en la que llevaría a cabo su compromiso, el comentario sobre las “obras de misericordia” que viene el Catecismo de la Iglesia Católica, inspirado y basado precisamente en el pasaje evangélico de hoy, le ofrece numerosas posibilidades:
“Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales. Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras de misericordia espiritual, como también lo son: perdonar y sufrir con paciencia. Las obras de misericordia corporales consisten en dar de comer al hambriento, dar techo al que no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos. Entre estas obras, la limosna hecha a los pobres es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna: es también una práctica que agrada a Dios… El que tenga dos túnicas con el que no tiene y el que tenga comida que haga lo mismo”, decía el Señor (CCE, nº 2447).
Terminemos pidiéndole al Señor:

Enséñanos, Señor, a vivir en tu presencia y alabarte siempre con el corazón alegre por tu  amorosa gratuidad de Padre, porque  todo es presencia y gracia, ternura y cariño tuyo. Conviértenos, Señor, a la alegría, al amor y a la justicia; y regenerados por ti, mantennos en la finalidad. Así sea.
Teófilo Viñas, O.S.A

2º.Domingo de Adviento.


En este segundo domingo de Adviento, un anuncio resuena con claridad, en boca de Juan Bautista: «preparaos a recibir al Señor, que viene a traer la salvación». El precursor del Mesías, Juan Bautista, se sirve de la bella imagen del camino llano y recto, con la que el profeta Baruc destaca el protagonismo de Dios en el retorno de su pueblo desde el destierro a la patria, para invitar a todos los hombres a preparar el camino al que viene de parte de Dios a cumplir la esperanza de la salvación definitiva del mundo, entendida como comunión de vida y de amor con Dios. 
El profeta no escatima imágenes para expresar sobreabundantemente el exceso de amor con que Dios facilitará a su pueblo Israel el retorno a la patria, protegiendo con sombra el camino y perfumándolo con la fragancia de árboles aromáticos. El Bautista nos exhorta, a quienes nos preparamos para la celebración de la Navidad, a no desaprovechar la ocasión de gracia que nos brinda el Señor.
Deliberadamente, la Iglesia yuxtapone las dos venidas de Cristo: una en humildad, por su nacimiento, y otra en gloria, el día de su manifestación, al fin de los tiempos. Por eso el domingo pasado (comienzo del año litúrgico) seguían resonando los ecos de la parusía (o venida en gloria del Señor) de los domingos finales del año litúrgico precedente. Y es que la obra de la salvación no es una acción puntual de Dios solo (que aniquila todo el mal del mundo, al cual restablece en su máximo esplendor), sino una tarea procesual colaborativa de Dios y del hombre: de Dios que puso en marcha el proyecto de la creación en fase inicial, llamando a todo a la existencia a partir de nada; pero que ha querido contar con el hombre desde que éste apareció en el mundo, como factor humanizador de la naturaleza; de Dios, en fin, que consumará la historia y el universo, llevándolos a su plenitud por una transformación divinizante sobrenatural, que sólo Él puede realizar, aunque respetando y multiplicando la obra realizada por el hombre.
Jesús vino al mundo en carne mortal naciendo en Belén de la Virgen María para iniciar la redención del hombre. Después de llevar a cabo la obra encomendada por el Padre, subió al cielo desde donde envió al Espíritu Santo, para que asistiera a su Iglesia en la misión de difundir el Evangelio y de actuar en el mundo como levadura que transforma la masa, preparando así, con su actividad, la recreación del hombre y del mundo, disponiéndolos para el establecimiento definitivo del Reino de Dios, en el que Dios lo será todo en todas las cosas, tras haber sido desactivados todos los poderes contrarios a Dios, de forma que sólo prevalezcan los valores acordes con Dios.
Nos encontramos en la segunda semana del año litúrgico, dentro el Adviento, tiempo de preparación para la Navidad, a fin de acoger al Niño Dios con un corazón bien dispuesto. Pues, en la Navidad, celebramos la venida del Señor en humildad, en todo semejante a nosotros menos en el pecado.
En Jesús, Dios viene al encuentro del hombre: Dios Hijo en persona se hace hombre –culmen del universo y guía y guardián del cosmos–, sellando con la humanidad un compromiso indestructible, en su empeño por llevar a la creación a la salvación, que es para lo que Dios la creó. La salvación de la creación consiste en la plena comunión de ésta con Dios.
Pero esta comunión no se produce a la fuerza, sino mediando la libre aceptación y actuación del hombre; en realidad, el hombre más que trabajar por asemejarse a Dios, ha de dejarse transformar por Él sin oponer resistencia.
El hombre ha sido dotado de la capacidad de responder a Dios y puede poner de su parte los actos conducentes a su asimilación con Dios: como quitar los obstáculos que impiden a Dios obrar en él; evitar las ocasiones de pecado; reservar un tiempo para encontrarse a solas con Él en oración; fomentar acciones acordes con la voluntad de Dios… Por su parte, Dios dará al hombre el gusto de su palabra y de su trato, el deseo de agradarle, el gozo de su amistad…
En esta relación recíproca del hombre con Dios, corresponde a Dios la iniciativa, al haber comenzado en nosotros la obra de la salvación por medio del Bautismo, incorporándonos a Cristo y haciéndonos partícipes de su vida de Hijo de Dios.
Lo que más debe distinguirnos como hijos de un Padre, que es todo Amor (nos instruye el apóstol san Pablo), es el amor de los unos hacia los otros. Porque, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros (1Jn 4,11).

Que todo lo que salga de nosotros esté ungido por el amor. Cada uno sabe bien las personas y las circunstancias que requieren su amor. Entonces nuestro corazón será un pesebre que ofrezca confortable cobijo al Hijo de Dios.
Modesto García, OSA

1º.Domingo de Adviento.
Con el primer domingo de Adviento, iniciamos un nuevo ciclo litúrgico y la lectura del evangelio de S. Lucas, que será el evangelista que nos acompañe, fundamentalmente, en las eucaristías del año que comenzamos. Iniciar un nuevo ciclo o año litúrgico no significa o no debe significar repetir lo que ya sabemos. 
La finalidad del Adviento está en buscar y descubrir a Jesucristo en el mundo real en el que vivimos, no en el que nosotros quisiéramos. Celebraremos realmente el Adviento si somos conscientes de nuestras pobrezas y limitaciones y nos abrimos a la Palabra de Dios, que en Adviento resume las esperas y las búsquedas del hombre; que nos asegura que esperamos a alguien que va a llegar y a colmar con su presencia nuestras más profundas aspiraciones. Iniciemos, por tanto, un nuevo año, despiertos y vigilantes, como nos dice S. Lucas, para que no nos encuentre el Señor con los corazones embotados con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida (Lc 21,34).
San Pablo insta a los cristianos de Tesalónica, que pensaban que la llegada del Señor era inminente, a que llevaran una vida digna de Cristo, en la que prevaleciera la caridad por encima de todo, para cuando llegara ese momento (1Tes 2,12). S. Lucas nos habla hoy de catástrofes cósmicas ante la venida del Hijo del hombre y de la vigilancia que todo ser humano debe tener para la espera del gran momento. El lenguaje apocalíptico, ajeno a nuestra cultura, y que recogen los evangelios, refleja el miedo y la incertidumbre de las primeras comunidades cristianas, que vivían en el Imperio romano, entre conflictos y persecuciones, con un futuro incierto, sin saber cuándo llegaría Jesús. Nos dice el texto que: habrá signos en el sol y la luna y las estrellas y en la tierra angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y el oleaje, desfalleciendo los hombres por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo serán sacudidas  (Lc 21,25-27). Las señales cósmicas son utilizadas principalmente  para expresar que también los astros son creaturas de Dios, y que nada ni nadie pondrá en duda la venida del Hijo del hombre. Hasta los astros le obedecerán y se producirán señales que todo ser humano al verlas quedará sin aliento. Lo hará sobre una nube con gran  poder y gloria (Lc 21,27). La nube en el Nuevo Testamento aparece en la Transfiguración del Señor (Mt 17,5; Mc 9,7; Lc 9,34) y en la Ascensión del Señor a los cielos  (Hch 1,9), y es signo de la presencia y poder divino.
Al contemplar estas cosas, nos dice el evangelista: levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación (v.28), y en los últimos versículos del texto de hoy, afirma también: tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra. Estad, pues, despiertos, en todo tiempo, pidiendo que podáis escapar de todo lo que está por suceder y manteneros en pie ante el Hijo del hombre (Lc 21, 24-38).
El Adviento debe despertarnos el apetito de lo esencial. Las lecturas nos exhortan a vivir despiertos, cuidando la oración y la confianza. Vivimos tan embotados con la TV, con internet, las redes sociales, el móvil, las frivolidades de las divas, etc. que hemos perdido la capacidad de escucha, la capacidad de estar solos, de recogernos en la intimidad, de vivir en contemplación, de hacernos las preguntas fundamentales de la vida, para vernos sin caretas, sin disfraces en lo más profundo de nuestro ser, para contemplar con ojos nuevos al Dios que viene. Solamente en el silencio descubrimos el auténtico sentido de nuestra vida, sólo así podemos mirar  nuestro pasado con paz y reconciliación, nuestro presente con realismo y el futo con esperanza y abrirnos a la voz de Dios y de los hermanos. Seamos conscientes que durante el tiempo de espera, ante la dilación del Señor, nos amenaza constantemente la tentación de la comodidad, del placer, de la riqueza, del abandono; sólo el que vigila, el que ora, el que no abandona el servicio, será salvado, porque la vida que una persona lleve ahora determinará cómo será su comparecencia ante el Hijo del Hombre. No perdamos la sensibilidad ante la injusticia con los más débiles, llevados por lo inminente y por lo que la propaganda nos mete por los ojos.
Vicente Martín, OSA