Meditación del Evangelio Ciclo C...







II Domingo de Cuaresma,Ciclo C.

La Cuaresma es un tiempo ideal para medir la autenticidad de nuestra vida cristiana. El pasaje de la transfiguración, que hoy leemos en S. Lucas, se entiende mejor si tenemos en cuenta la pregunta clave que encontramos en uno de los versículos anteriores de este mismo capítulo: ¿Quién es este? (v.9). Es la pregunta que unos y otros se hacían al ver y escuchar a Jesús. El mismo Jesús pregunta a los discípulos: ¿Quién dice la gente que soy? (v.18). Tras la contestación de los discípulos, les interpela nuevamente: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? (v.20). Aprovecha la respuesta de Pedro: El Mesías de Dios (v.21), para manifestarles su destino. Por primera vez les anuncia su muerte y resurrección. Les dice que tiene que sufrir mucho y que al tercer día resucitará (cfr.22); es decir, que su glorificación y resurrección tiene que pasar antes por el sufrimiento y por la muerte, y que quien quiera seguirle no puede pretender otro camino (9,23). La cruz y muerte de Jesús son un episodio clave en su vida.
Como queriendo unir cronológicamente lo anterior con la transfiguración, el evangelista nos dice que unos ocho días después Jesús subió al monte para orar (v.28), subió con Pedro, Juan y Santiago, los tres discípulos de confianza que ya habían sido testigos de escenas especiales y que lo serán también de su agonía en el Huerto de los Olivos, y orando ocurrieron grandes cosas: el rostro de Jesús se transforma, sus vestidos brillaban de resplandor (v.29). De repente aparecen Moisés y Elías. Son las dos figuras centrales del Antiguo Testamento, los dos pilares sobre los que se asentaba la religiosidad del pueblo judío, el uno representaba a la Ley y el otro, a los profetas. Hablan con Jesús de su partida, de su muerte, que habría de tener lugar en Jerusalén (v.31), con lo cual confirman el mensaje que Jesús acababa de dirigir a los discípulos y señalan que el sufrimiento y la muerte entran en los planes salvíficos de Dios. Por un lado corrigen las expectativas desmedidas acerca del Mesías y por otro, quieren dejar en claro que a los sufrimientos seguirá la exaltación del Elegido de Dios.
Pedro fascinado por la experiencia divina, le pide al Maestro la posibilidad de quedarse allí y levantar tres tiendas para poder seguir disfrutando de aquella vivencia. Mientras Pedro estaba hablando, una nube los cubre con su sombra, produciéndoles temor, y al tiempo se oye la voz del Padre que dice: Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo (v.35). Es la voz del Padre que ordena escuchen el mensaje de Jesús sobre su muerte y resurrección como verdadero y la necesidad de compartirlo. A la pregunta ¿quién es este? –que veíamos más arriba– Dios da la respuesta definitiva: Jesucristo es el Elegido a quien hay que escuchar. En la transfiguración se revela realmente quién es Jesús como Hijo de Dios. Jesús se transfigura para arrancar de sus discípulos el escándalo de la cruz y para ayudarles a sobrellevar los momentos oscuros de su Pasión. Cruz y gloria están íntimamente unidas.
A partir de aquí hay tomar una decisión: quien se decide por Jesús y lo sigue, se decide por Dios. La oración, el sufrimiento y la cruz son caminos que Lucas nos propone a los seguidores de Jesús para llegar a la gloria. Quien ora como Jesús, experimentará la gloria de Dios y su protección, pero debemos escucharlo. Escuchar la palabra de Jesús nos compromete a configurar nuestro modo de pensar y obrar de acuerdo con esta palabra, palabra que nos llevará a aceptar el sacrificio y dejar que sus enseñanzas divinicen nuestra vida diaria. Somos amados del Padre y por ser amados del Padre, nuestra responsabilidad es oír, en el sentido de hacer, todo lo que el Señor Jesús nos ordene. ¿Lo estamos haciendo? Todos esperaban al mesías. ¿Cuál es el mesías que yo espero?  La condición para seguir a Jesús es la cruz. ¿Cómo me sitúo ante las cruces de la vida diaria? Todos hallamos que es fácil profesar la fe, y muy difícil vivirla. Sólo anclados firmemente en Cristo podremos ser auténticos cristianos.
Vicente Martín, OSA

I Domingo de Cuaresma,Ciclo C.


En este primer domingo de Cuaresma nos encontramos con un tema que es común a las tres lecturas que hemos proclamado: la fe. Efectivamente, en la primera lectura vemos que el buen judío, cuando iba al templo a ofrecer las primicias de la cosecha, hacía “la profesión histórica de su fe” y agradecía al Señor sus bienes; en la segunda lectura san Pablo dice a los romanos, destinatarios de su carta: si profesas con tus labios que Jesús es el Señor y crees que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo (Rom 10, 9). Por su parte, Jesús en el pasaje del evangelio responderá al tentador que le ofrecía todo género de bienes, con sólo doblar su rodilla ante él: Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto (Lc 4, 8).
Cumplidos los treinta años, Jesús va a dar inicio a la misión que el Padre le había encomendado: nada menos que la creación del nuevo Israel. El autor de la Carta a los Hebreos nos presenta al Hijo de Dios, dirigiéndose al Padre y haciendo suyas las palabras del salmista: Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo… Entonces yo dije: He aquí que vengo para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad (Heb 10, 6-7). Una misión que culminaría con su condena a morir crucificado, misión que debía ser continuada por quienes habían sido sus apóstoles y discípulos y que llega hasta nosotros; sólo que desde hace siglos ya no somos solos los especialmente consagrados, sino todos los cristianos los llamados a ser continuadores de esta misión, comenzando por llevar una vida ejemplar.
Precisamente, en todo lo que Jesús hizo y vivió, lo primero que descubrimos es el modelo a seguir. Por supuesto que también quiere mostrarse como ejemplo para nosotros en su retiro al desierto donde, en medio del silencio y la oración, experimentó la tentación y salió victorioso. También nosotros somos invitados, sino a ir a un lugar apartado, sí a dejar de lado tantas cosas que pueden estar sobrando en nuestra vida e impiden una relación mejor con Dios; en ese empeño, e incluso con las mejores disposiciones, no estaremos exentos de las numerosas tentaciones contra las que tendremos que luchar. El propio Jesús nos enseñará y nos ayudará a vencerlas.
La liturgia en este primer domingo de Cuaresma nos ofrece el pasaje de las tentaciones de Jesús, como si quisiera advertirnos de que tampoco a nosotros nos van a faltar, pero que también podemos salir victoriosos, como Jesús. Tres fueron las tentaciones, por las que Él pasó; en ellas el Diablo le invitó a aprovecharse de su posible condición mesiánica y su filiación divina; y de hecho, ahí está la invitación: Si eres hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan. Ya sabéis la respuesta. Atrevida la segunda tentación: el diablo le ofrecerá todo lo que quiera, si dobla la rodilla y lo adora; a ello le responderá Jesús: al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto. Finalmente en la tercera le invita a lanzarse al vacío desde el pináculo del templo; no le pasará nada y ganará prestigio ante la gente. No tentarás al Señor, tu Dios, será la respuesta de Jesús.
Vengamos ahora a nosotros: son muchas las tentaciones que nos pueden impulsar a buscar el camino fácil, egoísta, materialista, el de las cosas placenteras; todo ello impedirá abrirnos a lo verdaderamente importante. La tentación puede llevar varios nombres: ambición, hambre, exhibición, como eran las tentaciones que le presentó a Jesús el espíritu del mal. Pero, en realidad, no se trata más que de una sola cosa: establecer de una vez quién ha de ser el señor de nuestra vida y a quién debemos servir. Sin duda alguna sabemos que, si la respuesta supone una ruptura total con nuestra fe cristiana, pasamos a ser súbditos desde ese mismo instante. Y no podemos ser menos exigentes ante tentaciones menos graves. Compromiso que debemos asumir al comenzar la Cuaresma.
En toda tentación hay siempre una invitación a decir no a Dios; en su aceptación está el pecado. Responder sí a la tentación de convertir las piedras en pan habría sido dejar de lado la voluntad de Dios. La tentación de adorar al diablo, aceptando su oferta de tantos bienes materiales, significaba olvidar que Dios es el único Señor. Finalmente la tentación de lanzarse desde lo alto del templo, confiando que Dios haría el milagro de no sufrir lesión alguna; con ello podría gloriarse y conseguir prestigio ante los que presenciasen el portento; el pecado era doble: soberbia y presunción. La verdad es que toda tentación acaba siendo una invitación a evitar el propio destino, o mejor dicho, el abandono de la misión encomendada por Dios.
Hay que añadir que, además del significado de las tentaciones experimentadas por Jesús y representen todas las que nosotros podernos sentir, lo más importante del relato es el  ejemplo de fortaleza y la enseñanza que Él nos muestra en nuestra lucha contra el mal. Ahí está, efectivamente, el detalle de apoyarse en la palabra de Dios, haciendo uso de un pasaje de la Escritura para rechazar y vencer la tentación. Precisamente, en el prefacio de la misa de hoy daremos gracias a Dios porque “Cristo, al rechazar las tentaciones del enemigo, nos enseñó a sofocar la fuerza del pecado”.
Concluyamos, finalmente, recordando que todos estamos comprometidos en una lucha continuada entre el bien y el mal. El mal existe; también dentro de nosotros. Pero con la ayuda de Dios y el ejemplo estimulante de Cristo podemos y debemos vencerlo. En la Vigilia Pascual se nos preguntará si renunciamos al demonio y a sus obras y contestaremos que sí. Esto, por consiguiente, tendremos que demostrarlo a lo largo de la Cuaresma, pasando del hombre viejo al nuevo.
Teófilo Viñas, O.S.A


VIII Domingo del Tiempo Ordinario.


A primera vista, el evangelio de hoy recoge unas sentencias sueltas de Jesús acerca de comportamientos supuestamente orientados a la corrección fraterna o a la procura del bien del hermano: la del ciego que pretende guiar a otro ciego, la del discípulo que se cree más que su maestro y la del hermano que se propone quitar la mota del ojo de su hermano. Las tres conductas fluyen del corazón del hombre, en donde uno es lo que es y de donde –como de un árbol– brotan los buenos o malos frutos, pues cada árbol se conoce por su fruto: cada cual ofrece lo que produce según su naturaleza: la higuera, higos, la vid, uvas, de diversa calidad. La intención de ayudar al hermano es loable, pero se traducirá en resultados positivos o negativos según sea buena o mala la condición del corazón.
Aquí –en el corazón del hombre– es donde las tres parábolas sueltas denotan la unidad de la intención con que fueron pronunciadas por Jesús. Lo vemos más claro al enlazarlas con el pasaje del evangelio de Lucas que precede al que hoy se ha leído, en el que el Maestro, después del discurso de las bienaventuranzas, exhorta a sus oyentes a amar a los enemigos, a hacer el bien a los que los odian, a bendecir a los que los maldicen y orar por los que los calumnian, para ser hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos. Como Él, sus hijos han de ser misericordiosos, evitando juzgar a los demás, no condenando, perdonando, dando con generosidad, haciendo el bien a aquellos que no les hacen bien a ellos (cf. Lc 6,27-38). A semejanza del corazón de Dios, éste es el hombre de buen corazón, que se prueba en la criba del hablar y el obrar, la cual separa el grano de las granzas; y se revela en el horno del alfarero, que cuece la vasija bien compactada y delata la que contenía burbujas de aire, haciéndola explotar (Eclo 27,4-5). El buen corazón ofrece buenos frutos, pues quiere el bien para los otros, les procura el bien y discurre la mejor manera de favorecerlos para que sean buenos.
En cambio, el que no es bueno de corazón y pretende influir en los demás no lo hace con ánimo de mejorarlos, sino de manipularlos. Se parecerá a un ciego espiritual que guía a otro ciego. El ciego corporal no puede ver las cosas que tiene delante; pero el ciego espiritual es el que no puede ver la luz de la verdad, que ilumina el camino de la vida, porque tiene los ojos del corazón enfermos; no es bueno y no puede apreciar los valores humanos de simpatía con el aquejado de algún mal, de compasión, de solidaridad y de comunión. Si un ciego se deja guiar por otro ciego, ambos terminarán en el hoyo. Los dos serán responsables de su fracaso. Lo normal será que un ciego consciente de su ceguera no pretenda convertirse en guía insensato; y que el ciego necesitado de guía no fíe su camino en otro ciego, sino en un vidente.
El discípulo cabal asume su relación de dependencia con el maestro; lo normal es que se disponga a aprender del maestro, que lo precede en experiencia y lo sobrepasa en sabiduría. Esto requiere humildad y no arrogancia. Un hombre que es un ciego espiritual no es apto para el oficio de maestro.
Una buena caricatura del extraviado que se erige en guía de los demás es la hipérbole de la mota de polvo y la viga. Hace falta ser ciego y atrevido para querer limpiar del ojo del hermano una brizna de polvo o una pestaña introducida entre el globo ocular y el párpado, siendo que tiene atravesada una viga en su ojo. Es como aquel que se empeña en colar un mosquito mientras se traga sin pestañear un camello. Se requieren aires de superioridad y una buena dosis de autocomplacencia para pretender llevar en todo la razón y erigirse en criterio de verdad, norma de vida y árbitro de la elegancia. Ciertamente tales impulsos no provienen de un corazón bueno y misericordioso, interesado en el bien de los demás, sino más bien de un mal corazón proclive a medir a los demás por el propio rasero, ahormarlos según los propios criterios y construir un mundo de personas sumisas y aduladoras. ¡Qué ridículo tan espantoso hace el que, teniendo los ojos enlodados, pretende limpiar los de los demás! El que pretende corregir a los demás ha de examinarse primero a sí mismo. Pero ¿cómo sacarte la viga de tu ojo para poder después sacar la mota del ojo de tu hermano? Aplícate el colirio de la palabra de Dios limpia y luminosa; deja que baje a tu corazón y éste se hará bueno para destilar obras buenas y palabras claras y verdaderas.
Como reza una canción religiosa, oremos al Señor: «Danos un corazón grande para amar, fuerte para luchar».
Modesto García, OSA

VII Domingo del Tiempo Ordinario.


El evangelista san Lucas, como queriendo llamar la atención, comienza el evangelio de hoy diciendo: A vosotros los que me escucháis os digo (v.27). Como la palabra de Dios siempre es viva y actual, esta misma palabra se dirige a los que hoy escuchamos o leemos el texto evangélico. El evangelio se centra en el núcleo de la doctrina de Jesús: el amor; comienza hablando de amor y termina hablando de amor. Amor a todos los hombres –y en todas las circunstancias– como hijos de Dios, no sólo a los que nos quieren y hacen el bien, sino a todos aquellos que nos odian, golpean, calumnian, desprecian o atentan contra nuestros derechos o intereses. Jesús invierte nuestros criterios de actuación. No nos pide que traguemos con las injusticias, sino que seamos creativos en nuestras relaciones. 
Si somos un poco reflexivos, advertiremos que si actuamos contra el hermano que nos ha ofendido, somos nosotros los más dañados, mucho más de lo que podemos dañar al ofensor. El odio, si le damos cabida, emponzoña toda nuestra vida. El rencor y el odio son sentimientos muy profundos que se arraigan y terminan desequilibrando nuestra mente y nuestro cuerpo; es como tener que llevar siempre un fardo pesado que nos impide ser felices y que cada vez se nos hace más pesado. Desde finales del siglo pasado los sicólogos vienen estudiando el tema del odio por las consecuencias negativas que produce en aquellas personas dominadas por él. Decía Góngora una frase que posteriormente ha pasado al refranero español: Nunca nos sentiremos bien por haber practicado el mal; nunca el rencor y la venganza proporcionan contento. Si queremos acabar con un enemigo, convirtámoslo en amigo.
Jesús nos da dos reglas claras de comportamiento ante la persona que nos ofende. En la primera nos dice: tratad a los demás como queréis que ellos os traten (v.31). Es una norma de ética natural, el bien que queremos para nosotros, lo debemos querer para los demás; el mal que no queremos para nosotros, debemos evitárselo a los otros. No se trata de tomar al pie de la letra el evangelio, sino más bien el espíritu que lo mueve, pues el mismo Jesús, cuando el soldado le abofetea, se defiende y le pregunta: si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado, pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas? (Jn 18,23). Hacer el bien a los que nos hacen bien –dice Jesús–, también lo hacen los pecadores. Si nosotros queremos que los demás nos traten bien, que nos perdonen y comprendan, lo mismo hemos de desear y hacer con los demás. Todos queremos que la gente nos trate bien, una manera de lograrlo es que nosotros tratemos bien a los demás. Si nos adelantamos a hacer el bien, es probable que los demás en lugar de hacernos mal, nos devuelvan el bien. Muchas son las personas que perdonan cuando son ofendidas, no sólo entre los católicos, también en otras religiones, recordemos las figuras mundialmente conocidas: Gandhi y de Martin Luther Kingy entre nosotros bastantes han sido las personas a quienes el grupo terrorista ETA mató a alguno de sus familiares próximos y suelen destacar la liberación que les supuso no dejarse encadenar por el odio y abrirse al perdón.  
Y la otra razón –de tipo teologal– que da Jesús para amar a los enemigos es para que imitemos la misericordia de Dios (ver v.36) que es bueno con los malvados y desagradecidos (v.35). Esta debe ser la característica principal de los que somos hijos del Altísimo, porque nuestro Dios, el Altísimo, es exactamente lo que hace con cada uno de nosotros, y nosotros como sus hijos debemos imitarlo. Y concluye este pasaje bíblico: con la medida con la que midierais se os medirá a vosotros (v.38). ¿Es nuestra medida la del perdón, la de magnanimidad, la tolerancia y comprensión, la de la olvido…? ¿Podemos pedir perdón a Dios si nosotros no perdonamos? Si no perdonamos, nosotros mismos nos condenamos cuando rezamos: perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, como yo perdono a los que me ofenden.  (Mt 6,12). ¿Podemos guardar rencor contra un hermano que es al mismo tiempo hijo de Dios y a quien Dios ama como tal?
Acercarse a la celebración de la eucaristía nos compromete a ser auténticos y hacer nuestros los sentimientos y actitudes que Jesús llevó a la cruz y que estando en la cruz pidió perdón para sus verdugos: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen (Lc 23,34).
Como creyentes, ¿qué pasaría si en las familias –especialmente entre los matrimonios–, en el trabajo, en las relaciones sociales nos tomáramos en serio el Evangelio y siguiéramos las reglas a las que nos invita Jesús y que Él mismo practicó? ¿Qué relación se establecería entre personas que no nos agradan, si empezáramos a rezar por ellas? ¿Podemos considerarnos hijos del Altísimo si no amamos a los que puedan ser nuestros enemigos?
Vicente Martín, OSA

VI Domingo del Tiempo Ordinario.
La liturgia de la Palabra en este domingo canta la confianza en Dios en la primera lectura, la fe  viva en la segunda lectura y la verdadera felicidad en el evangelio; y todo ello a través de un lenguaje un tanto paradójico. Paradojas que contienen un programa para valientes, que es lo que debe ser todo seguidor de Jesús. Y es que en las tres lecturas nos encontramos con que la felicidad que buscamos no está en lo que más fuertemente y de modo instintivo llevamos arraigado, sino en otras tantas negaciones o renuncias. 
Así:Tendemos a vivir de lo sensible y a seguir lo que nos pide nuestro instinto e, incluso, a organizar nuestra vida de acuerdo con lo que los hombres, olvidándose de Dios, disponen e invitan a seguir su ejemplo. Ya el profeta Jeremías en la primera lectura nos manda invertir el orden de valores y a poner nuestra confianza en Dios. Es fuerte la expresión que emplea el profeta: Maldito quien confía en el hombre y busca el apoyo de las criaturas, apartando su corazón del Señor (Jer 17, 5).
En segundo lugar, los corintios, griegos que eran y cuya cultura concebía al hombre como un compuesto de alma y cuerpo y, consecuentemente, admitían la supervivencia del alma después de la muerte; no obstante, cuando san Pablo comenzó a hablarles de la resurrección de los cuerpos se burlaron de él (Hch 17, 32). Sin embargo, esta creencia está en la base de la fe cristiana. Y así, cuando más tarde, cristianos ya, les escriba, les dirá: si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido…Si hemos puesto nuestra esperanza en Cristo sólo en esta vida, somos los más desgraciados de toda la humanidad (1 Cor 15, 17.19).
Finalmente, las paradojas de las bienaventuranzas constituyen la página más revolucionaria del evangelio, porque en ellas Jesús establece una inversión total de los criterios humanos respecto de la felicidad. Es un hecho de experiencia que todo ser humano quiere ser feliz. En consecuencia busca la manera de conseguirlo, conforme a lo que cada uno entiende por felicidad: dinero, éxito y posición social, seguridad y amor, poder y dominio, alcohol y drogas, sexo y placer… etc. Jesús, que conocía bien el corazón humano, quiso mostrar que las bienaventuranzas eran el camino más seguro para conseguir la felicidad, un camino ciertamente nuevo y paradójico.
En las cuatro bienaventuranzas que cita san Lucas, como en las ocho que figuran en el evangelio de san Mateo, Jesús declara dichosos (porque poseen el reino de Dios ya ahora y no sólo en la otra vida), a cuantos el mundo tiene por infelices, como son: los pobres y los que tienen hambre, los que lloran y los que sufren, los misericordiosos que saben perdonar, los honrados y los limpios de corazón, los que trabajan por la paz desde la no violencia, los perseguidos a causa  de su fidelidad a Dios. Y, por el contrario, son proclamados desdichados, dignos de lástima y amenazados de maldición los que son ricos, están saciados, ríen y son aplaudidos por todos. Son éstas las cuatro malaventuranzas que añade san Lucas.
En el pasaje evangélico de san Lucas Jesús se ha dirigido a los que sufren; concretamente a los pobres, los tristes, los oprimidos, los perseguidos, y les anuncia un mensaje de esperanza, de salvación, de felicidad; les promete la felicidad del Reino, la auténtica felicidad, la plenitud de la vida. Y quede claro que Jesús no alaba la pobreza, el llanto y la persecución, como virtudes hacia a las que haya que encaminarse. Lo que Él nos dice es que los que se encuentran en estas situaciones y, a pesar de sus esfuerzos, no consiguen superarlas, lo pueden tener más fácil para llegar a la felicidad del Reino, porque no están enganchados a otros intereses materiales.
No hace falta, sin embargo, que tengamos que pasar por esas situaciones para recibir el don de la felicidad de Dios; no hace falta que seamos pobres de hecho. Quizá la expresión que aparece en las bienaventuranzas de san Mateo –bienaventurados los pobres de espíritu– nos pueden indicar por dónde deberá ir el comportamiento de quienes no carecen de bienes materiales: no se trata de empobrecerse, sino de vivir al estilo de los pobres, compartiendo con ellos lo que le diga su conciencia, y siempre deseosos de salvación, con un corazón dispuesto a acoger a Cristo en la persona del pobre. El camino de las bienaventuranzas, el camino de la felicidad, el camino del seguimiento de Jesús, es precisamente eso, un camino, por el que debemos avanzar cada día, con esfuerzo y con voluntad.
Antes de Cristo, nadie había hecho semejantes afirmaciones. Tan paradójicas son las bienaventuranzas que solamente quien las vive y las practica, como hizo Jesús, las comprenderá. Cristo mismo -su persona, vida y conducta-, constituye la mejor clave de interpretación de las bienaventuranzas; una clave de lectura universalmente válida, para todo tiempo y lugar. Él fue pobre y lloró, sufrió y trabajó por la paz y la reconciliación, fue perseguido y perdió la vida por servir al bien y a la justicia. Por eso, las bienaventuranzas son una llamada a la conversión, al cambio personal, a la revisión de la propia vida. Sólo tres preguntas: ¿Dónde busco yo la felicidad? ¿Cuáles son los objetivos prioritarios de mi vida? ¿En qué punto del proceso me encuentro?
El camino de las bienaventuranzas no es fácil; se trata, ante todo, de ir contra corriente de todo aquello a lo que nos empuja el mundo de hoy. Pero nosotros tenemos la convicción de que es un camino que vale la pena recorrerlo, porque lleva al mejor premio: la felicidad verdadera.
Teófilo Viñas, o.s.a

V Domingo del Tiempo Ordinario.

Comienza el pasaje evangélico presentándonos a Jesús en la orilla del lago, rodeado de gente ansiosa de ser instruida por Jesús acerca de la palabra de Dios. No hay nadie a quien no interese conocer la palabra de Dios, que es quien únicamente tiene todas las claves de nuestra existencia: quiénes somos, de dónde venimos, adónde vamos, que dan sentido a la vida humana.
Jesús sabía llegar a la gente y, por eso, el pueblo acudía a Jesús. Para disponer de un lugar más cómodo y práctico para su discurso, Jesús se sube a la barca de Pedro y le pide que la retire un poco de la orilla. Y es que el diálogo de Dios con el hombre es, ante todo, iniciativa de Dios, que se dirige al hombre con absoluta libertad, aunque Dios no es ajeno a las necesidades y súplicas de los hombres.
Una vez situado un poco distante de la orilla, Jesús no permanece en pie en la barca para ser visto mejor y hacerse oír con más claridad, sino que se sienta en la barca, como el Maestro consciente de la importancia de su misión de enseñar una doctrina tan vital; además, así da a entender que la palabra de Dios ha de ser enseñada con calma, pues merece dedicarle tiempo por la trascendencia que tiene para la vida; y porque ha de empapar suavemente, como la lluvia fina, las capas más profundas del ser del hombre.
Nada dice Lucas del discurso que Jesús dirigió a la gente en aquella ocasión, pues el interés del relato recae en la llamada de los primeros discípulos. Ellos habían de difundir la predicación de Jesús, en un encuentro personal con los oyentes, sirviéndose del vehículo de la palabra, como hacía el Maestro, y de otros medios accesorios, como la barca, etc. Pero lo primero que quiere Jesús que comprendan sus discípulos es que el fruto de la predicación, la salvación de los hombres, es una obra tan extraordinaria que no corresponde al hombre, sino que será faena de Dios, el único que puede tocar el corazón.
Jesús se lo hace comprender con un hecho portentoso, una pesca milagrosa. Pedro y sus compañeros eran hombres avezados en la pesca en el lago y lo habían intentado todo en el momento más propicio de la noche, pero no habían cogido nada. Pero el Maestro -al que ya conocían y seguían ocasionalmente desde el primer encuentro que había propiciado el Bautista, y en cuya fe se habían visto confirmados por el signo de la conversión del agua en vino en Caná- les pide que echen las redes en el lago a la luz del día. Fiados en su palabra, lanzan las redes, que se llenan de peces. Y sucede el prodigio: ¡la pesca más numerosa de su profesión! hasta el punto de que las redes se llenaron a reventar. Tuvieron que pedir ayuda a los compañeros que se habían quedado en la orilla.
De pronto, cayeron en la cuenta de que se encontraban ante una persona especial, investida de poderes sobrenaturales: Dios estaba con Jesús. Sienten próxima la santidad de Dios y su propia indignidad, por lo que Pedro pide a Jesús: «Señor, apártate de mí, que soy un pecador». Es la misma sensación que sintió el profeta Isaías al oír la llamada del Dios santísimo a ser su portavoz ante el pueblo. La santidad de Dios es “como una energía que proviene de Dios y lo hace infinitamente atractivo, digno de respeto y peligroso al mismo tiempo” (Horacio Simian-Yofre, Comentario al Antiguo Testamento, La Casa de la Biblia, 42). Jesús tranquiliza a Pedro haciéndole entender que no ha de temer la presencia de Dios, sino más bien alegrarse de que Dios se interese por el hombre. Dios no se acerca al hombre para atemorizarlo –porque nada tiene que temer de él–, sino para salvarlo.
Para ello, les pide su colaboración, que no sólo será importante, sino incluso necesaria. ¿Acaso no se basta Dios? ¿Por qué requiere la colaboración de los hombres? Por lo mismo por lo que se hizo hombre: por respeto a la condición humana, a su naturaleza, que se desarrolla en el tiempo, y a su libertad, que, para Dios, es sagrada. Por eso los invita a seguirlo, para convertirse en pescadores de hombres. Ellos, dejándolo todo, lo siguieron.
La palabra de Dios es pura y requiere la pureza del mensajero, su integridad. Éste es un mero intermediario: la fuerza, el poder reside en la palabra misma, que obra directamente en el corazón de oídos abiertos y ojos limpios. La función del mensajero es la de ser testigo fiel, en el que el mensaje brota de una vida recta, santa.
Pidamos a Dios que purifique con carbones encendidos a sus mensajeros –tanto del clero como de los seglares–, a fin de que hagan creíble la palabra de Dios que predican. Pidamos al dueño de la mies que suscite, entre los jóvenes y las jóvenes, apóstoles de Cristo.
Modesto García, OSA

IV Domingo del Tiempo Ordinario.


El Evangelio de hoy empalma con el del domingo pasado. Jesús había acudido a la sinagoga como era su costumbre los sábados (4,16). Tomó el rollo que le ofrecieron, y leyó el texto de Isaías: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a proclamar el año de gracia del Señor (Is 4,18-19). Este texto del domingo pasado y el de hoy (Lc 4,14-30) se convierte en lo que será el programa de Jesús durante su vida pública, y la predicción de su futuro final.
Leído el texto, y una vez que se sienta, las primeras palabras de Jesús son: Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír (v.21). Las palabras de Jesús se fijan no en el futuro como hacían los profetas, ni en su persona, sino en el hoy, el hoy que inaugura el tiempo de la salvación. La reacción de los oyentes, en principio, parece positiva, pero pronto comienza la sospecha y la reacción en contra, se escandalizan, Jesús es rechazado en su propio pueblo, en Nazaret. Sus vecinos le dicen a la cara: pero si tú eres el hijo de José (cfr. v.21), qué nos vas a enseñar a nosotros, pero si te conocemos de sobra, dedícate a hacer puertas, todo menos darnos lecciones sobre la Ley… Las expectativas mesiánicas de los vecinos de Jesús no coincidían con lo que estaban viendo y oyendo: acogía a los pobres, ciegos, privados de libertad, etc. y además había omitido una frase en la lectura que acababa de hacer, frase que para ellos era fundamental: para proclamar un día de venganza de nuestro Dios (Is 61,2). Ellos querían que el reino de Dios fuera una venganza contra los opresores romanos. Tampoco hace en su pueblo las obras, los milagros que había hecho en Cafarnaún y por consiguiente, lo desprecian. Jesús entonces les cuenta dos historias conocidas por los judíos: la historia de Elías y Eliseo en favor de dos extranjeras, con las que critica la obstinación y cerrazón de los oyentes, les deja bien claro que están cerrados al anuncio del Reino de Dios, les hace entender que la predicción se refería precisamente a él, esto es, que él era el Mesías de Dios. Surgió primero el estupor, luego la incredulidad y finalmente los oyentes se pusieron furiosos (Lc 4, 28), lo echaron del pueblo y lo llevaron a un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo, pero Jesús se abrió paso, entre ellos, y seguía su camino (v. 29-30). Intentan eliminarlo, pero no es este el momento, ahora es imposible. Este hecho es un adelanto de lo que le espera a Jesús en Jerusalén. El profeta Isaías ya había anunciado la función del futuro Mesías, y Jesús afirma que en él se están cumpliendo las Escrituras y que a la luz de ellas sabe descifrar los signos de los tiempos.
Los textos litúrgicos de hoy nos ofrecen la posibilidad de hacernos muchas preguntas y de plantearnos con seriedad nuestra vida cristiana: ¿quién es realmente Jesucristo para mí, no tanto en la teoría sino en la práctica? ¿Veo y acepto mi vida cristiana asociada a la cruz de Jesucristo? ¿Cuándo Dios no se acomoda a mis planteamientos, acepto que las dificultades y sufrimientos no me podrán, porque Dios está conmigo? (Jr 1,19).
El texto evangélico es también un anuncio de lo que vivirá todo cristiano a lo largo de la historia de la Iglesia si quiere ser fiel al programa de Jesús. El año de gracia ha comenzado con el Hoy de Jesús y debe seguir con el Hoy de cada generación cristiana. La tarea de ser fiel al programa de Jesús siempre irá acompañada del rechazo, pero esto no impedirá que siga el camino hasta su consumación. Como a Jeremías, Dios nos ha llamado a cada uno de nosotros. Podremos tener dudas, ser incomprendidos, perseguidos, ignorados, pero si nos fiamos de Dios, él nos acompañará y será quien guíe nuestra vida. Este es el trasfondo de la liturgia de hoy: Ellos te combatirán, pero no te podrán, porque contigo estoy para protegerte (Jr 1,19). Dios nos ha hablado y nos ha llamado a anunciar su amor a los jóvenes, a las familias, especialmente a los más pobres. Releamos nuestra historia y encontraremos en ella las huellas de Dios y escuchemos su voz que nos dice: No les tengas miedo, que yo estoy contigo (v.1,17).
Como elegidos de Dios, renovemos nuestra vocación en esta eucaristía y pidamos al Señor que renueve en nosotros la fe, la esperanza y el amor.
Vicente Martín, OSA

III Domingo del Tiempo Ordinario.


Tras los dos últimos domingos, en los que hemos recordado el Bautismo de Jesús y su primer milagro en las Bodas de Caná, ya sabemos quién es aquel niño nacido en Belén. Faltaba una presentación oficial, acto que va a tener lugar con motivo de la celebración de una asamblea litúrgica en la ciudad en que se había criado: Nazaret. Las dos circunstancias que rodean el acto –la sinagoga y el pueblo que asiste– han inspirado la elección de las tres lecturas de este domingo, las cuales quieren constituir una auténtica meditación sobre la Comunidad cristiana, es decir, sobre la Iglesia, una Iglesia que hemos tenido muy presente en el recién terminado Octavario por la Unión de todas las Iglesias cristianas.
Por cierto que la imagen de la Iglesia que Dios quiere la encontramos en la asamblea litúrgica que nos presenta la primera lectura que hemos escuchado. El pueblo, recién llegado del destierro de Babilonia, celebra reunido la palabra: Esdras lee el libro sagrado, los levitas la comentan, el pueblo escucha atento: después celebrarán con alegría desbordante el banquete. El esbozo de aquella celebración se completará con el pasaje evangélico que hemos leído. Aquí vemos que Jesús ha usado el mismo procedimiento al dirigirse a sus paisanos en la sinagoga de Nazaret; ambas imágenes las vivimos nosotros plenamente en nuestras liturgias cristianas. En la de hoy ha tenido lugar la auto-presentación oficial de Jesús, haciendo suyas las palabras del profeta: Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír (Lc 4,21).
La palabra de Dios, escuchada comunitariamente, nos compromete mucho más que meditada en privado, porque nos compromete con los hermanos presentes. Por eso mismo, un verdadero cristiano jamás podrá decir: “Jesús sí. Iglesia no”. Ahí está el apóstol san Pablo que nos dirá en la segunda lectura que nosotros somos el cuerpo de Cristo (I Cor 12, 27), afirmación esta de la que nace el compromiso comunitario, es decir, la gran ley de la unidad y de la solidaridad cristiana. La comunidad, Cuerpo de Cristo, está fundada en la diversidad de dones del Espíritu, los cuales pertenecen, a su vez, a su esencia y constituyen la razón del funcionamiento de la misma comunidad.
San Agustín nos llamaría a tomar viva conciencia de esta realidad, reflexionando sobre la Eucaristía y teniendo en cuenta el pasaje paulino vosotros sois el cuerpo de Cristo. Dice el Santo: “Si vosotros sois el cuerpo y los miembros de Cristo, sobre la mesa del Señor está el misterio que sois vosotros mismos y recibís el misterio que sois. A lo que sois respondéis con el Amén y con vuestra respuesta lo rubricáis. Se te dice: El cuerpo de Cristo, y respondes: Amén” (Sermón 272). Es decir, en la comunión no sólo recibimos a Cristo, Cabeza de ese Cuerpo, sino a todos los que formamos parte de ese Cuerpo. ¡Nos recibimos mutuamente!
Aún más: esta unión con los miembros del mismo Cuerpo nos debe llevar a una apertura solidaria generalizada. El texto del profeta Isaías leído por Jesús que, en aquel momento se cumple en Él, ha de tener continuidad en la Iglesia a través de cada uno de nosotros. Y ahí están las tareas que hemos de llevar a cabo, como miembros que somos de esa Iglesia: El Espíritu del Señor… me ha enviado evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad y a los ciegos, la vista, etc. (Para terminar afirmando): Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír (Lc 4,18).
Entre los numerosos mensajes que la Iglesia, al final de Concilio Vaticano II, dirigió al mundo, uno de los que más llaman la atención es el que dedicó conjuntamente a los pobres, a los enfermos, a los abandonados, a los minusvalorados en su dignidad: “Vosotros –les dice– sois los preferidos en el reino de Dios… Vosotros sois los hermanos de Cristo paciente y con Él, si queréis, salváis al mundo”. En el mensaje iba incluida esta llamada: “Cada uno de ellos debería sentir, de alguna manera, que para nosotros él era hijo de Dios y miembro del Cuerpo de Cristo”. Es el encargo del Concilio que aún continúa vigente para todos nosotros.
Se trata siempre de la liberación integral del hombre, que no se logra sino a base de amor y de perdón, de tolerancia y libertad, de respeto a la dignidad de la persona, de servicio a la verdad y a la vida, de la promoción del pobre y desvalido, de la fraternidad y la solidaridad; y todo ello, desde una religiosidad auténtica por la práctica de las bienaventuranzas. Sin esto será imposible testimoniar al Dios de nuestro Señor Jesucristo que, por encima de todo, es Padre que nos ama, nos quiere hermanos unos de otros y nos convoca a la unidad de su Iglesia. Y, por eso, toda denuncia profética, todo compromiso y toda lucha cristina por la libertad del hombre excluyen, a ejemplo de Cristo, la violencia y la revolución del odio.
Teófilo VIÑAS, O.S.A

II Domingo del Tiempo Ordinario.


Estamos en los inicios del año litúrgico (segundo domingo del tiempo ordinario), después de las gozosas celebraciones del tiempo de Navidad. La palabra de Dios de este domingo enlaza con otros dos acontecimientos conmemorados en los días pasados: la Epifanía del Señor a los Reyes Magos, como representantes del pueblo gentil, y el bautismo de Jesús, en el que el Espíritu Santo y el Padre lo proclaman el Hijo de Dios, en quien el Padre se complace. Hoy la Iglesia considera la presencia de Jesús en las bodas de Caná, en las que realiza el primer signo de su mesianidad convirtiendo el agua en vino. Los tres acontecimientos componen un tríptico de manifestación de Jesús como el enviado de Dios para la salvación del mundo.
Caná era un pueblo próximo a Nazaret, en donde vivían Jesús y María; José no aparece en la escena, lo que nos hace pensar que ya había muerto. María y Jesús son invitados a la boda, seguramente de unos familiares o amigos de la familia. No sería la primera boda a la que acudía Jesús, si bien esta boda iba a ser especial. Jesús asiste con sus discípulos. Hasta el momento, el evangelista Juan sólo ha dado cuenta de cinco discípulos que se habían unido a Jesús: Andrés y el propio Juan, Simón Pedro –hermano de Andrés–, Felipe y Natanael (o Bartolomé), aunque eso no excluye que Jesús compareciera en la boda con el grupo de los Doce. Jesús había comenzado a predicar, pero aún no había realizado ningún milagro. Precisamente con ocasión de una circunstancia imprevista –no ciertamente en el ejercicio de su ministerio- y con una intervención decisiva de María, iba a realizar el primero de sus milagros, que Juan siempre designa como señales de su mesianidad.
La celebración de la boda de una muchacha soltera se prolongaba durante siete días, en los cuales corría el vino de la alegría, en una tierra de vinos generosos. Jesús quiso compartir el gozo humano que representa el matrimonio, riqueza de la humana sociedad. Por más que Él permaneciera célibe, no por ello dejaba de valorar y bendecir la admirable obra divina del matrimonio, esto es, el compromiso de vida de un hombre y una mujer que brindan su amor, su expectación y su bienvenida a un nuevo miembro de la familia humana.
Parece ser que Jesús, su madre y sus discípulos se unieron a los festejos ya en marcha, tal vez hacia el final de la semana de fiesta. Inesperadamente, se acabó el vino, lo cual representaba un bochorno para la familia. Afortunadamente para ellos, se encontraban en la boda María y Jesús. María detectó el problema y encauzó la solución; por decisión de María, la solución quedaba en manos de Jesús: No tienen vino, le dice a su hijo. Posiblemente María esperaba que Jesús aplicaría alguna solución sorprendente con la que inauguraría su ministerio mesiánico, según se deduce de la reacción de Jesús, que se expresa en términos parecidos a éstos: «¿Por qué me importunas? Esto no es asunto mío. Además, aún no ha llegado mi hora», es decir, el momento señalado por el Padre para comenzar su actividad mesiánica, que incluía las señales o prodigios.
No obstante, María no se arredra por la respuesta elusiva de su hijo, sino que, confiada en la intervención de Jesús, da órdenes a los servidores con las palabras del faraón a los egipcios que le pedían pan; el faraón los envía a José: «Id a José y haced lo que él os diga» (Gén 41,55).
Ante la postura firme de María, Jesús rectifica, como lo hizo cuando la mujer cananea le insistió tanto que, vencido por la fuerza de la fe de la mujer, atendió su súplica y curó a su hija, a pesar de que el Padre sólo lo había enviado a Israel (Mt 15,21-28). En la boda de Caná, “la madre de Jesús apresuró, con sus súplicas, la hora de la revelación de su gloria” (Wikenhauser, Herder, 116), es decir, de la manifestación de su poder y naturaleza divina.
El hecho de que san Juan incluya en el evangelio el relato de la conversión del agua en vino en las bodas de Caná es debido a que la considera una señal de una realidad superior y misteriosa: de que Jesús es el Mesías, fe en la que sus discípulos se sintieron confirmados por el milagro. En otros lugares del cuarto evangelio, a acciones simbólicas de Jesús sigue la explicación de su significado: así la multiplicación de los panes y el discurso del pan de vida; la curación del ciego de nacimiento y la proclamación de Jesús como luz del mundo; la resurrección de Lázaro y la confesión de Jesús como resurrección y vida de los hombres. Otras veces no explicita el significado de la acción llevada a cabo por Jesús.
En el caso de la conversión del agua en vino en Caná, es claro el significado misterioso del hecho, aunque los estudiosos no coincidan unánimemente en su interpretación. El sentido más evidente es que Jesús inicia su manifestación al mundo como enviado de Dios realizando un milagro cuya principal finalidad era la de contribuir a la celebración gozosa de una boda, lo que habla de la alta valoración en que Dios mismo tiene al matrimonio. Otros significados propuestos atienden a la contraposición entre los ritos judíos de purificación (tal era la función de las vasijas), incluidos los sacrificios, y el verdadero sacrificio redentor de la sangre de Cristo, significada por el vino; la sobreabundancia de la gracia que se nos da por Jesucristo está subrayada por la enorme cantidad de agua convertida en vino (entre 500 y 700 litros); se destaca la excelencia del vino, que representa la doctrina de Jesús, frente a la ley del Antiguo Testamento. No perdamos de vista la solicitud de María por la felicidad de los novios; su influencia decisiva sobre su hijo, y su contribución a adelantar el comienzo de la misión de Jesús. En ella, tenemos a una poderosa intercesora ante el Señor.
Modesto García, OSA

El Bautismo del Señor.
Con el domingo de hoy, Bautismo del Señor, cerramos el ciclo litúrgico de la Navidad. Vemos en la primera parte del evangelio que Juan el Bautista, último profeta del Antiguo Testamento, tiene como función preparar la llegada del Mesías; a partir de este momento, Jesús, el salvador de toda la humanidad, será el centro de la historia. Juan el Bautista no intenta usurpar un puesto que no le corresponde, ni tiene la pretensión de hacerse pasar por el Mesías. 
Él era solamente la voz que preparaba el camino de quien es mucho más fuerte que él (3,16). El Bautista, hombre humilde, reconoce que no es nadie en comparación con aquel cuyo camino está preparando. Con una actitud humilde hacia Jesús, dice de él: yo no merezco desatarle la correa de sus sandalias (3,16)Desatar las sandalias era misión propia de esclavos. El Bautista ante el Mesías se siente siervo, esclavo. No es fácil reconocer que no somos los mejores sino que hay otros mejores que nosotros. Para reconocer esto se requiere de auténtica humildad.
La segunda parte del texto evangélico, más que centrarse en el Bautismo de Jesús, el evangelista pone el acento en la manifestación de Dios; éste es el centro de la escena, no el bautismo, sino los hechos que le acompañan: se abren los cielos, el Espíritu desciende sobre él y se oye una voz que anuncia la identidad de Jesús. (3,22). El bautismo y la oración de Jesús son simples circunstancias para encuadrar el hecho. Jesús se pone en la fila de los pecadores, que habían acudido a bautizarse; se siente solidario con ellos. El bautismo de Jesús es como la preparación inmediata a su vida pública, es la primera manifestación como el Mesías, como el Hijo de Dios.
En el relato aparece –como hecho fundamental– toda la Trinidad actuando y revelando quién es aquel personaje que se bautiza: Es el Hijo de Dios, el ungido, el Mesías, el siervo de Dios. Sobre él testifica el Padre afirmando quién es su Hijo para Él, y afirmando de Él que es el amado y en quien se complace. Es Dios mismo, no el Bautista, quien diseña los rasgos de su Hijo. La paloma es símbolo del Espíritu de Dios que invadió a los profetas, pero que ahora viene en plenitud sobre el Mesías; sirve para indicar que con la venida del Señor se da una presencia total de Dios, y que consagra a Jesucristo para su misión salvífica. Ya el profeta Isaías había afirmado del Mesías: Mirad a mi siervo a quien sostengo; mi elegido, en quien me complazco. He puesto mi espíritu sobre él. En este siervo vemos la figura de Jesús, el preferido por Dios, porque con sus sufrimientos, salvará a su pueblo. (Is 42,1). Y en el prefacio de la misa rezamos: Hiciste descender tu voz desde el cielo, para que el mundo creyese que tu Palabra habitaba entre nosotros; y por medio del Espíritu, manifestado en forma de paloma, ungiste a tu siervo Jesús, para que los hombres reconociesen en Él al Mesías, enviado a anunciar la salvación a los pobres
La Palabra de Dios nos invita hoy, como comenta S. Agustín, a contemplar el rostro de Jesús: en aquel rostro nosotros llegamos a entrever también nuestros trazos, los de hijo adoptivo que nuestro bautismo revela. El Evangelio no es algo de ayer que ya no nos afecta, ni algo que ocurrirá en un futuro lejano. El Evangelio es hoy, es actualidad, es ahora. Dios nos engendra como hijos suyos siempre, nunca deja de ser Padre. La filiación es una constante, porque la salvación ocurre en el presente de cada persona. Y porque el Padre tiene complacencia en su Hijo nuestro salvador, también los creyentes somos aceptados como hijos suyos y si aceptamos a Cristo como nuestro salvador, también el Padre tendrá su complacencia en nosotros.
Vicente Martín, OSA

La Epifanía del Señor.


La palabra griega “Epifanía”, título que lleva la Fiesta de hoy, significa manifestación. Entre las muchas manifestaciones que Dios ha llevado a cabo desde la creación de hombre cobran especial protagonismo las dos que celebramos en este tiempo de Navidad: la noche del Nacimiento de Jesús y el día de su Epifanía. En la noche de Belén se manifestó a su pueblo escogido, Israel, a través de unos hombres sencillos y limpios de corazón que eran los pastores. En el día de la Epifanía se manifestó a todos los hombres en aquellos sabios que vinieron de tierras lejanas de Oriente a rendirle homenaje y adorarlo como Dios que era.
Siendo Navidad y Epifanía las dos máximas revelaciones de Dios a los hombres no debemos extrañarnos de ver el clima en que se viven: en ambas el anuncio se hace en clave de alegría: os anuncio una buena noticia que será de gran alegría (Lc 2, 10). Por su parte, los Magos al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría (Mt 2, 10). Ambos acontecimientos han quedado fijados en la historia con un cortejo de alegría, deliciosas tradiciones y leyendas que hacen la delicia de todos, a comenzar por los niños que esperan ilusionados los regalos del Niño Jesús, traídos por los Reyes Magos, sus mensajeros celestiales. Sentimientos de gozo y alegría, de los que también participamos los mayores.
Hay, además, un motivo histórico-litúrgico en estas dos manifestaciones de Jesús: la luz que envuelven ambas escenas: en Navidad se manifiesta entre esplendores (la gloria del Señor los envolvió de claridad Lc 2, 9); a los Magos por una estrella. Y es que en el lenguaje bíblico la luz es sinónimo de la gracia que es amor de amistad por parte de Dios; por el contrario las tinieblas son sinónimo de pecado. El Hijo de Dios encarnado venía a darnos la gracia y destruir el pecado y, por eso, tenía que hacerlo irradiando luz.
Sin embargo, ¡fueron tantos los que no quisieron ser iluminados por aquella luz!  Y ¡son tantos los que hoy continúan rechazándola! Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron, dice el evangelista (Jn 1, 11). Al temor del rey Herodes, pensando que podía perder el trono,  se unió el miedo de “Jerusalén entera”. Y es que los principales representantes de la ciudad -los sumos sacerdotes y letrados- confortablemente instalados, veían sus privilegios amenazados por el nacimiento de un jefe que será pastor de mi pueblo, Israel (Miq 5,1). El profeta lo había anunciado y ellos lo confirmaron, muy a su pesar: Belén era la ciudad donde debía nacer. La verdad es que nos extraña la indiferencia que mostraron. Debieron de confiar en la actitud de Herodes, dispuesto a eliminar a los niños de Belén y cercanías.
Ante esta actitud de los intérpretes, el evangelista no indica que se produjera ninguna reacción: ellos sabían, informaban, servían al poder, para que nada cambiase en sus vidas. Los evangelistas nos explicarán en sus escritos la razón de esta indiferencia: lo único que les importaba era su propia situación económica y de poder. Contrasta la actuación de los Magos con la de estos letrados intelectuales: primero había sido el arrojo y la osadía que da la fe cuando iba acompañada de la esperanza y movida por la caridad que, en este caso, equivalía al deseo ardiente de ver a Dios. Por eso, llegaron felizmente a término, encontrando a Cristo como exitoso remate de su aventura: la fe en el Dios que buscaban.
Viniendo a nuestros días y considerando estas actitudes que adoptaron los personajes del relato evangélico, se ofrecen a nuestra consideración estas tres cosas, un tanto olvidadas por muchos:
  1. Que los que se dicen poseer el sentido de lo real y “pisar tierra”, con harta frecuencia, carecen del sentido de las realidades de Dios.
  2. Que todos los que buscan a Dios con la sinceridad de su corazón terminan ciertamente por hallarlo.
  3. Que quien sigue a Dios ciega y confiadamente nunca se equivoca. La alegría final del hallazgo de Dios compensó con creces las penalidades del camino y las ausencias desconcertantes de la estrella.
Por otra parte, la Solemnidad de hoy nos recuerda que hemos de ser ecuménicos, es decir, universales, como lo es Dios en su plan de salvación. Ahora que se da también entre nosotros una mezcla de culturas y razas, por la creciente inmigración de otros pueblos, tal vez la lección más apremiante de la Epifanía es que aprendamos de Dios a ser más abiertos de mente y corazón: Él quiere la salvación de todos los pueblos y razas, porque es el Padre de todos, y nos enseña a actuar también así a nosotros: con espíritu misionero, pero con corazón tolerante y solidario, comprensivos para todas las opiniones y culturas religiosas. Como Cristo que, a lo largo del evangelio, se nos muestra como nuestro mejor maestro y modelo de acogida a todos.
Preguntémonos para terminar: ¿qué decir de los regalos de los Magos al Niño-Dios?  El oro, el incienso y la mirra, además de significar la aportación material que hacemos a quienes carecen de bienes necesarios, tienen también un rico significado espiritual, no menos valioso; se lo dieron los Santos Padres en la antigüedad: el oro simboliza el amor, el amor mutuo; fue el encargo final que Jesús nos dejó: amaos unos a otros (Jn 13, 34). Es la moneda de cambio imprescindible entre todos los miembros de la familia. El incienso es la oración que elevamos a Dios; recordémoslo: “la familia que reza unida permanece unida” y en este sentido la Eucaristía dominical ocupa el centro. La mirra finalmente significa ese sufrimiento, esa cruz a la que se referirá Jesús y que cada uno ha de llevar con paciencia y por amor.
Que el Señor nos ayude a llevar nuestro triple regalo al Niño-Dios.
Teófilo VIÑAS, O.S.A

Santa María Madre de Dios.

Iniciamos el nuevo año civil bajo la protección de la Virgen, con la advocación de Santa María, Madre de Dios (Theotokos). Es la advocación mariana más antigua que se conoce en Occidente. Ya en las Catacumbas romanas, donde se reunían los cristianos perseguidos para celebrar la eucaristía, hay pinturas con este nombre. 
Se comenzó a celebrar la fiesta en Roma hacia el siglo VI. Madre de Dios es el título más importante de la Virgen María, es como la raíz principal de donde arrancan todos los demás títulos, sus cualidades y sus privilegios. El concilio de Éfeso, en el año 431, proclamó como dogma de fe que María llegó a ser Madre de Dios mediante la concepción humana del Hijo de Dios en su seno: Madre de Dios, no porque el Verbo de Dios haya tomado de ella su naturaleza divina, sino porque es de ella, de quien tiene el cuerpo sagrado dotado de un alma racional, unido a la persona del Verbo, de quien se dice que el Verbo nació según la carne. María, Madre de Dios (495, 503, 508). María es llamada en los evangelios la Madre de Jesús, pero su prima Isabel, antes de que  naciera su Hijo Jesús, bajo el impulso del Espíritu, la llama la Madre de mi Señor (Lc 1,43). La Virgen María es la puerta por la que Cristo entra para acceder a este mundo. Al concebir en su vientre al Niño Jesús, María se convierte en la Madre de Dios. Desde sus entrañas aprendió a escuchar el latir del corazón de su Hijo y eso le enseñó a descubrir el palpitar de Dios en la historia.
Los primeros que reciben la noticia del nacimiento del Salvador, el Mesías, el Señor (Lc 2,11) son unos pastores, unos marginados, representantes de la clase social baja. Dios se manifiesta a los humildes (Lc 10,21). Ante la aparición del ángel, los pastores se llenaron de gran temor (2,9), pero el ángel les tranquiliza: No temáis (Lc 2,10), el nacimiento del Salvador no es motivo de temor, sino de alegría para todo el pueblo (2,10). Las señales que les ofrece el ángel de este acontecimiento son pobres: un niño, unos pañales y un pesebre. Dios se revela en la pobreza. Aceptan la señal, deciden comprobarlo y encontraron a María y a José y al niño (2,16). Los pastores entran donde está el Niño y contemplan todo conforme a lo que les ángel les había anunciado, son los primeros testigos del misterio de la Navidad. Lo que había comenzado con una revelación termina en adoración. Tras adorar al Niño Salvador, vuelven a su trabajo dando gloria y alabando a Dios por todo lo que habían visto y oído (Lc 2,10). Los pastores encontraron a María y a José y al Niño. No podemos separar a María de Jesús, ni a Jesús de María. Tampoco puede estar ausente José.
En esta fiesta y mirando a María, la mujer reflexiva, inteligente, observadora y contemplativa, nos invita S. Lucas a convertirnos también en testigos del nacimiento de Jesús, pues Jesús se sigue manifestando en los ambientes pobres. Tanto hoy como ayer, la Palabra de Dios ilumina las situaciones de indigencia invitándonos a descubrir en ellas a Jesús. Jesús viene a nuestro encuentro en la pobreza, pero hay que salir de nuestra comodidad y ponernos en camino para comprobarlo.
También hoy celebramos la Jornada Mundial de la paz instituida por Pablo VI hace medio siglo. El deseo de paz se ha convertido en uno de los signos de los tiempos presentes. La paz no es solo ausencia de guerras y de tensiones. Es vida en plenitud que sólo se encuentra junto a Dios y en su amistad. La paz surge del perdón porque pone a los hombres en la ocasión de perdonarse mutuamente como Dios mismo nos perdona a todos. La eucaristía verdadera no se reduce a un cumplimiento. Es el mismo Dios que se da, que se entrega. Las diferencias sociales, el desequilibrio económico, la corrupción, las ganancias fáciles o abusivas, las animosidades familiares y conyugales, los resentimientos, odios y rencores, son absolutamente incompatibles con la eucaristía y carecen de sentido en la vida cristiana.
Pongamos bajo la protección de María, la Madre de Jesús, todos nuestros proyectos, deseos e intenciones para el año que hoy estrenamos. Y de un modo particular, pongamos en sus manos la Paz entre todos los pueblos y todas familias. Y que la bendición del Señor venga sobre nosotros, que nos proteja, que nos ilumine y nos conceda sus favores, y que nos conceda la paz (Nm 6, 24-26).
Vicente Martín, OSA

La Sagrada Familia.
Este primer domingo después de Navidad está dedicado a la Sagrada Familia. Lo mismo que los pastores, hemos pasado y nos hemos detenido ante la cueva de Belén para contemplar las maravillas que se nos habían anunciado; hoy la liturgia nos invita a trasladarnos a la humilde casa de Nazaret. También aquí hay muchas maravillas que admirar e imitar. Imitar, sí, porque siendo designio de Dios que todos vengamos al mundo en el seno de una familia y en ella nos desarrollemos y nos realicemos, aunque de diversas maneras, todos tenemos que aprender mucho de Nazaret.
Antes de llegar al Nuevo Año, ya a las puertas, la Fiesta de hoy pone a nuestra consideración los soberanos misterios y enseñanzas de Cristo, señalizando a Nazaret en nuestro en nuestro peregrinar por la vida con una flecha gigante: aquí hay un rincón sin historia pero que merece ser visitado, porque en él se vive una vida que responde plenamente al modelo ideal que se esconde en lo más profundo del corazón, pero que tantas veces ha quedado solo en eso. La casa en que vive aquella Familia es pobre, sin aquello que hace la ilusión de muchos; pero abundante en aquello que tantos buscan ansiosamente: el amor, la comprensión y la paz de un hogar.
La Familia de Nazaret, a la que siempre nos deberíamos acercar con un infinito respeto, porque está sumergida en el misterio de Dios, aparece como un modelo amable de muchas virtudes que deberían copiar las familias cristianas: ¿Quién no quiere copiar: la mutua acogida, la comunión perfecta, la fe en Dios, la fortaleza ante las dificultades, el cumplimiento de las normas civiles y aquellas otras que radican en la condición misma de creyente?
El programa que aparece en los textos de esta Fiesta vale, en primer lugar, para la familia humana cuyos miembros están unidos por los lazos de la carne, pero también para la comunidad religiosa, para la comunidad parroquial, para tantos grupos que se unen por nobles motivos y para toda la humanidad. Nos irían bastante mejor las cosas si en verdad los hijos cuidaran de sus padres, siguiendo los consejos que hemos escuchado en la primera lectura y si en nuestra relaciones con los demás vistiéramos el “uniforme”, del que nos habla san Pablo en la segunda lectura; un “uniforme”, formado por un conjunto de preciosos hilos, como son: misericordia, bondad, humildad, dulzura, comprensión, amor, capacidad de perdón.
En la Declaración de los derechos humanos, en su artículo 16, párrafo 3º se leen estas afirmaciones fundamentales: “La familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado”. Por su parte, el Concilio Vaticano II en la Constitución Gaudium et Spes hace esta apremiante llamada: “Considere la potestad civil como oficio suyo sagrado conocer la verdadera índole de la familia, protegerla y ayudarla, defender la moralidad pública y favorecer la prosperidad doméstica. Debe ser defendido el derecho de los padres a procrear y a educar a los hijos en el seno de la familia” (GS, nº 52). ¿Qué decir ante estas dos instancias?
Vengamos ahora a la familia a la que cada uno de nosotros pertenece. Quiero hacerlo desde el Catecismo de la Iglesia Católica publicado en 1992. Vale la pena recordar algunos de los números que tratan de “los deberes de los miembros de la familia”. Sin duda que la misma palabra “deber”, más en los hijos que en los padres, suscita oposición; cambiémosla, si prefieren, por el término “servicio”. Éste es el deber o servicio de los padres:
“Los padres son los primeros responsables de la educación de sus hijos. Testimonian esta responsabilidad, ante todo, por la creación de un hogar, donde la ternura, el perdón, el respeto la fidelidad y el servicio desinteresado son norma. El hogar es un lugar apropiado para la educación de las virtudes. Ésta requiere el aprendizaje de la abnegación, de un sano juicio, del dominio de sí, condiciones de toda libertad humana” (nº 2223).
                El “deber” o “servicio” de los hijos viene expresado así:
“El respeto a los padres (piedad filial) está hecho de gratitud para quienes, mediante el don de la vida, su amor y su trabajo han traído sus hijos al mundo y les han ayudado a crecer en estatura, en sabiduría y en gracia. Con todo tu corazón honra a tu padre y no olvides los dolores de tu madre. Recuerda que por ellos has nacido, ¿cómo les pagarás lo que contigo han hecho”(Eclo 7,27-28. CCE, 2215).
Permítanme referirme brevemente a la inhibición, postura cómoda que adoptan algunos padres. La educación es función que ya cumple el colegio, dicen no pocos. Y en lo referente a la religión y comunicación de la fe y la moral, así  como en la práctica religiosa hay padres que prefieren desentenderse, alegando libertad para la decisión de sus hijos cuando crezcan. Esto equivale a una auténtica dimisión de sus funciones: educación, corrección, ejemplo; claro que en este caso el ejemplo es absolutamente necesario.
Teófilo Viñas, O.S.A

Nochebuena y Navidad.

El Evangelio recoge el canto de alabanza de Zacarías después del nacimiento de su hijo. En su primera parte, el padre de Juan da gracias a Dios, y en la segunda sus ojos miran hacia el futuro. Todo él rezuma alegría y esperanza al reconocer la acción salvadora de Dios con Israel, que culmina en la venida del mismo Dios encarnado, preparada por el hijo de Zacarías.

Ya sabemos que Zacarías había sido castigado por Dios a causa de su incredulidad. Pero ahora, cuando la acción divina es del todo manifiesta en su propia carne —pues recupera el habla— exclama aquello que hasta entonces no podía decir si no era con el corazón; y bien cierto que lo decía: «Bendito el Señor Dios de Israel...» (Lc 1,68). ¡Cuántas veces vemos oscuras las cosas, negativas, de manera pesimista! Si tuviésemos la visión sobrenatural de los hechos que muestra Zacarías en el Canto del Benedictus, viviríamos con alegría y esperanza de una manera estable.

«El Señor ya está cerca; el Señor ya está aquí». El padre del precursor es consciente de que la venida del Mesías es, sobre todo, luz. Una luz que ilumina a los que viven en la oscuridad, bajo las sombras de la muerte, es decir, ¡a nosotros! ¡Ojalá que nos demos cuenta con plena conciencia de que el Niño Jesús viene a iluminar nuestras vidas, viene a guiarnos, a señalarnos por dónde hemos de andar...! ¡Ojalá que nos dejáramos guiar por sus ilusiones, por aquellas esperanzas que pone en nosotros!

Jesús es el “Señor” (cf. Lc 1,68.76), pero también es el “Salvador” (cf. Lc 1,69). Estas dos confesiones (atribuciones) que Zacarías hace a Dios, tan cercanas a la noche de la Navidad, siempre me han sorprendido, porque son precisamente las mismas que el Ángel del Señor asignará a Jesús en su anuncio a los pastores y que podremos escuchar con emoción esta misma noche en la Misa de Nochebuena. ¡Y es que quien nace es Dios!

Rev. D. Ignasi FABREGAT i Torrents 

4º.Domingo de Adviento.


Navidad llama a la puerta. La liturgia cede el paso al gozo y la alegría. Las lecturas, desmontando una vez más nuestras estructuras y nuestros valores, nos hablan de lo que verdaderamente es importante para Dios: lo débil, lo que no cuenta, lo insignificante. Dios se fija en un pueblo humilde, Belén de Efratá. En Belén nacerá el Mesías, el único rey que puede salvar a su pueblo. También nos hablan de María, su madre, que al enterarse de que su prima Isabel en su ancianidad está embarazada, se pone en camino, a toda prisa, porque entiende que la necesita. Dos mujeres, María e Isabel, devaluadas en aquella sociedad y Dios las convierte en protagonistas; dos niños que aún no han nacido y ya llaman la atención del evangelista. 
La visita de María a Isabel es la primera acción que nos narra el evangelista Lucas tras la Anunciación, tras su hágase. María lleva en sus entrañas al Hijo de Dios y el primer gesto es servir a los demás, servir a aquellos que más la necesitan. En el breve pasaje del día de hoy podemos constatar que la grandeza de María está en servir a los demás. No espera que otros la sirvan o la  manden, pese a que lleva en sus entrañas al Hijo de Dios.
Cuando María saluda a Isabel, salta de gozo el hijo que lleva en sus entrañas. Esta es la lectura de fe que hace Isabel, y llena del Espíritu Santo, bendice a María, la llama bendita, porque ha tenido la valentía de aceptar los planes del Señor sobre ella. María e Isabel son mujeres llenas del Espíritu Santolas dos muestran su fe. Isabel reconoce en su prima María que Dios la ha visitado, la llama Bendita entre todas las mujeres (1,42) y reconoce que lo que lleva en sus entrañas también es de Dios: bendito el fruto de tu vientre (2,42)Por medio de María, Dios visita a Isabel llevando en su seno al Hijo de Dios y en ella visita a su pueblo y a nosotros.
La Palabra de Dios es palabra creadora, engendró vida en el seno de María, –en una persona humilde–, que fue capaz de acogerla con fe: Bienaventurada la que ha creído, porque lo que la ha dicho el Señor se cumplirá (1,45) y es lo que nos recuerda también a nosotros S. Lucas. La Palabra de Dios también tiene fuerza creadora en nosotros para realizar todo aquello que nos dice. La actitud que nos pide no es encerrarnos, sino salir de nuestras casas, estar atentos a las necesidades de los hermanos y tratar de ayudarlos en lo que esté de nuestra parte, reconocer la presencia de Dios en el otro, en el que está frente a mí o en una necesidad. Acaso no fuera difícil reconocer la presencia de Dios en María, porque rezumaría su presencia por todos sus poros. Sin embargo Dios está en todo hombre y está en nosotros mismos. Nuestro cuerpo es sagrario, es el pesebre donde Dios vive, y por la fe nos pide que vayamos presurosos a servir a todo el que  nos necesite, que compartamos nuestra experiencia de fe con los demás. Sólo desde la fe podemos acceder a Dios y aceptar su mensaje, y sólo desde la fe es posible aceptar las consecuencias que el nacimiento de Dios debe tener en nuestra vida. Sólo desde la fe podremos aceptar que si Dios es un Dios cercano, nosotros tenemos que ser cercanos a los que viven junto a nosotros. Si Dios es un Dios sencillo y humilde, nosotros debemos ser sencillos y humildes. Si Dios es Dios misericordioso, nosotros también debemos ser misericordioso con los que nos rodean. También a nosotros creyentes se nos llamará dichosos por haber creído, por la confianza, por el servicio. Por nuestra fe nos convertimos en discípulos. Ser discípulo implica servir, ponerse a disposición de la Palabra. María es llamada bienaventurada por ser creyente. La fe la da la Palabra y la movilidad.

Imitemos a María, la Madre de Jesús, que hoy se nos presenta como la portadora de Jesús, la que lleva a su prima lo mejor que tiene, al Hijo de Dios. Celebrar  la Eucaristía nos exige vivir  como María, llevar a Cristo a los hermanos y servir especialmente a los más necesitados.
Vicente Martín, OSA

3º.Domingo de Adviento.


La celebración de este domingo la hemos iniciado con una gozosa invitación: Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. El Señor está cerca. Y es claro que de inmediato tenemos que preguntarnos: ¿pero hoy es posible estar siempre alegres, como lo quiere el apóstol san Pablo?
 La verdad es que la alegría, si se la considera como un bienestar basado en la posesión de ciertos bienes, sería un privilegio de sólo unas pocas personas. Sin embargo, si la consideramos unida a la posibilidad de la posesión de Dios, bien se puede decir que es patrimonio de todos; y por tanto, la alegría junto con la felicidad, que es su fuente, son auténticas dimensiones de toda vida cristiana.
La consigna de la alegría, característica del Adviento, ya apareció el pasado domingo. Hoy se repite insistentemente. En la oración colecta pedimos a Dios que, ya que “su pueblo espera con fe la fiesta del nacimiento de su Hijo” no conceda “llegar a la Navidad, fiesta de gozo  y salvación, y poder celebrarla con alegría desbordante”.  En un mundo con tantos quebraderos de cabeza para la sociedad y para cada persona, no está mal que los cristianos escuchemos esta  voz profética que nos invita a la esperanza y a la alegría, basadas en la buena noticia del Dios que ha querido entrar en nuestra historia para siempre. Efectivamente, el motivo que nos ofrece el Apóstol en su carta no es para menos: el Señor está cerca.
La venida del Señor, por tanto, no debe llegarnos por sorpresa. A las insistentes invitaciones a la alegría que se nos hace en las dos primeras lecturas de hoy hay que añadir las exigencias que nos llegan del pasaje evangelio. Todo ello con una misma finalidad: templar los corazones, como se templan los instrumentos antes del concierto. Un orden en cada uno de nosotros y en nuestra relación con los demás facilitará la entrada de Dios. Pertenecemos a aquel grupo de los que se acercaban a Juan Bautista; sólo que ahora la pregunta se la hace cada uno a sí mismo en estos términos: ¿qué tengo que hacer yo?
La entrada de Dios en el mundo se anuncia como una revolución pacífica, sin violencia alguna. Es éste el gran mensaje que nos ofrecen las tres grandes figuras del Adviento: los profetas del Antiguo Testamento con Isaías a la cabeza, Juan Bautista, el Precursor del Mesías y finalmente María, la Madre del esperado Mesías. Cada una de estas figuras con su palabra y su vida nos ofrece, sin duda, la respuesta a la pregunta que nos hemos hecho. Es probable que, inspirada en la liturgia de hoy, la respuesta quizá sea un compromiso de contribuir al bien común de una manera muy concreta. Ello podrá suponer personalmente un sacrificio; piensa lo bueno que es creaar alegría y felicidad donde hay carencia de ellas.
La inspiración para el compromiso nos la ofrece hoy san Juan Bautista quien anuncia la inminencia de “un mundo mejor” sobre la base de estas tres virtudes sociales: la caridad compartidala justicia y la no-violencia. Las preguntas que le hacen al Bautista responden a la inquietud que siente cada uno en su profesión o sencillamente en su vida. Al primero le dirá que la caridad con todos exige compartir con quien carece de ropacomida, concretando en estas carencias muchas otras necesidades. La obligación de respetar la justicia se la recordará a quienes recaudan los impuestos: nunca exigir más que lo que marca lo legal; finalmente la llamada a la no-violencia se la hace a los soldados, cuya profesión es tan digna como tantas otras; a éstos les dice: No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga (Lc 3, 14).
Por si alguien, a la hora de hacerse la citada pregunta personal –¿qué tengo que hacer yo?–, no tuviese claro, a la hora de optar por una tarea concreta en la que llevaría a cabo su compromiso, el comentario sobre las “obras de misericordia” que viene el Catecismo de la Iglesia Católica, inspirado y basado precisamente en el pasaje evangélico de hoy, le ofrece numerosas posibilidades:
“Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales. Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras de misericordia espiritual, como también lo son: perdonar y sufrir con paciencia. Las obras de misericordia corporales consisten en dar de comer al hambriento, dar techo al que no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos. Entre estas obras, la limosna hecha a los pobres es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna: es también una práctica que agrada a Dios… El que tenga dos túnicas con el que no tiene y el que tenga comida que haga lo mismo”, decía el Señor (CCE, nº 2447).
Terminemos pidiéndole al Señor:

Enséñanos, Señor, a vivir en tu presencia y alabarte siempre con el corazón alegre por tu  amorosa gratuidad de Padre, porque  todo es presencia y gracia, ternura y cariño tuyo. Conviértenos, Señor, a la alegría, al amor y a la justicia; y regenerados por ti, mantennos en la finalidad. Así sea.
Teófilo Viñas, O.S.A

2º.Domingo de Adviento.


En este segundo domingo de Adviento, un anuncio resuena con claridad, en boca de Juan Bautista: «preparaos a recibir al Señor, que viene a traer la salvación». El precursor del Mesías, Juan Bautista, se sirve de la bella imagen del camino llano y recto, con la que el profeta Baruc destaca el protagonismo de Dios en el retorno de su pueblo desde el destierro a la patria, para invitar a todos los hombres a preparar el camino al que viene de parte de Dios a cumplir la esperanza de la salvación definitiva del mundo, entendida como comunión de vida y de amor con Dios. 
El profeta no escatima imágenes para expresar sobreabundantemente el exceso de amor con que Dios facilitará a su pueblo Israel el retorno a la patria, protegiendo con sombra el camino y perfumándolo con la fragancia de árboles aromáticos. El Bautista nos exhorta, a quienes nos preparamos para la celebración de la Navidad, a no desaprovechar la ocasión de gracia que nos brinda el Señor.
Deliberadamente, la Iglesia yuxtapone las dos venidas de Cristo: una en humildad, por su nacimiento, y otra en gloria, el día de su manifestación, al fin de los tiempos. Por eso el domingo pasado (comienzo del año litúrgico) seguían resonando los ecos de la parusía (o venida en gloria del Señor) de los domingos finales del año litúrgico precedente. Y es que la obra de la salvación no es una acción puntual de Dios solo (que aniquila todo el mal del mundo, al cual restablece en su máximo esplendor), sino una tarea procesual colaborativa de Dios y del hombre: de Dios que puso en marcha el proyecto de la creación en fase inicial, llamando a todo a la existencia a partir de nada; pero que ha querido contar con el hombre desde que éste apareció en el mundo, como factor humanizador de la naturaleza; de Dios, en fin, que consumará la historia y el universo, llevándolos a su plenitud por una transformación divinizante sobrenatural, que sólo Él puede realizar, aunque respetando y multiplicando la obra realizada por el hombre.
Jesús vino al mundo en carne mortal naciendo en Belén de la Virgen María para iniciar la redención del hombre. Después de llevar a cabo la obra encomendada por el Padre, subió al cielo desde donde envió al Espíritu Santo, para que asistiera a su Iglesia en la misión de difundir el Evangelio y de actuar en el mundo como levadura que transforma la masa, preparando así, con su actividad, la recreación del hombre y del mundo, disponiéndolos para el establecimiento definitivo del Reino de Dios, en el que Dios lo será todo en todas las cosas, tras haber sido desactivados todos los poderes contrarios a Dios, de forma que sólo prevalezcan los valores acordes con Dios.
Nos encontramos en la segunda semana del año litúrgico, dentro el Adviento, tiempo de preparación para la Navidad, a fin de acoger al Niño Dios con un corazón bien dispuesto. Pues, en la Navidad, celebramos la venida del Señor en humildad, en todo semejante a nosotros menos en el pecado.
En Jesús, Dios viene al encuentro del hombre: Dios Hijo en persona se hace hombre –culmen del universo y guía y guardián del cosmos–, sellando con la humanidad un compromiso indestructible, en su empeño por llevar a la creación a la salvación, que es para lo que Dios la creó. La salvación de la creación consiste en la plena comunión de ésta con Dios.
Pero esta comunión no se produce a la fuerza, sino mediando la libre aceptación y actuación del hombre; en realidad, el hombre más que trabajar por asemejarse a Dios, ha de dejarse transformar por Él sin oponer resistencia.
El hombre ha sido dotado de la capacidad de responder a Dios y puede poner de su parte los actos conducentes a su asimilación con Dios: como quitar los obstáculos que impiden a Dios obrar en él; evitar las ocasiones de pecado; reservar un tiempo para encontrarse a solas con Él en oración; fomentar acciones acordes con la voluntad de Dios… Por su parte, Dios dará al hombre el gusto de su palabra y de su trato, el deseo de agradarle, el gozo de su amistad…
En esta relación recíproca del hombre con Dios, corresponde a Dios la iniciativa, al haber comenzado en nosotros la obra de la salvación por medio del Bautismo, incorporándonos a Cristo y haciéndonos partícipes de su vida de Hijo de Dios.
Lo que más debe distinguirnos como hijos de un Padre, que es todo Amor (nos instruye el apóstol san Pablo), es el amor de los unos hacia los otros. Porque, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros (1Jn 4,11).

Que todo lo que salga de nosotros esté ungido por el amor. Cada uno sabe bien las personas y las circunstancias que requieren su amor. Entonces nuestro corazón será un pesebre que ofrezca confortable cobijo al Hijo de Dios.
Modesto García, OSA

1º.Domingo de Adviento.
Con el primer domingo de Adviento, iniciamos un nuevo ciclo litúrgico y la lectura del evangelio de S. Lucas, que será el evangelista que nos acompañe, fundamentalmente, en las eucaristías del año que comenzamos. Iniciar un nuevo ciclo o año litúrgico no significa o no debe significar repetir lo que ya sabemos. 
La finalidad del Adviento está en buscar y descubrir a Jesucristo en el mundo real en el que vivimos, no en el que nosotros quisiéramos. Celebraremos realmente el Adviento si somos conscientes de nuestras pobrezas y limitaciones y nos abrimos a la Palabra de Dios, que en Adviento resume las esperas y las búsquedas del hombre; que nos asegura que esperamos a alguien que va a llegar y a colmar con su presencia nuestras más profundas aspiraciones. Iniciemos, por tanto, un nuevo año, despiertos y vigilantes, como nos dice S. Lucas, para que no nos encuentre el Señor con los corazones embotados con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida (Lc 21,34).
San Pablo insta a los cristianos de Tesalónica, que pensaban que la llegada del Señor era inminente, a que llevaran una vida digna de Cristo, en la que prevaleciera la caridad por encima de todo, para cuando llegara ese momento (1Tes 2,12). S. Lucas nos habla hoy de catástrofes cósmicas ante la venida del Hijo del hombre y de la vigilancia que todo ser humano debe tener para la espera del gran momento. El lenguaje apocalíptico, ajeno a nuestra cultura, y que recogen los evangelios, refleja el miedo y la incertidumbre de las primeras comunidades cristianas, que vivían en el Imperio romano, entre conflictos y persecuciones, con un futuro incierto, sin saber cuándo llegaría Jesús. Nos dice el texto que: habrá signos en el sol y la luna y las estrellas y en la tierra angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y el oleaje, desfalleciendo los hombres por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo serán sacudidas  (Lc 21,25-27). Las señales cósmicas son utilizadas principalmente  para expresar que también los astros son creaturas de Dios, y que nada ni nadie pondrá en duda la venida del Hijo del hombre. Hasta los astros le obedecerán y se producirán señales que todo ser humano al verlas quedará sin aliento. Lo hará sobre una nube con gran  poder y gloria (Lc 21,27). La nube en el Nuevo Testamento aparece en la Transfiguración del Señor (Mt 17,5; Mc 9,7; Lc 9,34) y en la Ascensión del Señor a los cielos  (Hch 1,9), y es signo de la presencia y poder divino.
Al contemplar estas cosas, nos dice el evangelista: levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación (v.28), y en los últimos versículos del texto de hoy, afirma también: tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra. Estad, pues, despiertos, en todo tiempo, pidiendo que podáis escapar de todo lo que está por suceder y manteneros en pie ante el Hijo del hombre (Lc 21, 24-38).
El Adviento debe despertarnos el apetito de lo esencial. Las lecturas nos exhortan a vivir despiertos, cuidando la oración y la confianza. Vivimos tan embotados con la TV, con internet, las redes sociales, el móvil, las frivolidades de las divas, etc. que hemos perdido la capacidad de escucha, la capacidad de estar solos, de recogernos en la intimidad, de vivir en contemplación, de hacernos las preguntas fundamentales de la vida, para vernos sin caretas, sin disfraces en lo más profundo de nuestro ser, para contemplar con ojos nuevos al Dios que viene. Solamente en el silencio descubrimos el auténtico sentido de nuestra vida, sólo así podemos mirar  nuestro pasado con paz y reconciliación, nuestro presente con realismo y el futo con esperanza y abrirnos a la voz de Dios y de los hermanos. Seamos conscientes que durante el tiempo de espera, ante la dilación del Señor, nos amenaza constantemente la tentación de la comodidad, del placer, de la riqueza, del abandono; sólo el que vigila, el que ora, el que no abandona el servicio, será salvado, porque la vida que una persona lleve ahora determinará cómo será su comparecencia ante el Hijo del Hombre. No perdamos la sensibilidad ante la injusticia con los más débiles, llevados por lo inminente y por lo que la propaganda nos mete por los ojos.
Vicente Martín, OSA