Meditación del Evangelio Ciclo C...







El Bautismo del Señor.
Con el domingo de hoy, Bautismo del Señor, cerramos el ciclo litúrgico de la Navidad. Vemos en la primera parte del evangelio que Juan el Bautista, último profeta del Antiguo Testamento, tiene como función preparar la llegada del Mesías; a partir de este momento, Jesús, el salvador de toda la humanidad, será el centro de la historia. Juan el Bautista no intenta usurpar un puesto que no le corresponde, ni tiene la pretensión de hacerse pasar por el Mesías. 
Él era solamente la voz que preparaba el camino de quien es mucho más fuerte que él (3,16). El Bautista, hombre humilde, reconoce que no es nadie en comparación con aquel cuyo camino está preparando. Con una actitud humilde hacia Jesús, dice de él: yo no merezco desatarle la correa de sus sandalias (3,16)Desatar las sandalias era misión propia de esclavos. El Bautista ante el Mesías se siente siervo, esclavo. No es fácil reconocer que no somos los mejores sino que hay otros mejores que nosotros. Para reconocer esto se requiere de auténtica humildad.
La segunda parte del texto evangélico, más que centrarse en el Bautismo de Jesús, el evangelista pone el acento en la manifestación de Dios; éste es el centro de la escena, no el bautismo, sino los hechos que le acompañan: se abren los cielos, el Espíritu desciende sobre él y se oye una voz que anuncia la identidad de Jesús. (3,22). El bautismo y la oración de Jesús son simples circunstancias para encuadrar el hecho. Jesús se pone en la fila de los pecadores, que habían acudido a bautizarse; se siente solidario con ellos. El bautismo de Jesús es como la preparación inmediata a su vida pública, es la primera manifestación como el Mesías, como el Hijo de Dios.
En el relato aparece –como hecho fundamental– toda la Trinidad actuando y revelando quién es aquel personaje que se bautiza: Es el Hijo de Dios, el ungido, el Mesías, el siervo de Dios. Sobre él testifica el Padre afirmando quién es su Hijo para Él, y afirmando de Él que es el amado y en quien se complace. Es Dios mismo, no el Bautista, quien diseña los rasgos de su Hijo. La paloma es símbolo del Espíritu de Dios que invadió a los profetas, pero que ahora viene en plenitud sobre el Mesías; sirve para indicar que con la venida del Señor se da una presencia total de Dios, y que consagra a Jesucristo para su misión salvífica. Ya el profeta Isaías había afirmado del Mesías: Mirad a mi siervo a quien sostengo; mi elegido, en quien me complazco. He puesto mi espíritu sobre él. En este siervo vemos la figura de Jesús, el preferido por Dios, porque con sus sufrimientos, salvará a su pueblo. (Is 42,1). Y en el prefacio de la misa rezamos: Hiciste descender tu voz desde el cielo, para que el mundo creyese que tu Palabra habitaba entre nosotros; y por medio del Espíritu, manifestado en forma de paloma, ungiste a tu siervo Jesús, para que los hombres reconociesen en Él al Mesías, enviado a anunciar la salvación a los pobres
La Palabra de Dios nos invita hoy, como comenta S. Agustín, a contemplar el rostro de Jesús: en aquel rostro nosotros llegamos a entrever también nuestros trazos, los de hijo adoptivo que nuestro bautismo revela. El Evangelio no es algo de ayer que ya no nos afecta, ni algo que ocurrirá en un futuro lejano. El Evangelio es hoy, es actualidad, es ahora. Dios nos engendra como hijos suyos siempre, nunca deja de ser Padre. La filiación es una constante, porque la salvación ocurre en el presente de cada persona. Y porque el Padre tiene complacencia en su Hijo nuestro salvador, también los creyentes somos aceptados como hijos suyos y si aceptamos a Cristo como nuestro salvador, también el Padre tendrá su complacencia en nosotros.
Vicente Martín, OSA

La Epifanía del Señor.


La palabra griega “Epifanía”, título que lleva la Fiesta de hoy, significa manifestación. Entre las muchas manifestaciones que Dios ha llevado a cabo desde la creación de hombre cobran especial protagonismo las dos que celebramos en este tiempo de Navidad: la noche del Nacimiento de Jesús y el día de su Epifanía. En la noche de Belén se manifestó a su pueblo escogido, Israel, a través de unos hombres sencillos y limpios de corazón que eran los pastores. En el día de la Epifanía se manifestó a todos los hombres en aquellos sabios que vinieron de tierras lejanas de Oriente a rendirle homenaje y adorarlo como Dios que era.
Siendo Navidad y Epifanía las dos máximas revelaciones de Dios a los hombres no debemos extrañarnos de ver el clima en que se viven: en ambas el anuncio se hace en clave de alegría: os anuncio una buena noticia que será de gran alegría (Lc 2, 10). Por su parte, los Magos al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría (Mt 2, 10). Ambos acontecimientos han quedado fijados en la historia con un cortejo de alegría, deliciosas tradiciones y leyendas que hacen la delicia de todos, a comenzar por los niños que esperan ilusionados los regalos del Niño Jesús, traídos por los Reyes Magos, sus mensajeros celestiales. Sentimientos de gozo y alegría, de los que también participamos los mayores.
Hay, además, un motivo histórico-litúrgico en estas dos manifestaciones de Jesús: la luz que envuelven ambas escenas: en Navidad se manifiesta entre esplendores (la gloria del Señor los envolvió de claridad Lc 2, 9); a los Magos por una estrella. Y es que en el lenguaje bíblico la luz es sinónimo de la gracia que es amor de amistad por parte de Dios; por el contrario las tinieblas son sinónimo de pecado. El Hijo de Dios encarnado venía a darnos la gracia y destruir el pecado y, por eso, tenía que hacerlo irradiando luz.
Sin embargo, ¡fueron tantos los que no quisieron ser iluminados por aquella luz!  Y ¡son tantos los que hoy continúan rechazándola! Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron, dice el evangelista (Jn 1, 11). Al temor del rey Herodes, pensando que podía perder el trono,  se unió el miedo de “Jerusalén entera”. Y es que los principales representantes de la ciudad -los sumos sacerdotes y letrados- confortablemente instalados, veían sus privilegios amenazados por el nacimiento de un jefe que será pastor de mi pueblo, Israel (Miq 5,1). El profeta lo había anunciado y ellos lo confirmaron, muy a su pesar: Belén era la ciudad donde debía nacer. La verdad es que nos extraña la indiferencia que mostraron. Debieron de confiar en la actitud de Herodes, dispuesto a eliminar a los niños de Belén y cercanías.
Ante esta actitud de los intérpretes, el evangelista no indica que se produjera ninguna reacción: ellos sabían, informaban, servían al poder, para que nada cambiase en sus vidas. Los evangelistas nos explicarán en sus escritos la razón de esta indiferencia: lo único que les importaba era su propia situación económica y de poder. Contrasta la actuación de los Magos con la de estos letrados intelectuales: primero había sido el arrojo y la osadía que da la fe cuando iba acompañada de la esperanza y movida por la caridad que, en este caso, equivalía al deseo ardiente de ver a Dios. Por eso, llegaron felizmente a término, encontrando a Cristo como exitoso remate de su aventura: la fe en el Dios que buscaban.
Viniendo a nuestros días y considerando estas actitudes que adoptaron los personajes del relato evangélico, se ofrecen a nuestra consideración estas tres cosas, un tanto olvidadas por muchos:
  1. Que los que se dicen poseer el sentido de lo real y “pisar tierra”, con harta frecuencia, carecen del sentido de las realidades de Dios.
  2. Que todos los que buscan a Dios con la sinceridad de su corazón terminan ciertamente por hallarlo.
  3. Que quien sigue a Dios ciega y confiadamente nunca se equivoca. La alegría final del hallazgo de Dios compensó con creces las penalidades del camino y las ausencias desconcertantes de la estrella.
Por otra parte, la Solemnidad de hoy nos recuerda que hemos de ser ecuménicos, es decir, universales, como lo es Dios en su plan de salvación. Ahora que se da también entre nosotros una mezcla de culturas y razas, por la creciente inmigración de otros pueblos, tal vez la lección más apremiante de la Epifanía es que aprendamos de Dios a ser más abiertos de mente y corazón: Él quiere la salvación de todos los pueblos y razas, porque es el Padre de todos, y nos enseña a actuar también así a nosotros: con espíritu misionero, pero con corazón tolerante y solidario, comprensivos para todas las opiniones y culturas religiosas. Como Cristo que, a lo largo del evangelio, se nos muestra como nuestro mejor maestro y modelo de acogida a todos.
Preguntémonos para terminar: ¿qué decir de los regalos de los Magos al Niño-Dios?  El oro, el incienso y la mirra, además de significar la aportación material que hacemos a quienes carecen de bienes necesarios, tienen también un rico significado espiritual, no menos valioso; se lo dieron los Santos Padres en la antigüedad: el oro simboliza el amor, el amor mutuo; fue el encargo final que Jesús nos dejó: amaos unos a otros (Jn 13, 34). Es la moneda de cambio imprescindible entre todos los miembros de la familia. El incienso es la oración que elevamos a Dios; recordémoslo: “la familia que reza unida permanece unida” y en este sentido la Eucaristía dominical ocupa el centro. La mirra finalmente significa ese sufrimiento, esa cruz a la que se referirá Jesús y que cada uno ha de llevar con paciencia y por amor.
Que el Señor nos ayude a llevar nuestro triple regalo al Niño-Dios.
Teófilo VIÑAS, O.S.A

Santa María Madre de Dios.

Iniciamos el nuevo año civil bajo la protección de la Virgen, con la advocación de Santa María, Madre de Dios (Theotokos). Es la advocación mariana más antigua que se conoce en Occidente. Ya en las Catacumbas romanas, donde se reunían los cristianos perseguidos para celebrar la eucaristía, hay pinturas con este nombre. 
Se comenzó a celebrar la fiesta en Roma hacia el siglo VI. Madre de Dios es el título más importante de la Virgen María, es como la raíz principal de donde arrancan todos los demás títulos, sus cualidades y sus privilegios. El concilio de Éfeso, en el año 431, proclamó como dogma de fe que María llegó a ser Madre de Dios mediante la concepción humana del Hijo de Dios en su seno: Madre de Dios, no porque el Verbo de Dios haya tomado de ella su naturaleza divina, sino porque es de ella, de quien tiene el cuerpo sagrado dotado de un alma racional, unido a la persona del Verbo, de quien se dice que el Verbo nació según la carne. María, Madre de Dios (495, 503, 508). María es llamada en los evangelios la Madre de Jesús, pero su prima Isabel, antes de que  naciera su Hijo Jesús, bajo el impulso del Espíritu, la llama la Madre de mi Señor (Lc 1,43). La Virgen María es la puerta por la que Cristo entra para acceder a este mundo. Al concebir en su vientre al Niño Jesús, María se convierte en la Madre de Dios. Desde sus entrañas aprendió a escuchar el latir del corazón de su Hijo y eso le enseñó a descubrir el palpitar de Dios en la historia.
Los primeros que reciben la noticia del nacimiento del Salvador, el Mesías, el Señor (Lc 2,11) son unos pastores, unos marginados, representantes de la clase social baja. Dios se manifiesta a los humildes (Lc 10,21). Ante la aparición del ángel, los pastores se llenaron de gran temor (2,9), pero el ángel les tranquiliza: No temáis (Lc 2,10), el nacimiento del Salvador no es motivo de temor, sino de alegría para todo el pueblo (2,10). Las señales que les ofrece el ángel de este acontecimiento son pobres: un niño, unos pañales y un pesebre. Dios se revela en la pobreza. Aceptan la señal, deciden comprobarlo y encontraron a María y a José y al niño (2,16). Los pastores entran donde está el Niño y contemplan todo conforme a lo que les ángel les había anunciado, son los primeros testigos del misterio de la Navidad. Lo que había comenzado con una revelación termina en adoración. Tras adorar al Niño Salvador, vuelven a su trabajo dando gloria y alabando a Dios por todo lo que habían visto y oído (Lc 2,10). Los pastores encontraron a María y a José y al Niño. No podemos separar a María de Jesús, ni a Jesús de María. Tampoco puede estar ausente José.
En esta fiesta y mirando a María, la mujer reflexiva, inteligente, observadora y contemplativa, nos invita S. Lucas a convertirnos también en testigos del nacimiento de Jesús, pues Jesús se sigue manifestando en los ambientes pobres. Tanto hoy como ayer, la Palabra de Dios ilumina las situaciones de indigencia invitándonos a descubrir en ellas a Jesús. Jesús viene a nuestro encuentro en la pobreza, pero hay que salir de nuestra comodidad y ponernos en camino para comprobarlo.
También hoy celebramos la Jornada Mundial de la paz instituida por Pablo VI hace medio siglo. El deseo de paz se ha convertido en uno de los signos de los tiempos presentes. La paz no es solo ausencia de guerras y de tensiones. Es vida en plenitud que sólo se encuentra junto a Dios y en su amistad. La paz surge del perdón porque pone a los hombres en la ocasión de perdonarse mutuamente como Dios mismo nos perdona a todos. La eucaristía verdadera no se reduce a un cumplimiento. Es el mismo Dios que se da, que se entrega. Las diferencias sociales, el desequilibrio económico, la corrupción, las ganancias fáciles o abusivas, las animosidades familiares y conyugales, los resentimientos, odios y rencores, son absolutamente incompatibles con la eucaristía y carecen de sentido en la vida cristiana.
Pongamos bajo la protección de María, la Madre de Jesús, todos nuestros proyectos, deseos e intenciones para el año que hoy estrenamos. Y de un modo particular, pongamos en sus manos la Paz entre todos los pueblos y todas familias. Y que la bendición del Señor venga sobre nosotros, que nos proteja, que nos ilumine y nos conceda sus favores, y que nos conceda la paz (Nm 6, 24-26).
Vicente Martín, OSA

La Sagrada Familia.
Este primer domingo después de Navidad está dedicado a la Sagrada Familia. Lo mismo que los pastores, hemos pasado y nos hemos detenido ante la cueva de Belén para contemplar las maravillas que se nos habían anunciado; hoy la liturgia nos invita a trasladarnos a la humilde casa de Nazaret. También aquí hay muchas maravillas que admirar e imitar. Imitar, sí, porque siendo designio de Dios que todos vengamos al mundo en el seno de una familia y en ella nos desarrollemos y nos realicemos, aunque de diversas maneras, todos tenemos que aprender mucho de Nazaret.
Antes de llegar al Nuevo Año, ya a las puertas, la Fiesta de hoy pone a nuestra consideración los soberanos misterios y enseñanzas de Cristo, señalizando a Nazaret en nuestro en nuestro peregrinar por la vida con una flecha gigante: aquí hay un rincón sin historia pero que merece ser visitado, porque en él se vive una vida que responde plenamente al modelo ideal que se esconde en lo más profundo del corazón, pero que tantas veces ha quedado solo en eso. La casa en que vive aquella Familia es pobre, sin aquello que hace la ilusión de muchos; pero abundante en aquello que tantos buscan ansiosamente: el amor, la comprensión y la paz de un hogar.
La Familia de Nazaret, a la que siempre nos deberíamos acercar con un infinito respeto, porque está sumergida en el misterio de Dios, aparece como un modelo amable de muchas virtudes que deberían copiar las familias cristianas: ¿Quién no quiere copiar: la mutua acogida, la comunión perfecta, la fe en Dios, la fortaleza ante las dificultades, el cumplimiento de las normas civiles y aquellas otras que radican en la condición misma de creyente?
El programa que aparece en los textos de esta Fiesta vale, en primer lugar, para la familia humana cuyos miembros están unidos por los lazos de la carne, pero también para la comunidad religiosa, para la comunidad parroquial, para tantos grupos que se unen por nobles motivos y para toda la humanidad. Nos irían bastante mejor las cosas si en verdad los hijos cuidaran de sus padres, siguiendo los consejos que hemos escuchado en la primera lectura y si en nuestra relaciones con los demás vistiéramos el “uniforme”, del que nos habla san Pablo en la segunda lectura; un “uniforme”, formado por un conjunto de preciosos hilos, como son: misericordia, bondad, humildad, dulzura, comprensión, amor, capacidad de perdón.
En la Declaración de los derechos humanos, en su artículo 16, párrafo 3º se leen estas afirmaciones fundamentales: “La familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado”. Por su parte, el Concilio Vaticano II en la Constitución Gaudium et Spes hace esta apremiante llamada: “Considere la potestad civil como oficio suyo sagrado conocer la verdadera índole de la familia, protegerla y ayudarla, defender la moralidad pública y favorecer la prosperidad doméstica. Debe ser defendido el derecho de los padres a procrear y a educar a los hijos en el seno de la familia” (GS, nº 52). ¿Qué decir ante estas dos instancias?
Vengamos ahora a la familia a la que cada uno de nosotros pertenece. Quiero hacerlo desde el Catecismo de la Iglesia Católica publicado en 1992. Vale la pena recordar algunos de los números que tratan de “los deberes de los miembros de la familia”. Sin duda que la misma palabra “deber”, más en los hijos que en los padres, suscita oposición; cambiémosla, si prefieren, por el término “servicio”. Éste es el deber o servicio de los padres:
“Los padres son los primeros responsables de la educación de sus hijos. Testimonian esta responsabilidad, ante todo, por la creación de un hogar, donde la ternura, el perdón, el respeto la fidelidad y el servicio desinteresado son norma. El hogar es un lugar apropiado para la educación de las virtudes. Ésta requiere el aprendizaje de la abnegación, de un sano juicio, del dominio de sí, condiciones de toda libertad humana” (nº 2223).
                El “deber” o “servicio” de los hijos viene expresado así:
“El respeto a los padres (piedad filial) está hecho de gratitud para quienes, mediante el don de la vida, su amor y su trabajo han traído sus hijos al mundo y les han ayudado a crecer en estatura, en sabiduría y en gracia. Con todo tu corazón honra a tu padre y no olvides los dolores de tu madre. Recuerda que por ellos has nacido, ¿cómo les pagarás lo que contigo han hecho”(Eclo 7,27-28. CCE, 2215).
Permítanme referirme brevemente a la inhibición, postura cómoda que adoptan algunos padres. La educación es función que ya cumple el colegio, dicen no pocos. Y en lo referente a la religión y comunicación de la fe y la moral, así  como en la práctica religiosa hay padres que prefieren desentenderse, alegando libertad para la decisión de sus hijos cuando crezcan. Esto equivale a una auténtica dimisión de sus funciones: educación, corrección, ejemplo; claro que en este caso el ejemplo es absolutamente necesario.
Teófilo Viñas, O.S.A

Nochebuena y Navidad.

El Evangelio recoge el canto de alabanza de Zacarías después del nacimiento de su hijo. En su primera parte, el padre de Juan da gracias a Dios, y en la segunda sus ojos miran hacia el futuro. Todo él rezuma alegría y esperanza al reconocer la acción salvadora de Dios con Israel, que culmina en la venida del mismo Dios encarnado, preparada por el hijo de Zacarías.

Ya sabemos que Zacarías había sido castigado por Dios a causa de su incredulidad. Pero ahora, cuando la acción divina es del todo manifiesta en su propia carne —pues recupera el habla— exclama aquello que hasta entonces no podía decir si no era con el corazón; y bien cierto que lo decía: «Bendito el Señor Dios de Israel...» (Lc 1,68). ¡Cuántas veces vemos oscuras las cosas, negativas, de manera pesimista! Si tuviésemos la visión sobrenatural de los hechos que muestra Zacarías en el Canto del Benedictus, viviríamos con alegría y esperanza de una manera estable.

«El Señor ya está cerca; el Señor ya está aquí». El padre del precursor es consciente de que la venida del Mesías es, sobre todo, luz. Una luz que ilumina a los que viven en la oscuridad, bajo las sombras de la muerte, es decir, ¡a nosotros! ¡Ojalá que nos demos cuenta con plena conciencia de que el Niño Jesús viene a iluminar nuestras vidas, viene a guiarnos, a señalarnos por dónde hemos de andar...! ¡Ojalá que nos dejáramos guiar por sus ilusiones, por aquellas esperanzas que pone en nosotros!

Jesús es el “Señor” (cf. Lc 1,68.76), pero también es el “Salvador” (cf. Lc 1,69). Estas dos confesiones (atribuciones) que Zacarías hace a Dios, tan cercanas a la noche de la Navidad, siempre me han sorprendido, porque son precisamente las mismas que el Ángel del Señor asignará a Jesús en su anuncio a los pastores y que podremos escuchar con emoción esta misma noche en la Misa de Nochebuena. ¡Y es que quien nace es Dios!

Rev. D. Ignasi FABREGAT i Torrents 

4º.Domingo de Adviento.


Navidad llama a la puerta. La liturgia cede el paso al gozo y la alegría. Las lecturas, desmontando una vez más nuestras estructuras y nuestros valores, nos hablan de lo que verdaderamente es importante para Dios: lo débil, lo que no cuenta, lo insignificante. Dios se fija en un pueblo humilde, Belén de Efratá. En Belén nacerá el Mesías, el único rey que puede salvar a su pueblo. También nos hablan de María, su madre, que al enterarse de que su prima Isabel en su ancianidad está embarazada, se pone en camino, a toda prisa, porque entiende que la necesita. Dos mujeres, María e Isabel, devaluadas en aquella sociedad y Dios las convierte en protagonistas; dos niños que aún no han nacido y ya llaman la atención del evangelista. 
La visita de María a Isabel es la primera acción que nos narra el evangelista Lucas tras la Anunciación, tras su hágase. María lleva en sus entrañas al Hijo de Dios y el primer gesto es servir a los demás, servir a aquellos que más la necesitan. En el breve pasaje del día de hoy podemos constatar que la grandeza de María está en servir a los demás. No espera que otros la sirvan o la  manden, pese a que lleva en sus entrañas al Hijo de Dios.
Cuando María saluda a Isabel, salta de gozo el hijo que lleva en sus entrañas. Esta es la lectura de fe que hace Isabel, y llena del Espíritu Santo, bendice a María, la llama bendita, porque ha tenido la valentía de aceptar los planes del Señor sobre ella. María e Isabel son mujeres llenas del Espíritu Santolas dos muestran su fe. Isabel reconoce en su prima María que Dios la ha visitado, la llama Bendita entre todas las mujeres (1,42) y reconoce que lo que lleva en sus entrañas también es de Dios: bendito el fruto de tu vientre (2,42)Por medio de María, Dios visita a Isabel llevando en su seno al Hijo de Dios y en ella visita a su pueblo y a nosotros.
La Palabra de Dios es palabra creadora, engendró vida en el seno de María, –en una persona humilde–, que fue capaz de acogerla con fe: Bienaventurada la que ha creído, porque lo que la ha dicho el Señor se cumplirá (1,45) y es lo que nos recuerda también a nosotros S. Lucas. La Palabra de Dios también tiene fuerza creadora en nosotros para realizar todo aquello que nos dice. La actitud que nos pide no es encerrarnos, sino salir de nuestras casas, estar atentos a las necesidades de los hermanos y tratar de ayudarlos en lo que esté de nuestra parte, reconocer la presencia de Dios en el otro, en el que está frente a mí o en una necesidad. Acaso no fuera difícil reconocer la presencia de Dios en María, porque rezumaría su presencia por todos sus poros. Sin embargo Dios está en todo hombre y está en nosotros mismos. Nuestro cuerpo es sagrario, es el pesebre donde Dios vive, y por la fe nos pide que vayamos presurosos a servir a todo el que  nos necesite, que compartamos nuestra experiencia de fe con los demás. Sólo desde la fe podemos acceder a Dios y aceptar su mensaje, y sólo desde la fe es posible aceptar las consecuencias que el nacimiento de Dios debe tener en nuestra vida. Sólo desde la fe podremos aceptar que si Dios es un Dios cercano, nosotros tenemos que ser cercanos a los que viven junto a nosotros. Si Dios es un Dios sencillo y humilde, nosotros debemos ser sencillos y humildes. Si Dios es Dios misericordioso, nosotros también debemos ser misericordioso con los que nos rodean. También a nosotros creyentes se nos llamará dichosos por haber creído, por la confianza, por el servicio. Por nuestra fe nos convertimos en discípulos. Ser discípulo implica servir, ponerse a disposición de la Palabra. María es llamada bienaventurada por ser creyente. La fe la da la Palabra y la movilidad.

Imitemos a María, la Madre de Jesús, que hoy se nos presenta como la portadora de Jesús, la que lleva a su prima lo mejor que tiene, al Hijo de Dios. Celebrar  la Eucaristía nos exige vivir  como María, llevar a Cristo a los hermanos y servir especialmente a los más necesitados.
Vicente Martín, OSA

3º.Domingo de Adviento.


La celebración de este domingo la hemos iniciado con una gozosa invitación: Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. El Señor está cerca. Y es claro que de inmediato tenemos que preguntarnos: ¿pero hoy es posible estar siempre alegres, como lo quiere el apóstol san Pablo?
 La verdad es que la alegría, si se la considera como un bienestar basado en la posesión de ciertos bienes, sería un privilegio de sólo unas pocas personas. Sin embargo, si la consideramos unida a la posibilidad de la posesión de Dios, bien se puede decir que es patrimonio de todos; y por tanto, la alegría junto con la felicidad, que es su fuente, son auténticas dimensiones de toda vida cristiana.
La consigna de la alegría, característica del Adviento, ya apareció el pasado domingo. Hoy se repite insistentemente. En la oración colecta pedimos a Dios que, ya que “su pueblo espera con fe la fiesta del nacimiento de su Hijo” no conceda “llegar a la Navidad, fiesta de gozo  y salvación, y poder celebrarla con alegría desbordante”.  En un mundo con tantos quebraderos de cabeza para la sociedad y para cada persona, no está mal que los cristianos escuchemos esta  voz profética que nos invita a la esperanza y a la alegría, basadas en la buena noticia del Dios que ha querido entrar en nuestra historia para siempre. Efectivamente, el motivo que nos ofrece el Apóstol en su carta no es para menos: el Señor está cerca.
La venida del Señor, por tanto, no debe llegarnos por sorpresa. A las insistentes invitaciones a la alegría que se nos hace en las dos primeras lecturas de hoy hay que añadir las exigencias que nos llegan del pasaje evangelio. Todo ello con una misma finalidad: templar los corazones, como se templan los instrumentos antes del concierto. Un orden en cada uno de nosotros y en nuestra relación con los demás facilitará la entrada de Dios. Pertenecemos a aquel grupo de los que se acercaban a Juan Bautista; sólo que ahora la pregunta se la hace cada uno a sí mismo en estos términos: ¿qué tengo que hacer yo?
La entrada de Dios en el mundo se anuncia como una revolución pacífica, sin violencia alguna. Es éste el gran mensaje que nos ofrecen las tres grandes figuras del Adviento: los profetas del Antiguo Testamento con Isaías a la cabeza, Juan Bautista, el Precursor del Mesías y finalmente María, la Madre del esperado Mesías. Cada una de estas figuras con su palabra y su vida nos ofrece, sin duda, la respuesta a la pregunta que nos hemos hecho. Es probable que, inspirada en la liturgia de hoy, la respuesta quizá sea un compromiso de contribuir al bien común de una manera muy concreta. Ello podrá suponer personalmente un sacrificio; piensa lo bueno que es creaar alegría y felicidad donde hay carencia de ellas.
La inspiración para el compromiso nos la ofrece hoy san Juan Bautista quien anuncia la inminencia de “un mundo mejor” sobre la base de estas tres virtudes sociales: la caridad compartidala justicia y la no-violencia. Las preguntas que le hacen al Bautista responden a la inquietud que siente cada uno en su profesión o sencillamente en su vida. Al primero le dirá que la caridad con todos exige compartir con quien carece de ropacomida, concretando en estas carencias muchas otras necesidades. La obligación de respetar la justicia se la recordará a quienes recaudan los impuestos: nunca exigir más que lo que marca lo legal; finalmente la llamada a la no-violencia se la hace a los soldados, cuya profesión es tan digna como tantas otras; a éstos les dice: No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga (Lc 3, 14).
Por si alguien, a la hora de hacerse la citada pregunta personal –¿qué tengo que hacer yo?–, no tuviese claro, a la hora de optar por una tarea concreta en la que llevaría a cabo su compromiso, el comentario sobre las “obras de misericordia” que viene el Catecismo de la Iglesia Católica, inspirado y basado precisamente en el pasaje evangélico de hoy, le ofrece numerosas posibilidades:
“Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales. Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras de misericordia espiritual, como también lo son: perdonar y sufrir con paciencia. Las obras de misericordia corporales consisten en dar de comer al hambriento, dar techo al que no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos. Entre estas obras, la limosna hecha a los pobres es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna: es también una práctica que agrada a Dios… El que tenga dos túnicas con el que no tiene y el que tenga comida que haga lo mismo”, decía el Señor (CCE, nº 2447).
Terminemos pidiéndole al Señor:

Enséñanos, Señor, a vivir en tu presencia y alabarte siempre con el corazón alegre por tu  amorosa gratuidad de Padre, porque  todo es presencia y gracia, ternura y cariño tuyo. Conviértenos, Señor, a la alegría, al amor y a la justicia; y regenerados por ti, mantennos en la finalidad. Así sea.
Teófilo Viñas, O.S.A

2º.Domingo de Adviento.


En este segundo domingo de Adviento, un anuncio resuena con claridad, en boca de Juan Bautista: «preparaos a recibir al Señor, que viene a traer la salvación». El precursor del Mesías, Juan Bautista, se sirve de la bella imagen del camino llano y recto, con la que el profeta Baruc destaca el protagonismo de Dios en el retorno de su pueblo desde el destierro a la patria, para invitar a todos los hombres a preparar el camino al que viene de parte de Dios a cumplir la esperanza de la salvación definitiva del mundo, entendida como comunión de vida y de amor con Dios. 
El profeta no escatima imágenes para expresar sobreabundantemente el exceso de amor con que Dios facilitará a su pueblo Israel el retorno a la patria, protegiendo con sombra el camino y perfumándolo con la fragancia de árboles aromáticos. El Bautista nos exhorta, a quienes nos preparamos para la celebración de la Navidad, a no desaprovechar la ocasión de gracia que nos brinda el Señor.
Deliberadamente, la Iglesia yuxtapone las dos venidas de Cristo: una en humildad, por su nacimiento, y otra en gloria, el día de su manifestación, al fin de los tiempos. Por eso el domingo pasado (comienzo del año litúrgico) seguían resonando los ecos de la parusía (o venida en gloria del Señor) de los domingos finales del año litúrgico precedente. Y es que la obra de la salvación no es una acción puntual de Dios solo (que aniquila todo el mal del mundo, al cual restablece en su máximo esplendor), sino una tarea procesual colaborativa de Dios y del hombre: de Dios que puso en marcha el proyecto de la creación en fase inicial, llamando a todo a la existencia a partir de nada; pero que ha querido contar con el hombre desde que éste apareció en el mundo, como factor humanizador de la naturaleza; de Dios, en fin, que consumará la historia y el universo, llevándolos a su plenitud por una transformación divinizante sobrenatural, que sólo Él puede realizar, aunque respetando y multiplicando la obra realizada por el hombre.
Jesús vino al mundo en carne mortal naciendo en Belén de la Virgen María para iniciar la redención del hombre. Después de llevar a cabo la obra encomendada por el Padre, subió al cielo desde donde envió al Espíritu Santo, para que asistiera a su Iglesia en la misión de difundir el Evangelio y de actuar en el mundo como levadura que transforma la masa, preparando así, con su actividad, la recreación del hombre y del mundo, disponiéndolos para el establecimiento definitivo del Reino de Dios, en el que Dios lo será todo en todas las cosas, tras haber sido desactivados todos los poderes contrarios a Dios, de forma que sólo prevalezcan los valores acordes con Dios.
Nos encontramos en la segunda semana del año litúrgico, dentro el Adviento, tiempo de preparación para la Navidad, a fin de acoger al Niño Dios con un corazón bien dispuesto. Pues, en la Navidad, celebramos la venida del Señor en humildad, en todo semejante a nosotros menos en el pecado.
En Jesús, Dios viene al encuentro del hombre: Dios Hijo en persona se hace hombre –culmen del universo y guía y guardián del cosmos–, sellando con la humanidad un compromiso indestructible, en su empeño por llevar a la creación a la salvación, que es para lo que Dios la creó. La salvación de la creación consiste en la plena comunión de ésta con Dios.
Pero esta comunión no se produce a la fuerza, sino mediando la libre aceptación y actuación del hombre; en realidad, el hombre más que trabajar por asemejarse a Dios, ha de dejarse transformar por Él sin oponer resistencia.
El hombre ha sido dotado de la capacidad de responder a Dios y puede poner de su parte los actos conducentes a su asimilación con Dios: como quitar los obstáculos que impiden a Dios obrar en él; evitar las ocasiones de pecado; reservar un tiempo para encontrarse a solas con Él en oración; fomentar acciones acordes con la voluntad de Dios… Por su parte, Dios dará al hombre el gusto de su palabra y de su trato, el deseo de agradarle, el gozo de su amistad…
En esta relación recíproca del hombre con Dios, corresponde a Dios la iniciativa, al haber comenzado en nosotros la obra de la salvación por medio del Bautismo, incorporándonos a Cristo y haciéndonos partícipes de su vida de Hijo de Dios.
Lo que más debe distinguirnos como hijos de un Padre, que es todo Amor (nos instruye el apóstol san Pablo), es el amor de los unos hacia los otros. Porque, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros (1Jn 4,11).

Que todo lo que salga de nosotros esté ungido por el amor. Cada uno sabe bien las personas y las circunstancias que requieren su amor. Entonces nuestro corazón será un pesebre que ofrezca confortable cobijo al Hijo de Dios.
Modesto García, OSA

1º.Domingo de Adviento.
Con el primer domingo de Adviento, iniciamos un nuevo ciclo litúrgico y la lectura del evangelio de S. Lucas, que será el evangelista que nos acompañe, fundamentalmente, en las eucaristías del año que comenzamos. Iniciar un nuevo ciclo o año litúrgico no significa o no debe significar repetir lo que ya sabemos. 
La finalidad del Adviento está en buscar y descubrir a Jesucristo en el mundo real en el que vivimos, no en el que nosotros quisiéramos. Celebraremos realmente el Adviento si somos conscientes de nuestras pobrezas y limitaciones y nos abrimos a la Palabra de Dios, que en Adviento resume las esperas y las búsquedas del hombre; que nos asegura que esperamos a alguien que va a llegar y a colmar con su presencia nuestras más profundas aspiraciones. Iniciemos, por tanto, un nuevo año, despiertos y vigilantes, como nos dice S. Lucas, para que no nos encuentre el Señor con los corazones embotados con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida (Lc 21,34).
San Pablo insta a los cristianos de Tesalónica, que pensaban que la llegada del Señor era inminente, a que llevaran una vida digna de Cristo, en la que prevaleciera la caridad por encima de todo, para cuando llegara ese momento (1Tes 2,12). S. Lucas nos habla hoy de catástrofes cósmicas ante la venida del Hijo del hombre y de la vigilancia que todo ser humano debe tener para la espera del gran momento. El lenguaje apocalíptico, ajeno a nuestra cultura, y que recogen los evangelios, refleja el miedo y la incertidumbre de las primeras comunidades cristianas, que vivían en el Imperio romano, entre conflictos y persecuciones, con un futuro incierto, sin saber cuándo llegaría Jesús. Nos dice el texto que: habrá signos en el sol y la luna y las estrellas y en la tierra angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y el oleaje, desfalleciendo los hombres por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo serán sacudidas  (Lc 21,25-27). Las señales cósmicas son utilizadas principalmente  para expresar que también los astros son creaturas de Dios, y que nada ni nadie pondrá en duda la venida del Hijo del hombre. Hasta los astros le obedecerán y se producirán señales que todo ser humano al verlas quedará sin aliento. Lo hará sobre una nube con gran  poder y gloria (Lc 21,27). La nube en el Nuevo Testamento aparece en la Transfiguración del Señor (Mt 17,5; Mc 9,7; Lc 9,34) y en la Ascensión del Señor a los cielos  (Hch 1,9), y es signo de la presencia y poder divino.
Al contemplar estas cosas, nos dice el evangelista: levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación (v.28), y en los últimos versículos del texto de hoy, afirma también: tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra. Estad, pues, despiertos, en todo tiempo, pidiendo que podáis escapar de todo lo que está por suceder y manteneros en pie ante el Hijo del hombre (Lc 21, 24-38).
El Adviento debe despertarnos el apetito de lo esencial. Las lecturas nos exhortan a vivir despiertos, cuidando la oración y la confianza. Vivimos tan embotados con la TV, con internet, las redes sociales, el móvil, las frivolidades de las divas, etc. que hemos perdido la capacidad de escucha, la capacidad de estar solos, de recogernos en la intimidad, de vivir en contemplación, de hacernos las preguntas fundamentales de la vida, para vernos sin caretas, sin disfraces en lo más profundo de nuestro ser, para contemplar con ojos nuevos al Dios que viene. Solamente en el silencio descubrimos el auténtico sentido de nuestra vida, sólo así podemos mirar  nuestro pasado con paz y reconciliación, nuestro presente con realismo y el futo con esperanza y abrirnos a la voz de Dios y de los hermanos. Seamos conscientes que durante el tiempo de espera, ante la dilación del Señor, nos amenaza constantemente la tentación de la comodidad, del placer, de la riqueza, del abandono; sólo el que vigila, el que ora, el que no abandona el servicio, será salvado, porque la vida que una persona lleve ahora determinará cómo será su comparecencia ante el Hijo del Hombre. No perdamos la sensibilidad ante la injusticia con los más débiles, llevados por lo inminente y por lo que la propaganda nos mete por los ojos.
Vicente Martín, OSA